El libro nuestro de cada martes: La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde

En los primeros días de 1895, Oscar Wilde estrenaba en el Theatre Royal de Haymarket, su The Ideal Husband; el éxito fue inmediato, en la obra Wilde lanzó un ataque fino, acerado y certero contra la corrupción política de su tiempo, contra la doble moral victoriana y contra la opresión que la moral pública ejercía sobre los individuos. En la pieza, acosado por su pasado corrupto, un representante de la aristocracia británica debe enfrentar un chantaje; como en todas las obras de Wilde, sus parlamentos ofrecen dos o más lecturas, en este caso, a la crítica política se suma su visión del tiempo y circunstancia a la que pertenecía:

Mistress Cheveley.- En tal caso mi querido Sir Roberto, estaría usted perdido sencillamente. Acuérdese a dónde le ha elevado su puritanismo en Inglaterra. En otros tiempos nadie se creía mejor que su vecino, ni en un ápice. Realmente al que era un poco mejor que su vecino se le consideraba como un ser excesivamente vulgar, muy clase media. En nuestros dais con nuestra moderna manía de la moralidad, cada cual tiene que exhibirse como modelo de pureza, de incorruptibilidad y de las otras siete virtudes mortales. Y todo ¿para qué? Caen ustedes todos como bobos, uno tras otro. No pasa un solo año en Inglaterra sin que se desplome alguien. Antes, los escándalos prestaban cierto encanto a un hombre, o al menos, lo hacían interesante; ahora le aplastan. y el de usted es un escándalo muy sucio. ¡No podría sobrevivir a él!

  Un mes mas tarde, en el St. James Theatre, se estrenaba The importance of being Earnest. Wilde se encuentra en su mejor momento de fama y en pleno dominio de su capacidad creativa; durante los años anteriores, el ascenso de Wilde en la escena social y literaria de Londres y París había estado acompañado de una transformación en su actitud frente a la moral colectiva y también frente a la situación institucional en ambas capitales. Si bien Wilde nunca fue conformista, lejos de ser el excéntrico dando, el heredero afortunado y talentoso, se había construido con una carrera de gran peso para convertirse en el primer dramaturgo en lengua inglesa y en uno de los autores más leídos y comentados en ambas riveras del Canal de la Mancha.

En cierto modo, el irlandés había desarrollado un sentido de certeza sobre su influencia, que no sólo partía de su pluma sino de su personalidad y de su actitud, que habían alcanzado en la sociedad de su tiempo al grado de permitirle hacer afirmaciones o tomar posturas que difícilmente habrían sido toleradas en personajes menos célebres; así, por ejemplo, el hecho de colocar dos obras monumentales y exitosas en el lapso de solo un mes, en los mejores teatros de la temporada, hablaba de una aceptación inequívoca que para el propio escritor se presentaba como una posibilidad de presionar a las estructuras colectivas fuera del contexto del poder político, veamos dos ejemplos más. En The Ideal Husband, su crítica social, acre aunque elegante, busca confrontar a su sociedad consigo misma:

Lord Caversham.- Buenas noches, lady Chiltern. ¿Está por aquí la inutilidad de mi hijo menor?

Lady Chiltern.- Me parece que Lord Goring no ha llegado aún.

Mabel Chiltern.- ¿Porqué llama usted inutilidad a Lord Goring?

Lord Caversham.- Por que hace una vida de holganza.

Lady Chiltern.- ¿Cómo puede usted decir eso? Da su paseo a caballo por el Row, a las diez de la mañana. Asiste a la Ópera tres veces por semana, cambia de traje lo menos cinco veces al día, ¿y come fuera de casa todas las noches durante la season! no creo que pueda usted llamar a eso una vida de holganza.

Lord Caversham.- Es usted una muchacha encantadora.

Y aún, más adelante, Wilde confronta a su sociedad directamente:

Mabel Chiltern.- ¡Pues a mi me gusta la sociedad londinense! Ha progresado notablemente. Hoy día está compuesta de guapos imbéciles y de deslumbrantes lunáticos. Que es precisamente lo que debe ser una sociedad.

  El irlandés no se propone como conciencia crítica de su sociedad, pero su denuncia, amparada por su fama, la calidad e impacto de su trabajo literario y su lugar prominente en la vida cultural de Europa occidental había extralimitado la potencia de sus capacidades y se había transformado en un desafío para ciertos sectores de  la sociedad que no tendrían posibilidad ni deseo de procesar a un personaje como Wilde. Desde meses atrás el escritor se había embarcado en un modelo de vida que contravenía los valores establecidos, aspirando tanto a una mayor libertad como a un ajuste de cuentas entre la realidad, las decadentes prácticas sociales y las estructuras políticas y jurídicas que la sostenían.

