Lyudmila Pavlichenko desayuna con Franklin D. Roosevelt

Después de que Nadiezhda llamara por teléfono para avisar que estaban listas, un ayudante las guió a un pequeño comedor con vistas a un jardín, había dispuestos cuatro lugares, las chicas tomaron asiento y mientras esperaban la llegada de Eleanor y el Presidente, guardaron una especie de silencio embelesado, ambas estaban en uno de los lugares a los que muy pocas personas en el mundo tenían acceso y ambas estaban ahí gracias a Rusia; la pareja llegó unos cuantos minutos después; las chicas se pusieron de pie de inmediato, Eleanor se adelantó y las saludó con afecto; Lyuda se acercó al Presidente y esperó a que lo ayudaran a tomar asiento; le tendió la mano y le dijo que era un honor estar con ellos y que su hospitalidad superaba cualquier expectativa que hubiera podido tener; llegaron fuentes de frutas y les sirvieron jugo y el café llenó el aire de un cálido aroma;

Después de un pequeño sorbo, Franklin Roosevelt miró con algo que bien podría llamarse afecto, a la chica soviética, le preguntó si la habían atendido bien, agregó que, además de ser un honor recibir a una heroína de guerra, era un gran placer recibir a una amiga de Eleanor; le dijo que su esposa le había comentado que además de valiente era una mujer muy inteligente; al final le preguntó cómo marchaban las cosas en el frente, que a todos los gobernantes les llegaba la información muy depurada y que no había nada mejor que la información de primera mano.

Lyudmila se dio cuenta que no tendría otra oportunidad así, que era el momento preciso para exponer a Roosevelt el punto de vista de Stalin y reafirmarlo en las pláticas y entrevistas que tendría que dar en los días siguientes; pero nunca volvería a tener la atención del Presidente de los Estados Unidos de una manera tan clara y límpida, no podía dejar pasar la oportunidad.

Cuando se hizo un brevísimo silencio, después de que Roosevelt terminó de hablar, Lyuda dirigió una rápida mirada cómplice a Nadiezhda, como si quisiera verificar que estuviera lista, la americana respondió con una sonrisa que quiso ser discreta; desde luego, Eleanor se dio cuenta de ese intercambio y volteó la mirada a su marido para escrutar su expresión; el Presidente estaba atento, sabía que en instantes iba a escuchar el posicionamiento soviético sobre la situación del frente oriental y podría escudriñar, más allá de la versión oficial, el sentimiento de una auténtica combatiente; desde luego que esperaba oír los argumentos de Stalin sobre la necesidad del frente occidental en Europa pero ahorrándose la almidonada retórica del Kremlin; no es que Stalin le desagradara, al contrario, le simpatizaba mucho más que Churchill, es más, desde las primeras horas de la invasión nazi Roosevelt le había ofrecido su apoyo al premier soviético y conforme avanzaba la guerra se sentía más próximo al georgiano que al británico pero, en verdad, le costaba mucho trabajo soportar la ampulosa retórica soviética; a los soviéticos había que tratarlos siempre de manera directa pues el primer indicio de formalidad los convertía en oradores rebuscados; así es que puso la mayor atención a lo que la joven enviada de Stalin iba a decirle.

Pavlichenko comenzó de una manera sorprendente, llamó a Roosevelt “camarada presidente”, aunque Nadiezhda dudó un segundo, tradujo con fidelidad y nunca pudo saber si Lyuda lo había hecho ex profeso o había sido un lapsus nervioso, lo cierto es que al escuchar la expresión rusa – que ya conocía – y luego su versión en inglés, Roosevelt se sintió cómodo y relajado, estaba en lo cierto, no iba a escuchar un discurso aprendido desde Moscú, no cabía duda, el astuto Stalin sabía muy bien cómo elegir a sus emisarios; Lyuda le describió la vida en el frente, no insistió al detalle en los avances logrados por los alemanes ni por los bastiones defendidos por la resistencia soviética, seguro que el Presidente lo sabía mejor que ella, así que prefirió concentrarse en la inusitada brutalidad de los nazis que parecía adquirir mayor furor en la Unión Soviética; la joven se esforzó en comunicar el sufrimiento de las miles de aldeas y el esfuerzo que el Ejército Rojo había realizado para resistir hasta la llegada del invierno; sin embargo, le dijo, tanto Stalin, como sus soldados, no tenían miedo de seguir peleando, no habían perdido la confianza en la victoria, pero resultaba importante abreviar tan enorme derramamiento de sangre inocente, en especial de los civiles; por eso era vital el establecimiento del nuevo frente en Europa del Oeste; en el Ejército Rojo sabían que un frente occidental permitiría vencer a Hitler con mayor rapidez y obligatorio a replegarse hasta Alemania; les preocupaba no sólo la Unión Soviética sino que estaban convencidos que los nazis constituían un peligro real para los Estados Unidos, para Inglaterra y para China; en toda la URSS la gente recordaba que Roosevelt se había comprometido hacía poco menos de un año a abrir el anhelado frente occidental, pero también estaban convencidos de que ese momento había llegado y era preciso convertir las palabras en hechos; en ese momento hizo una pausa para beber un sorbo de café, sintió que se había dejado llevar por la emoción y tal vez no fuera eso lo más conveniente, pero cuando levantó la mirada y vio los rostros absortos de los Roosevelt, supo que iba por el camino preciso.

