De cómo el Edelweiss llegó a ser la flor de Hitler

Leni Riefenstahl, al contrario de muchos otros que no hicieron otra cosa que abonar el odio con su estupidez, estaba consciente de lo que hacía; tenía muy claro lo que quería decir y la manera de decirlo; una vez, en un cóctel, Goebbels le platicó cómo se había originado la idea de que a Hitler le gustaban las flores de Edelweiss y cómo es que esa flor se había convertido en la Flor del Führer. En realidad Hitler no tenía ninguna flor de su preferencia, es más – se reía Goebbels – ni siquiera le gustaban las flores, pero una mañana de 1934 la sección femenina del partido en Berlín se disponía a recibir a Adolf en la estación de Anhalt, así que buscaron al secretario de Josef – de quien se decía conocer al Führer hasta en sus más íntimos detalles – para preguntarle cuál era la flor predilecta del amo; desde luego, Paul Hanke no tenía ni la más remota idea, así que le pidió a las señoras que llamaran en diez minutos, se dirigió a la oficina de su jefe y le presentó la pregunta; el ministro de la propaganda le confesó a la cineasta que jamás se había planteado una nimiedad así y que preguntárselo al Führer habría sido de un mal gusto homosexual imperdonable, como quiso guardar las formas frente a Hanke que esperaba como si hubiera preguntado cuál sería la ruta para invadir la Unión Soviética, Goebbels volteó a mirarlo y con cabal seguridad le contestó lo primero que le vino a la cabeza:

    • ¡Hombre, que ignorancia la suya, el Führer ama la flor de Edelweiss!

Cuando las señoras le llamaron a Hanke, eficiente y orgulloso pudo dar el dato que le solicitaban.

    • Así se hacen los mitos querida Leni, dijo Goebbels y ambos estallaron en un sonora carcajada.

Ella había reído para no arruinar la gracia de su amigo, pero sabía que la Edelweiss se convertía en mito por su naturaleza, porque sólo se conseguía en las montañas y no se le podía cultivar en invernaderos, porque requería de un clima agreste, porque su imagen era sutil y melancólica, porque había sido creada para convertirse en la Flor del Führer y no por las ocurrencias del ministro a quien apreciaba pero que a ratos le parecía un vulgar payaso. Así se veía Frau Riefenstahl a sí misma, como una constructora de mitos y entonces, como en aquella reunión de 1940, volvió a reírse, pero a diferencia de aquella ocasión su risa no fue celebrada, los ancianos pensaron que se reía de ellos y aproximándose a su mesa y sosteniéndole la mirada, ella le gritó “asesina” y él escupió en el suelo; antes de que Leni pudiera salir de su estupor los viejos se marchaban con paso cansino pero firme y a la cineasta la invadió una ira muy profunda, un odio cerval que conocía pero que sabía controlar. ¿Porqué ella?, ¿porqué siempre ella?, ¿porque no otros si habían sido tantos? La gloria absoluta para Gropius, Hindemith, Barlach y hasta para Nolde que antes de estar en problemas con el régimen había abrazado sus ideas; todos ellos aplaudidos sin que nadie cuestionara su calidad estética o los sometiera a la crítica como si el sufrimiento fuera un argumento y ella, ella también había sufrido; porqué el piadoso silencio para Arno Breker al que habían dejado trabajar sin cuestionarlo; la gloria para Richard Strauss al que ella misma había empleado en la misma película que ahora le atraía tanto odio y en ella el compositor se había vuelto inmortal con su himno olímpico, ¿porque había defendido a la judía que era su nuera?, ¿porque se había enfrentado a Goebbels y había prevalecido?, ella también había tenido sus desencuentros con Josef y ahora nadie quería creerle; a ellos los reivindicaban mientras ella seguía siendo permanentemente zaherida; a Fürtwangler lo habían glorificado por sus gestos de resistencia que, si bien eran ciertos, ella los veía pálidos frente a su trabajo con el que solía honrar a la jerarquía y él, su némesis tan grande y tan sutil, había esgrimido las mismas defensas que ella, que quería dignificar al Reich, que era una manera de resistencia, pero a ella no le habían creído; Fürtwangler era el venablo que se lanzaban Goebbels y Göring en su batalla por promocionar a Von Karajan, él sí nazi absoluto, público, orgulloso y reconocido Aufnahmegruppe der 1933er, nachgereichte, todos lo sabían y ella no lo olvidaba, era talentoso pero no tanto, Leni se partía de risa cuando recordaba la rabieta con la que Adolf le platicó el error monumental del joven director en Bayreuth cuando quiso hacer alarde y dirigir sin partitura “Los maestros cantores”, se perdió, los cantantes callaron y hasta el telón se rasgó entre los gritos del público, todo en presencia de Adolf en un concierto de gala que se ofrecía a los reyes de Yugoslavia a unos meses de que iniciara la guerra, Leni no olvidaba como ese niño mimado en Nueva York, había hecho enfurecer a su amo hasta hacerlo gritar que mientras el Reich existiera Von Karajan no volvería a dirigir en Bayreuth; era talentoso pero ella lo era más, había sufrido un poco al final de la guerra pero nada comparado con las palizas que ella se había llevado y había dirigido admirado y aplaudido, había muerto de viejo con su familia mientras que la genial Riefenstahl seguía arrastrando los estigmas de todos ellos y tenía que soportar estas humillaciones; ella, la enorme, debía seguir purgando la condena que ni los tribunales de desnazificación habían podido imponerle.

El libro nuestro de cada martes: Todas las mañanas del mundo de Pascal Quignard

Pocos autores gozan de la facilidad y del talento para metaforizar como lo hace Pascal Quignard; sus libros nos remiten a la esencia del arte como creación de belleza. Sus libros son de una estética intensa y potente que nos embelesa y nos envuelve. Todos sus libros son ejemplos de la creatividad dirigida desde el talento del autor a la inteligencia y el corazón del lector.

