El día que la francotiradora soviética se hizo amiga de la Primera dama de Estados Unidos

El camino hasta la Casa Blanca fue breve, a Lyudmila le sorprendió la cantidad de parques y la luminosidad de la Ciudad; al llegar a la residencia oficial, la en la entrada la recibieron el Presidente de los Estados Unidos y la Primera Dama; a la joven, Roosevelt le pareció simpático y afable pero no la impresionó con la potencia y la magnitud de Stalin; percibió su seguridad y esa aura de poder que dimanan los grandes hombres, pero no era un monumento viviente como Iosif Vassarionóvich; le dirigió unas breves palabras de bienvenida y añadió que era un honor que una heroína de guerra que había arriesgado su joven vida por la libertad fuera el primer ciudadano soviético en visitar la Casa Blanca, que eso, por sí mismo, sería una página imborrable en la historia del país que la recibía con admiración y afecto; ella respondió con seguridad a través del traductor, le dijo que le llevaba el saludo y el respeto del pueblo soviético así como el aprecio de Iosif Vassarionóvich Stalin, que le enviaba un presente, una pequeña cajita de abedul con un primoroso esmaltado, una verdadera joya de la artesanía popular rusa; Roosevelt la examinó asombrado y agradeciéndole, sin mayor ceremonia, se la guardó en el bolsillo de la chaqueta; entonces se disculpó por no haberle presentado a Eleanor; cuando las dos mujeres se miraron y una corriente de simpatía corrió entre ambas de una manera instantánea, la Primera Dama le dijo que la impresionaba que una mujer tan joven – Lyuda comprendió la expresión “a young girl” -, fuera un héroe en la lucha contra los nazis, que una chica tan simpática hubiera muerto 309 soldados fascistas; por primera vez, de las muchas que le sucederían con la Sra. Roosevelt, Lyuda no supo qué decir en el instante, ante su silencio ruborizado, la mujer le preguntó ¿qué siente cuando mata a un enemigo? la joven se puso muy seria, respondió, primero volviendo a presentarse, como si su adscripción al Ejército Rojo justificara lo que iba a explicar.

-Soy la Subteniente Lyudmila Mikhailovna Pavlichenko del 25o Regimiento de Infantería del Ejército Popular de la Unión Soviética y mi misión no es matar nazis, es abatir objetivos militares; por favor, llámeme Lyuda, así me llaman mis camaradas; la última frase le pareció un error, un exceso de confianza, pero no se arrepintió de ello, había algo en Eleanor que le inspiraba afecto y seguridad; así que continuó con su explicación. Me han hecho esa pregunta varias veces; le puedo decir que cuando acierto al disparara a un nazi siento que he acertado en cazar a una bestia de presa, como si matara un lobo o un oso, es decir, cuando a través de la mira de mi arma lo veo caer siento que he salvado muchas vidas; los alemanes han matado en mi país miles de niños, mujeres y ancianos, cualquier soviético puede decírselo; dejar vivir a un nazi es lo mismo que dejar libre a un asesino en una aldea; sólo cuando veo que el soldado alemán ha muerto puedo estar segura que no lastimará a nadie más en mi patria, es decir, cada nazi muerto en la Unión Soviética es un paso más a la liberación de la humanidad. Eso es, con precisión, lo que siento.

A Eleanor le impresionó la explicación de Lyuda, estaba preparada para un frío discurso militar, algo como los objetivos militares que había mencionado al principio, o para un discurso de odio racial y venganza, pero la sinceridad de la chica había sido tal que pudo comprender que para los rusos, lo que llamaban la Gran Guerra Patria, era una auténtica lucha por la sobrevivencia; no se trataba de una repulsa racionalizada o de una pose ideológica, se trataba de una lucha por conservar la vida; supo también que tal vez esa era la razón por la que era necesario bombardear a los estadounidenses con propaganda nacionalista todo el tiempo, haciendo campaña y hasta ofreciéndoles buenos dividendos con los bonos de guerra, todo para que se comprometieran con la causa; para ellos, salvo para los nuevos inmigrantes y refugiados, la guerra era algo a lo que se habían metido – algunos incluso decían que a Estados Unidos no le iba nada en meterse a matar japoneses o, incluso, que mejor hubieran hecho aliándose con el fascismo y no con os soviéticos que, por muy amigos que fueran, no dejaban de ser comunistas, ahí e taba el embajador Joseph Kennedy, por ejemplo – pero no percibían que fuera su guerra y el discurso sobre la defensa de la democracia y la cultura occidental a veces sonaba a palabrería política dirigida a obtener mayores contribuciones de sangre y dinero del pueblo norteamericano; eso lo platicaría después con Franklin, de pronto hizo lo que consideró mejor para los Estados Unidos, para ella misma y para Lyudmila; después de esos brevísimos segundos de reflexión, le dijo a su nuieva amiga, “debería ir a varias ciudades del país a decir eso a nuestros jóvenes, si está de acuerdo puedo organizarlo e, incluso, si le parece bien, puedo acompañarla”. A Lyuda le parecía magnífico para cumplir las órdenes de Stalin, en lo personal también quería pasar más tiempo con esa mujer que había logrado captar, tan rápido, su interés y afecto.

