Cuando la memoria no es suficiente

Ha muerto a los 91 años José Efraín Ríos Montt, en su casa, rodeado de su familia. Se marcha en la impunidad de una justicia que inició y no llegó, que se quedó en el recuerdo de lo innombrable y en la persistencia de un crimen que aborrecemos y que, sin embargo, se presenta constante como si fuera imposible aprender de la historia. Desde que las atrocidades del Holocausto fueron dadas a conocer nos hemos dicho miles de veces, “nunca más”; Ríos Montt se ha marchado sin castigo y ha sido una muestra de que no basta la memoria para sanar la enfermedad que nos vino con el siglo XX y que no hemos querido sanar: pensar que los seres humanos somos descartables, deshumanizables y que se puede prescindir del hombre para hacer la historia.

Crecí leyendo los diarios de Ana Frank; leí en Franz Werfel el infortunio del pueblo armenio, nunca he podido olvidar la inocencia del diario de Zlata Filipovic, en fin, he transcurrido muchas horas estudiando y analizando el fenómeno de los genocidios y es el momento en que no alcanzo a comprender cómo es que se puede odiar a otro ser humano, así en abstracto, tan sólo por ser quien es. El sábado 1º de abril quise disfrutar con mi familia de un paseo por la Alameda, quería volver a aquellos espacios en los que parece que el tiempo se ha detenido y que dan muestras de nuestra identidad imperecedera; las fuentes rebosantes de niños, los bailarines en el kiosko y una ciudad que se denotaba en paz y serenidad; una enorme marcha de un grupo cristiano se enfila hacia el Zócalo, algo que nunca había visto en una Semana Santa y me queda claro cuánto hemos cambiado para poder mantener esa parte de nosotros que nos llama a la tolerancia, al encuentro y al as muchas formas de ver lo que hay en el mundo y más allá de él. Entonces pienso que tal vez sea buen momento de visitar el museo de Memoria y Tolerancia en compañía de mis hijos.

Desde luego que lo que han visto y oído mis hijos les ha impactado, a mi, que he repasado esas páginas tantas veces sin alcanzar a entender del todo, me sucede lo mismo. Una de las riquezas del museo es no referirse sólo al Holocausto judío; su visión histórica amplia se pasea sombría sobre la figura de Ríos Montt y la tragedia guatemalteca de los años de 1980. A mis hijos les ha sorprendido la proximidad geográfica y también la histórica. Nos hemos retirado pensando en el único remedio que un padre puede ofrecer para sus hijos ante un fenómeno como estos: educar en la igualdad y la tolerancia.

Al día siguiente la prensa me informa que el general golpista falleció con los miles de ixiles masacrados sin haber recibido la justicia, en el sentido jurídico. Y que si hemos visto la reparación de la memoria, eso no es suficiente para superar tanto daño y crear las condiciones para aspirar a un futuro mejor en la región. Las cicatrices sanan comenzando por el reconocimiento y la memoria, pero sólo pueden alcanzar la cura cuando existe el compromiso de impartir justicia con todas sus consecuencias.

La historia de Ríos Montt, su ascenso al poder y el ejercicio de su dictadura constituye el cuadro canónico de esos tiempos; no fue sino hasta la reinstauración de la democracia en Guatemala, en 1986 y ante la enorme figura de Rigoberta Menchú, que el conocimiento de los hechos fueron llenando los espacios de los servicios informativos, de los análisis y con ellos de la conciencia, el arrepentimiento, el dolor y la vergüenza; había sucedido una vez más, tan cerca y con personas con las que compartimos una enorme parte de nuestra memoria y de nuestro espacio, en este continente donde todos somos hijos de mestizajes fantásticos e inimaginables.

En mayor de 2013, Ríos Montt fue encontrado culpable del crimen de genocidio, poco después el fallo fue anulado y se inició nuevo proceso que terminó con la partida en la impunidad. Nos quedamos así, viendo la tristeza de nuestros pueblos, el dolor de la gente que también somos nosotros mismos.

Es claro que desde que arrancó el siglo XX, desde que armenios, judíos, homosexuales y gitanos fueron aniquilados, deshumanizados, nuestros instrumentos frente a dicho crimen son pobres e insuficientes; no sólo en lo jurídico y lo político; no puede dejarse en el olvido la Ex Yugoslavia, Darfour o Ruanda, procesos que siguen y que no terminan, que se eternizan y que añaden a la memoria el fracaso que representa la impunidad. Pero hay algo que es claro, somos muchos, millones, los seres humanos que hemos aprendido algo, que hemos sentido que las cosas no pueden ser así, por eso, pensar que los derechos humanos se pueden discutir o que la igualdad es negociable es el camino más rápido a la destrucción de nuestra civilización. Educar para la igualdad, para la tolerancia y la convivencia, es lo que podemos hacer, aquí, ahora y para siempre.