El libro nuestro de cada martes: Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas. Fragmento inicial

Alfonso, Alfonso, ¿a qué hora tomaste la última dosis de medicina Cesarmann? A las cuatro de la madrugada, ¿o fue a las seis? ¿Cuándo fue la última visita de Ignacio Chávez? Ayer, veintiséis de diciembre de mil novecientos cincuenta y nueve. Chávez, Nacho, tan buen médico y sin embargo tan buen profesor que no puedes dejar de preguntarte quién ha sido el que vino a visitarte, si el amigo solidario, el médico competente o el profesor que llegó a darte la última lección de tu vida. Sería tan extraño que a ti, Alfonso, que nunca pudiste pensar en el corazón como en una víscera, vinieran a darte una cátedra de cardiología poco antes de morir. Porque te estás muriendo Alfonso, esto es el morirse, lo sabes ¿no es cierto? Este apagarse descompasadamente, a saltos y a asaltos, este irse sin querer, como desprendiéndose de la vida mientras las amarras de la memoria van rompiéndose una a una para dejarte libre, ¿te acuerdas Alfonso?

– Pero si quieres volar

– me decían las gaviotas –

¿qué tanto puedes pesar?

“Te llevamos entre todas”.

Yo me quité la camisa

como el que quiere nadar.

(Me sonaba en los oídos:

“¿Qué tanto puedes pesar?”

expresión muy dialectal).

Unas muchachas desnudas

jugaban entre las olas,

y aún así me decían:

“te llevamos entre todas”.

Al tenderme boca arriba,

como al que van a enterrar,

el cielo se me echó encima

con toda su inmensidad.

O yo resbalé hacia el aire

o el mundo se nos cayó,

pero que algo se movía

nadie me lo quita, no.

Eppur si muove! Exclamé

fingiendo serenidad.

Me decían las gaviotas:

“- ¡Pero si quieres volar!”

Allá abajo los amigos

se empezaron a juntar:

¡mi ropa estaba en la arena

y yo no estaba en el mar!

Yo les gritaba mi nombre

para mayor tranquilidad;

¿quién había de escucharme,

si hoy nadie sabe escuchar?

Ellos alzaban los brazos,

Ellas hacían igual.

Comprendí que estaba muerto

Cuando los oí llorar.

Suena el reloj. Inútil aviso del tiempo que se repite en todas las esquinas de la biblioteca, ¿para qué quieres abrir los ojos? El espectáculo es casi el mismo desde que te hicieron venir del Brasil por última vez y pudiste por fin, reunir todos tus libros y todos tus manuscritos; pero hoy está triste, no resuenan carcajadas, no hay visita; ninguna joven turista americana cuya belleza adolescente la excuse del torpe preguntar si leíste todo lo que hay en la Capilla o peor aún, si escribiste todas esas páginas. No hay nadie. Cuando abras los ojos verás que son ya las siete y diecinueve de la mañana y el sol aún no aparece para despedirse. No quieras saber más, no quieras indagar tiempos ni investigar circunstancias; una vez más, como siempre, la curiosidad de saber te habrá vencido, aunque sea sólo para conocer la posición de las manecillas del reloj. Ya basta, renuncia caro Alfonso, ríndete y prepárate para el viaje final. En cualquier instante vendrán Manuela y Alfonso, tal vez la pequeña Alicia, ¿o ya están aquí y no los percibes? No te queda espacio sino para las palabras, no sólo para las que leíste sino también para las que pusiste en papel después de tantos años en el oficio y aunque no saber si ellos están aquí contigo ha dejado de preocuparte, vas a dejarles los treinta mil volúmenes de tu biblioteca, tus obras completas que el Fondo de Cultura ya está editando y hasta ahora suman ya diez volúmenes y que quisieras creer que serán “sepan cuántos”, como le sugeriste a Porrúa que llamara a la biblioteca que empieza a publicar desde El Periquillo Sarniento hasta el infinito, con todos esos libros que siendo fundamentales ya nadie tiene el valor de publicar; les dejarás también algunos inéditos – tus papeles no te angustian -, sabes que Manuela, buena y dedicada, sabrá encontrar el hilo que conecta papeles sueltos y podrá fijar los límites entre manuscrito y manuscrito para formar los libros que dejaste a medio hacer. Todo para que como en el romance de Gerineldo, cada día al despertar vean tu espada y sepan que son sentidos.