El libro nuestro de cada martes: Hojas de Hierba, de Walt Withman

No pretendo que nos desentendamos del momento histórico, hay que estar atentos de lo que sucede en el mundo, en particular en Estados Unidos; hay algo ahí que no está marchando bien y es el desdecirse de una larguísima tradición cultural, humanista y liberal que llevó a esa Nación mucho más lejos de lo que sus fundadores pudieron imaginar. Más allá de las coyunturas políticas, el dilema es si Estados Unidos destruirá su legado negándose a sí misma.

Hay una Norteamérica distinta a la que se nos presenta hoy, desequilibrada y rabiosa; una de puertas abiertas, de entendimiento e inteligencia; una que soñó con la libertad y con el derecho de todos a la felicidad. A esa es a la Norteamérica a la que cantaron hombres como Walt Withman y Henry David Thoreau; es la de escritores gigantescos como Hemingway y como Capote, como Poe y como Faulkner. Un país que miraba hacia el sur y hacia otros países buscando sus propias raíces. Esa Nación es la que hay que honrar y mantener viva en la memoria mientras pasa la sombra de Donald Trump.

Claro que en el mundo estamos preocupados, pero deben estarlo más dentro de los Estados Unidos, no sólo por el terrible momento político que viven, sino por el mantenimiento de los ideales que pese a todos los momentos históricos difíciles, al imperialismo y al autoritarismo permitía la existencia de personas como Martin Luther King o como Maya Angelou.

En 1855 Walt Withman dio a la imprenta sus Hojas de Hierba, además de su belleza monumental, es un canto por la grandeza de la condición humana y por la esperanza de su tierra en un futuro para todos, algo que no debemos olvidar antes de caer en la histeria y el odio; en una de sus principales partes, El Canto a mi mismo, dice:

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. 
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también. 
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta. 
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de para en par las puertas a la energía original de la naturaleza 
desenfrenada.

Hay que añadir que esta es una traducción de León Felipe, poeta con el que mantuvo un diálogo creativo que trascendió al tiempo.

Leer Hojas de Hierba es ahora tanto una sensación estética de enorme belleza, como una obligación moral.

En 1989, año de una tensión histórica mundial que sobrevivimos como sobreviviremos a esta, Peter Weir, filmó la Sociedad de los Poetas Muertos, en cuya base estaba el poema que  Withman dedicó a Lincoln y que es una de las joyas de la literatura universal:

¡Oh, capitán! ¡mi capitán! nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
¡oh rojas gotas que caen,
allí donde mi capitán yace, frío y muerto!

Esta es la parte genial de esa película:

 

Una estupenda edición es la bilingüe que ofrece Galaxia Gutenberg:

http://www.galaxiagutenberg.com/libros/hojas-de-hierba.aspx