Pasión de Brasil. Palabras en la presentación del tomo III del Diario de Alfonso Reyes

Debo comenzar, como siempre, pronunciando la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias.

A la Capilla Alfonsina y a su director don Javier Garciadiego, por la invitación.

A don Alberto Enríquez Perea por consentir en compartir la mesa conmigo, él que es uno de los reyesianos más ilustres; siempre he pensado que si algún dato sobre don Alfonso no lo conocen Alberto o don Adolfo Castañón, entonces, con seguridad ni siquiera Alfonso Reyes podría haberlo recordado.

A ustedes el favor y el encanto de su presencia.

Desde que don Javier me hizo el favor de convocarme, este momento me ha llenado de mucha ilusión; no solo porque siempre volver a casa me ilusiona, sino por el significado del momento. La edición de los diarios de Alfonso Reyes es, por sí misma, una odisea que algún día deberá ser contada y que representa un paso muy significativo en el conocimiento del tiempo, la vida y la obra de Reyes, pero también en la reconstrucción del hombre de cuerpo entero, más allá de los monumentos, los nombres de las calles y las citas académicas. Por ello, de nuevo, muchas gracias.

Durante muchos años, los amantes de la obra de don Alfonso tuvimos que contentarnos con el diario parcial que publicó la Universidad de Guanajuato en 1969; aquel libro que se ha vuelto una joya para los bibliófilos del clan de los reyesianos, reproducía los textos diarios que escribió don Alfonso de 1911 a 1930, lo que podríamos llamar su etapa formativa y su primera salida al mundo, en términos quijotescos. Posteriormente, en 1995, Fernando Curiel nos obsequió con un anticipo de los diarios en su semblanza documental de Alfonso Reyes, “El cielo no se abre”, frase tomada de una entrada del diario del Brasil. Así que hoy, para satisfacción de los estudiosos y para placer de los lectores, zarpamos para terminar el viaje vital de Reyes según su propia bitácora, los años que faltaban desde 1930 hasta poco después de su muerte cuando el Dr. Alfonso Reyes hijo, diera fin a los diarios siguiéndolos poco después de la muerte de su padre.

El día de hoy nos reúnen dos volúmenes de particular significado, los años en Brasil y los años del retorno a México, la guerra civil española y la recepción del exilio. En particular, el volumen III, que me ha tocado en afortunada suerte, son años de madurez, de gran efectividad creativa y también ellos del encanto y el goce de la vida y, en muchas formas, el de su desencanto. Es el tiempo en el que don Alfonso escribió El Sol de Monterrey, que aun cuando para muchos no es su mejor poema, sí tengo para mí que es el más íntimo y más cercano a su corazón; Brasil le permitió a don Alfonso escribir, en el mismo poema dos versos de peso tan distinto como estos:

Y a mí el sol me desvestía

despeinado y dulce,

claro y amarillo

ese sol con sueño

que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

—¡Ya llevas sol para rato!—

Es tesoro —y no se acaba:

no se me acaba —y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.—

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

Sólo el Brasil permitió a Reyes escribir esta joya de lo agridulce, de lo dolor y la gloria del recuerdo y de la vida; porque la Rua das Laranjeiras, donde los pájaros aprendían a cantar en español, fue para Reyes, el más intenso laboratorio existencial y el lugar donde, me atrevo a decirlo, el Alfonso dionisíaco y vital se enfrentó con más furia con el Reyes apolíneo y libresco, sin que ninguno llegara a triunfar del todo en una batalla donde ninguno salió ileso.

Pero antes de entrar en materia, debo reconocer el magnífico trabajo de don Jorge Ruedas de la Serna. Se trata de un volumen que no es fácil pero que Ruedas maneja con maestría, las notas son precisas y atinadas, afina donde es necesario, aclara con sutileza y mantiene intacto el sabor de la prosa de don Alfonso. Es cierto que en nuestro ámbito son muy pocos quienes conozcan el Brasil y sus relaciones con México como el Maestro Ruedas de la Serna; pero en este volumen no sólo se manifiesta su conocimiento sobre la vida y obra de Reyes, sino el afecto con el que el trabajo fue realizado. Se trata pues, de un diario que requería de un experto en la época y el país, de un conocedor de las letras mexicanas y brasileñas y encontró un editor que superó las expectativas, disfrutó de un editor que puso además de su conocimiento, el corazón en su trabajo y es que la vida de Alfonso Reyes en Brasil no merecía otra cosa.

Por otra parte, hace falta una precisión para abordar el tema de los diarios. Don Alfonso solía recordar una frase de Baltasar Gracián, que repite al menos tres veces en su obra, “pocas cosas merecen más tiento que la verdad que es un sangrarse el corazón”; por respeto, más que por pudor, los diarios de Reyes distan mucho de ser confesionarios íntimos o paños de lágrimas; si que son vertederos viriles de penas y desilusiones; por supuesto que encierran los momentos más secretos del hombre y del escritor, las dudas del diplomático, las cuitas del marido y del padre, pero todo en una suerte de clave íntima de la cual nadie puede descifrarlo todo. En ningún momento y bajo ninguna circunstancia, Reyes deja de ser escritor, al llevar al papel sus diarios sabe que serán leídos y por eso no descuida su prosa, pero también por ello suelta las claves por aquí y por allá, pero nunca denuncia lo que hay en el fondo de su alma y solo deja abierta la ventana para lo que es público, deja caer el velo de la cortina para lo que es privado y solo permanecen las señales de lo que fue íntimo. Esto, si bien es una desilusión para el lector de cacería fácil se vuelve todo un reto para el seguidor del maestro y una obsesión para muchos que, desde luego, no alcanzan jamás a recabar más que pepitas de oro entre un montón de arena hermosa y brillante. En su entrada del 23 de septiembre de 1931 escribe:

Muchas veces tuve el deseo de dar a este diario toda mi intimidad. Me ha detenido un respeto humano. Acaso lo mismo que quita valor a este diario, lo resta a mi vida, a mis versos y a mis libros. Siempre tuve que ahogar mi fantasía. Me moriré con ella… por causa de un respeto humano. A veces me pregunto si no cometo un error con esto. Si yo pudiera manifestarme aquí con toda libertad y describir día a día mis experiencias, sabría más sobre mí mismo, y aún acaso hubiera podido sacar partido artístico de ciertos dolores destinados a morir inútilmente dentro de mi. Pero ese respeto…

Así, que para leer el diario del Brasil hay que andarse con tiento, con mucho cuidado, para no perder de vista las coincidencias, las pistas falsas y las verdaderas, las medias señas y las sombras que se escabullen detrás de los muebles. A final de cuentas, sucede lo mismo con su poesía, a quién podría referirse Reyes al escribir, también en el Brasil:

Ay, Salambó, Salambona,

ya probé de tu persona!

¿A quién se podrían atribuir versos como estos?

¿Y sabes a lo que sabes?

Sabes a piña y a miel,

sabes a vino de dátiles,

a naranja y a clavel,

a canela y azafrán,

a perejil y tomillo,

higo blando y dura nuez.

A moza junto a la fuente,

que cada noche es mujer.

Al aire de mis montañas,

donde un tiempo cabalgué.

Sabes a lo que sabía

la infancia que se me fue.

Sabes a todos los sueños

que a nadie le confesé.

El hecho es que, si algún día llegamos a saberlo será armando mil conjeturas, hilando fino los cabos sueltos que nos dejó don Alfonso desperdigados por aquí y por allá; pero nunca por confesión de su pluma.

Volvamos ahora sí, por fin, al Brasil en los años de 1930 a 1936.

Alfonso Reyes, a raíz de la muerte de don Bernardo se encargó de hacer público su repudio por la política; algo que desde luego muchos creímos o suponíamos verdad; pero, bien mirado, lo que a Reyes le repugna es la política bárbara, la conducta pandillera y venal, el “agandalle”, el año de Hidalgo… o el de Carranza, que con el de Hidalgo ya no nos alcanza…; lo que a don Alfonso le parece odioso es el bajo oficio del político de cartel, el que se lanza sobre el bulto del poder porque lo suyo es la política de salón, la alta política; por eso le cuadra la diplomacia, toda su vida se encargó de huir de la política y se la encontró a cada paso que daba; con sus descalabros tuvo, sin embargo, papeles importantes y más que ser un político de carrera lo es de momentos esenciales; en el Brasil, se encuentra, desde su llegada, con esos momentos que sabe honrar y en los que hace gala de algo que no es tan común en el oficio de la política – no me atrevería a decir que en nuestros días, sino en general: la inteligencia.

