La utopía como viaje

Utopías son también, en ese sentido, los libros de viajes — reales o imaginarios —, como ocurre con el ciclo del descubrimiento y conquista de América; lo son, igualmente, los diálogos caballerescos escritos entre el Renacimiento y los años previos al movimiento de la ilustración. En la medida en que nuevos acontecimientos sociales, políticos y culturales fueron transformando el rostro de las sociedades, nuevos elementos fueron aportándose a las utopías; sin embargo, son esas mismas transformaciones las que van imponiendo nuevas necesidades y exigiendo nuevas soluciones a los autores utopistas que, a fin de cuentas, son una especie de catalizador y de expositor de las nuevas necesidades.

Si aquel cuadro básico de elementos de las utopías parecía completo para el Renacimiento, la exposición de la cultura europea a otras civilizaciones, como las americanas o las asiáticas, implicaron el conocimiento de otras formas de asumir la vida cotidiana; es verdad que siempre hubo diferencias entre unas y otras organizaciones sociales al interior de Europa, pero las distinciones lo eran de grado y nunca tan radicales como fue el enfrentamiento con el conocimiento de lo asiático y lo americano. De este modo, lo que parecía fatal e inconmovible, como las costumbres y valores, se convirtió en materia de debate, y el diseño de las sociedades posibles hace de las utopías renacentistas, hasta entonces inalcanzables por naturaleza, proyectos de ingeniería social y política de muy largo aliento, pero también de factibilidad posible. Otras formas de expresión, como el discurso político y la novela, enriquecen la manifestación de ideas utopistas, pero sobre todo, incrementan significativamente el flujo de información y la retroalimentación entre la sociedad y el autor, entre el escritor y el lector; a estos nuevos modelos corresponden el Gargantúa de Rabelais y El Quijote de Cervantes y los Ensayos de Montaigne.

Tal vez por su encuentro privilegiado con la nueva realidad americana, España innova en el pensamiento utopista. Cervantes, con El Quijote, lanza la utopía al régimen de lo individual, del sujeto generador de cambios, espejo de deficiencias y bondades y, sobre todo, juzgador último de las instituciones en que vive. Si bien es cierto que la presencia de los sujetos en las utopías que, por regla general son colectivas, es a veces despreciable, alcanza en El Quijote, una dimensión sobrehumana; sobre todo, porque confirma y completa la separación con las utopías que preconizaban el retorno a la naturaleza como modelo ideal e instaura la posibilidad de vivir conforme a las ideas, es decir, en la cultura por oposición a la vida natural. Esta asunción de fueros por el individuo lo convierte en un diseñador de la realidad, de las transformaciones y de las instituciones; si bien la locura del Quijote está inspirada en la idea de que el mundo como se aprecia en tiempo presente es erróneo e incorrecto, el que se piensa ya en futuro o como sustitución de la realidad, es superior y se puede vivir conforme a él tal y como suponen los enunciados de la norma jurídica.

Miguel de Unamuno explica esta antinomia que fundamentará las reflexiones en torno al idealismo y a la acción del individuo en su entorno desde el siglo XVII en adelante. Al tratar del encuentro, casi diríamos contrato de vasallaje entre Sancho y el Quijote, dice Unamuno en el que, posiblemente, sea el mejor análisis escrito en castellano en torno a la obra de Cervantes:

Ya tenemos en campaña a Sancho el bueno, que dejando mujer e hijos, como pedía Cristo a los que quisieran seguirle, “se asentó por escudero de su vecino”. Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz alta y sin rebozo, para oírse a sí mismo y para y para oír el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fue su coro, la humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda.

De esta disensión con la realidad no se separarán en adelante las utopías. Se trata pues, de una de las transformaciones más importantes respecto del modelo planteado por los padres fundadores del género. Si en la utopía renacentista el modelo ideal era más bien contemplativo y si en ella, como en las posteriores, su contenido nace de las angustias y anhelos de la sociedad real, después del Quijote, la utopía es enemiga abierta de la realidad y propone un modelo a seguir en sustitución del que se tiene; a más de ello, el modelo sugerido no tiene siquiera que ser racional, se basta a sí mismo en su justificación y sólo requiere ser mejor, más digno, mas cierto y aún mas hermoso; pero no es por necesidad, obra de una racionalidad acertada. Las sociedades, por su parte se identifican con este tipo de utopías — lo que no sucedía ni podía suceder con el modelo renacentista —, porque las utopías posteriores al siglo XVII, buscarán llegar al individuo de todos los días y explicar a quienes toman las decisiones colectivas, el ser y la razón de aquellos a quienes gobiernan.

El Quijote vio la luz en 1605, apenas unos años después de que en la práctica se hubiera concluido el proceso de conquista de América; este dato es significativo, porque da fin al ciclo de pensamiento en torno al buen salvaje. Después del descubrimiento y la conquista, los excesos y la burocratización habían terminado por dar muerte a la sensación de tierra virgen y esperanzada que predominaba en torno al encuentro de los dos mundos. América, sin embargo, había nacido para la utopía, es decir, para lograr aquello que en Europa ya no era posible; una sociedad nueva, sin los vicios ni las corrupciones de occidente, había tenido como protagonista al hombre natural, al buen salvaje. Éste personaje mítico, cuya inocencia se basaba en la ignorancia y cuya bondad se fundaba en el contacto íntimo con la naturaleza, debía dejar su sitio por el del colonizador, el del constructor de la nueva realidad; al momento en que Cervantes da a la prensa su novela, las cosas se han transformado y lo que ve don Quijote está fuera de todo tiempo y lugar, porque se trata de un reclamo de lo universal sobre lo particular; el predominio, en fin, de la idea sobre el impulso de la naturaleza. No volveremos a ver, en adelante, a nadie que desee volver a la edad de oro, sino más bien de construir una nueva ya partir de la sociedad vigente, ya arrasándola desde sus raíces para establecer el nuevo orden del mundo.

En América Latina, este impulso es todavía más notable. La idea de la cultura como creación del mundo y la negación de los impulsos naturales como determinación de la bondad social están presentes incluso en las utopías con tendencias más indigenistas. El sentimiento de naturaleza resulta, a los ojos de los autores americanistas de suyo eurocentrista, pues consiste en volver a un pasado que le fue adjudicado a América pero que nunca constó en su imaginario colectivo.

Si bien América Latina se inventa a sí misma de manera permanente, lo hace buscando su propia cultura y su propia identidad. Construyendo siempre, edificando a través de ensayos y errores; al contrario de lo que sucede en culturas políticas como los Estados Unidos, donde la suma de la voluntad popular y la racionalidad de las normas le da sentido y permanencia, en América Latina todo se reduce a la forma de racionalizar el ser de cada pueblo y el ser del continente; negar la naturaleza, la determinación biológica del ser para instaurarla como razón última universalmente aceptada es la tarea de las utopías de la región.