Leyenda áurea y leyenda negra en la occidentalización de América

La historia de la occidentalización de América estuvo transida por diversas tensiones que dieron dinamismo e incluso dramatismo a su evolución; fuerzas como la ambición de riqueza y de poder, la fe y el anhelo evangelizador o el ansia de libertad y la esperanza de una sociedad mejor, se encontraron en un vasto territorio, conformando nuevos pueblos que, a la larga, incluyeron en sus imaginarios políticos y colectivos,el origen de sus culturas, como periféricas de occidente pero innegablemente pertenecientes a dicho grupo; esperanzadas siempre en un futuro mejor, de justicia e igualdad, pero encadenados casi diríamos que fatalmente a la venalidad en la política, el patrimonialismo en la administración y el disimulo en los valores colectivos.

Dos grandes poderes, centralizados, prácticamente omnipotentes e intrínsecamente legitimados, fueron los principales agentes de este fenómeno; por un lado el absolutismo monárquico español, que había tomado para sí los territorios del Nuevo Mundo pero no en propiedad, sino en procuración de una labor evangélica para la difusión de la fe católica y la conquista del ideal de unidad cristiana ecuménica; y por otra parte, la Iglesia que si bien, luego de la experiencia renacentista y reformista había visto menguado su poder terrenal, sí actuaba todavía como árbitro universal de imperios y de relaciones de poder, además de haberse consolidado desde la Edad Media, como un centro irradiador de cultura cuya cooperación iba a ser reclamada por la Corona, complicando el escenario político pero, al mismo tiempo, dotándolo de un carácter ético que no tuvieron, por ejemplo, la colonización de la América del Norte, de África o de Asia por otras potencias europeas.

La propia tensión histórica creó en torno suyo argumentos favorables, algunos míticos y principalmente ideológicos, buena parte de ellos vertidos en los libros previos al descubrimiento y en las primeras crónicas de los conquistadores y evangelizadores, y otros más bien racionales y jurídicos dirigidos a establecer la legitimación del dominio ibérico sobre las tierras americanas, entre ellos los debates académicos de Ginés de Sepúlveda, Juan de Mariana o Francisco de Vitoria; pero también de contra argumentos y leyendas que situaban a la colonización española como un acto de pura barbarie, de destrucción sin límites y sin ética o principios morales que detuvieran la ambición y la venalidad. Al primero de los extremos se le ha denominado la leyenda áurea y al segundo la leyenda negra.

Si bien la leyenda áurea sirvió de justificación para el desarrollo de la occidentalización de América, fue también la fuente de algunos de sus excesos y parte también del origen de los nuevos sentimientos de pertenencia e identidad que los pobladores del continente desarrollarían durante los siglos XVI y XVII; la leyenda negra, por su parte, justificaría la actuación y las expectativas de dos grupos que, de origen diverso, se encontraron unidos en su afán, de carácter político, de desacreditar el pasado colonial para promover nuevos modelos, sea para sí mismos en otras áreas de influencia geográfica o bien al interior de las sociedades coloniales para lograr su independencia o en los primeros momentos de la vida independiente para establecer modelos políticos que consideraban viables o deseables; entre los primeros grupos se encontraban políticos e intelectuales asociados a las cortes de Alemania, Francia, Italia y, sobre todo, Inglaterra y entre los segundos, los movimientos románticos liberales del siglo XIX, que fundaban su idea de la Nación sobre la destrucción del pasado colonial que encontraban ligado a fuerzas retardatarias y conservadoras incompatibles con su ánimo liberal y republicano.

Por principio, promovieron la leyenda negra naciones interesadas en justificar sus particulares formas de proceder en América como en arrebatar a España y Portugal los derechos sancionados por el papado para el descubrimiento, conquista y colonización del continente. Algunos investigadores han demostrado que la Leyenda Negra se endereza contra lo español en general y no sólo contra lo acontecido en la conquista; por ejemplo, el cubano Javier Sáenz del Castillo, en su monografía La Leyenda Negra sobre el Descubrimiento y Conquista de América, señala tres rasgos comunes de la Leyenda Negra:

1. La mala administración española como un rasgo de su personalidad y no sólo como un error económico o de políticas públicas, de ahí que no sólo no pueda solucionar los problemas de sus territorios, sino que genera otros derivados de su ineficacia que se traducen en una situación crónica de desgobierno político, de injusticia legal, de inseguridad social, y de desorganización y explotación económica.

2. En la opresión generalizada de sus súbditos como práctica cotidiana de Estado, sin distinción de origen o nacionalidad. El súbdito es víctima de una represión absoluta en todas las facetas de su vida, desde un apego irracional por las formas tradicionales hasta la represión de las libertades tanto de pensamiento y creencia, como de expresión; en este sentido España se valió de la Inquisición, que utilizaba como una policía secreta política y religiosa.

3. El atraso secular e inveterado de  los españoles en cuanto se refiere a lo cultural e intelectual, condición que hacía imposible el progreso de las ideas, llegando a considerar las ideas novedosas como un hecho delictivo, lo que necesariamente limita el progreso material. Sin embargo, el atraso intelectual no sólo se considera parte del carácter español, sino una política intencionada de los gobernantes españoles para mantener al pueblo sumido en la ignorancia, con los concomitantes beneficios de dominio político.