En Todas las mañanas del mundo, Quignard recurre a una historia de amor envuelta en la relación que unió a dos de los más grandes músicos de Francia: Saint-Colombe y Marais. La elección entre la vida ascética del artista y el brillo de la riqueza y la fama que envuelve a la corte, es el encuentro de dos visiones del mundo según la cristiandad. En fin, una dulce, hermosa y hasta dura metáfora del mundo en los encuentros y descuentos del amor.

En 1991 Alain Corneau llevó a la pantalla la versión cinematográfica de la novela de Quignard con Gerard Depardieu en el protagónico. El filme no pide nada en belleza a la novela y, por el contrario, son dos visiones de un mismo tema con lenguajes distintos y efectos profundos en la estética de quien las presencia.

Sobre la hermosa edición del libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-todas-las-mananas-del-mundo/2627

Aquí el trailer de la película:

El libro nuestro de cada martes: Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes

 

Hace algunos meses, gracias a la generosidad de la Embajadora de México en España, doña Roberta Lajous; a la iniciativa de Pablo Raphael, director del Instituto de México en España y a la hospitalidad de la Casa de América, nos encontramos varios escritores, críticos e historiadores conmemorando el centenario de la llegada de Alfonso Reyes a Madrid. Como resulta natural, además de la recordación biográfica, el acento estuvo sobre dos obras fundamentales de la bibliografía reyesiana: “Cartones de Madrid” y “Visión de Anáhuac”. En alguna de las sesiones alguien preguntó porqué, al contrario de otros autores, como Borges por ejemplo, Reyes no generó un libro que lo trascendiera, no a su espacio ni a su tiempo, cosa que logró sin duda en varias ocasiones, sino a sí mismo como autor; es decir, porque no generó un “Aleph” o una “Rayuela” y ello, aunque no se dijo al momento, llevaba implícita la pregunta en el sentido de pensar porqué siendo don Alfonso tan magnífico escritor, no goza de la penetración en el público como, por ejemplo, los propios Borges y Cortázar. Desde entonces la pregunta me ha venido a la cabeza recurrentemente, a veces disfrazada de grito de alarma – y aún de socorro – y otras con el hábito obscuro de la acusación.

A las puertas de la Casa de América, en el corazón de Madrid, charlaba después del coloquio con Jorge F. Hernández que, con su chispeante sentido del humor, lamentaba cómo es que nos hemos perdido de mucho al pasar por alto algunos de los aspectos de la vida de Alfonso Reyes, esos magnéticos, apasionantes y vitales como su relación con las mujeres, por ejemplo, asunto del que todo reyesiano sabe y del que muy poco se dice, como si se quisiera mantener impoluta la imagen del santón literario que nunca aspiró a ser y mutilando la del viajero y el hombre que siempre quiso y supo ser; por ejemplo, con sutileza, en su Minuta, juego poético:

APLOMO

(Escolio de otro caballero a su vecina de la derecha)

—COMIENZAN por decirme Tengo las manos frías

Yo lo compruebo y

SIEMPRE

sé que van a ser mías

O mejor, aún, de su Berkeleyana:

Dimos de repente con un café, al lado del camino, en forma de rotonda abierta generosamente a todos los rumbos, de donde  salían unas muchachas vestidas como de ballet, túnicas mínimas y las piernas al aire, y nos servían en el mismo auto cosas relucientes, burbujeantes, heladas, oro líquido, plata fluida y fría, ¡qué sé yo! Al regreso pasamos de nuevo por ese sitio; pero era de día, la rotonda estaba oscura y cerrada, de aquel fuego sólo quedaban las cenizas, se había disipado el prestigio y apenas se veían los útiles de guardarropía usados por el ilusionista, por el raro encantador que días atrás quiso deleitarnos con sus engaños.

Y, en definitiva, su Análisis de una pasión:

¿Será la trivialidad una solución esquemática, pobre y elegante, de todas las complicaciones de la conducta? Yo salgo de los encuentros lloroso y nervioso. Ella, en cambio, se arregla el peinado y el afeite, y a otra cosa. No parece cargar el lastre de las emociones recibidas. ¡Es para dudar de la ciencia y del conocimiento! ¡Es para dudar del propio amor, en lo que tiene de más humano y consciente! Hay candor, sí, pero candor animal en la solución que encuentra Cecilia. Ella es más fuerte que yo, porque es más débil. Ella es acaso más pura que yo, por cuanto no profundiza ni interroga. ¡Otra vez la salvación visual, lo que pasa frente a los ojos y luego se va, sin torcerse en los laberintos del alma! ¡Qué pocas letras en su alfabeto, y sin embargo le bastan para expresarlo todo!

Con los días, cierta preocupación en torno a la pregunta planteada en el Coloquio se fue transformando y aún cambiando de sujetos, me había replanteado la cuestión de modo que recayera no en el autor, no en el sentido de porqué Reyes no escribió tal o cual libro, ni tampoco en el ninguno de los textos reyesianos que son innúmeros; esto es, tampoco en el sentido de porqué éste o aquél libro no ha logrado la fama y la posteridad que podría tener sino, más bien, desde la óptica de los lectores de Alfonso Reyes, de sus especialistas, críticos y profesores.

Jorge Luis Borges, curiosamente, uno de los autores que se encontraban, a guisa de ejemplo, en la raíz de la pregunta, dijo alguna vez que los seres humanos no tenemos ninguna razón para preocuparnos de la eternidad pues no depende de nosotros; a poco más de cien años de que Reyes pasó a la imprenta su Visión de Anáhuac, parece oportuno hacer una pausa para que los lectores de Reyes, sus críticos, biógrafos e historiadores, nos detengamos a explorar que hemos hecho con la obra de don Alfonso, hasta donde hemos labrado la pesada lápida de la monumentalidad de su obra y cómo hemos transformado sus ensayos hechos para el disfrute de la lectura y el aliño de la cultura en el alud de “papers”, ponencias, conferencias, coloquios y memorias de congresos que, indudablemente, aumentan nuestro conocimiento sobre las letras, el tiempo y la vida de Reyes pero que no necesariamente nos acercan a nuevos lectores potenciales ni tampoco a la difusión directa de sus textos; podríamos decir que con las décadas, hemos convertido a Reyes en un autor más citado que leído y en objeto de disección más que de vivencia. Esta reflexión resultaba especialmente paradójica tratándose de Alfonso Reyes, un autor que mucho se ocupaba de su obra y muy poco de su anhelo de perpetuidad; miremos si no, estas líneas de la tercera serie de la Marginalia:

Tengo un hijo médico y doctor en anatomía patológica. Le he hablado así:

—“Hijo mío, para mientes” (como dijo el de Santillana). Los primitivos instituyeron, con la “occisión del rey viejo”, una saludable práctica social. El viejo ya no posee el mana suficiente para sostener a la tribu. Hay que sustituirlo por un joven dotado de nuevas virtudes. De aquí el aniquilamiento ritual del viejo. Cuando veas que empiezo a escribir sonetos “capicúas” o que se leen lo mismo de izquierda a derecha o al revés, de arriba a abajo o a la inversa; cuando veas (aunque haya sido moda socorrida en nuestros días), que el tour de force comienza a gustarme más que la belleza, y ensartar agujas con los pies me atrae ya más que escuchar el canto pitagórico de las esferas, aplícame una inyeccioncita oportuna, échame fuera de este mundo y no dejes que me ponga en ridículo y arrastre por ahí un cadáver viviente.

Tal vez entonces, podríamos replantearnos la pregunta original, no cuestionándonos sobre porqué no existe ese libro insignia de don Alfonso, sino cómo es que no lo hemos descubierto o mejor aún, cómo es que no lo hemos construido.

En la década de 1960, Eduardo del Río García, conocido como Rius, inventó uno de los personajes más simbólicos de la historieta mexicana, dentro de la serie “Los supermachos”, Juan Calzonzin aparece recuperando la tradición de pícaro mexicano pero renovándolo con el lenguaje y los temas urbanos de la época, así como con la crítica ácida y mordaz de un indígena que, como en su tiempo el Periquillo, se cuela en las grietas de un sistema político corrupto y decadente.

Sus huaraches, su bigote lampiño y su cobija eléctrica a modo de sarape o toga romana, se volvieron durante años, icono de la desgualdad, la exclusión y la corrupción de las peores prácticas de la época más dura del partido hegemónico.

En 1974, Alfonso Arau, con guión propio y de Juan de la Cabada, llevó a la pantalla uno de los primeros capítulos de Los Supermachos, a que tituló “Calzonzin inspector” y que narra las aventuras de Juan Calzonzin como falso inspector político en un pueblo – digamos epónimo – infestado de líderes ladrones y corruptos; en una simpática e irónica comedia de enredos Calzonzin denuncia, con fingida inocencia, la procacidad y mendacidad de los gobernantes y los burócratas, mientras se escapa de una serie de ridículos intentos de asesinato.

Si bien su realización es más bien pobre y la vista general resulta poco afortunada, particularmente en su producciónn, en el minuto 47:26, hay un diálogo que arranca una carcajada enorme por el efecto de contraste de una frase literaria en el entorno paupérrimo de una carcel municipal.

Calzonzin, en su visita al municipio de San Garabato, es llevado casi a la fuerza a supervisar la cárcel local. Los presos son fingidos y sus aplausos comprados con pan; para recibirlo, el secreatio de don Perpetuo del Rosal, presidente municipal durante 30 años, el letrado Gedeon Prieto, emprende el siguiente discurso:

Gedeon Prieto.- Estos aplausos le murmuran: Viajero, has llegado a la región más transparente del aire, San Garabato, donde decir constitución es decir gobierno y donde decir gobierno es decir constitución.

(Juan Calzonzin se dirige a los presos)

Juan Calzonzin.- Queridos colegas…

Además  de la gracia, cuyo efecto es sólo por contraste, lleva un guiño a cierto espectador, el clasemediero educado, que es a quien va dirigida la sátira, pero también ubica a la Visión en el marco de la cultura oficial institucionalizada cuyo manierismo quieren combatir Rius y Arau; dicho de otro modo, una lectura canónica de la Visión ya se había impuesto para entonces, situación que nos vuelve a nuestra pregunta inicial sobre las diferencias entre la obra de Reyes y la de otros autores, lo que asimismo es un llamado para una reflexión vivencial y abierta del tiempo y obra de Reyes.

A lo largo de toda su vida de escritor, que cubre cuatro quintas partes de su existencia, Alfonso Reyes procuró parcelar bien su obra, considerando las materias sobre las que trabajaba pero también los lectores a los que se dirigía y al efecto que esperaba tener en ellos; no obstante, a lo largo de las décadas la lectura de las obras de Reyes han perdido paulatinamente esa diferenciación, y hemos tendido a homologar toda la obra con un rasero principalmente académico y, en cierta forma, dejaron de percibirse fuera del contexto de la enormidad vital y estética del autor. El hecho es que aún cuando hemos logrado descifrar muchas de las claves de la escritura reyesiana, que hemos avanzado en la contextualización de la literatura, la vida y los tiempos de don Alfonso y con todo ello tenemos un cuadro más completo de la cultura, el arte y el pensamiento mexicanos de principios y mediados del Siglo XX; a cambio, hemos permitido que los ensayos de Reyes fueran desdibujándose en su sentido vital, que la mayoría de sus trabajos, me atrevo a decir la enorme mayoría de ellos, que no fueron concebidos para la academia sino para el disfrute del arte literario perdieran la levedad necesaria para mantenerse como literatura viva.

De Borges o Cortázar, siguiendo los ejemplos planteados originalmente, puede decirse que su papel en la historia de la literatura en general y de la lengua española en particular es fundamental; sin embargo pareciéramos obligados a aceptar que, en ambos casos, a diferencia de lo que ocurre con Reyes, se trata de autores resistentes a los cambios generacionales y que siguen representando obra viva y leída como goce e incluso, como iniciación a lo que llamaríamos “la gran literatura”; mientras que Reyes, siendo también autor de letras de arte mayor, por llamarlas de alguna forma, lo hemos transformado en literatura “de repertorio”; es decir, no es que Reyes no tenga una obra de la estatura de lo mejor de Borges o Cortázar – para mantener el ejemplo -, sino que abundan en mayor medida los lectores – desinteresados o extra académicos – que acuden a ellos continuamente.

