De cómo el Edelweiss llegó a ser la flor de Hitler

Leni Riefenstahl, al contrario de muchos otros que no hicieron otra cosa que abonar el odio con su estupidez, estaba consciente de lo que hacía; tenía muy claro lo que quería decir y la manera de decirlo; una vez, en un cóctel, Goebbels le platicó cómo se había originado la idea de que a Hitler le gustaban las flores de Edelweiss y cómo es que esa flor se había convertido en la Flor del Führer. En realidad Hitler no tenía ninguna flor de su preferencia, es más – se reía Goebbels – ni siquiera le gustaban las flores, pero una mañana de 1934 la sección femenina del partido en Berlín se disponía a recibir a Adolf en la estación de Anhalt, así que buscaron al secretario de Josef – de quien se decía conocer al Führer hasta en sus más íntimos detalles – para preguntarle cuál era la flor predilecta del amo; desde luego, Paul Hanke no tenía ni la más remota idea, así que le pidió a las señoras que llamaran en diez minutos, se dirigió a la oficina de su jefe y le presentó la pregunta; el ministro de la propaganda le confesó a la cineasta que jamás se había planteado una nimiedad así y que preguntárselo al Führer habría sido de un mal gusto homosexual imperdonable, como quiso guardar las formas frente a Hanke que esperaba como si hubiera preguntado cuál sería la ruta para invadir la Unión Soviética, Goebbels volteó a mirarlo y con cabal seguridad le contestó lo primero que le vino a la cabeza:

    • ¡Hombre, que ignorancia la suya, el Führer ama la flor de Edelweiss!

Cuando las señoras le llamaron a Hanke, eficiente y orgulloso pudo dar el dato que le solicitaban.

    • Así se hacen los mitos querida Leni, dijo Goebbels y ambos estallaron en un sonora carcajada.

Ella había reído para no arruinar la gracia de su amigo, pero sabía que la Edelweiss se convertía en mito por su naturaleza, porque sólo se conseguía en las montañas y no se le podía cultivar en invernaderos, porque requería de un clima agreste, porque su imagen era sutil y melancólica, porque había sido creada para convertirse en la Flor del Führer y no por las ocurrencias del ministro a quien apreciaba pero que a ratos le parecía un vulgar payaso. Así se veía Frau Riefenstahl a sí misma, como una constructora de mitos y entonces, como en aquella reunión de 1940, volvió a reírse, pero a diferencia de aquella ocasión su risa no fue celebrada, los ancianos pensaron que se reía de ellos y aproximándose a su mesa y sosteniéndole la mirada, ella le gritó “asesina” y él escupió en el suelo; antes de que Leni pudiera salir de su estupor los viejos se marchaban con paso cansino pero firme y a la cineasta la invadió una ira muy profunda, un odio cerval que conocía pero que sabía controlar. ¿Porqué ella?, ¿porqué siempre ella?, ¿porque no otros si habían sido tantos? La gloria absoluta para Gropius, Hindemith, Barlach y hasta para Nolde que antes de estar en problemas con el régimen había abrazado sus ideas; todos ellos aplaudidos sin que nadie cuestionara su calidad estética o los sometiera a la crítica como si el sufrimiento fuera un argumento y ella, ella también había sufrido; porqué el piadoso silencio para Arno Breker al que habían dejado trabajar sin cuestionarlo; la gloria para Richard Strauss al que ella misma había empleado en la misma película que ahora le atraía tanto odio y en ella el compositor se había vuelto inmortal con su himno olímpico, ¿porque había defendido a la judía que era su nuera?, ¿porque se había enfrentado a Goebbels y había prevalecido?, ella también había tenido sus desencuentros con Josef y ahora nadie quería creerle; a ellos los reivindicaban mientras ella seguía siendo permanentemente zaherida; a Fürtwangler lo habían glorificado por sus gestos de resistencia que, si bien eran ciertos, ella los veía pálidos frente a su trabajo con el que solía honrar a la jerarquía y él, su némesis tan grande y tan sutil, había esgrimido las mismas defensas que ella, que quería dignificar al Reich, que era una manera de resistencia, pero a ella no le habían creído; Fürtwangler era el venablo que se lanzaban Goebbels y Göring en su batalla por promocionar a Von Karajan, él sí nazi absoluto, público, orgulloso y reconocido Aufnahmegruppe der 1933er, nachgereichte, todos lo sabían y ella no lo olvidaba, era talentoso pero no tanto, Leni se partía de risa cuando recordaba la rabieta con la que Adolf le platicó el error monumental del joven director en Bayreuth cuando quiso hacer alarde y dirigir sin partitura “Los maestros cantores”, se perdió, los cantantes callaron y hasta el telón se rasgó entre los gritos del público, todo en presencia de Adolf en un concierto de gala que se ofrecía a los reyes de Yugoslavia a unos meses de que iniciara la guerra, Leni no olvidaba como ese niño mimado en Nueva York, había hecho enfurecer a su amo hasta hacerlo gritar que mientras el Reich existiera Von Karajan no volvería a dirigir en Bayreuth; era talentoso pero ella lo era más, había sufrido un poco al final de la guerra pero nada comparado con las palizas que ella se había llevado y había dirigido admirado y aplaudido, había muerto de viejo con su familia mientras que la genial Riefenstahl seguía arrastrando los estigmas de todos ellos y tenía que soportar estas humillaciones; ella, la enorme, debía seguir purgando la condena que ni los tribunales de desnazificación habían podido imponerle.