Lyudmila Pavlichenko, una francotiradora en América

Mayo de 1942, el mundo sigue en vilo, los nazis han logrado penetrar hasta Sebastopol mientras los soviéticos se repliegan hacia el oriente; aunque ya las fuerzas invasoras han comenzado su ofensiva en Crimea se han encontrado con un Ejército Rojo más fuerte, mejor equipado y más numeroso de lo que habían supuesto.

Stalin permanece en Moscú y dirige la prodigiosa maquinaria de guerra cuya base de producción se encuentra resguardada en Siberia, la impenetrable fortaleza natural a donde han sido transferidas las fábricas y aún poblaciones enteras; pese a la fatiga y al monstruoso número de bajas civiles y militares, los soviéticos han recuperado Járkov, la resistencia es heroica y aunque han perdido Mensk en Crimea y sufrido el bombardeo de Murmansk, los fascistas se encuentran estancados y cada kilómetro de avance cuesta una cantidad insostenible de efectivos y pertrechos.

Zúkhov y Stalin saben que pronto los alemanes habrán llegado a su límite pero también que la resistencia soviética será insostenible sin un nuevo frente en Europa Occidental; Inglaterra ha sido la primera en responder al llamado de Moscú y ha firmado un tratado de ayuda y cooperación con la Unión Soviética con una duración de veinte años; aunque de momento es sobre todo simbólico, es un inicio para convencer a los Aliados, la dirigencia rusa sabe que el auténtico apoyo llegará cuando los Estados Unidos se convenzan de entrar al campo de batalla en Europa.

Ese mismo mes una mujer ha sido llamada por el Concejo del Ejército del Sur para recibir la Orden de Lenin; se trata de una francotiradora de apenas veinticuatro años, Lyudmila Pavlichenko que ha abatido, hasta ese momento, 257 alemanes en Odessa y Sevastopol. Stalin ha puesto su mirada en ella y ha pensado en los importantes servicios que puede prestar para la causa soviética; después de la ceremonia ha sido devuelta al 25o Regimiento de Infantería. Un mes después, Lyuda, como se le conoce entre la camaradería, es herida por cuarta vez, una bomba de mortero ha estallado cerca de su emplazamiento y aunque no ha logrado matarla si la sacará del frente para siempre. La noticia de sus heridas ha llegado a Moscú y Stalin ha ordenado que sea trasladada como instructora a un campo de entrenamiento para francotiradores hasta nueva orden, es demasiado valiosa para seguirla arriesgando en el frente, en ese momento ha dado muerte ya a 309 nazis, y el Kremlin tiene otros planes para ella. Como siempre, Pavlichenko cumplirá con disciplina y eficiencia las órdenes, se ha empeñado en cumplirlas, aunque por poco tiempo; en septiembre recibe la orden de presentarse en el Palacio Poleshny del Kremlin, el Premier de la Unión Soviética tiene una misión para ella y quiere comunicársela personalmente. Stalin la recibe, no es la primera vez que el líder máximo de la URSS recibe a un soldado o a un ciudadano y omite la cadena de mando para cerciorarse de que sus órdenes serán cumplidas con precisión; por ejemplo, llamó por teléfono directamente a Mikháil Bulgákov, a su casa, cuando el escritor le envió una acre carta quejándose del acoso de la policía secreta, de la falta de trabajo, de la miseria en que vivía y su necesidad de, en caso de no encontrar trabajo, le fuera permitido exiliarse para buscarse la vida en otro país y, en efecto, Stalin era un ferviente admirador de Bulgákov y lo llamó para decirle que pronto le sería ofrecido un trabajo que le permitiera seguir viviendo y creando en Moscú, esa vez cumplió su promesa; también le llamó a Boris Pasternak tratando de averiguar qué sucedía en realidad con Osip Mendelshtam, el poeta; Iosif Vassarionóvich no mostraba la misma pasión con los militares, para ellos guardaba una peculiar mezcla de respeto, admiración y precaución, no puede decirse que los temiera pero, taimado como lo era, no se fiaba de nadie que supiera y pudiera hacer uso de la fuerza; si iba dar instrucciones a su mejor francotiradora, debía hacerlo personalmente, dejarlas claras y que ella supiera, con precisión lo que se esperaba de ella en el cumplimiento de su misión.

