Palabras del autor en la presentación de los Minutos de Ulises. Capilla Alfonsina.

A quienes pudieron acompañarnos nuestro agradecimiento; a quienes la lluvia o el tiempo no se los permitió, nuestra invitación para próximas ocasiones y para todos el texto leído anoche en la Capilla Alfonsina. Muchas gracias

Presentación de “Los minutos de Ulises” en la Capilla Alfonsina.

Agosto 18, 2017.

César Benedicto Callejas

Decía don Alfonso Reyes en su Crítica en la Edad Ateniense que mucho sabemos sobre las Gracias, pero generalmente se nos escapa el que signifiquen “los espíritus de los deseos cumplidos”, casi como cuando damos las gracias por un favor; así pues, Gracias a todos ustedes que, con su presencia, colman el aire de la Capilla de espíritus de deseos cumplidos.

Gracias a don Javier Garciadiego, amigo desde hace muchos años y ahora, para fortuna nuestra y de la memoria de don Alfonso, Director de la Capilla Alfonsina.

Gracias a doña Tatiana Nogueira, amiga muy querida, editora, que ha tenido siempre la bondad y la generosidad de acompañarme cada que un libro se me escapa de las manos.

Gracias a don Alberto Enríquez Perea, por su atenta lectura, por el diálogo continuado durante veinte años en torno a Reyes, a la República española, a su exilio, nuestras familias y todo lo que hace la vida llevadera.

Gracias a don Eduardo Luis Féher, que no ha podido estar presente – en este mismo instante está siendo honrado por la Secretaría de Educación Pública por su labor de décadas como maestro y promotor cultural – por su amistad sincera y su amable cultura, pero que nos acompaña a través del texto que ha preparado para la ocasión.

Gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León, a don Celso José Garza Acuña y a don Antonio Ramos Revillas; que adoptaron este libro como cosa suya y dando muestra de la hospitalidad regiomontana hicieron de su casa una a la que ahora también puedo llamar mía.

Gracias a Adriana Salmerón, mi esposa, porque sin su paciencia infinita este libro nunca hubiera visto la luz.

Gracias a Alicia Reyes, que en su retiro en Francia sabe de esta ocasión y la celebra con nosotros; gracias muy profundas, enormes a ella, porque fue quien me inoculó el germen de la literatura y me contó los últimos minutos de don Alfonso, sembrando así la semilla de esta novela harán ya unos buenos treinta años.

Gracias en fin, a todos ustedes, espíritus de los deseos cumplidos. Gracias por su presencia.

Una vez he sentido el estupor de estar dentro de una novela; en Barcelona con “L’Espoir”de Malraux; en un café de la Rambla de Cataluña leía cómo las fuerzas anarquistas desfilaban hacia el frente y cruzaban una intersección de calles que era justo el sitio donde me encontraba en ese momento. Hay pocas sensaciones así. Ahora, debo sumar esta. No es habitual que se presente un libro justo en el lugar donde ocurren los hechos que narra, pero si como dicen los sabios hindúes, no hay coincidencias, sino complicadísimas combinaciones de causas que ensamblan la maquinaria del tiempo, me limitaré a pensar que hoy, juntos, rendimos a don Alfonso un testimonio de gratitud por cuanto escribió, por cuanto vivió y por la manera en que buscó, como él decía, el alma nacional.

Decía hace apenas unos segundos que harán ya treinta años que Alicia Reyes me contó cómo transcurrieron los últimos minutos de don Alfonso, atacado de daño cardíaco, en la cama que está allá arriba; cómo lo habían asistido Alfonso hijo e Ignacio Chávez. Reyes se había mudado de habitación unos meses antes para poder dormir dentro de la biblioteca y tener a unos cuantos pasos el escritorio. Era natural que entonces, como hoy, me preguntara que pensamientos habría abrigado Reyes en esos momentos finales. Yo tenía entonces, al momento de escuchar aquellas memorias, apenas dieciséis años, quería – como sigo queriendo – ser escritor, pero no sabía lo que Alfonso Reyes y su literatura iban a significar en mi vida.

Otra ocasión Alicia me contó cómo don Alfonso comparaba la capilla con un barco y se veía como el piloto en su puente, que se reclinaba sobre la barandilla que da frente al escritorio, cubriendo la herrería con su saco y parecía volar para entretener a su nieta. Desde luego que si para Borges esto sería una especie menor del paraíso, para Reyes resultaría natural que fuera un barco, símbolo inmortal de las travesías. Y así, acumulando lecturas, hechos y memorias, un día supe que debía contarlo; pero no contarlo como una biografía académica, no desmontar a don Alfonso en un taller, ni disectarlo como un especimen; si algo he aprendido de Reyes es que ese raro fenómeno al que llamamos literatura es mucho más que la colección de textos que por algunas razones – algunas justas y otras fortuitas – han soportado el paso del tiempo; que la literatura se relaciona más bien, con ambientes, épocas, circunstancias e individuos vivos, que tienen en común haber dejado sangrar su existencia a través de la tinta; si algo he aprendido de don Alfonso es que la literatura no sustituye la vida, pero la hace más colorida, más disfrutable, mas apetecible y más habitable.