Apenas toca tierras brasileñas cuando una revolución estalla en el país que lo recibe. Reyes desembarca en Rio de Janeiro el domingo 6 de abril de 1930, el 30 de octubre de 1930, escribe:

Río. Lunes. 6 octubre 1930.

Pasó en el César Pedro Sáinz, con quien traté mis obras en CIAP, los clásicos de América de PHU (PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA) y yo, y mi representación de dicha editorial ante América. Desde el 3 hay revolución en Brasil.

Los primeros refugiados llegan una semana después:

Río. Sábado. 14 octubre 1930.

En la noche: se refugia Mário Magalhaes, secretario de Bruno Lobo y redactor de la Folha Académica.

Para el 27 de octubre la cifra de asilados supera la veintena, algunos han obtenido garantías de los revolucionarios y se han ido, otros se niegan a acercarse a las ventanas y, muestra de su respeto y discresión, ha decomisado cinco revólveres – en el diario no revela la identidad de los armados pero sí en los informes diplomáticos -, entre los refugiados se encuentras la antigua Primera Dama la esposa de Washington Luís y su familia y, fiel a la tradición de asilo que entonces está contribuyendo a formar, admite a todos los solicitantes sin distinción de partidos o ideologías. Mantiene a raya a quienes pretenden obtener viaje gratis a México so pretexto del asilo y todo pasa cuando el 25 de noviembre recuerda:

Embarco en el Cap Polonio a mis dos últimos asilados políticos, Oscar Matta y Coriolano de Goes, a este último después de muchas luchas, y casi rozando el incidente con la nueva policía.

Durante esos días terribles en los que tiene que acondicionar la casa como refugio, obtener salvoconductos, negociar con el gobierno triunfante y asesorar las instrucciones que vienen de México, Reyes logra lo que resulta casi imposible, otorgar asilo sin que parezca que ese acto diplomático constituye una descalificación para el gobierno territorial del país donde se encuentra la embajada. En su entrada del 31 de octubre Reyes apunta: “ Han estado llegando a Río los prohombres de la Revolución. Hoy llegó Getúlio Vargas, el jefe”. Desde luego don Alfonso no sabía que ese hombre sería uno de sus amigos entrañables y que a la partida del embajador mexicano se le procurarían honores y deferencias únicas, tampoco que Vargas se suicidaría años después causando a Reyes una pena muy honda. Al mismo tiempo, trabaja en su periódico literario personal Monterrey y dicho sea de paso, antes de que se inventaran las computadoras, el regiomontano se da el lujo de inventar el Blog, esa maquinita literaria de la que muchos nos servimos en la actualidad.

Es también durante los años en el Brasil que se proclama la República española, debo confesar que cuando tuve entre mis manos el ejemplar del diario, lo primero que hice fue buscar esta entrada, la cual encontré y cuya ausencia me habría decepcionado:

Río. Martes. 14 abril 1931.

Abdica el rey de España Alfonso XIII, renunciando al trono para toda su dinastía, pasando el poder al primer ministro, quien lo pasará a los leaders republicanos. La República se ha proclamado en Barcelona. Se dice que en Madrid se redactan los primeros decretos republicanos.

Años antes, al referirse a Miguel de Unamuno, decía de él que lo creía soñarse presidente de una posible República española; cuando ésta llegó, aunque Unamuno no llegó a presidente, muchos de sus protagonistas habían sido sus amigos y patrocinadores en su llegada y en sus años duros en Madrid, no duda en volver a ellos en caso de necesidad y el 28 de julio de 1932, en uno de esos momentos en que todo diplomático tiene dudas sobre su futuro – a sido llamado a México y no sabe cuál será su destino -, escribe:

Escribí a Manuel Azaña, conducto de Amós Salvador; para saber si mis amigos de Madrid me ayudan en caso que yo quiera regresar de México a España… Al final no envié cartas a Azaña… Lo puedo dejar para cuando vea más claro.

Porque Reyes, tan desafecto a la política, es previsor y va dejando puertas abiertas y luces prendidas por donde pasa; el 25 de abril de 1932, apunta:

En El Nacional del 31 de marzo encuentro que, al renunciar García Téllez al rectorado de la Universidad de México, los estudiantes dan sus candidatos y mi nombre en primer lugar.

No hay que olvidar que a su retorno a México, don Alfonso sería miembro de la Primera Junta de Gobierno de la ya entonces Universidad Nacional Autónoma de México. A lo largo de los años, irá apuntando los sucesos políticos como parte de las efemérides de su siglo, el 12 de agosto de 1933 celebra: “la emoción de la caída de del tirano Machado en Cuba”.

Incluso, Reyes logra salir indemne de los movimientos políticos nacionales de mayor trascendencia; sabe colocarse del lado correcto sin aspavientos ni estridencias. Veamos la siguiente entrada:

Río. Lunes. 17 junio 1935

Estalla la prevista rencilla entre el general Calles y el presidente Cárdenas, en México, cuyas consecuencias no podemos prever; ni aún entender las premisas desde lejos Hace cuatro días vivimos en esta indecisión, leyendo entre líneas los lacónicos mensajes d4e la prensa y haciendo votos porque, esta vez al menos se liquide esta cuestión sin sangre y en un terreno puramente político.

Porque, en realidad, el drama vital de Reyes en el Brasil no es en realidad político, su desempeño diplomático es impecable; se trata más bien de un momento en el que ha de resignarse a entrar en madurez, una especie de cambio vital que lo atenaza y que asume no sin cierta pena pero siempre con inteligencia; la batalla entre su corazón y su mente, entre su yo creativo y su yo trabajador se encona en esos momentos de cambios vitales. Al final del volumen, como apéndice, aparece un el diario de viaje que realizó entre agosto y septiembre de 1933, elaborado en papeletas adjuntas, quisiera rescatar una que retrata ese momento en la vida del escritor y del hombre:

Manuelita se ríe de mí todas las mañanas porque, desde que estoy a bordo veo, al mirarme al espejo, una novedad en mi cara: tengo los ojos “encapotados”. Se me ha hecho un doblez de vejez en los párpados superiores, que me recuerda las facciones de mamá viejecita. Parece que tuviera el pellejo flojo y seco.

Reyes tiene que enfrentarse a los ciclos vitales, algo que a todos los seres humanos nos acontece y que cada uno vive a su propia manera, el 4 de marzo de 1931, su diario plasma del suicidio de Antonieta Rivas Mercado:

Un telegrama da la United Press del 11 de febrero, publicado en México, da cuenta de que se suicidó en Notre Dame de París, ante la imagen de Cristo, con un disparo de revólver, María Antonieta Rivas Mercado. Me ha afligido profundamente, y repaso toda la vida de la pobre amiga.

Ese repaso de la vida será una constante en los años cariocas; respecto de Rivas Mercado, la ruptura con Vasconcelos ya estaba en marcha y esto, para un hombre que estaba consciente de las pérdidas como parte de la vida, no iba a significar sino el hecho de que en el futuro las pérdidas se acrecentarían, la muerte sería una presencia más cercana y los años mozos se alejarían con mayor celeridad. Así, apunta la muerte de su hermano León el 30 de enero de 1934:

El mayor Ortiz siguió viaje el 28. Relaciones, por encargo de mi familia comunícame la muerte de mi pobre hermano León, el medio hermano, el mayor de todos, el más desgraciados de la familia. Murió el día 27.

El 3 de diciembre del mismo año muere su tío Ignacio, el 6 su madre y es sepultada en el Tepeyac, junto a su padre; le corresponde estar en la recepción de los restos de Luis G. Urbina que llegan de Madrid el 12 de diciembre; Reyes pide volver al Brasil hasta mediados de enero y mientras tanto acomoda libros e hijo antes de volver a la Embajada.