Lyudmila recibió la instrucción de viajar a,Estados Unidos, Canadá e Inglaterra; en esos países debía promover la buena imagen del país de los Sóviets y de su revolución; crear conciencia en el público y en los gobiernos, de la urgente necesidad de abrir un nuevo frente occidental en Europa que aliviara las tensiones del frente oriental y le permitiera a la URSS mantener las ventajas obtenidas hasta el invierno que los alemanes no podrían soportar; Lyuda debía mostrarse como un ejemplo de la juventud soviética – para este momento es Mayor del Ejército Rojo y tiene 25 años -, no podría tener contacto con ninguna agencia militar ni de inteligencia del extranjero, no recibiría más órdenes que las que Stalin le estaba dando y aunque viajaba con el apoyo del Ejército Rojo y del servicio de la diplomacia soviética, no respondería de su misión ante nadie fuera del propio Stalin y debía regresar a Moscú a rendir su informe ante él en persona.

Durante las siguientes semanas recibiría instrucción ideológica sobre el funcionamiento de las democracias burguesas, sobre la opinión pública en aquellos países, sobre la condición de la mujer y, hasta donde fuera posible, aprendería inglés para comprender lo que se diría a su alrededor pero no debía dar muestras de que lo comprendía en lo más mínimo y valerse siempre del traductor de la Embajada.

La francotiradora era una de las armas más letales del arsenal rojo, pero también era una chica culta que había suspendido su formación universitaria como historiadora para atender el llamado de las armas; la misma disciplina que había mostrado en el frente la presentó en su formación, aprendió con rapidez y cuando el Estado Mayor de Zhúkov lo dispuso, salió con destino a Washington. Llegó a finales de octubre de 1942.

Lyudmila Pavlichenko era el primer ciudadano soviético en ser recibido en la Casa Blanca. El personal de la Embajada de la Unión Soviética la recibió en el Aeropuerto; antes de dirigirse al encuentro de los Roosevelt fueron a la sede diplomática donde el embajador la esperaba para un sencillo almuerzo; desde luego que Lyuda esperaba algo así, es cierto que la francotiradora no tenía ninguna experiencia diplomática ni política pero sabía muy bien quién era el camarada Maksim Maksimóvich Litinov, aún antes que en Moscú le dieran a conocer todos sus antecedentes; sabía que el almuerzo con el embajador sería una especie de ajedrez en el que no podía distraerse, el ajedrez es uno de los deportes favoritos del pueblo ruso y ella estaba entrenada para mantenerse alerta durante largos periodos, así que Lyudmila estaba lista para el encuentro. Sabía que Litinov había logrado desplazar a su antiguo jefe, Chicherin, no sólo a través de una política más franca y realista con los países de occidente, sino también, ocupando mayores espacios dentro de la estima de Stalin; el ahora embajador logró hacerse indispensable para el líder de la revolución y con ello fue ocupando los vacíos que dejaba la enfermedad del Comisario de Asuntos Exteriores; cuando la salud de Chicherin no pudo ayudarlo más, Stalin lo nombró Comisario, representó a la Unión Soviética en la Liga de las Naciones y en su mejor momento había tenido absoluta libertad en el manejo de las relaciones soviéticas con el mundo; no había ni el PCUS ni en el Politburó nadie que se le opusiera y ese fue su primer error; además Litinov parecía haber perdido la capacidad para atender las tendencias del círculo cercano a Stalin, demasiados años sin interferencia alguna que había permanecido firme en su anglofilia mientras todos a su alrededor volteaban la mirada hacia Alemania, ¿no había declarado Stalin ante el Politburó que Alemania no representaba ningún peligro para la patria de los trabajadores? Litinov no había sabido fabricar su propia oposición leal; no había sabido aprovechar que Stalin no hubiera nombrado a nadie en el cargo equivalente al Comisario de Asuntos Extranjeros en el PCUS; cuano las negociaciones con Alemania por el penoso asunto de los Sudetes se habían estancado y el Comisario no había logrado arrancar a Polonia un buen pacto con la URSS su suerte se había sellado. Lyuda se enteró, durante su preparación en Moscú, cómo había sido la caída de Litinov; entrampado en la negociación con Francia e Inglaterra respecto a las acciones a tomar frente al comportamiento de Alemania, el Comisario fue sustituido oficiosamente por Stalin, Mólotov, Voroshílov y Kaganovich que lograron dejar en suspenso las negociaciones hasta en tanto -Stalin lograra algún avance en su acercamiento con Alemania; así, el tres de mayo de 1939, el padre de la revolución destituyó a su viejo amigo y en su lugar fue nombrado Comisario el camarada Molotov; aquella noche habían cortado la línea telefónica de la dacha de Litinov y habían sometido su hogar a una estrecha vigilancia, a la mañana siguiente lo dejaron acudir a su ministerio, ya ahí las tropas de la policía secreta tomaron los accesos y rodearon el edificio; Malenkov, Molotov y Beria ingresaron y comunicaron al depuesto comisario la decisión de Stalin, de inmediato una escolta lo condujo hasta su domicilio pidiéndole que no saliera de ahí hasta que Stalin le diera nuevas instrucciones; Litinov no tenía razones para temer a la Lubianka, aún podía confiar en su amistad con el Premier, pero esa seguridad no alcanzaba para proteger a sus subalternos, Beria se encargó de poner a sus colaboradores en las manos de la NKVD para que obtuviera información útil sobre el antiguo jefe de la diplomacia; muchos fueron detenidos y torturados, unos cuantos se quedaron presos o fueron deportados y algunos más fueron asesinados. Luego se firmaron los tratados entre Ribbentrop y Molotov, luego vino la guerra y terminó la espera para Litinov que fue nombrado embajador en Estados Unidos. Eso explicaba porqué Stalin le había dicho en persona que no se fiara del personal de la embajada y, al mismo tiempo, no la había enviado de parte del Comisario de Exteriores sino como representante del Ejército Rojo y del propio Stalin; Lyuda tenía muy claro que el embajador era una pieza útil para el líder de la URSS, pero que no era su amigo ni gozaba ya de toda su confianza, después de todo, cuando en 1941 los nazis invadieron la Unión Soviética, Litinov había renunciado a su lugar en el Partido. Lyudmila no amaba la guerra pero la hacía porque adoraba su patri y confiaba desde los m´s profundo de su conciencia en Stalin, había visto demasiado dolor y sufrimiento y con todo, la guerra le pareció más sencilla y más honesta que la política.