Tres años antes de estreno de The Ideal Husband, Wilde había comenzado los ensayos de su Salomé en el Palace Theatre de Londres, en lengua francesa y con Sarah Bernhardt en el papel principal; la puesta en escena representaba varios desafíos a las inveteradas costumbres de la clase social a la cual el autor pertenecía. Por un lado -desde lo jurídico- había retado a la censura, pues los ensayos se habían adelantado a la resolución que debía autorizar el montaje; por el otro, la lengua materna y la nacionalidad de la protagonista, la francesa, era mucho más que un recurso estilístico, era la afirmación de una libertad que Wilde atribuía a Francia y que negaba constantemente a Inglaterra, que solía manifestar públicamente en expresiones como esta: la gran superioridad de Francia sobre Inglaterra se debe a que en Francia todo burgués quiere ser un artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser un burgués. Y por último, el tema mismo de la obra, el asunto bíblico; Wilde sabía -como lo sabían todos los dramaturgos que trabajaban en Londres entonces- de la existencia de un acta del Parlamento que prohibía la representación teatral de cualquier obra que tuviera como personajes a héroes o heroínas bíblicas; así, aunque amparado en la deslumbrante fama de su diva y aún en su propia luminosidad como personaje social y como autor, tuvo que enfrentar la suspensión de los ensayos y la prohibición de la ejecución pública de su trabajo.

Todavía en febrero catorce de 1895, Wilde estrenó con enorme éxito la que sería la más grande de las obras teatrales de su autoría y también la última, The importance of being Earnest; simpático juego de palabras intraducible a otras lenguas, pues lo mismo resulta fonéticamente “La importancia de ser Ernesto” o la forma más recurrente “La importancia de llamarse Ernesto” y también “La importancia de ser solemne” o la habitual “Importancia de ser serio”; con el objeto de mantener la fidelidad del juego de palabras, en su traducción, Alfonso Reyes propuso “La importancia de ser Severo”.

Esta “comedia trivial para gente seria”, constituye uno de los experimentos de crítica social más avanzados de Wilde, es una sátira descarnada de la moral victoriana y de su complejo entramado de conductas, valores y afirmaciones siempre en referencia a los sexual y al matrimonio, a la condición social o a la calidad de la fortuna.

Más allá de sus letras, en lo conceptual, Wilde denunció una crisis de credibilidad de las normas que debían regular la conducta social y en la práctica llevó un estilo de vida que, si bien parecía coincidir con sus convicciones y con su genio -aún dentro de la doble moral de su tiempo-, entraba en franca confrontación con grupos de interés y de presión política y social al interferir con sus prejuicios y su esfera de poder. Todo ello, aunado a la enorme soledad de Wilde, que no representa movimiento ni corriente ninguna, fueron los factores que determinaron su caída.

Bajo las delicias y exquisiteces de su literatura, conforme se desciende al interior de su precioso estilo, el lector debe enfrentarse con el lado más acre de la expresión wildeana, aquel regusto de cinismo de quien sabe que no podrá cambiar el mundo y que aspira, al menos a un espacio diminuto, personalísimo si se quiere, de tolerancia y libertad; el lector debe enfrentar también una potencia expresiva que no por ser menos grandilocuente resulta menos filosa e incisiva, en The Importance of being Earnest, al principio, Wilde propone esta caracterización de las castas al interior de la sociedad británica:

Algernon.- ¿Porqué será que en una casa de soltero son, invariablemente los criados los que se beben el champaña? Lo pregunto simplemente a título de información.

Lane.- Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champaña.

A.- ¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?

L.- Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado más que una vez. Fue a causa de un error entre una muchacha y yo.

A.- No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.

L.- No, señor; no es un tema muy interesante, yo nunca pienso en ella.

A.- Es naturalísimo y no lo dudo. Nada más, Lane. Gracias.

L.- Gracias, señor.

A.- Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas. Realmente si las clases inferiores no dan buen ejemplo ¿Para qué sirven en este mundo? Como clase, parece que no tienen en absoluto sentido de la responsabilidad moral.

 

La literatura de Wilde, de acuerdo con su propia comunicación estética, no era sino una muy elaborada estilización de su postura frente al mundo, frente a su tiempo y frente a la cultura y prácticas de su generación. No podríamos decir que Wilde fuera un ideólogo, o que sus textos y actitudes buscaran una modificación de las relaciones sociales, éticas o jurídicas de su tiempo; en cambio, si estamos frente a un hombre de particular talento, de un revolucionario en el ámbito literario y de una manifestación clara de las disyunciones de un sistema jurídico y político cuyas clases dominantes, en tanto que creadoras de las normas jurídicas, habían perdido contacto con la realidad o que, aún teniéndolo no estaban dispuestas a acotar sus privilegios ni sufrían presiones suficientes para hacerlo. No debe olvidarse que incluso Marx, basado en esta misma observación suponía que la revolución proletaria debía comenzar por Inglaterra.

En la medida que su buena estrella se levantaba sobre el horizonte de su sociedad, la conducta de Wilde se volvía más desafiante. En 1884 se había casado con Constance Lloyd, hija de un prominente abogado de Dublín, un año más tarde nace Cyril y para 1886 Vyvyan, el segundo y último de sus hijos. En 1891, comienza su relación con Bosie, Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Días después del estreno y triunfo de The Importance, el drama del poder frente a la libertad, de las convenciones sociales frente al genio y de un sistema jurídico, social y político, que por su duplicidad moral y su represión de conductas, debiera haber estado en crisis pero que por la red de convenciones, creencias firmes y promesas de poder que lo sostendrían , todavía hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, frente a la dignidad, harán colisión de una manera lamentable.

En 2002 Oliver Parker llevó a la pantalla, con Rupert Everett en el protagónico una excelente versión de la obra, aquí el tráiler.