Emprender una reelectura de Reyes podría implicar así un intento por redimensionar su expresión y sus motivos para abrir nuevos diálogos transgeneracionales. Por ejemplo si donde la lectura y la interpretación de la Visión de Anáhuac explora el punto historiográfico, el manejo de las fuentes o la construcción de la narrativa pudiéramos ofrecer una exploración vivencias y casi poética o intimista algo bien podríamos ir avanzando, pensar en la Visión no como discurso poético del imperio azteca minutos antes de su extinción, sino como la mirada de un exiliado en la dulce y cruel tarea de recuperar lo más preciado del mundo que ha tenido que abandonar y de que no sabe si algún día podrá volver a habitar; si pudiéramos dedicarnos a compartir el goce de un elenco tan profundo de sensaciones, sentimientos e ideas podríamos vislumbrar muchos de los elementos que poblarán sus páginas hasta el final de sus días.

En cierto modo, Reyes trata al Valle de Anáhuac – su auténtica morada, tanto como Monterrey fue su solar ancestral – del mismo modo en que trata todas las cosas que ama; nunca volverá la vista sobre el padre derrotado, por ejemplo, sino sobre el héroe, el constructor de civilizaciones y el mártir sacrificado; la Visión – como la Oración del 9 de febrero o la Ifigenia Cruel – no son memoriales sino reconstrucciones; para leerlas se pueden aplicar dos filtros que a la postre, devienen mutuamente excluyentes; por un lado, el analítico histórico o político y por el otro, el vivencias, espiritual o puramente estético, en el justo sentido en el que Reyes veía su ejercicio literario: “una válvula de mi moral” y un “ideal hecho de bien y de belleza”. Tal vez por esas razones Reyes se niega a utilizar un aparato crítico histórico en toda forma, aunque su capacidad y conocimiento eran más que suficientes para hacerlo; a nadie escapa el hecho de que la Visión sólo contiene cuatro notas a pie de página, de las cuales dos son meramente aclarativas y dos fueron intercaladas a posteriori y con la única finalidad de disminuir el impacto de los datos duros y mantener, en su justa dimensión el de los valores estéticos, lo cual resulta aún más claro en la última de las notas, insertada hasta 1955, cuarenta años después de su primera edición:

Se dice ahora, según entiendo, que la Crónica del Conquistador Anónimo es una invención de Alonso de Ulloa, fundada en Cortés y adoptada por el Ramusio. Ello no afecta a esta descripción. 1955.

De muchas formas, la Visión de Anáhuac abría las puertas del recuerdo y del bienestar a Reyes, marcaba su equilibrio y lo retornaba a cierta edad de la inocencia en que todo estaba aún por escribir.

Desde la Visión, Reyes sabe que ese mundo ideal que ha dibujado está condenado a desaparecer; que debe mantenerse en la guarda y fidelidad de la memoria literaria porque , desde el primer momento de la aparición humana en el Valle, se inició su largo proceso de destrucción con el pretexto de la obra civilizatoria; ya en 1915 decía Reyes: “cuando los creadores del desierto acaban su obra irrumpe el espanto social”.

Con una especie de mirada profética, don Alfonso sabe que la desecación de los lagos no puede sino redundar en la destrucción de ese ámbito privilegiado para la reflexión y el ensueño; casi  es tanto como decir que el México de don Alfonso joven – entendido como solar paterno, como hogar prístino – debía desaparecer en la medida que el propio autor y sus amigos fueran mudando sus conciencias, sus circunstancias y sus tiempos. De ningún modo Reyes se aferra a su pasado, ni al México que abandonó y que sabe no volverá:

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones – que poco hay en común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción policial que nos dio treinta años de paz augusta.

De Nezahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

Podríamos decir que, como continuación de este párrafo, Reyes escribirá en la Palinodia un ciclo de construcción – destrucción cuyo corolario ya parece en ése último texto y que don Alfonso no pudo ver, el terremoto de 1985, relacionado en su magnitud con la propia desecación de los lagos:

¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis cómo, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro valle mismo desaparece.

Así, para afrontar el mañana, la soledad y la distancia, acuñó su propio talismán y lo formó de los temas que iría desarrollando a lo largo de toda su obra. Diseñó para sí un código cifrado de afectos que anclaban en el único lugar seguro, el entorno físico, pues la experiencia, no pocas veces amarga, le había enseñado lo frágil y vano que es poner en manos de hombre la esperanza del retorno y más aún si esos hombres tienen como oficio la política.

Reyes escribió muchísimo sobre sus ideas y sobre las ajenas, pero algo que luego nos pasa por alto pero que está más que presente, es que el principal tema de Alfonso Reyes en su literatura son sus sensaciones y sus pasiones.

No nos habla de otra cosa nunca, ni siquiera en sus trabajos más eruditos o más técnicamente literarios, pero es un hombre educado en el pudor de la cultura esforzada de esta tierra, en la que se puede decir todo como es, directo y sin ambagues, como buen regiomontano Reyes aborrece los eufemismos, pero su corazón se abre despacio y no deja entrar a cualquiera; una vez que se está dentro se disfruta del más amable lugar que uno pudiera soñar. Si la literatura de Reyes es una colección de pistas para entrar en ese mundo fascinante, habría pues que interpretar su existencia en ese sentido, solamente ligada a la manera en que, ya lo sabemos, las letras eran una válvula de su moral.