Pero Litinov no era tonto, de hecho, de toda la camarilla de Stalin el único que había acertado y el premio por haber tratado de destruir el huevo de la serpiente era el más decoroso de los exilios y aunque Washington estaba muy lejos de parecerse a Kolymá, también estaba a una enorme distancia de su antiguo escritorio en Moscú o de sus oficinas en Ginebra; así que, como Litinov tenía claro que la joven heroína llevaría cada una de sus palabras a Molotov y a Stalin, optó por abrir la plática preguntándole sobre sus estudios de historia; Lyuda sintió calofríos, el viejo zorro también sabía con quien estaba tratando y con seguridad tenía más información de la que podía imaginar así que se limitó a responder de la manera más breve y simple que pudo; para el experto diplomático no había resistencia que pudiera detenerlo, se dio cuenta que había cimbrado la seguridad de la joven así que prefirió no atormentarla más, unas cuantas frases después los dos estaban riendo al recordar las viejas leyendas de Kolobok. Cuando se despidieron Maksim Maksimóvich le ofreció disculpas porque su agenda no le permitía acompañarla, le presentó a su chófer y a su traductor y le aseguró que estaría en magníficas manos; le obsequió una auténtica pluma fuente americana, ella lamentó no tener un presente para el embajador pero él ya lo tenía resuelto, le pidió a su ayudante que le trajera la fotografía de la camarada Pavlichenko que estaba sobre su escritorio y le pidió que se la firmara, ella accedió de inmediato y cuando se disponía a escribir se acordó que su padre le había dicho, cuando se despidieron y ella se marchó al ejercito, “ten cuidado con lo que escribes que se han perdido más por las letras que por las voces”, así que prefirió la fórmula oficial con la que terminaba la correspondencia del Ejército Rojo: “Para M. Litinov, con un saludo comunista. L. Pavlichenko”. El embajador la leyó y le dedicó a Lyuda una sonrisa de abuelo, supo que la francotiradora, una vez más, daría en el blanco; le dijo entonces, “no la detengo más, no sería conveniente que se hablara mal de la puntualidad soviética”.