El día que mataron a Yoyes

¿Le gusta la literatura clásica? ya suponía yo que sí; pues aquí tiene la muestra de la universalidad de la tragedia griega; en España, en pleno siglo XX, una exhibición del poder de la fatalidad. Le diré algo más, aquel fue un día que no podré olvidar, una tarde horrenda que se me quedó impresa en la retina para siempre; no es que no hubiera visto asesinatos antes, no se le olvide que pasé mi infancia en los últimos años de la guerra, pero nunca había presenciado la devastación contradictoria de la entereza con que Yoyes se entregó a su destino; la mendacidad del esbirro que la mató y el desamparo de su hijo y del otro pequeño que los acompañaba; un cuadro al final desolador, una cruel representación de la España de aquellos días, cruel sí y ante todo contradictoria, le digo, dignidad y crimen, muerte y esperanza, víctimas y perpetradores y una enorme dosis de violencia gratuita.

El nueve de septiembre de 1986 Yoyes tomó el tren de Donostia a Ordizia, venía sola con su pequeño; la abuela le había pedido a Dolores que llevara al niño al pueblo para que viera el ganado que siempre se exhibe durante la feria. Llegaron poco después de mediodía y Yoyes pasó la tarde bordando la bata del liceo de su hijo; por la noche, después de dormir a los pequeños se fue al Herri Antzokia a ver una película, recuerdo que se llamaba “Ehun metro”, cien metros, que se acababa de estrenar, con Aizpea Goenaga y Ramón Aguirre Lasarte; algo muy local digamos, narraba la historia de un etarra que mientras va huyendo de la policía recuerda su vida; el tío corre por el viejo Donostia y al final es muerto por la policía; desde luego, el tema resultó perturbador para la chica; se fue directo a casa a pasar su última noche.

En su diario había escrito el cinco de septiembre:

Pisar esta tierra, pisar la tierra en que nací … lo he soñado tanto durante años … El volcán ha erupcionado, pero no echa nada bello. Hierve sin lograr asentarse … Quiero pensar que todo esto me llevará a un puerto tranquilo, más maduro, siempre que no me dé prisa, que no corra mucho, porque en mi juventud quizás corrí demasiado

