Nunca en Domingo y el alma nacional Griega

La colaboración de Melina Mercouri con Jules Dassin, la película que selló su relación y consagró su legado cinematográfico fue, sin duda, “Never on Sunday”. El filme fue un éxito en todos los sentidos, le valió un Oscar a Manos Hadjidakis por la mejor música original; nominaciones para Melina por mejor actriz, para – Dassin por mejor director y también por mejor guión original – o que no dejaba de ser una especie de reparación luego de los daños que le había causado el macartismo – y para Theoni V. Aldredge por el mejor vestuario; en los Globos de Oro le fue concedido el premio Samuel Godwyn; en los BAFTA las nominaciones para Dassin, por mejor película y para Melina como mejor actriz extranjera; en Cannes, ella alcanzó el reconocimiento como mejor actriz y él la nominación a la Palma de Oro y en los premios del Círculo de Críticos Cinematográficos de Nueva York le fue concedido un segundo lugar como mejor actriz; pero más allá de todo, el legado cinematográfico de la película fue construir una visión del mundo y del hombre que bien podríamos denominar “mediterránea” y que buscaba re interpretar, como un estilo de vida y no sólo como un discurso filosófico, los valores que habían hecho crisis durante las dos grandes guerras; valores como la acumulación de bienes como sinónimo de éxito, la revalorización de la sencillez frente a los gustos comerciales y prefabricados, una poética que aunque se identificaba con las izquierdas carecía en realidad de un discurso político organizado y que de cierta manera correspondía a las propuestas del folk norteamericano y del folclorismo latinoamericano; sin embargo, a diferencia de sus pares del nuevo continente, el estilo mediterráneo apelaba a un sentido humanista inspirado en la tradición poética de sus pueblos y en un sentido occidentalista que exaltaba las características peculiares de la región más allá de continentes y naciones; a este estilo pertenecían Joan Manuel Serrat, George Moustaki, Georges Brassens, Mikis Teodorakis, Dimitri Kristodoulos, Nana Moskouri y Melina entre otros; cuando los griegos atravesaron la noche obscura de la tribulación, aquel estilo les sirvió de apoyo y refugio; Melina grabó en griego las más importantes canciones de Moustaki, su interpretación de “El extranjero” – O Metoikos -, se convirtió en un himno para quienes tuvieron que beber las amargas aguas del exilio; Moustaki promovió la presencia de Melina en Francia y exaltó sus propias raíces helénicas haciendo brillar canciones de Hadjidakis como Kaïmos que se convirtió en la conclusión habitual de sus recitales; en el fondo de la versión griega del estilo mediterráneo yacía como fuente e inspiración la poesía de Kavafis y de Elites así como el pensamiento de Kazantzakis.

Es cierto que la película peca de cierta inocencia y que, por momentos, recurre a clichés habituales, pero en realidad Dassin se preocupa por alcanzar el lenguaje más sencillo posible para destacar  al encontraste entre Homer Thrace, un turista norteamericano con ilusiones de filósofo aficionado que busca en Grecia la verdad sobre la decadencia de la cultura occidental y en particular de Grecia, por la que experimenta una fascinación heredada de su padre; Jules construye un personaje simpático aunque patético, hecho de retazos de estereotipos del turista americano de la posguerra, se trata de una caricatura cruel de su propio país y del momento histórico y político que lo ha lanzado al exilio en contraposición a Ilia, una prostituta que goza del cariño y aprecio de sus clientes por su frescura y simpatía; al filósofo le llaman la atención algunas de las características de aquella mujer; su independencia irreductible – no se guía por los precios de su oficio pues ´solo se presta a hombres que le gustan – y no recibe órdenes de nadie; su sensibilidad por el arte y la cultura – no es ignorante, sabe de filosofía y se enternece con el teatro clásico – y por una curiosa peculiaridad, nunca trabaja en domingo, día que consagra al descanso y a abrir las puertas de su casa para agasajar a sus clientes que, en el fondo, son sus auténticos amigos. Ilia pertenece a una figura de mujer librérima insumisa como la Gabriela de Jorge Amado, que hacen de su sexualidad un elemento del ejercicio de su vida sin ataduras.

Homer cree descubrir en Ilia las claves para explicar la pérdida de la grandeza del pueblo helénico y se propone redimirla, extraño pigmalión en que se mezclan el Nejludov de la Resurrección de Tolstoi y el Nacib de la Gabriela de Amado. Thrace se propone redimir y salvar a Ilia liberándola de su oficio; sin embargo, lejos de ello se ve envuelto en un profundo debate sobre el sentido de la vida; cuando él le pregunta dónde ha aprendido tantos idiomas, ella le contesta con sinceridad: “en la cama”; pero es aún más revelador este diálogo:

Homer.- Ella los asesinó. ¿No dice Medea “maté a mis hijos”?

Ilia.- ¿Y tu le crees? No entiendes a las mujeres. Medea ama a su marido ¿cierto?

H.- Si

I.- Entonces ella dice a su marido que ha matado a sus hijos para asustarlo, para hacerlo volver.

H.- ¡No!

I.- Si. Ella lo tiene de vuelta, todos se van, todos son felices y se van a la playa. ¡Eso es todo!

H.- Si te muestro todo lo que se ha escrito sobre Medea siempre se dice que ella mató a sus hijos, si le preguntas a diez de cada diez personas que han visto la obra te dirán que es verdad; entonces, por simple lógica… eres griega, debes ser lógica.

I. ¿Porqué?

H.- Porque  el más grande de todos los griegos, Aristóteles, inventó la lógica. El dijo…

I.- ¿Quién?

H.- Aristóteles.

I.- ¿Aquél que el Capitán dijo que pensaba que los hombres son todo y las mujeres son nada? No me interesa lo que dijo Aristóteles.

Es entonces, en aquel momento, cuando Melina se ha consolidado como la imagen de una Grecia culta y libre, llegó el día de la tribulación, los años obscuros habían comenzado.

Aquí una de las partes más hermosas y celebradas de la película: