Las enseñanzas del fútbol

Hay tantos temas serios sobre los cuales escribir, tanta cosa importante para honrar el espacio de un diario como éste; traté de evitar el tema pero estaba ahí, tan atractivo, tan puesto al tiempo y a la oportunidad y sí, tenía muchos deseos de decir el gusto que me da el resultado del partido de fútbol frente a Alemania en el Mundial de Rusia. Uno supone que está vacunado contra estas cosas, que son distractores y que no tienen nada que ver con las cosas que en verdad son significativas; pero el domingo por la mañana, tuve a la vista que este país nuestro ha cambiado tanto desde hace cuarenta años que vale la pena pensarlo.

Mis hijos me han despertado temprano, para festejar el día del padre nada mejor que ver el partido de fútbol con la familia; los veo tan ilusionados, tan emocionados, que tengo que apagar el motor de mis prejuicios para no decirme que no quiero apostar mi celebración con un resultado previsible; no tengo ni idea de fútbol y mis expectativas se basan en mis prejuicios más que en información confiable que me permitan saber si, en realidad, tenemos alguna oportunidad frente al primer rival del torneo. Cuando el juego comienza, empiezo a notar que lo que estoy viendo es distinto por muchas razones.

Desde niño, me acostumbré a tres puntos que determinaron mi relación con el fútbol; por un lado la Selección Nacional de Fútbol eran “los ratoncitos verdes”, que nos podíamos aprovechar de los prejuicios de la etnicidad de los mexicanos para justificar nuestras deficiencias, es decir, uno pensaba y de verdad creía que México no podía ganarle un partido a Alemania porque, de entrada, la superioridad física – étnica, digamos – era suficiente; ellos eran rubios, grandes y fuertes, nosotros éramos pequeños, escuálidos y prietitos – así con todo y el diminutivo -; lo que ví fue distinto, somos un equipo más, a la altura de cualquiera que haya conseguido boleto para participar en el torneo, ni más ni menos y, por lo tanto, el prejuicio era falso y también inútil como justificación; segundo, los mexicanos teníamos vocación de perdedores, adorábamos a los mártires y nos contentábamos con las migajas del éxito, era una especie de genética de la derrota que en cierta manera nos consolaba y nos tranquilizaba cuando no podíamos hacer frente a las contiendas; lo que vi fue orgullo, poder, organización y fuerza, también a la gente en el estadio, en casa y en el país, convencida de que podíamos ganar cediendo ante el encanto de la posibilidad; tercero, que el fútbol, como los demás deportes, no eran un tema que valiera la pena tratar, que estaba lejos de la cultura y los temas importantes; lo que vi fue un símbolo, una señal de nuevos tiempos, de cambios generacionales y de una profunda transformación de actitud. Nosotros, los de hoy, ya no somos los de entonces.

Me dice mi hijo, con la fresca sabiduría de los once años que si le ganamos al campeón del mundo, entonces, podemos ganar el Mundial de fútbol; la premisa, en sentido lógico es irrebatible. Hace unos meses, en esta misma columna escribía que es falso que los mexicanos no leamos, como dice el viejo prejuicio y utilizando las estadísticas del INEGI, me di cuenta de cuánto ha avanzado el índice de lectura en los últimos veinte años, estamos ya lejos del legendario medio libro anual que fue la estadística prejuiciosa y tradicional de nuestro entorno cultural. Autores como Juan Villoro, tan buen aficionado al fútbol como irreprochable escritor e intelectual, me hicieron notar que en realidad el fútbol, como todos los deportes son, símbolos del mundo en que vivimos y espejos de las pasiones humanas y yo, por mi parte, he hecho voto de no ser aguafiestas y disfrutar, como lo hace todo el mundo, de este momento privilegiado de la realidad; al menos, por un momento, disfruté como todos de ser un país no de primer mundo, sino mucho más que eso, un país dando la mejor nota en los periódicos de todo el planeta.

No sólo es que tenemos buena selección, no sólo que se esforzaron y dejaron la piel en la cancha; es que todos cambiamos y el México de hoy, de ciudadanos críticos y esforzados, se ha ido formando desde dentro de la sociedad, a despecho a veces de los gobiernos y los partidos y por nuestro propio esfuerzo e iniciativa. No es el canto victorioso del aficionado novel, no es tampoco el engañado escenario de quien necesita una palmada en la espalda; es la realidad de las pequeñas cosas que nos dicen que el camino por lograr una sociedad más fuerte, más igualitaria, más preparada y más bien destinada a triunfar está en camino porque los ciudadanos así nos hemos preparado, lo hemos construido a través de decisiones individuales y de otras tomadas por nuestras propias organizaciones.

Desde luego que celebro, como todos, el éxito de la Selección, espero con más confianza y alegría los próximos partidos y me digo, en el secreto de mi pensamiento, que ya no hay ratoncitos verdes; que ya el México genéticamente perdedor se fue con las generaciones que cultivaron aquella imagen, me quedo perplejo en medio de esta situación en la que por la cronología de mi tiempo, me deja entre los que nos dibujaban dormidos, recargados en un nopal y con el sombrero gigantesco tapándonos el rostro y mi hijo al que le parece natural que si le hemos ganado al campeón, es normal que aspiremos a ser campeones.