La mañana del día diez no dio muestras de ser diferente a ninguna otra, hacía las tres de la tarde los sicarios echaron a andar el mecanismo de la tragedia; salieron a buscar un automóvil que pudiera servirles como vehículo para escapar luego de ejecutar a Yoyes, lo encontraron poco después, no más allá de doscientos metros de donde se ubicaba la exposición de la feria; sobre la Gudari Etorbidea; ellos sabían que Dolores llevaría por la tarde al crío a pasear, no era difícil enterarse, un pueblo pequeño, movimientos fáciles de identificar y demasiados amigos y conocidos comunes. Caminando por la calle vieron un Renault 5 aparcado que, por alguna razón les pareció adecuado, justo en el momento en que el chófer se acercó a abrirlo, los esbirros lo amenazaron con la misma pistola que poco después iba a cumplir su misión; se acercaron al lugar donde paseaba Yoyes, el asesino bajó del auto muy cerca de donde se encontraban los tractores, ahí, mientras ella dejaba jugar a los niños, se acercó Francisco Múgica Garmendia, lo llamaban Kubati; cuando estuvo a su lado y ella había dejado a su hijo sentado en uno de los tractores, la detuvo y mirándola de frente le preguntó, ¿tu eres Yoyes?; estoy seguro que para la chica estaba claro que la hora había sonado; ¿sabe?, habríamos unas diez personas que pudimos verlo todo, tal vez menos, y es que aunque hubieran ahí muchos más, todos atendían la feria, cada uno en lo suyo, pero esos pocos si pudimos darnos cuenta, todo sucedió en menos de medio minuto, ahora puedo recordar escena por escena, digamos, cuadro por cuadro, cada uno con significado, pero entonces todo fue un solo instante enloquecido; ¿tu eres Yoyes?, le preguntó, no pude oírlo, después lo supimos, lo que vi fue que Kubati le decía algo y ella lo miraba de frente, sin cuidado y sin perderlo de vista, casi podría afirmar que había un dejo de desprecio en su mirada; vi que aquel volvía a decirle algo, no como quien inicia una plática sino como aquellos que insisten en dirigirse a quien no los está escuchando; ¿sabes quién soy yo?, preguntó el asesino y Yoyes dio un paso al frente y vi como negaba; en ese momento el criminal y su víctima podrían haberse abrazado, tan cerca estaban el uno del otro; Kubati metió la mano en su chaqueta y sacó una pistola que lanzó un pequeño destello; entonces si pude oírlo porque alzó la voz como si quisiera que quienes lo rodeábamos pudiéramos escuchar su sentencia y aprobar lo que estaba a punto de hacer; “soy miembro de ETA y vengo a ejecutarte”, no había terminado su parlamento cuando Yoyes se le había lanzado encima pero la primer bala ya se alojaba en su vientre, el impacto la hizo retroceder y una segunda en el pecho la tiró al suelo, inerte no oyó los gritos de su hijo que lloraba histérico pero inmóvil en el asiento del tractor; al oír los disparos la multitud se alejó del lugar, otros nos quedamos quietos, como hechizados por lo que estábamos presenciando, imagine usted que cuando conocía a Yoyes era más pequeña que su hijo al que el mundo se le había venido encima; el asesino no volteó la mirada a ninguna parte, como si él mismo estuviera también bajo el embrujo de sus propios hechos, no amenazó a nadie alrededor, no gritó ninguna consigna, apenas, con una lentitud fantasmal acercó la pistola a la sien de Yoyes y disparó una vez más, con la detonación se desvaneció el embrujo, el tipo corrió hacia la calle pero nadie lo siguió, yo me dirigí a unos del Servicio de Asistencia en Carretera que vendían cupones aprovechando la feria, les grité que había ocurrido un asesinato y me siguieron hasta donde yacía Yoyes sobre un charco de su propia sangre pero ya no pudieron hacer nada; al volver la vista hacia el Gudari Etorbidea vi a un sujeto parado en la acera mirando en dirección al sentido en que se alejaban los autos, lloraba como un niño, era el dueño del Renault 5 al que habían bajado del auto para emprender la huída; instantes después se lo llevaron a la ertzanza de Besaín; unas mujeres se quedaron con los niños hasta que llegó la madre de Yoyes, impávida, luego su padre, también seco como un páramo, me recordaron a nuestros propios padres cuando recibían las malas noticias que venían primero de la guerra y luego de los calabozos del régimen. Llegó la ertzanza, luego la policía nacional y con ella los periodistas, a los chicos se los llevó la abuela mientras la fiesta seguía hasta que como a las ocho de la tarde el Ayuntamiento mandó suspender la feria y convocó a un pleno extraordinario. Los bares cerraron, la gente se marchó a sus casas y unos cuantos nos dirigimos al Ayuntamiento a ver qué pasaba. Durante algunas horas no sucedió nada, absolutamente nada, ni un sonido, luego vimos entrar a los concejales, algunos periodistas les tomaron fotografías y de nuevo un silencio lunar descendió sobre todos los que ahí nos encontrábamos; los vimos llegar uno a uno, todos estuvieron ahí salvo José Luis que era entonces concejal de Herri Batasuna, estaba donde su hermana; la reunión duró algunas horas y al terminar dieron a conocer una declaración que condenaba el asesinato y acusaba a sus ejecutores de fascistas y totalitarios; por la declaración votaban el PNV, el PSOE y Euskadeko Ezquerra; los de Batasuna habían votado en contra, luego quisieron atribuírselo a José Luis, ya ve usted los problemas que tuvieron cuando ella salió de ETA y luego cuando quiso volver a vivir con sus padres; pero era mentira, él no hizo nada respecto de la declaración,  no estaba ahí, estaba justo donde debía estar; a la mañana siguiente, durante el funeral de la chica, ETA contestó la declaración del Ayuntamiento, en un comunicado habitual, ¿sabe?, como los que usaban para reivindicar los atentados, dijeron que la habían ejecutado por ser una colaboradora “de los planes represivos del Estado opresor español”, que ayudaba a los “planes genocidas de las fuerzas de ocupación” y porque era una traidora al proceso de liberación que el pueblo trabajador vasco lleva a cabo”, ¿no le jode?, semejante discurso, si ya estábamos en 1986, gobernaba el PSOE de Felipe, el Felipe González de aquellos años, Franquito llevaba once años cadáver y bueno, joder, unos meses después hasta el líder de la Unión Soviética ya había cambiado su discurso; desde luego, entre la gente común aquel comunicado cayó como una broma de mal gusto; desde el momento en que la noticia corrió, que el Ayuntamiento condenó el asesinato, que ETA  lo asumió como parte de su peculiar justicia, Yoyes se había alzado desde su personalidad hasta el mito; cierto es que aún hay quienes siguen viéndola como la mujer que lideró, por unos meses, a una banda de maleantes, secuestradores y asesinos, tienen razón, Dolores también, entre otras cosas fue esa líder; pero en ese momento de dolor, de vergüenza, de miedo; Yoyes había dejado de ser la etarra arrepentida, la joya en la corona de las políticas de reinserción del PSOE, para convertirse en la española, la mujer y la madre a la que habían matado por ejercer su libertad y que había desafiado a un poder que nos tenía secuestrados a todos los españoles. Se lo puedo decir con toda certeza, el asesinato de Yoyes fue uno de los errores más graves entre los muchos que cometieron, en particular desde la muerte del dictador; un error por el que siguieron pagando durante décadas y que los cubrió de oprobio para siempre; se haría notar apenas unas cuantas horas después de la muerte de Dolores; habían cedido al Ayuntamiento, al gobierno, a las instituciones democráticas si prefiere, toda la representación, toda la identidad popular.