El presidente se despidió, Eleanor la invitó a dar un breve recorrido por los jardines de la Casa Blanca y luego de un té se despidieron como dos amigas que se hubieran conocido de toda la vida.

De vuelta a la residencia del embajador, el chófer y el traductor se mostraron más interesados en obtener noticias de Moscú que de indagar las impresiones y los planes de su camarada; como era de esperar, la plática fue insustancial, llena de lugares comunes y regada de numerosos silencios; cuando llegaron a la residencia, el ayudante del embajador la llevó a su habitación y le sugirió que descansara un par de horas, le informó que el camarada Litinov volvería en un par de horas y que deseaba cenar con ella; desde luego, Lyuda le pidió al ayudante que le dijera al embajador que asistiría con mucho gusto, en cuanto la puerta se cerró, la Subteniente Lyudmila Mikhailova Pavlichenko volvió a ser sólo Lyuda, se durmió como una niña pequeña durante una hora y cuarenta y cinco minutos precisos; cuando despertó y miró su reloj se dio cuenta que tenía el tiempo exacto, tomó una ducha rápida y tibia, se puso el uniforme de gala que había llevado consigo por si hacía falta y esperó a que la llamaran. Unos cuantos minutos después, con la precisión de la puntualidad soviética que era uno de los orgullos del embajador, llamaron a su puerta; el camarada Litinov la esperaba en el comedor; ella se dejó guiar y se sorprendió cuando su anfitrión salió a recibirla, en mangas de camisa y con una Coca-Cola helada.

  • Tiene que probar esto camarada Pavlichenko, es una delicia.

Lyudmila agradeció asintiendo con la cabeza y probó la peculiar bebida; desde luego que le gustó; durante la cena, no bebió otra cosa aunque el maridaje del burbujeante elixir con los pelmenis le pareció un poco raro, a decir verdad, lo disfrutó mucho; cuando llegaron el café y los postres, el embajador le preguntó:

  • ¿Qué tal la Sra. Roosevelt?, el presidente es un tipo interesante aunque a veces con un sentido del humor un poco obvio.
  • Es una mujer encantadora y el presidente fue amable en extremo conmigo.
  • ¿La trataron bien?
  • De manera inmejorable camarada Litinov.
  • ¿Sabe camarada? Usted es una mujer inteligente y yo soy un viejo que ha visto mucho, que conoce a Stalin mejor de lo que usted puede imaginar; tanto como sé que le ordenaron poner atención a todo lo que viera y oyera aquí y que tuviera mucho cuidado con lo que dijera; así que le voy a proponer un trato – una costumbre que he adquirido aquí -.
  • Camarada Litinov, no estoy autorizada para celebrar arreglos con nadie.
  • Me imaginaba una respuesta así, pero no se alarme. Le propongo que nos tratemos como dos compatriotas que se han encontrado en un país extraño, lejos de los temas oficiales, sin dobles intenciones, así lo que usted alcance a pescar y lo que yo pueda pescar, será en buena ley; no lo dude, he conocido muchas mujeres excepcionales pero usted, aún siendo tan joven, tiene la sabiduría que sólo alcanzan quienes han mirado la muerte a los ojos.
  • Gracias por el cumplido Camarada. Dígame, ¿es el parque central de Nueva York más hermoso que nuestro Parque Gorki?

El embajador lanzó una carcajada, la partida de ajedrez había quedado en tablas por el momento. Justo entonces dos miembros de la agregaduría militar se acercaron y después de hacer un saludo marcial se dirigieron al embajador como si ella no estuviera presente.

