Alfonso Reyes y José Vasconcelos, dos utopistas en pugna

Son dos los miembros del Ateneo en quienes mejor se aprecia la tendencia a crear y sostener utopías como parte de la identidad política y social de la mexicanidad: Alfonso Reyes y José Vasconcelos.

Tanto Reyes como Vasconcelos han ejercido una influencia definitiva en la cultura mexicana del siglo XX y reaparecen constantemente en los análisis culturales, el primero desde el punto de vista literario y cada vez más desde el diplomático y filosófico, y el segundo con preeminencia en lo educativo y lo político y ocasionalmente en lo literario; ambos, unidos por una amistad atormentada y separados tanto por la ocasión política como por sus visiones del mundo, comparten la idea de un latinoamericanismo moderno, distinto del monroísmo pero también alejado del bolivarismo inocente del siglo XIX — algo que también puede apreciarse en otros miembros del Ateneo como Julio Torri o Isidro Fabela —. Si Vasconcelos percibe la idea de la unidad étnica y de la patria mayor, Reyes prefiere las raíces culturales compartidas; si uno ve el súper Estado, el otro ve el espacio cultural. Si el primero opta por la introspección latinoamericanista, el segundo amplia el marco hacia las fronteras inasibles de la occidentalidad. Si el segundo quiere descender hasta las necesidades más elementales, no logra desasirse de la ideología clásica en la que se educó y si el segundo quisiera no tener necesidad de vivir tratos políticos, la realidad lo sustrae constantemente de sus reflexiones. Ambos sueñan con una realidad que la Ley puede crear, pero sobre todo, con una sociedad en la que tal Ley sea posible. En carta fechada en México el 30 de julio de 1923, Vasconcelos dice a Reyes:

Intencionalmente hemos procurado que los presupuestos no tengan cantidad alguna destinada al fomento en general del arte, porque tenemos necesidades de suma urgencia, como la construcción de edificios escolares, etc., que nos obliga a cerrar los ojos por muchos años a todo lo llamado cultura superior, para poder sentar las bases de una verdadera cultura que tenga raíces en la masa de la población…

De Reyes habría que rescatar Visión de Anáhuac, Última Tule, A vuelta de correo, Discurso por Virgilio, Silueta del indio Jesús, El testimonio de Juan Peña, Geógrafos del mundo antiguo, La X en la frente y Andrenio, perfiles del hombre; de Vasconcelos, La caída de Carrranza, bolivarismo y monroísmo, Ulises criollo, La Tormenta, El Desastre, El Proconsulado, La raza cósmica y Breve historia de México.

La visión utopística de Alfonso Reyes busca insertar a México y América Latina en el orbe occidental; enraizándola en la tradición que tiene sus pilares en la noción teológica judeo cristiana, en el pensamiento filosófico griego y en las instituciones jurídicas romanas. Trata de abrir puertas y ventanas a una identidad que considera más amplia de lo que habitualmente puede considerarse la mexicanidad o el sentimiento latinoamericano; pero todo ello con la finalidad de afirmar lo que considera auténticamente mexicano, sin exageraciones ni estereotipos. Su visión del mundo es incluyente y del mismo modo en que convienen los demás miembros del Ateneo, supone que la cultura puede ser llevada como instrumento de liberación hasta los estratos más elementales de la sociedad.

Así, por ejemplo, al referirse al carácter argentino, Reyes emprende una teorización de la fuerza vital en la conformación de las naciones latinoamericanas, en Palabras sobre la Nación Argentina, dice:

Más que una nación de acarreo o depósito histórico [como México, Perú o Colombia], la Argentina es una nación de creación voluntaria. La hizo la conciencia de los hombres, de los individuos. Es, casi, el fruto de un deseo. El colono encontró aquí tribus nómadas sin yacimientos de civilización, y tuvo que importarlo todo consigo… Fruto de un deseo, y fruto laico: hijo de una aspiración cívica. En lo cual se diferencia de los Estados Unidos, que todavía deben su origen a la aspiración religiosa de los puritanos. Aquellos peregrinos buscaban la libertad de orar. Estos colonos vienen buscando un campo donde sembrar una patria hecha a su medida… De tal manera la formación argentina es efecto de una decisión premeditada de los hombres, que hasta se da el caso — paradójico en los países que llamaríamos meramente históricos — de que la misma capital haya tenido que imponerse  por la fuerza al resto del país, como se impone, en un caos de naturaleza, una voluntad humana. En verdad, la Argentina moderna parece la encarnación del verbo, y el triunfo voluntario y consciente de la generación romántica: Sarmiento, Alberdi, Mitre…