Quise así encontrarme con el Alfonso Reyes que escribió algunos de los textos que por misteriosos caminos estaban destinados a engarzarse en mi memoria y en mi corazón; diré todavía más, hace unos años, mi hija Almudena me ayudó a diseñar el Ex-Libris de mi biblioteca, como es natural había que elegir como elementos aquellos que definieran al propietario de los libros, así, un barco, una princesa domando un dragón, un escudo de la República española y el lema que Reyes hizo suyo y he tomado como divisa que contrarreste excesos “Inter omnes omnia scimus”, esto es “Entre todos lo sabemos todo” acompañado de una nota expresamente reyesiana “Viva mi dueño”.

Ese era el Reyes que quise retratar; el que sufrió exilio pero en él se hizo hombre y aprendió a vivir de su pluma; el que disfrutó París y Madrid y los hizo su hogar como lo era Monterrey porque más que ciudadano del mundo se sabía heredero de todo cuanto la historia de occidente nos ha legado; quise mostrar en su recordación final a un don Alfonso enamoradizo hasta el grado de meterse en problemas, amante fiel de la vida y de sus placeres; un hombre descendido de los monumentos encontrado en la calle, cubriendo su pecho y espalda con periódico y aprovechando la calefacción del Museo del Prado para soportar con su liviano abrigo el frío madrileño; el Alfonso que ofrecía disculpas a los mendigos de la Gran Vía cuando le pedían una moneda que él entonces no poseía. El mismo que añoraba su casa en la Rua das laranjeiras donde los pájaros aprendían a cantar en español.

Así, lo que he querido crear y sólo los lectores sabrán si he logrado, es traer de nuevo a la existencia a un hombre que, como decía Borges, quiso vivir más que la propia vida. En el centro de esa reconstrucción están desde luego los hechos y sobre todo los textos, conforme se va acercando la hora final sus textos se van apoderando de su memoria y su propio viaje vital se confunde con el retorno de Ulises a Ítaca; ese descomponerse la personalidad es sin duda un volver a la tierra paterna, al abrazo cariñoso de la madre y al tiempo que fue antes de que naciera.

Durante muchas décadas, antes de que autores como don Alberto y don Javier recuperaran conflictos humanos, sueños y esperanzas de Reyes, la literatura de don Alfonso se fue convirtiendo en parte del devocionario cívico nacional; para 1989, año de su centenario – nunca podré olvidar cómo canal 13 terminaba sus transmisiones durante todo ese año con una emisión de El Sol de Monterrey con imágenes de don Alfonso -, el autor se había convertido en uno de esos escritores más citados que leídos; en 1974, año en que se filmó “Calzonzin inspector”, de Alfonso Arau, en el minuto 47:26, hay un diálogo que arranca una carcajada enorme por el efecto de contraste de una frase literaria en el entorno paupérrimo de una cárcel municipal. Calzonzin, en su visita al municipio de San Garabato, es llevado casi a la fuerza a supervisar la prisión local. Los presos son fingidos y sus aplausos comprados con pan; para recibirlo, el secretario de don Perpetuo del Rosal, presidente municipal durante 30 años, el letrado Gedeon Prieto, emprende el siguiente discurso:

Gedeon Prieto.- Estos aplausos le murmuran: Viajero, has llegado a la región más transparente del aire, San Garabato, donde decir constitución es decir gobierno y donde decir gobierno es decir constitución.

(Juan Calzonzin se dirige a los presos)

Juan Calzonzin.- Queridos colegas…

Así, la frase insignia de Reyes, se convirtió en sinónimo del discurso cívico oficial de los actos públicos. Estoy convencido que hoy leemos más a don Alfonso que antes; que el esfuerzo de editar los libros individuales, algo en lo que mucho tiene que ver tanto el Fondo de Cultura Económica como la Universidad Autónoma de Nuevo León, están contribuyendo a que descubramos a don Alfonso y volvamos a hacerlo nuestro.

Yo, por mi parte, no he querido sino dar muestra de mi gratitud al escritor que llenó mi años de juventud de la mejor literatura que podía encontrar, que me dio claves para entender el mundo, que me vacunó contra la excesiva erudición – el que era erudito como el que más – a través de una dosis de mundanidad que es necesaria para no perder el equilibrio y que me demostró que es posible ser fiel a la vocación pese a todo.

Pero siento ya que don Alfonso se me acerca y me dice al oído aquello que escribió en La experiencia literaria: “Acércate a los que te llaman, pero retírate a tiempo y da las gracias, porque es preferible cerrar la boca antes de que tus oyentes comiencen a abrirla, a bostezar y a contar las páginas de tu discurso.”

Muchas gracias.