El día que Alfonso Reyes conoció París (Fragmento de la Novela los minutos de Ulises)

Por fin la Ciudad Luz es tuya, tuyo por un momento el cuarto sencillo y limpio de aquel pobre hotel de la Rue Trévisse, a donde te envió  Modesto Puigdelvall, que había sido mozo de don Bernardo en París y luego, en México, dueño del Restaurante Sylvain; a quien hace apenas quince días visitaste en su local para charlar de las viejas modas parisinas. Ahí, antes de que te venza el sueño, haces el recuento de la jornada y caes, con la cabeza abierta en pedazos, al recibir el golpe de maza de París. ¿Es aquella Ciudad de tus anhelos como la imaginaste? No, es muy superior, más grande y más vital que en las descripciones de Zola y de Dumas, más intensa que en los mejores pasajes de Proust y de Victor Hugo. Esa es la primera lección que te depara la Ciudad Luz: que la literatura, con todo lo que la amas y la veneras, no alcanza a suplir la vida; es cierto que la mejora y la estabiliza en algunos sentidos y en otros, como cuando Goethe, hace a Fausto gritar al instante que ya se retira: “detente, eres tan hermoso”, pero no la sustituye.

Igual que el Sol de Monterrey, París se te mete por los ojos, te suda por los poros y se queda dentro y fuera de tu humanidad, con aromas del Río Sena y de las cocinas de Saint-Germain-des-Près; de modo tal que así pasen cuarenta años, una caja que se abra, un perfume que se disuelva en el aire o una mujer que se te aproxime te harán suspirar melancólico: ¡esto huele a París! Imagina que dentro de muchos años, alguien caminará como tú por primera vez las calles de París y sentirá igual que tú, que la ciudad lo esperaba desde que era la Lutetia Parisiorum y que como amante complaciente, le irá revelando sus rincones y espacios mientras lo va seduciendo y enamorando; imagina que mientras escriba una líneas sobre el papel y escuche una grabación de canciones francesas, así como tú un día, él tampoco podrá dejar de recordar con una tristeza dulce y especiada, un momento en que son las cinco de la tarde, le sirven un expreso en la terraza de un café y ve pasar la vida en Champs  Elysées; y entonces ambos, tu fuera ya del mundo y el desplazándose hacia la muerte, habrán violado el secreto del tiempo y habrán estado juntos, un instante en el espacio de la memoria y la literatura.

Aquella primera vida en París fue acaso demasiado breve. Te habías imaginado una estancia no sólo más larga sino también más fructífera, pero el destino es cosa de ver querido Alfonso; te pareció inverosímil que una buena mañana de agosto, unos días apenas después de tu primer aniversario en París, un único telegrama te notificara que Venustiano Carranza, ese antiguo reyista que entonces era ya el hombre fuerte en México, de un plumazo había destituido en masa a todo el cuerpo diplomático. Sí Alfonso, a todo el cuerpo diplomático. La instrucción era clara y desde luego no admitía interpretación alguna; quisiste pensar que tal vez se tratara de un error, que habría excepciones y consideraciones personales, que después de las muestras de afecto y lealtad que Carranza había prodigado siempre al general Reyes, no habría podido olvidarse de que ese oscuro segundo secretario era el hijo de su amigo. Pero bien sabías que no había error y muy claro te quedó que a partir de entonces, desde México y quién sabe durante cuánto tiempo, no te llegaría sino la nostalgia y el recuerdo. Mientras fuiste guardando en el baúl de viaje los pocos efectos personales que tuviste en tu precaria oficina de diplomático novato, escuchaste las sirenas y a poco te acercaste a la ventana, con la claridad de un sueño o mejor, de una pesadilla, pudiste ver las cruces debajo de las alas de los aviones; eran aeroplanos alemanes de reconocimiento, tal vez fueran bombarderos; los periodistas se habían equivocado o más seguramente, los habían engañado; la guerra estaba más cerca de lo que se pensaba y ella tampoco hacía excepciones. Una vez más había que marchar. Esa vez, sin embargo, no hubo comité de despedida, nadie en el andén para despedir a tu pequeña tribu y sí un mar de gente huyendo del París condenado al sufrimiento que no podía darse el lujo siquiera de un taxi porque todos estaban requisados para llevar voluntarios al frente. ¿A dónde podrías ir? Impensable volver a México, aún era demasiado pronto; Europa estaba a punto de arder y la única ruta posible era cruzar el Pirineo y adentrarse en las tierras de España.