Por el contrario, aunque de forma complementaria, Vasconcelos, tiende a dibujar una fuerza centrípeta, una especie de gravedad que atrae las voluntades y los inconscientes colectivos, imaginarios y en fin, sentimientos de pertenencia destinados — como en un logos superior — a cumplir una misión en el tiempo y el espacio. Mudar ese destino resulta para Vasconcelos una forma de traición que desnaturaliza y que impide no sólo cumplir con el fin de cada grupo humano, sino incluso imposibilita la construcción de instituciones sociales y políticas acordes con la naturaleza de cada nación. En La raza cósmica, Vasconcelos afirma:

En México, por ejemplo, fuera de Mina, casi nadie pensó en los intereses del continente; pero aun, el patriotismo vernáculo estuvo enseñando, durante un siglo, que triunfamos de España gracias al valor indomable de nuestros soldados, y casi ni se mencionan las Cortes de Cádiz, ni el levantamiento contra Napoleón, que electrizó a la raza, ni las victorias y martirios de los pueblos hermanos del continente. Este pecado, común a cada una de nuestras historias patrias, es resultado de épocas en que la Historia se escribe para halagar a los déspotas. Entonces la patriotería no se conforma con presentar a sus héroes como unidades de un movimiento continental, y los presenta autónomos, sin darse cuenta que al obrar de esta suerte los empequeñece en vez de agrandarlos… se explican también estas aberraciones porque el elemento indígena no se había fusionado, no se ha fusionado aún en su totalidad, con la sangre española; pero esta discordia es más aparente que real. Háblese al más exaltado indianista de la conveniencia de adaptarnos a la latinidad y no opondrá el menor reparo; dígasele que nuestra cultura es española y en seguida formulará objeciones. Subsiste la huella de la sangre vertida: huella maldita que no borran los siglos, pero que el peligro común debe anular. Y no hay otro recurso. Los mismos indios puros están españolizados, están latinizados como está latinizado el ambiente. Dígase lo que se quiera, los rojos, los ilustres atlantes de quienes viene el indio, se durmieron hace millares de años para no despertar. En la Historia no hay retornos, porque toda ella es transformación y novedad. Ninguna raza vuelve; cada una plantea su misión, la cumple y se va. Esta verdad rige lo mismo en los tiempos bíblicos que en los nuestros, todos los historiadores antiguos la han formulado. Los días de los blancos puros, los vencedores de hoy, están tan contados como los de sus antecesores. Al cumplir su destino de mecanizar el mundo, ellos mismos han puesto, sin saberlo, las bases de un periodo nuevo, el periodo de la fusión y la mezcla de todos los pueblos. El indio no tiene otra puerta hacia el porvenir que la puerta de la cultura moderna, ni otro camino que el camino ya desbrozado de la civilización latina. También el blanco tendrá que deponer su orgullo, y buscará progreso y redención posterior en el alma de sus hermanos de las otras castas, y se confundirá y se perfeccionará en cada una de las variedades superiores de la especie, en cada una de las modalidades que tornan múltiple la revelación y más poderoso el genio…

El tono profético, profundamente ideologizado, no deja por otra parte, de enunciar el sueño posible de un solo pueblo para la región y el continente; cabe preguntarse si afinando instrumentos, algo así puede decirse de las corrientes migratorias hispano parlantes hacia los Estados Unidos. De cualquier forma, en ambos casos, la idea precede al hecho y se transforma en instituciones; no hay otra manera, si la utopía no puede cumplirse, ello no implica que no sea el sustrato del que el legislador se nutre, en el que vive y al que pertenece, para crear nuevos principios de organización.

En la medida que en México, la generación del Ateneo entraba en madurez y ocupaba cargos importantes en la administración pública, en la judicatura y la legislatura, el mundo se transformaba en su derredor; en cierto modo, mucho del México que existió después de la Segunda Guerra Mundial, se labró con base en las ideas más organizadas de estos intelectuales, a lo que habría de sumarse el pensamiento y las ideas de la época dorada del Partido Comunista Mexicano — Diego Rivera, el Dr. Atl o el propio Sequeiros —, pero no parecían encontrar respuestas para las tensiones de la Guerra Fría, ni entablaron una lectura directa y certera de las nuevas realidades. En su lugar, otras generaciones comenzaron, una vez más, a producir formas utópicas de pensamiento.