Sus libros son profundas confesiones espirituales por las que el autor alcanza la catarsis de su propio ser de exiliado y de víctima de la violencia del destino; sin embargo, también pueden ser bromas intencionales o inocentes provocaciones, en todo caso, ninguno de ellos puede considerarse completamente autobiográfico y ni siquiera se dirige al drama personal del autor; son el tema y el estilo los que concilian aquello que se agita en la conciencia del hombre para dejar constancia de su genio de autor. Por ejemplo, no podemos dejar de pensar en la obra de reyes sino en términos de un binomio constante, placer versus sufrimiento y no en el sentido cristiano del término por el que toda cuota de placer merece un castigo directamente proporcional, sino en el sentido hedónico de los griegos que suponen que el mundo está hecho de ambos elementos y nos corresponde decidir cuánto y qué placer nos es lícito procurar y cuánto y qué dolor es necesario soportar. Por ejemplo, uno de los pecados favoritos de Reyes, la gula:

Prescindiendo de los restaurantes franceses, reinaba en la Corte el venerable Botín, donde había menos modernidad, pero cocina más auténtica que en muchas renombradas fondas de Europa. Los escaparates de Botín ostentaban esos lechoncitos con la lechuga en la trompa que han alcanzado justa fama. Aquellas cazuelas matronas —planetas de barro y fuego labradas en la rotación de las edades—, venían penetrándose de grasa desde varios siglos atrás: acaso alguna vez las rebañara el mismo Quevedo. Los pescados y mariscos eran especialidad de La Viña P. El santísimo cocido (cuya receta aparece firmada por Alfonso XIII en el libro del Club Congressional Cook durante la presidencia de Coolidge), las paellas, las fabadas y los epónimos garbanzos —que dan a la casa el nombre en jerga popular— fundaban el orgullo de Los Gabrieles. Y los embutidos y morcillas de Díaz de la Cebosa (creo que así escribía él su apellido) eran con razón muy apreciados, porque el barrigudo señor resultaba tan experto en sus confecciones como en conseguir, para las familias de buen trato, amas de cría reclutadas en Pola de Lena y también en ciertos villorrios de mayor cuantía.

Y uno menos suculento pero también delicioso, la pereza:

¡Oh, plácida siesta! ¡ Oh, soledad poblada de contentamientos inexplicables! ¿Qué pudo adormecerme así, alucinarme así con la sensación de una plenitud, de una reintegración en la atmósfera nativa, de una continuidad biológica superior a las vicisitudes de la conducta y a los sobresaltos  del recuerdo? Acaso la Sombra del que apenas debo nombrar  gusta de vagar todavía por la tierra a laque dio su aliento. Acaso su compañía más que humana se insinúa en mí y me conforma, a manera de inefable vino.

Y desde luego, sin lugar a dudas, su patria como elemento de goce y de recordación absoluta, puerto y sentencia, pretexto y recuperación, todo eso es su país y su pueblo, por eso sufre cuando su obra no es comprendida en su patria o cuando se le considera ya un extranjero en su propio país; la Visión de Anáhuac, es un rescate histórico de los primeros días de México, pero también es una declaración de principios de su mexicanidad, un manifiesto de amor a su origen y un ejercicio de estilo que aspira a domar el nacionalismo furibundo de la Revolución para exponer de entre lo más mexicano, lo más universal; podría comparársele en cierta forma con Unamuno – a quien estuvo unido por una profunda amistad – que reniega de los oropeles de una tradición manida que ahoga el más profundo sentido de España. Dice Reyes en su Visión de Anáhuac:

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.

Quien haga el camino entre Madrid y Ciudad Real – la vieja Ciudad Leal de la época republicana – y luego siga la ruta entre Ciudad de México y Querétaro, se dará cuenta de la precisión de estas observaciones. Siempre que tengo la fortuna de venir a Madrid me arranca una sonrisa pensar que en el escudo nacional de mi bandera hay un higo chumbo y que, como bien observa mi hija Almudena, las banderitas de papel picado con que se adornan las calles de Chiapas en sus fiestas patronales son los mismos de la bandera de la España republicana. Porque a fin de cuentas, para Reyes hay dos patrias que se complementan y que juntas forman identidad: el solar y la lengua; por ejemplo, en su obra la palabra Madrid, descontando las menciones en fechas, nombres de instituciones y referencias bibliográficas, se la escribe un total de 1,109 veces, muchas más de las que se refiere a París y apenas por debajo de la palabra México.

En esa mente genial, pues, ha cabido de todo; artes y ciencias, recuerdos y predicciones, pero es a través de esa relectura vital que podríamos estar situando la obra de Reyes en un camino de revaluación dentro de los libreros de los lectores cotidianos que se pierdan no sólo en su crítica, sino en su vivencia, por ejemplo, en la del arte.

La relación de Alfonso Reyes con la plástica es importante, comienza desde México a través de Julio Ruelas y principalmente de Diego Rivera, amigo de toda la vida con quien compartió el amargo pan del exilio; fueron muchos los artistas con los que Reyes cultivó su amistad, aún en condiciones muy difíciles; Alfonso Reyes pudo sostener afectos y amistades más allá del paso del tiempo y de las circunstancias como la de una de las primera s mujeres de Diego: Angelina Beloff.

Para el escritor la convivencia con los pintores significaba participar de una existencia más combativa y arriesgada de lo que su docta condición de escritor le permitía y su prudente papel de diplomático le autorizaba; el mundo de los pintores, particularmente en París, era la oportunidad de participar en pequeñas batallas que resultaban graciosa para un hombre que poco antes había dormido acompañado de un fusil, había sido exiliado político y estado en presencia de un general golpista, ebrio y reconocido por sus excesos asesinos; tal vez a muy pocos como él podía aplicarse el título de la magnífica novela de Hemingway, “París era una fiesta”.