El Presidente esperó a que Lyuda continuara su exposición, no quiso interrumpirla y ella interpretó ese silencio como una invitación a terminar lo que quería decir; continuó diciendo que mientras más pronto se abriera un frente en el Occidente de Europa más rápido sería derrotado el fascismo y en consecuencia, menos sangre inocente sería derramada; miró a Franklin Roosevelt como si fuera a implorarle una gracia personal y en esos términos le dijo:

  • A los soviéticos no nos cabe la menor duda que vamos a derrotar a esas bestias, pero no podemos prever a qué precio o hasta cuando y cada día que pasa sentimos que el peligro aumenta para su país y para su continente, que si Hitler logra hacerles daño aquí mismo, el costo de la victoria será mucho mayor del que ya estamos pagando; usted sabe, Señor Roosevelt, le dijo sosteniéndole la mirada, que nueve décimas partes de las fuerzas fascistas están combatiendo en la Unión Soviética y no sólo alemanes sino, con ellos, húngaros, daneses, italianos, rumanos y finlandeses; creo que ahora es el momento de actuar, lo que decimos los soldados en el frente es que es muy bueno tener un amigo que te lleve armas, ropa o comida, pero que es mucho mejor que tome sus armas y luche a tu lado”.

Lyudmila había terminado, su frase final le pareció, otra vez, excesiva en su confianza y tal vez un poco agresiva, pero ya estaba dicha. Roosevelt tomó un poco de su café, le dirigió una mirada y una sonrisa a Eleanor, y le contestó a Pavlichenko de una manera breve y franca:

  • Subteniente, dígale a Mr. Stalin que tiene mi promesa de que abriremos el frente en Europa, que cuando sea posible me pondré en contacto personal con él para coordinar las operaciones.

Con una alegría que no podía contener, contestó:

  • Muchas gracias Señor Presidente.

Eleanor remató pidiendo que desayunaran ya, que, con seguridad, su invitada no querría deshonrar la puntualidad soviética.

Lyudmila sintió que el viaje había cumplido su objetivo y que lo demás sería afianzar la posición que ya había conquistado. Sin embargo, no se engañaba, nada garantizaba que Roosevelt tuviera alguna intención de cumplir su palabra, pero no podía decir que el propio Stalin no se hab´ria hecho oir en la intimidad de su propia casa y tampoco que no estuviera informado por los propios soldados soviéticos de la manera en que percibían el desarrollo de la guerra; para Roosevelt, en cambio, aunque sólo esperaba el mejor momento para abrir el frente occidental, del cual no tenía ninguna duda, le pesaba la manera tan distinta en que sus propios jóvenes entendía nel significado de la guerra y lo difícil que era involucrar a la sociedad en su desarrollo; estaba convencido de que se debía ser más enérgico en que los americanos se vieran a sí mismos como los garantes de la libertad y la democracia en el mundo y no sólo como un país defendiendo sus intereses o aprovechando la ocasión; pensaba que Eleanor tenía razón, que el discurso de la joven rusa podía ser inspirador para sus propios jóvenes y que habría que aprovecharla; pensaba, por último que el discurso de la misión de los Estados Unidos como la nación liberadora, abierta a todos, debía superar al a vieja imagen del tío Teddy de ser un imperio dominante en el mundo; sólo ese cambio podría alentar a su pueblo a luchar incluso durante dos o tres generaciones.