Terror y arte de bibliófilo

En el Día Mundial de las librerías, una reflexión de fin de semana.

Cisterna de sol

La primera vez que consumí mis exiguos ahorros para comparar una primera edición de un autor de otra época, mi padre profetizó que aquello era el comienzo de una suerte de locura: “quien compra un libro que no es para leer sino para guardar, seguramente está loco”; desde luego que en eso, como en muchas otras cosas, tenía razón y es claro que el acto de atesorar tiene mucho de sinrazón y mucho de locura; especialmente si se trata de libros. En aquellos mis catorce años, me compre libro de 1913, un modesto libro de historia de México, escrito por don Justo Sierra, para uso de estudiantes de primaria, sus condiciones eran deplorables; el libro ya restaurado por la mano generosa de Paola De Rugama, sigue envejeciendo en la estantería de mi biblioteca, en el rincón del retiro donde convive con otros ilustres textos de generaciones anteriores y de autores…

Ver la entrada original 2.888 palabras más