Desde luego, un Estado con unas características así difícilmente hubiera sobrevivido, no digamos ya haber concretado la conquista o haberse erigido como el primero en occidente con una administración central y distintos niveles de independencia administrativa, porque lo importante no es la veracidad de la leyenda sino su efecto propagandístico y el nivel de descrédito que pudiera contener. No se trata, pues de un diálogo político, sino de un esfuerzo por ganar espacios y justificaciones. Así entendida, la Leyenda Negra no es sólo un ejercicio panfletario, sino todo un esfuerzo intelectual dirigido desde el poder público y económico del Estado. Sáenz del Castillo resume así los pilares de la Leyenda:

En cuanto a la religión, el eje central de actuación en este ámbito será la denuncia de la intolerancia católica de los españoles, recogida sobre todo en multitud de panfletos obra de protestantes flamencos y alemanes, y es en esta época …  donde se pone de actualidad la cuestión de la expulsión de los judíos, fundamentalmente desde Holanda. La Inquisición, por su parte, se va a convertir en auténtica obsesión dentro de estas críticas … Acerca de estos temas religiosos encontramos obras capitales como el Libro de los mártires, del inglés John Foxe, aparecido en 1554, o el relato del francés Le Chailleaux sobre la expulsión de los hugonotes de La Florida, publicado por el famoso impresor flamenco Teodoro De Bry en 1591, quien añade a su publicación una novedad importantísima para conseguir el efecto pretendido de impactar al lector y causarle así la mayor impresión posible: el empleo de imágenes para ilustrar el texto. Esta obra formaba parte de la Colección de grandes y pequeños viajes sobre las Indias, editada por De Bry hasta su muerte en 1598 y continuada por sus hijos en Frankfurt entre 1590 y 1623, con un total de veintidós títulos, y todos ellos siguiendo un mismo diseño: escritos de denuncia, con manipulación de textos españoles y empleo masivo de imágenes. Junto con estos y otros libros, se observan cantidad de folletos anticatólicos y antiinquisitoriales, en gran parte debidos a sefardíes refugiados en Holanda e Inglaterra… Por lo que respecta a la cuestión americana … va a ser este el tema en el que más se recurra a la manipulación de textos procedentes de la propia España. Así, el italiano Girolamo Benzoni, protestante que tuvo problemas con la Inquisición en México, publicó en Venecia en 1572 una Historia del Nuevo Mundo, ejemplo de la mayor hostilidad hacia la acción española en Indias, utilizando en su interés fragmentos de obras de autores españoles (como López de Gómara, Pedro Mártir, Fernández de Oviedo o Cieza de León). Por su parte, el inglés Richard Hakluyt escribió numerosos libros y folletos sobre la empresa americana, muchos de ellos publicados en colaboración con el antes citado De Bry, quien siempre procuraba acompañarlos con las imágenes adecuadas; esa relación, y los frutos publicitarios que produjo, es una de las razones que impulsaron a éste último a editar una de las piezas más importantes en el desarrollo de la Leyenda Negra: la Brevísima relación de la destrucción de la Indias, de Fray Bartolomé de Las Casas, adornada con gran cantidad de grabados ilustrativos, impresa en Frankfurt en 1598, de la que se hicieron más de veinte ediciones en apenas cincuenta años, hasta la Paz de Westfalia de 1648.

Sin embargo, la mención de la leyenda negra sólo resulta de utilidad si se comprende en el contexto renacentista y reformador en que sucedió. Si bien es cierto que sus afirmaciones son desaforadas, en exceso imaginativas y fantasiosas, también lo es que el conservadurismo y el absolutismo de la corona española la había hecho distanciarse de la evolución que otras naciones de Europa ya experimentaban; así, por ejemplo, el renacimiento español es tardío y se encuentra siempre sometido y relacionado a aspectos de la Iglesia contra los que se niega a rebelarse; asimismo, no es casual que el movimiento de oposición a la reforma tuviera su máxima expresión en dos movimientos con capital en España; la contrarreforma jesuítica y el arte barroco.

Existe un choque de fondo entre la mentalidad protestante y el espíritu semi pagano del catolicismo español; por un lado la racionalidad del protestantismo chocará de frente con el dogmatismo y el vitalismo del catolicismo español que  propugnará por la fe más bien taumatúrgica, milagrera y ciega fijando como modelos el martirio y el canon de la vida de los santos; en consecuencia, la propia expresión religiosa de ambas ramas del cristianismo no podrán resolverse sino en la contraposición y la aversión. La prohibición protestante de hacer imágenes religiosas recibirá como respuesta el sensualismo barroco, la expresión de la vitalidad en el gozo y el sufrimiento, en imágenes, incluso, no exentas de cierto erotismo; por último, será el culto mariano del catolicismo la punta de lanza del ésta rama tradicional del cristianismo para mantener la congregación de sus fieles y acrecentarlas; María, como madre de los humanos, es una imagen más cálida y cercana que el Dios racionalizado de los protestantes, una figura a la que se puede recurrir en el sentido más maternal del término sin el temor de la exclusión y el rechazo que habitualmente acompaña al encuentro con el Dios ataviado de masculinidad y omnipotencia.

La propia utopía sobre la que fue erigida la occidentalidad del Nuevo Mundo, es una manifestación de la resistencia a los cambios racionales de Europa pues, por encima de los proyectos políticos articulados, de las acciones de la Corona y de la Iglesia, fluye la idea de que en el Nuevo Mundo era posible reconstruir el reino de Dios, figurado por Tomás de Aquino y Agustín de Hipona, entre otros; el protestantismo y las formas racionalistas de la filosofía serían consideradas heréticas no sólo por la ortodoxia católica, sino por el conjunto social que ve en ellas la negación de la esperanza. Es notable que en ningún caso, ni en los individuales ni en los colectivos, hayan existido muestras de solidaridad de la sociedad con los procesados por la inquisición durante trescientos años.