Palabras en el homenaje a Alicia Reyes por César Benedicto Callejas

Justo en el momento en que la tierra volvió a enfrentarse con nosotros, a demostrarnos nuestro verdadero tamaño; en ese instante, gracias a la generosidad de la Secretaría de Cultura, de la Capilla Alfonsina y de Javier Garciadiego, rendíamos homenaje a Alicia Reyes, esto es lo que estaba diciendo en el momento que comenzó a temblar:

HOMENAJE DE LA CAPILLA ALFONSINA A ALICIA REYES.

SEPTIEMBRE 19, 2017.

Una vez por semana, durante muchos años, crucé aquella puerta azorado y feliz, nervioso y no pocas veces asustado, la mayoría de ellas con un legajo en la mano que tenía  mi más reciente obra y sus respectivas copias para los colegas del taller; la misma mesa que hoy nos sirve de Presidium era gobernada por una mujer enérgica, amable pero firme que escuchaba con atención, preguntaba la opinión del taller y luego emitía su propio dictamen; ese era el momento central de la semana, el punto en el que concurrían mis anhelos durante muchos años , de aquellos que, como Alfonso Reyes decía, nos condenan o nos salvan pero de los que siempre guardamos alguna lágrima.

De aquellos días me queda todo, el aroma que esta edificio todavía tiene, la luz y la memoria, pero sobre todo, el deseo y la necesidad inmensa de escribir y en ello, la manera de hacerlo que le debo a mi maestra Alicia Reyes.

Alicia presidía este país de maravillas, metáfora recurrente lo sé, pero también certera, mis pasos me trajeron como el peregrino que busca agua y tiene la fortuna de encontrar una fuete; veámoslo así, en ese momento en que uno sale de la adolescencia y que necesita liderazgos que le den sentido a aquellos últimos días de la primera década de existencia – ahora lo sé – no podía tener mejor fortuna que encontrar a la Dra. Reyes.

No conozco persona más generosa, no hay nada que no deseara compartir y cuando la recuerdo ahora, cuando paso por capilla, vengo a ella, o estoy en la biblioteca de mi casa, ella me sonríe, la oigo musitar una melodía, tararear en voz muy bajita como le gusta hacer cuando está contenta; y el tiempo se me cae de las manos como agua fresca porque son muchos, miles, los momentos que este lugar y la presencia de nuestra querida Tikis, han ido marcando los surcos de mi rostro.

Era la mejor maestra que uno pudiera desear, implacable pero dulce, atenta pero seria, nada escapaba a sus lecturas y la misma generosidad tenia para el reproche como para el aplauso, de ella aprendí que el poema es siempre apenas un par de versos encerrados en varias capas de palabras que los protegen; de ella aprendí que en el ensayo cuenta tanto la idea como la manera en que se le viste y se presenta y que en la narrativa nada valen personajes sin acciones y acciones sin pensamientos. Los apuntes de aquellos días de taller que compartí con Pablo Raphael y Con David Grinberg siguen conmigo y no han dejado de ser materia de estudio y reflexión, un recordatorio de que quien no escribir es siempre intentar la página más clara, la más contundente, a sabiendas que el propósito es imposible.

Yo había leído a Reyes antes de venir por primera vez a la Capilla, me lo había recomendado Jorge Luis Borges a quien leía yo con fruición en aquellos tiempos posteriores al terremoto y anteriores a mi ingreso a la Universidad; desde la primera página de mi encuentro con Reyes el deslumbramiento ha quedado hasta el día de hoy; lo sigo leyendo, busco sus páginas para aprender, también para divertirme y recurro a su vida y a su pensamiento como a un consejero y aun viejo amigo más experimentado. Pero, desde luego, la dimensión de Alfonso Reyes no podía adquirirla sino de las manos de Alicia.

La devoción y el cuidado de Alicia para con la obra de don Alfonso puede ser considerada como un modelo tanto de voluntad contra la burocracia y el olvido, como un ejemplo de devoción filial pero sobre todo, como un acto civilizatorio. Alicia se cuidó de que nada se perdiera, que la obra de Reyes encontrara finalmente acogida en ese barco enorme que son las obras completas y cuando todo ese universo de letras pudo quedar fijo y a la vista, impulsó las ediciones de los títulos individuales insuflando nueva vida a los textos y poniéndolos en las manos de los nuevos lectores.

Y la Capilla que era su hogar como lo era de todos los que aquí pasabamos las horas del aprendizaje y el recuerdo; cada rincón está lleno de pensamientos que se me fueron fugando durante tres décadas, cada uno guarda sensaciones que aquí viví y que integraron mi vocabulario sentimental y mi galería de ideas selectas; y Alicia que no esperaba que llegara la partida de dinero para hacer aquel pequeño arreglo, la reparación mayor que no podía esperar; Alicia que borraba con un estilo singular la distancia entre un recinto público y la que seguía siendo la casa de don Alfonso a la que uno siempre estaba invitado. Y ella siempre, aguardando a sus alumnos, y ella siempre hablando del abuelo y ella en la memoria, en el corazón, en las letras que ha escrito y las que ha inspirado y ella siempre derrochando ese tesoro que no se acaba, que no se le acaba y que lo gasta, porque tiene tanto sol adentro que hemos podido vivir muchas décadas al alcance de su caricia.

Muchas gracias