Visiones de mujer. El encuentro entre una francotiradora soviética y la prensa americana

Cuando Lyudmila Pavlichenko terminó su conferencia se quedó asombrada al observar que el auditorio aplaudía de pie; agradeció varias veces el aplauso; de pronto escuchó lo que supuso era el himno nacional de los Estados Unidos, vio como los chicos, las autoridades y Eleanor cantaban y guardó un respetuoso silencio; cuando terminaron y ella estaba a punto de ponerse el quepis escuchó emocionada el himno de la Unión Soviética; las notas primeras se impusieron y luego solo su voz se escuchó sobre la grabación:

Gloria, patria por la libertad,

refugio seguro de amistad entre los pueblos.

El estandarte soviético es la bandera del pueblo,

llévanos de victoria en victoria

Le costó mucho trabajo contener el llanto que se le había quedado trabado; se recompuso y con Nadiezhda bajó del escenario; Eleanor la estaba esperando para acompañarla a la sala de prensa donde había varias decenas de periodistas de todo el país y algunos extranjeros, la cascada de luces la aturdió un poco y ocupó su lugar entre Eleanor y Nadiezhda; Lyuda estaba tranquila, en ese momento, sin duda, era el soldado soviético mejor informado del mundo, había memorizado una ingente cantidad de datos duros sobre la situación del frente oriental; sobre la capacidad de fuego del ejército nazi y de sus mercenarios húngaros y rumanos; sobre los escenarios posibles y poseía ideas muy firmes sobre lo que debía decirse para crear la convicción de que era necesario abrir el frente occidental y de lo que no podía decirse para evitar que se pudiera interpretar como un reconocimiento de incapacidad o debilidad del ejército Rojo, se encontraba lista para cualquier clase de interrogatorio, o al menos eso creía. Una vez que estuvieron en su lugar, un maestro de ceremonias dio algunos datos sobre Lyudmila y cedió la palabra a la Sra. Roosevelt quien se limitó a decir que consideraba un honor y un placer acompañar a su amiga Lyudmila Pavlichenko, una mujer inteligente, un soldado valeroso y una amiga también del pueblo y el gobierno de los Estados Unidos y que, desde luego, todos estaría ansiando escucharla y abrió la ronda de preguntas. Lyuda estaba preparada para todo salvo para lo que sucedió, le sorprendió aún más que ninguna de las mujeres que le acompañaban pusiera algún reparo con las preguntas que vinieron de los periodistas.

Un reportero le preguntó porqué vestía el uniforme que le favorecía tan poco; aunque la traducción fue impecable, Lyuda no pudo comprender la pregunta así que el periodista, antes de que la soviética pudiera decir algo, disparó de nuevo; insistió y le dijo que si era una mujer guapa porqué usaba un uniforme que la hacía lucir gorda cuando con distinta ropa podría lucir mucho mejor; la tensión en el ambiente se hizo espesa como la sangre; Nadiezhda se ruborizó y no añadió nada, Eleanor miró al periodista pero no dijo nada, Lyuda miró los ojos expectantes de los periodistas que esperaban su respuesta; la subteniente imaginó que miraba al periodista a través de la mira de su fusil, respiró con serenidad y respondió que ese uniforme era un honor que3 se ganaba arriesgando la vida para salvar la de otros, incluido el periodista, y que si las mujeres norteamericanas les preocupaba si se podía usar ropa interior de seda bajo el uniforme, con seguridad, tenían mucho que aprender; el periodista quedó petrificado y no supo reaccionar; el siguiente en preguntar tardó unos segundos en articular su cuestión con la que quiso aminorar los daños; comenzó explicando que, en efecto, había muchas diferencias entre las mujeres rusas y las americanas, que con seguridad podía aprender unas de otras y ambos pueblos entre sí; remató diciendo que tal vez un poco de cuidado, aún en una combatiente no estaría del todo mal y le preguntó si le estaba permitido maquillarse cuando estaba de servicio; esta vez Nadiezhda tradujo con visibles muestras de desagrado y aunque la Primera Dama seguía impasible su perpetua sonrisa se había transformado en un gesto adusto de aburrimiento y enfado; Lyuda contestó con un tono condescendiente, como si hablara con un niño pequeño y que trascendió los idiomas; le respondió al periodista que, sin duda, ella no estaba entendiendo el concepto y la función de la belleza femenina en la sociedad norteamericana, pero también estaba claro que él tampoco tenía ninguna idea de lo que significaba estar en un frente de batalla y que, hasta donde sabía no había ninguna regla que prohibiera el uso de maquillajes, sin embargo, no podía entender quién querría maquillarse cuando se estaba tan ocupada cuidándose de que no la mataran y de matar la mayor cantidad de3 enemigos posibles. -Aunque Lyuda había querido que sonara como una broma, a través de la traducción, pasó como un reproche; el siguiente periodista quiso cambiar el tema, sus colegas se sentían ofendidos y la soviética se veía imbatible; le preguntó si en el frente, alguna vez se había quedado petrificada de miedo, ella se sintió más cómoda aunque percibió que ninguno de los reporteros iba a tocar los temas para los que se había preparado tanto, la pregunta le pareció tan tonta que prefirió responderle con una broma; contestó que desde luego que siempre se sentía miedo y en esos momentos pensaba que pasara lo que tuviera que pasar, unas horas después los disparos habrían cesado, así que todo era cosa de esperar, pero que lo único que había logrado congelarla habían sido las luces de las fotografías a las que no eran disparos a los que no estaba acostumbrada; en ese momento parecía que el mal rato había pasado, se percibía un ambiente más amigable; un reportero muy joven levantó la mano y planteó una pregunta que ya le habían hecho cientos de veces y para que tenía siempre preparada la misma respuesta aunque, esta vez, incluiría un cambio significativo; el reportero le preguntó como se sentía cuando mataba a un alemán; la tradición fue presa pero Lyuda quiso confirmarla y le preguntó a Nadiezhda si había dicho matar, abatir o algún otro sinónimo; la traductora le confirmó que había dicho matar; pensó unos segundos y contestó:

  • Yo no mato alemanes, eso sería un asesinato racial; mi trabajo es abatir enemigos nazis y cada que lo hago experimento la sensación de haber liberado a cientos de soviéticos del sufrimiento y la muerte que mi objetivo podía seguir causando, cada que hago caer un nazi, lo que hago en realidad es salvar vidas.

Se escuchó un rumor de asentimiento; ella miró su reloj, quedaban unos minutos y todo habría terminado. En ese momento se levantó Malvina Lndsay, columnista del Washington Post y Lyuda pudo percibir una mueca de desagrado en el rostro de Eleanor, aunque eso la inquietó un poco no permitió que la perturbara; la experimentada periodista no se había quedado conforme con el desarrollo de las preguntas en torno al aspecto de Pavlichenko, así que todos esos minutos había estado meditando la forma en que podía asertar un buen golpe a aquella chica rusa que había querido darles una lección en su propia casa, había calculado, además, ser la última en preguntar para que e3l impacto fuera aún mayor; se dirigió a la subteniente con un tono respetuoso y le dijo que no lograba entender la reticencia de Pavlichenko sobre el cuidado de su aspecto físico, después de todo, era parte de la filosofía militar de cualquier ejército el orgullo de su estilo, que si no era verdad que a Juana de Arco se la retrataba siempre hermosa y en una reluciente armadura; la joven ucraniana no quiso morder el anzuelo para enfrascarse en una discusión absurda; se limitó a sonreír y respondió con agilidad;:

  • Hasta donde sé, nadie retrató a Juana e Arco en persona y menos después de una batalla. Muchas gracias.

El enfado de la columnista fue evidente, tanto era que al día siguiente mencionó la pregunta pero no la respuesta. Ciando Nadiezhda tradujo el agradecimiento de Lyudmila el aplauso fue cálido y generoso, como ya había comprendido, los americanos eran muy sensibles a la sensación del espectáculo, así que, después de todo, las cosas habían salido bien, pero en su interior había percibido que entre ambas sociedades existían profundas diferencias que serían muy difíciles de salvar, al menos en dos o tres generaciones, entre ellas, la más importante, la tarea de la mujer en la sociedad. Cuando Eleanor se levantó los aplausos cesaron, las chicas se retiraron de la mesa y juntas se dirigieron al auto que debía llevarlas al monumento a Lincoln; por fortuna ahí no habría discursos, dejaría unas flores, montaría una pequeña guardia de honor y firmaría el libro de visitas distinguidas; así que, por hoy, prácticamente todo había salido bien,