Con el comunicado, el Ayuntamiento convocaba a una manifestación para después del funeral, en honor y memoria de Yoyes, por la paz y en repudio a la violencia. Cientos acudimos al funeral, en la noche éramos casi dos mil los que desfilamos en silencio, con velas en las manos; ahí estaban los concejales y el alcalde y no es que los quisiéramos mucho, pero ahí estaban, como ciudadanos entre los ciudadanos, estaban también un grupo de antiguos militantes de ETA de su rama político militar, ya sabe aquella ala moderada que Yoyes había repudiado a principios de los años de plomo, llevaban una Ikurriña con un crespón negro y una gran pancarta en la que se leía “Bakaean bizi nahi dugu”; se lo traduzco, “Queremos vivir en paz”, caminamos poco más de un kilómetro, había familias enteras, ancianos, jóvenes, curas, todos en un pesado silencio y gente que lloraba, de entre esos, estoy seguro que muy pocos conocían a Yoyes y aunque todos conocían su historia, lloraban de puro miedo, tristeza sí, desde luego, pero miedo en grado extremo, como si estuviéramos ciertos que los asesinos no se marcharían nunca, que en ese mismo momento podía estallar una bomba y matarnos a todos, que mañana podrían meterle a cualquiera una bala en el cerebro sólo porque creían que se trataba de un chivato de la policía o un enemigo del proletariado vasco; aún faltaban algunos años de miedo. Terminamos reunidos en el lugar donde la mataron, en un instante, el escenario de la muerte se cubrió de flores y de velas, nunca me fijé que algunos llevaran flores pero una alfombra colorida cubría el lugar donde apenas unas horas antes había quedado derribado su cuerpo tibio y joven, donde habían terminado su sueño de maternidad y de libertad. De entre el silencio una voz comenzó a cantar Eusko Gudariak, segundos después todos estábamos secundando porque sabe, muchos nos dimos cuenta que los nacionalistas estaban matando la idea de la patria libre.

Los años han pasado, la paz llegó y no nos olvidamos de Yoyes; ya le he dicho, en parte coincido con quienes no la incluyen en la lista de víctimas de ETA, ella misma nunca renegó de cuanto hizo y supo en la banda; pero es claro que después de su asesinato muchas cosas cambiaron; Juanjo y su hijo se fueron a Donostia, se alejaron cuanto pudieron de este infierno y en honor a él hay que decir que es admirable que nunca lucrara con la muerte de su mujer; el pequeño Akaitz creció y es mejor que no lo busque, es científico, vive en Estados Unidos y nunca da entrevistas ni participa en política.

Yoyes había tenido que morir para demostrar que tenía razón cuando había abandonado a la banda a la que consideraba un atajo de fanáticos totalitarios que habían olvidado su misión para bastarse a sí mismos en su mitología y en su culto a la violencia, el poder y la fuerza; había tenido que morir para dejar claro que ETA no tenía futuro en la medida que se apoderaba de la identidad de quienes militaban y se anulaban a sí mismos aún arriesgando sus vidas. Tuvo que morirse así por asumirse como una mujer libre en un ambiente masculino y machista; así de claro, la mataron porque era una mujer que no quiso someterse ni jugar el papel de la penitente y la arrepentida y les arrojó su libertad a la cara cuestionándolos donde más les dolía, en su dominio y su fuerza; desde la lógica de ETA a Dolores le habían dado permiso de ser lo que a una mujer no se le permitía y al abandonarlos no alcanzaba perdón ni compasión.