  • Camarada embajador, sería conveniente preguntar a la camarada subteniente qué ha platicado con la Sra. Roosevelt. Acaban de llamar de la Casa Blanca, la esposa del Presidente invita a la camarada Pavlichenko a hospedarse en la residencia presidencial durante su estancia en la Ciudad de Washington.
  • Estamos de acuerdo que las conversaciones entre la camarada Pavlichenko y la Sra. Roosevelt son de naturaleza amistosa. También estamos de acuerdo en que puede proceder como mejor le parezca.
  • Gracias camarada Litinov, creo que debo aceptar.
  • Yo también lo creo Lyuda; pero tenga cuidado, no se olvide ni un segundo que ellos no son soviéticos y que no saben lo que significa defender la patria exponiendo su vida. Pero por favor, no los haga esperar, honre usted la puntualidad soviética. Ah y otra cosa, no se ponga el uniforme de gala si no se lo indican expresamente, los norteamericanos son muy descuidados en su vestimenta y la ropa formal les causa alergia, míreme, vea lo que han hecho con mi forma de vestir.

El embajador pidió a su ayudante que llevaran al auto el equipaje de la camarada Pavlichenko cuando ella lo dispusiera y la llevaran de inmediato a la Casa Blanca; se despidió amable y hasta afectuoso.

El camino desde la residencia del embajador en el 1135 de la Calle 16 hasta la Casa Blanca es de apenas unas cinco calles; aún así, fue largo y pesado, un silencio glacial se estableció en el interior del auto; el chófer y el traductor ya no se sentían como los vigilantes de la francotiradora, sabían que era ella la que no dejaría de observarlos ni un segundo; tenían por seguro que debían temerle, ¿quién era en realidad esa joven militar ante cuya influencia se había doblegado Litinov?, ¿cómo es que la había dejado en libertad de decidir que se hospedaría en la casa del presidente de los Estados Unidos sin consultarlo antes con Molotov o incluso con Stalin?, ¿a quién representaba? ¿a Stalin, a Kaganóvich, a Zhúkov? como no tenían idea de cómo resolver el enigma, había optado por un prudente silencio. En realidad Lyuda había dejado de prestarles atención, estaba disfrutando el paseo por las calles de la capital norteamericana y pensaba que tal vez la mejor manera de llegar a los oídos de Franklin Roosevelt era ganándose a Eleanor, eso, desde luego, no parecía ningún reto, más bien se preguntaba cómo es que había surgido esa corriente de simpatía entre una mujer más vieja que su madre, que vivía en una realidad del todo distante a la suya y con la que no tenía nada en común, ni siquiera el idioma; tenía unos cuantos días para resolver ese enigma aunque tenía claro que su único deber, en ese momento, era cumplir de la mejor manera a su alcance las órdenes de Stalin.

Cuando llegaron a la residencia presidencial y franquearon la entrada exterior, el traductor rompió el silencio:

  • Pues, aquí estamos camarada.
  • Pues sí, aquí estamos.

Cuando el chófer detuvo el auto en la entrada de la Casa Blanca, descendió para abrir la puerta y que bajaran sus pasajeros, ahí aguardaban Eleanor y una joven de la edad de Lyudmila; se acercaron los soviéticos y la Primera Dama adelantó unos pasos para recibirlos; el chófer sacó del maletero dos valijas y las depositó en el suelo.

  • Buenas noches Lyuda, saludó Eleanor.

Al punto el traductor de la embajada y la chica que acompañaba a la Sra. Roosevelt tradujeron de inmediato al unísono. Pavlichenko no pudo evitar la carcajada, Eleanor se rió discretamente mientras los traductores se miraban con una mezcla de odio y sorpresa.

  • Disculpe, dijo Eleanor, lamento que no hayamos sido claros, como nuestra invitación era sólo para la Srita. Pavlichenko, trajimos nuestra propia traductora. Le ofrezco mis más sinceras disculpas.

El soviético volteó a mirar a la subteniente como pidiendo instrucciones, así que Lyudmila le dio las que consideraba pertinentes:

  • Gracias Lazar Pavlovich, diga al camarada Litinov que le llamaré por la mañana.
  • Con gusto Lyudmila Mikhailovna, se lo haré saber. Buenas noches Sra. Roosevelt.

Dio media vuelta, recogió su maleta y la depositó en el auto que, en un segundo, se alejaba.

  • Espero no haber sido descortés Lyuda. Le presento a Nadiezhda Kaplan, la mejor estudiante de letras rusas de la Universidad de Columbia… -Te he llamado Lyuda, ¿querrías llamarme Eleanor? lo de Sra. Roosevelt lo dejamos para situaciones oficiales y, por favor, lo de Primera Dama nunca, suena a nombre de caballo de carreras.