El rostro de la amistad de Reyes con los pintores tenía nombre: Diego Rivera; en aquella época el regiomontano veía al guanajuatense no como el monstruo sagrado de la plástica fundacional en México, ni como el azote dude la burguesía internacional y de sus buenas conciencias, sino como el gigantón dulce y sonriente que retrató Amedeo Modigliani, aquel Rivera de entonces era el mismo que expuso por primera vez en Madrid y que Reyes nunca olvidaría:

Cuando el mexicano Diego Rivera expuso en Madrid cuadros cubistas, hubo que pedirle que, al menos por respeto de policía, no exhibiera en el escaparate sus pinturas. Cierto retrato que estuvo expuesto en la callecita del Carmen por milagro no provoca un motín. ¿Dioses! ¿Por qué no lo provocó?, ¡Sus amigos lo deseábamos tanto! Adoro la bravura de Diego Rivera. Él muerde, al pintar, la materia misma; y a veces, por amarla tanto tanto, la incrusta en la masa de sus colores, como aquellos primitivos catalanes y aragoneses que ponían metal en sus figuras. Pintar así es, mas bien, desentrañar la plástica del mundo, hundirse en la fuerza de la forma, acaso intentar una nueva solución al problema del conocimiento.

Aquel Diego había llegado a Madrid como una bomba desmadejada y ocurrente que gozaba, como lo hizo siempre y más a su retorno a México, de escandalizar a las buenas conciencias; muestra de aquel tiempo queda aún en los muros de la Capilla Alfonsina de México, bajo la adveración de la célebre “Plaza de toros” que prácticamente acompañó a don Alfonso toda la vida. Rivera, además fue un puente entre Reyes y Picasso; o tal vez resulte más propio decir que fue el escritor quien sirvió de vaso comunicante entre ambos pintores; no es casual si se considera que los tres huyeron del manierismo y el retoque hacia las fértiles tierras de la sencillez genial; el escritor caminaba así entre los pintores a los que se sumaba Juan Gris, cuya casa sigue siendo para mi una especie de faro en mis andares madrileños, uno de esos puntos de referencia diminutos pero certeros; ubicada detrás de Puerta del Sol, a unos pasos de la Calle Salud que guarda para siempre el secreto del asombro azorado de mis primeras visitas y convive con una sidrería asturiana magnífica y en toda regla que hoy, como hace doscientos años, ofrece un rarísimo y delicioso licor de violetas.

En París, Reyes cultivó la amistad de los cubistas y de los surrealistas, de Cocteau y e Picasso, si con “La Cena” se había adelantado al movimiento surrealista, el cubismo lo toma por asalto y más que su expresión plástica, su capacidad para convocar el genio de su tiempo; ese ambiente creativo lo hizo transitar entre el cine, el teatro, la literatura y el arte; sin embargo, esas experiencias no se quedan para el goce y el crecimiento personal, sino como un camino para servir a sus amigos y para construir indelebles puentes de comunicación con los demás, será cerca del final de su vida cuando se ponga de manifiesto su enorme capacidad para crear redes de amistad y colaboración.

Esa capacidad, por ejemplo, le permitió servir de salvoconducto y auxilio entre el furor de Rivera y la disciplina casi militar de las vanguardias francesas. Recordaba Reyes que cuando Rivera presentó su primera exposición en París y estaba a punto de partir hacia Madrid, se suscitó un malentendido entre los dos pintores; esto debido a que Will, la dueña de la galería donde exponía el mexicano se había expresado en el texto de la invitación, en términos poco amables sobre Picasso; al español aquello lo tenía enfurecido mientras que al mexicano lo había hecho presa de una angustia sin descanso, tanto por no saber como podía reaccionar si Picasso lo encaraba o si trataba de sabotear la exposición como por el riesgo eque, en ambos casos, corría la carrera del aún incipiente genio frente al poder del semidiós que ya entonces era el malagueño. Alfonso echó mano de sus amistades, de su proverbial don de gentes y logró aproximar a los pintores y los puso en camino de una relación duradera, el punto en que solemos atribuir a Diego aquella frase que nos gusta tanto a sus seguidores: “nunca he creído en Dios, pero creo en Picasso”.

Prefiero dejarlo aquí, nos faltarían horas para hablar de otras pasiones y otros placeres; pero al volver la vista atrás, al pensar lo que he experimentado leyendo a don Alfonso, me gustaría sólo compartir no el mejor, sino el más entrañable de los versos de Reyes como un signo de esta invitación a la recuperación de los lectores:

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

—~Ya llevas Sol para rato!—

Es tesoro —y no se acaba:

no se me acaba —y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.—

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

Muchas gracias

El libro nuestro de cada martes: La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde

En los primeros días de 1895, Oscar Wilde estrenaba en el Theatre Royal de Haymarket, su The Ideal Husband; el éxito fue inmediato, en la obra Wilde lanzó un ataque fino, acerado y certero contra la corrupción política de su tiempo, contra la doble moral victoriana y contra la opresión que la moral pública ejercía sobre los individuos. En la pieza, acosado por su pasado corrupto, un representante de la aristocracia británica debe enfrentar un chantaje; como en todas las obras de Wilde, sus parlamentos ofrecen dos o más lecturas, en este caso, a la crítica política se suma su visión del tiempo y circunstancia a la que pertenecía:

Mistress Cheveley.- En tal caso mi querido Sir Roberto, estaría usted perdido sencillamente. Acuérdese a dónde le ha elevado su puritanismo en Inglaterra. En otros tiempos nadie se creía mejor que su vecino, ni en un ápice. Realmente al que era un poco mejor que su vecino se le consideraba como un ser excesivamente vulgar, muy clase media. En nuestros dais con nuestra moderna manía de la moralidad, cada cual tiene que exhibirse como modelo de pureza, de incorruptibilidad y de las otras siete virtudes mortales. Y todo ¿para qué? Caen ustedes todos como bobos, uno tras otro. No pasa un solo año en Inglaterra sin que se desplome alguien. Antes, los escándalos prestaban cierto encanto a un hombre, o al menos, lo hacían interesante; ahora le aplastan. y el de usted es un escándalo muy sucio. ¡No podría sobrevivir a él!

