Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Roth, una de las plumas más exquisitas del siglo XX, de las más torturadas y también de las más expresivas, crea en una pequeña novela un universo gigantesco. Enamorado fiel del imperio Austrohúngaro, otro universo del que fue ciudadano a cuya desaparición nunca pudo resignarse, expresa su romance con ese tiempo y con ese tapiz abigarrado de idiomas y culturas.

Su recorrido por aquel mundo que fue, en el que se transitaba de un tiempo a otro tan sólo cruzando una calle, de un ámbito cultural a otro completamente distinto a unas horas de tren y todos bajo un sentido imperial como continuidad de poder y de identidad, era algo que le permitía mantener la fe en la posibilidad de un mundo de convivencia; su caída fue para él, un golpe del que no podría ya reponerse y que culminó con su propia caída.

En sus últimos años, la remembranza del imperio austohúngaro fue el único refugio al que pudo recurrir; acosado por sus acreedores, sumido en el alcohol e incluso, rechazado como refugiado, la añoranza fue en él más que un bálsamo, un hogar. Se cuenta que al final de sus días intentó emigrar a México, pero que su familia y amistades aquí no pudieron reunir a tiempo todos los requisitos.

El busto del emperador es también un refugio de lectores, ya se sabe, como decía Cortázar, de un tiempo acá, el único lugar donde se puede estar tranquilo es en los libros.

Algo más sobre el libro:

El busto del Emperador

 

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