Las tres mujeres se rieron con alegría mientras entraban en la Casa, Lyuda se había imaginado muchas cosas pero no esa familiaridad; en su regimiento la criticaban porque tenía mucha imaginación, contaba cuentos que se inventaba y recreaba situaciones históricas como si las hubiera vivido, siempre le habían dicho que la imaginación era mala compañera de un francotirador y hasta le habían contado de un francotirador que también tenía una imaginación febril y había enloquecido mientas estaba oculto en unas ruinas en Crimea. La ropa informal de las americanas contrastaba con su adusto uniforme, aún así el ambiente era amable y distendido; pasearon un poco por las dependencias de la mansión y como las tres ya habían cenado se sentaron en una pequeña sala de estar y les llevaron té y unas bandejas con unos pequeños sandwiches.

La plática comenzó a discurrir en un tono gentil, casi familiar; Eleanor le dijo a su invitada que le hacía muy feliz tenerla en casa, que su deseo era conocerla como mujer, que ya habría tiempo para los mensajes públicos y le lanzó una pregunta directa:

  • ¿Cómo pudo matar a 309 personas? Eso no es trabajo para una mujer.

Eleanor se lo preguntó en un tono que alejaba cualquier sospecha de reproche.

Lyudmila suspiró con levedad; Eleanor, le dijo, no ha pasado ni un día en su país y puedo ver con claridad que nuestros pueblos tienen ideas muy diferentes de lo que significa ser mujer; primero, disculpe que se lo diga, cuando digo nuestros pueblos me refiero a Estados Unidos y a la Unión Soviética, yo soy soviética pero no soy rusa, soy ucraniana; tal vez la camarada traductora debiera estudiar letras soviéticas y no sólo letras rusas – la traductora bajó la mirada y esbozó una tímida sonrisa -; me parece que ustedes los americanos y nosotros los soviéticos vemos las cosas desde puntos de vista muy distintos, comenzando por el hecho de ser mujer y terminando con la percepción de la guerra. Creo que puedo ilustrarlo mejor con una historia, los ucranianos tenemos fama de ser buenos narradores. Cuando entré al campo de entrenamiento mi sargento revisó las pertenencias de todas las mujeres que estábamos ahí, sacó todo lo que consideró femenino y lo lanzó lejos; nos miró y dijo “¿cómo pretenden luchar usando esas cosas?”, los hombres se rieron de nosotras y el sargento les gritó “me parece que ninguno de ustedes, soldados, hombres y mujeres, parecen tener una idea clara de qué tan seria es nuestra situación; los alemanes han tomado Zhitomir, Riga, Kiev y Leningrado – lo que no era preciso -, dijo también que si no estábamos conscientes de eso y si no prestábamos suficiente atención, los que morirían en el frente seríamos nosotros y no los alemanes, sin importar si éramos hombres o mujeres”, cuando terminó hizo quemar todos nuestros artículos femeninos, nadie se rió entonces. Cuando quise entrar en al Ejército Rojo trataron de convencerme de ingresar como enfermera, tuve que recurrir a toda clase de argumentos para que me dejaran entrar como soldado, como había demostrado habilidad con fusiles de precisión me concedieron una prueba; me llevaron a Belyayevka, un pequeño pueblo cerca de Odessa donde un par de rumanos actuaban como colaboradores de los nazis, denunciando a simpatizantes del Ejército Rojo y también algunos de los pocos judíos que quedaban en la ciudad, a veces tenían tanta prisa que en lugar de denunciar ellos mismos los mataban, por su culpa habían sido asesinadas varias decenas de personas, mi misión era ubicarlos y abatirlos; llegamos a un bosque cerca de la aldea, en lo alto de una pequeña colina y nos ocultamos entre los árboles; eran como las seis de la mañana, para las nueve estábamos ya de regreso, los dos rumanos me habían ayudado a convertirme en francotiradora de la 25a división Chapayev de infantería y la aldea tenía una, o dos, preocupaciones menos.

Lo único que lamento es que esos dos no cuentan para mi puntaje porque eran una prueba, así que, si lo prefiere, en realidad no son 309 sino 311 enemigos que he retirado de la guerra sin contar los heridos, yo no llamo a eso un trabajo para hombres, creo que es una misión para cualquiera que tenga la habilidad suficiente para realizarla. De hecho, no estoy muy segura de entender bien qué puede significar “trabajo para hombres”.

La Sra. Roosevelt escuchaba con atención y la Srita. Kaplan traducía con un gesto de admiración; la mujer del presidente dijo a la soviética:

  • Querida Lyuda, usted y yo tenemos más en común de lo que se imagina, es sólo que ustedes son un pueblo muy antiguo y nosotros somos una nación muy joven, aún tenemos mucho que aprender… pero será mañana que, por hoy, ha llegado la hora de dormir. Descanse Lyuda.