  Un mes mas tarde, en el St. James Theatre, se estrenaba The importance of being Earnest. Wilde se encuentra en su mejor momento de fama y en pleno dominio de su capacidad creativa; durante los años anteriores, el ascenso de Wilde en la escena social y literaria de Londres y París había estado acompañado de una transformación en su actitud frente a la moral colectiva y también frente a la situación institucional en ambas capitales. Si bien Wilde nunca fue conformista, lejos de ser el excéntrico dando, el heredero afortunado y talentoso, se había construido con una carrera de gran peso para convertirse en el primer dramaturgo en lengua inglesa y en uno de los autores más leídos y comentados en ambas riveras del Canal de la Mancha.

En cierto modo, el irlandés había desarrollado un sentido de certeza sobre su influencia, que no sólo partía de su pluma sino de su personalidad y de su actitud, que habían alcanzado en la sociedad de su tiempo al grado de permitirle hacer afirmaciones o tomar posturas que difícilmente habrían sido toleradas en personajes menos célebres; así, por ejemplo, el hecho de colocar dos obras monumentales y exitosas en el lapso de solo un mes, en los mejores teatros de la temporada, hablaba de una aceptación inequívoca que para el propio escritor se presentaba como una posibilidad de presionar a las estructuras colectivas fuera del contexto del poder político, veamos dos ejemplos más. En The Ideal Husband, su crítica social, acre aunque elegante, busca confrontar a su sociedad consigo misma:

Lord Caversham.- Buenas noches, lady Chiltern. ¿Está por aquí la inutilidad de mi hijo menor?

Lady Chiltern.- Me parece que Lord Goring no ha llegado aún.

Mabel Chiltern.- ¿Porqué llama usted inutilidad a Lord Goring?

Lord Caversham.- Por que hace una vida de holganza.

Lady Chiltern.- ¿Cómo puede usted decir eso? Da su paseo a caballo por el Row, a las diez de la mañana. Asiste a la Ópera tres veces por semana, cambia de traje lo menos cinco veces al día, ¿y come fuera de casa todas las noches durante la season! no creo que pueda usted llamar a eso una vida de holganza.

Lord Caversham.- Es usted una muchacha encantadora.

Y aún, más adelante, Wilde confronta a su sociedad directamente:

Mabel Chiltern.- ¡Pues a mi me gusta la sociedad londinense! Ha progresado notablemente. Hoy día está compuesta de guapos imbéciles y de deslumbrantes lunáticos. Que es precisamente lo que debe ser una sociedad.

  El irlandés no se propone como conciencia crítica de su sociedad, pero su denuncia, amparada por su fama, la calidad e impacto de su trabajo literario y su lugar prominente en la vida cultural de Europa occidental había extralimitado la potencia de sus capacidades y se había transformado en un desafío para ciertos sectores de  la sociedad que no tendrían posibilidad ni deseo de procesar a un personaje como Wilde. Desde meses atrás el escritor se había embarcado en un modelo de vida que contravenía los valores establecidos, aspirando tanto a una mayor libertad como a un ajuste de cuentas entre la realidad, las decadentes prácticas sociales y las estructuras políticas y jurídicas que la sostenían.

Tres años antes de estreno de The Ideal Husband, Wilde había comenzado los ensayos de su Salomé en el Palace Theatre de Londres, en lengua francesa y con Sarah Bernhardt en el papel principal; la puesta en escena representaba varios desafíos a las inveteradas costumbres de la clase social a la cual el autor pertenecía. Por un lado -desde lo jurídico- había retado a la censura, pues los ensayos se habían adelantado a la resolución que debía autorizar el montaje; por el otro, la lengua materna y la nacionalidad de la protagonista, la francesa, era mucho más que un recurso estilístico, era la afirmación de una libertad que Wilde atribuía a Francia y que negaba constantemente a Inglaterra, que solía manifestar públicamente en expresiones como esta: la gran superioridad de Francia sobre Inglaterra se debe a que en Francia todo burgués quiere ser un artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser un burgués. Y por último, el tema mismo de la obra, el asunto bíblico; Wilde sabía -como lo sabían todos los dramaturgos que trabajaban en Londres entonces- de la existencia de un acta del Parlamento que prohibía la representación teatral de cualquier obra que tuviera como personajes a héroes o heroínas bíblicas; así, aunque amparado en la deslumbrante fama de su diva y aún en su propia luminosidad como personaje social y como autor, tuvo que enfrentar la suspensión de los ensayos y la prohibición de la ejecución pública de su trabajo.

Todavía en febrero catorce de 1895, Wilde estrenó con enorme éxito la que sería la más grande de las obras teatrales de su autoría y también la última, The importance of being Earnest; simpático juego de palabras intraducible a otras lenguas, pues lo mismo resulta fonéticamente “La importancia de ser Ernesto” o la forma más recurrente “La importancia de llamarse Ernesto” y también “La importancia de ser solemne” o la habitual “Importancia de ser serio”; con el objeto de mantener la fidelidad del juego de palabras, en su traducción, Alfonso Reyes propuso “La importancia de ser Severo”.

Esta “comedia trivial para gente seria”, constituye uno de los experimentos de crítica social más avanzados de Wilde, es una sátira descarnada de la moral victoriana y de su complejo entramado de conductas, valores y afirmaciones siempre en referencia a los sexual y al matrimonio, a la condición social o a la calidad de la fortuna.

Más allá de sus letras, en lo conceptual, Wilde denunció una crisis de credibilidad de las normas que debían regular la conducta social y en la práctica llevó un estilo de vida que, si bien parecía coincidir con sus convicciones y con su genio -aún dentro de la doble moral de su tiempo-, entraba en franca confrontación con grupos de interés y de presión política y social al interferir con sus prejuicios y su esfera de poder. Todo ello, aunado a la enorme soledad de Wilde, que no representa movimiento ni corriente ninguna, fueron los factores que determinaron su caída.

Bajo las delicias y exquisiteces de su literatura, conforme se desciende al interior de su precioso estilo, el lector debe enfrentarse con el lado más acre de la expresión wildeana, aquel regusto de cinismo de quien sabe que no podrá cambiar el mundo y que aspira, al menos a un espacio diminuto, personalísimo si se quiere, de tolerancia y libertad; el lector debe enfrentar también una potencia expresiva que no por ser menos grandilocuente resulta menos filosa e incisiva, en The Importance of being Earnest, al principio, Wilde propone esta caracterización de las castas al interior de la sociedad británica:

Algernon.- ¿Porqué será que en una casa de soltero son, invariablemente los criados los que se beben el champaña? Lo pregunto simplemente a título de información.