Este periodo de cambio e introspección, de madurez, traerá consigo fuertes sufrimientos en lo personal, su deseo de seguir siendo joven, constante en su pasión por las mujeres y por el arte de vivir y también un periodo de contundencia creativa que le permitirá alumbrar algunas de sus mejores páginas. En 1930, termina la Oración del 9 de febrero, el recuerdo de su padre, las señales en su vida encuentran salida en ese momento y en ese ambiente vital:

¿En qué rincón del tiempo nos aguardas,

desde qué pliegue de la luz nos miras?

¿Adónde estás, varón de siete llagas,

sangre manando en la mitad del día?

Febrero de Caín y de metralla:

humean los cadáveres en pila.

Los estribos y riendas olvidabas

y, Cristo -militar, te nos morías…

Desde -entonces mi noche tiene voces,

huésped mi soledad, gusto mi llanto.

Y si seguí viviendo desde entonces

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,

y me hago adelantar como a empellones,

en el afán de poseerte tanto.

Es ya figura internacional de la literatura, esa fama lo ayuda también en su carrera diplomática y lo protege de los aires que soplan fuertes en la confusa vida política nacional; logra reunir en torno suyo una red de contactos literarios que abarcan no solo el Brasil, con Cecília Meireles y Ronald de Carvalho como principales representantes, sino también en Chile y desde luego Buenos Aires, de España es solicitado con frecuencia y su presencia como autor consagrado da un paso más para convertirse en uno de los principales expositores de la lengua española. Mucho tiene en su haber y mucho que administrar, la fama y la potencia, pero también el tiempo que se acumula y que no ha de volver. Por ejemplo, el 10 de mayo de 1934, retrata una curiosa visita:

En el Alsina, rumbo a Barcelona, pasa Pablo Neruda. Me cuenta que ha tenido el primer premio de poesía argentina Ricardo Molinari, poeta de minoría absoluta, lo que honra a la Argentina.

De este tiempo son también el Discurso por Virgilio, la Atenea Política, las Notas sobre la inteligencia americana y la Homilía por la cultura. En a Vuelta de correo, de aquella época, acuña la frase que sería casi un sello de sus letras en adelante: “la única manera de ser provechosamente nacional consiste en ser generosamente universal, pues nunca la parte se entendió sin el todo”; porque es a partir de aquellos momentos, cuando ya se presiente su retorno definitivo, que el ataque por su desarraigo comenzará y se intensificará casi hasta el final de sus días. Hay que decir también, acaso por lo célebre de la anécdota, que Reyes no sabía que también estaba contribuyendo a la construcción de la cadena de generaciones de escritores en nuestro país, es memorable, aunque no se mencione el nombre de alguien que aparecería al principio de la vida en Brasil y que representaría mucho para don Alfonso y también para nosotros:

Rio. Jueves. 11 septiembre 1930.

Bordo Western Prince llega secretario Rafael Fuentes Jr. Acompañado señora e hijo.

En lo personal, Ruedas de la Serna ha identificado, o casi, algunas de las protagonistas de este periplo emotivo; Cecília Meireles, desde luego, con la que alcanza una complicidad intelectual que redundaría en beneficio del intercambio intelectual y de las letras de ambos países; Mme. Barcinau, esposa del Embajador de Rumania, Una tal Marlén, de la cual dice el 8 de agosto de 1935:

En el Western Prince, rumbo a Buenos Aires, pasa con señora, niña y perra Roberto Levillier, embajador argentino en México. Seguirán mañana. Fue en julio. M/B

Y el 11 de agosto:

Arlanza, para Bahía, sale Marlén

Ruedas de la Serna identifica la referencia como Marlén en Bahía; en torno a esta mujer también volvería el 16 de mayo de 1936:

Otra vez lanzado a este mar cambiante de inseguridades y sorpresas. Mañana cumplo los 47 y no he conquistado mi autonomía. Juguete de las fuerzas exteriores, hoy más que nunca es mi corazón el que padece. Me veo alejado de lo que quiero, (Una B sobre una M) ¡ay!

Y finalmente el 14 de junio:

Hoy ya no me escribieron. Adiós, MB.

