La lección de Ishiguro

Hace unos días se anunció el nuevo Premio Nobel de literatura, como es habitual, sorprendió a muchos y decepcionó a otros cuyos candidatos volvieron a la fila de espera; yo mismo, una vez más, no he acertado, pero alguna vez veré a Kundera, o a Kadaré o a Javier Marías, alzarse con la victoria. El hecho es que el galardonado de 2017 sorprende porque no estaba entre los favoritos – ni de los académicos ni de los apostadores – pero no por la magnífica calidad de su literatura. Kazuo Ishiguro honra una de las tradiciones más caras para la especie humana y para todas las lenguas, la multiculturalidad y el mestizaje.

En 2001, la Academia Sueca confirió el Nobel a V.S. Naipaul, un inglés – como Ishiguro – pero nacido en Trinidad de familia india, con profundas raíces caribeñas; en aquel momento, ello representó toda una revelación de una literatura que en México muy pocos conocíamos, o con mayor precisión, en la lengua española pocos habían leído; para mí fue un descubrimiento. A Ishiguro he tenido el placer de leerlo hace un buen tiempo y descubro en sus letras una fuerza que, sin duda, constituye una renovación para la cultura del mundo.

Estamos en un tiempo extraño de separatismos y violencias, de agresiones que parecen gratuitas pero que en el fondo se basan en problemas ancestrales no resueltos; un tiempo que transita entre la velocidad, el miedo, la banalidad y la vacuidad; Isiguro se presenta como uno de los productos culturales que pueden y deben salvar el futuro cultural de nuestro siglo ya abatido, aún siendo tan joven.

Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki, ciudad sufriente del siglo XX y símbolo de la brutalidad y la infamia a la que los seres humanos podemos llegar cuando apostamos por el poder antes que por la humanidad, sus padres son japoneses pero emigraron a Inglaterra cuando el que llegaría ser escritor tendría unos cinco años; se educó como británico y escribe en lengua inglesa, no pierde sin embargo el encanto de su lengua materna y ni tampoco el peculiar estilo de esas letras; pero al leerlo uno se encuentra con auténtica literatura inglesa, algo que nos sabe así, como inglés pero distinto; sus cuentos victorianos dan cuenta de esa transculturización y de ese mestizaje que no puede ser interpretado sino como riqueza y abundancia.

Sus libros alcanzan temas universales, como en “Lo que resta del día”·o “Nunca me abandones” y se mantienen dentro de la tradición de sus padres como en “Pálida luz en las colinas” o en “Un artista del mundo flotante”. A final de cuentas, se trata de esa visión desde dos orillas del mundo en una sola sensibilidad. Algo que podemos hacer nuestro, algo que es nuestro en este país hecho de mil mestizajes distintos y de diez mil acentos y orígenes.

Hay algo perverso en el discurso de la pureza, algo que nos aleja del diálogo y del conocimiento de nosotros mismos, no sólo por el enorme desastre que significó ese discurso durante la segunda guerra mundial, durante la era de la Inquisición y en los genocidios de Ruanda o la ex Yugoslavia, sino porque nos condenan a vivir en la mentira; Alfonso Reyes decía que si en la naturaleza nada se encuentra en estado puro, en el mundo del hombre y la cultura, menos todavía. Encontramos abundancia cuando sumamos lo que somos más lo que son los demás, cuando hacemos nuestro lo que nos corresponde como herederos del patrimonio de todo lo humano.

No falta quien piensa que Alfonso Reyes era español por tanta obra que dejó en Madrid y su conocimiento sobre aquellas tierras, o que se piense que el Palacio de los Deportes lo diseñó un arquitecto nacido en México, cuando don Félix Candela, que era mexicano, había nacido en Madrid; no se me pierde que Patrick Johansson francés de origen no galo, es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y figura entre los que mejor han entendido nuestro pasado prehispánico, entre los apellidos que han hecho nuestro tiempo en México hay algunos que nos muestran el enorme tejido de esos encuentros: Sarukan, Goeritz, Aub. Ejemplos así hay muchos y nos enorgullecen porque reivindican los derechos del encuentro, enfrentan el levantamiento de muros y fronteras y nos hacen sentir más cómodos en nuestra propia piel.

Celebremos este Nobel que se engarza en nuestra propia tradición cultural mestiza, mixta, mezclada; celebremos a quienes no levantan muros sino puentes, caminos y no fronteras, pero celebremos más esa bendita costumbre que tenemos en la cultura mexicana de meter las narices en todas partes, hurgar en todos lados y de todas partes sacar motivo para crear y aprender. Pienso ahora que la página se me va acabando en Chavela Vargas, aquella mexicana que nació en Costa Rica y que decía que los mexicanos nacemos donde nos da la gana.

A veces los aprendizajes nos vienen así, envueltos en formas distintas, el Nobel a Ishiguro es un voto de esperanza por un mundo en el que lo humano supera a lo intencionadamente ideológico, por un mundo abierto como el que una vez pensamos que disfrutaríamos y que por algunas causas se nos fue poco a poco de las manos; claro, leerlo sería una primera apuesta por ese mundo, pero también aprender la elección de que hay ingleses hijos de japoneses nacidos en Nagasaki, como hay norteamericanos, nacidos en Oaxaca, hijos de hidalguenses y que comparten, como todos nosotros, la esperanza e un mundo más libre, mas justo y más amplio.