Lane.- Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champaña.

A.- ¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?

L.- Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado más que una vez. Fue a causa de un error entre una muchacha y yo.

A.- No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.

L.- No, señor; no es un tema muy interesante, yo nunca pienso en ella.

A.- Es naturalísimo y no lo dudo. Nada más, Lane. Gracias.

L.- Gracias, señor.

A.- Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas. Realmente si las clases inferiores no dan buen ejemplo ¿Para qué sirven en este mundo? Como clase, parece que no tienen en absoluto sentido de la responsabilidad moral.

 

La literatura de Wilde, de acuerdo con su propia comunicación estética, no era sino una muy elaborada estilización de su postura frente al mundo, frente a su tiempo y frente a la cultura y prácticas de su generación. No podríamos decir que Wilde fuera un ideólogo, o que sus textos y actitudes buscaran una modificación de las relaciones sociales, éticas o jurídicas de su tiempo; en cambio, si estamos frente a un hombre de particular talento, de un revolucionario en el ámbito literario y de una manifestación clara de las disyunciones de un sistema jurídico y político cuyas clases dominantes, en tanto que creadoras de las normas jurídicas, habían perdido contacto con la realidad o que, aún teniéndolo no estaban dispuestas a acotar sus privilegios ni sufrían presiones suficientes para hacerlo. No debe olvidarse que incluso Marx, basado en esta misma observación suponía que la revolución proletaria debía comenzar por Inglaterra.

En la medida que su buena estrella se levantaba sobre el horizonte de su sociedad, la conducta de Wilde se volvía más desafiante. En 1884 se había casado con Constance Lloyd, hija de un prominente abogado de Dublín, un año más tarde nace Cyril y para 1886 Vyvyan, el segundo y último de sus hijos. En 1891, comienza su relación con Bosie, Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Días después del estreno y triunfo de The Importance, el drama del poder frente a la libertad, de las convenciones sociales frente al genio y de un sistema jurídico, social y político, que por su duplicidad moral y su represión de conductas, debiera haber estado en crisis pero que por la red de convenciones, creencias firmes y promesas de poder que lo sostendrían , todavía hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, frente a la dignidad, harán colisión de una manera lamentable.

En 2002 Oliver Parker llevó a la pantalla, con Rupert Everett en el protagónico una excelente versión de la obra, aquí el tráiler.

Día Mundial de la libertad de expresión: El Index Librorum Prohibitorum para su descarga

Hoy que conmemoramos el día mundial de la libertad de expresión, liberemos un poco de conciencia hablando de los libros que se han prohibido por cualquier razón, aquí, Cisterna de Sol ofrece una edición propia de la lista sobre las fuentes oficiales.

Que ustedes la disfruten.

 

index librorum

El libro nuestro de cada martes: Tres lindas cubanas de Gonzalo Celorio

Para los mexicanos Cuba es una fascinación, un misterio y una vocación; emparentadas desde el nacimiento hemos compartido de todo, desde flujos migratorios hasta encuentros y desencuentros históricos. En la Era Colonial fuimos, ambas naciones la puerta de acceso de Europa al Nuevo Continente, durante las guerras de independencia ambos países nos mostramos solidarios y aunque cada Nación con sus avatares y sus desventuras alcanzamos la libertad en momentos distintos, esa relación deja más que claro aquel principio que indica que la relación entre los gobiernos no coincide siempre con la relación entre lo spueblos.
Para decirlo de otra manera, entre Cuba y México hay un romance que lleva ya varios siglos; nos encontramos a la orilla del mar, en la literaetura,particularmente en la poesía, en el cine, en la música, sobre todo en la música. Y desde luego, a los mexicanos nos gusta la cubanía, hombres y mujeres sentimos una atracción natural por el ritmo y la alegría que cura un poco nuestra solemnidad de altiplano. Pero Cuba encierra también misterios, particularmente después de la Revolución es mucho lo que se dice, muchas las leyendas y son pocos los privilegiados que han podido observar y vivir de primera mano aquel universo.
Para mi generación, que creció arrullada por los cantos en memoria del Ché,  por ejemplo, la Revolución tenía un no sé qué de romance épico, la imaginería de los barbudos luchando en la Sierra Maestra, la presencia en Santa Clara, la figura de Fidel triunfante con una paloma en el hombro; luego la historia hizo su trabajo de desencanto y desencuento, no siempre objetivo y no siempre veraz, pero Cuba seguía ahí, presente y gozando siempre de nuestro cariño, de nuestraesperanza de los helados Coppelia, de Varadero, de Hemingway.
Posiblemente Gonzalo Celorio sea uno de los más importantes «cubanólogos» denuestro país, lo es por derecho desde luego, por origen y también por ímpetu; talvez por eso uno de los libros que mejor retratan, con más sabor y con impecable prosa aquel sentimiento de la cubanía que nos enamora y nos acoge sea «TresLindas Cubanas».

Los libros autobiográficos o semi autobiográficos siempre nos toman con reserva, es decir, la autobiografía esconde en el fondo también una justificación y los seres humanos solemos necesitarlas; pero Celorio toma distancia y narra una auténtica ficción del mundo real en la que el principal personaje no es el apellido Celorio, sino ese intercambio enorme, dulce y permanente entre México y Cuba. Los libros que ambos pueblos nos hemos escrito y la forma en que nos hemos leído.
Se trata pues de un catálogo hermoso de sentimientos sobre Cuba, de visiones sobre la isla y sobre su historia, pero ante todo, es la historia de unahumanidad a la que las fronteras le vienen sobrando cuando lo que importa escorrer tras el corazón y el ensueño.

Algo sobre el libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-tres-lindas-cubanas/88687

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

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Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

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A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

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El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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