Otro personaje enigmático es Puck. Aparece en varias entradas del diario y no tenemos certeza de su identidad; pero sí podemos decir que fue honda su huella en don Alfonso; el 6 de diciembre de 1935, dice:

Llegada a México, Manuelita me telegrafía lo siguiente en nuestra clave “Todo tranquilo, calma, sin novedad. Háblase seriamente de trasladarte a Francia, como ministro. Responde. Besos” Por una parte hay evidente degradación que trasciende a mis ulteriores derechos en pensiones; por otra, París bien vale una misa. Por otra, quisiera saber si también me ocuparé de Liga Naciones en Ginebra. Por otra, me muero sin Puck. Muy desconcertado

Y todavía volverá sobre ello el 23 de diciembre:

Noche, una de las más tristes de mi vida. Noche de soledad, de rumia de recuerdos, de saldos con la conciencia, de verdades crudas, de sentimiento muy hondo de la vanidad de las cosas, de asco muy grande contra la propia pasión de que soy juguete. Total: lágrimas y duda. El cielo no se abre.

Como resulta parte de su naturaleza, el ya mencionado debate entre la contención y la expansión, ente lo dionisíaco y lo apolíneo, dejan en el escritor huellas hondas de dolor; es un dolor que llevará consigo como una pequeña joya, casi diría que con orgullo; no se trata de los grandes dolores como la muerte del padre o el desencuentro con su hermano Rodolfo; se trata de esos dolores pequeños, íntimos, que le avisan que está vivo pero que no lo dejan transitar con calma y que lo torturan hasta las lágrimas en la disfunción entre lo el deber y los reclamos de su pasión creativa y humana.

Para junio de 1936 los años del Brasil se habrán terminado, deberá trasladarse a Buenos Aires, dejará aquel infierno y paraíso verdes parta volver entre los suyos, a la urbe de la cultura y luego el retorno final a la patria. Lo despiden con cócteles, la sociedad en su conjunto le da un adiós entrañable; el Pen club lo homenajea y le es impuesta la Gran Cruz Ordem Cruzeiro do Sul. Su amigo Getúlio Vargas se despide de él el 27 de junio en su programa de radio La hora del Brasil, con un programa entero de una hora.

Gracias al estupendo trabajo de Ruedas de la Serna, encontramos una edición limpia, anotada con provisión pero con mesura; pero sobre todo, tenemos un capítulo significativo en la vida de don Alfonso; el paso por la otra América abrió puertas y caminos de los cuales aún nos servimos, por añadidura, le dió color y sabor a la infancia de Carlos Fuentes, un servicio adicional a la Patria y a él, al que empieza ya a sentirse el viejo don Alfonso, le deja una obra consolidada, un prestigio imbatible y una potencia literaria que le alcanzará para construir todavía media obra y en su corazón, la contradicción y la fuerza, el asentimiento final de que la locura de los viajes se está terminando y que como Ulises, ha de volver pronto a casa para hacer el recuento de las aventuras, a las que todo viajero teme renunciar. Alfonso, el joven Alfonso que conquistó Madrid, Alfonso que hizo de la tertulia de Buenos Aires un ámbito creativo es ya don Alfonso, todavía no el abuelo ni le héroe de las letras, sino don Alfonso, que ha de cuidar donde pisa, porque son muchos los servicios que todavía ha de prestar al país y una casa que reconstruir para convertirla de buque en puerto. Tal vez, este sería el testamento de aquellos días:

AMOR QUE aguantas y aturas

las verdes y las maduras, 

amor que atacas sin venda 

para que nadie lo entienda, 

amor con erudición: 

lo que te sobra es razón. 

¿Cómo das en los excesos 

cuando no te faltan sesos? 

¿Cómo, si la ves abierta, 

estás llorando a la puerta, 

amor que aguantas y aturas 

las verdes y las maduras? 

Amor, me has puesto en un brete,

que ando ya en cuarenta y siete,

y hay que ser menos quimérico
a vistas del climatérico. 

Pero a ti nada te importa, 

viendo que la vida es corta, 

y a ti poco se te da
si el arte es largo, ¿verdá? 

Reniego de tanta fiebre
y desordenado afán: 

reniego de “lo muliebre”, 

como diría Gracián. 

Muchas gracias.