La selfie de Narciso

 

Cualquier día, a cualquier hora, cualquiera de nosotros se hace un autorretrato, una selfie, dicen mis hijos; ocurre todo el tiempo. Por la noche, antes de la lectura, mi atención sucumbe ante la curiosidad de entrar al “Facebook” para ver como marcha el mundo; el informativo de la red social advierte sobre el caos en que policías, manifestantes, ladrones y hasta perros callejeros han convertido la urbe; me asomo a la calle y no pasa nada. Lo que queremos es mirar cuántos asentimientos hemos colectado, cuanta gente ha comentado nuestras ideas y qué frases nos podemos apropiar para hacérselas decir a Óscar Wilde, a Miguel de Cervantes o, en última instancia, a Paulo Coelho. Por último, una mirada al Twiter y ahí si ya hemos perdido todo sentido de la realidad; académicos reputados con frases colosales como “es mejor estar vivo que muerto” o “sabía usted que en México muy poca gente lee”, incluso diminutos amos del lenguaje haciendo malabares para generar un mensaje radical, ácido e incisivo en sólo ciento cuarenta caracteres y ya estamos perdidos, hemos recibido un golpe del que nos tomará algunas horas reponernos: nadie se ha dignado repetir – retuitear – nuestro sabio concepto del día.

Tomémoslo con humor. Alguna vez leí en el Facebook, que esa página nos hace sentir populares, el tweeter nos hace sentir inteligentes y el Instagram nos hace sentir artistas y me lo creo, porque hemos generado un mundo en el que el mercado ya no nos basta, no nos es suficiente que la mano invisible haga justicia y ponga orden sino que además, queremos que nos acaricie y nos apapache. Hemos provocado, en medio de la gran soledad de nuestro tiempo, el paliativo ideal para nuestro maltrecho narcisismo: la sobreinformación y la facilidad para crear nosotros mismos nuestros contenidos y divulgarlos. Si en la misma medida hubiéramos creado conciencia crítica y contrastes de información, no andaríamos tan perdidos como para creernos y divulgar que el Secretario General de las Naciones Unidas puede exigir la renuncia del Presidente de la República, que Malala se echó a llorar con las travesuras del mexicano intrépido o que vendrán siete días de obscuridad por causas que la NASA se niega a revelar. Al final del día, no es eso lo que queremos, a lo que aspiramos no es a ser informados, sino a que nos reconozcan y que en un segundo de gloria debida a la suerte, nos volvamos “trending” por un chiste pirata pero bien contado.

Este es nuestro tiempo del Narciso que se mira en la selfie y ya no en el lago, ahora con la ventaja de que no puede ahogarse en su propio dispositivo móvil. Para mi generación, aquella de quienes nacimos en la década de 1970 tal vez ya no haya remedio y la infatuación en la que vivimos con nuestro talento recién descubierto y admirado, nos dure para siempre; pero algo podrá hacerse con los nativos de la era tecnológica, apostar por su capacidad de discernimiento porque, a pesar de todo, la de asombro no ha mermado sino que aumenta con el dominio de tecnologías que nos permiten libertades que antes nunca hubiéramos soñado. De alguna manera, la educación debe crear la idea de que las redes sociales son escaparates gigantes, llamativos y sumamente útiles, pero que no son oráculos ni profetas sibilinos; de alguna manera podrían ellos volver, sin pena pero con gloria, no creyéndoselas todas, pero dialogando con muchas culturas, acentos e ideas diversas. En fin, mientras tanto, ya veremos si estas líneas alcanzan a merecer un “like” del amable lector.