Sábado de citas: El cortejo nupcial helado en la nieve de Ismaíl Kadaré

Este sábado de citas… que salió en domingo, ofrece un pequeño fraseado de una de las obras más profundas de Ismaíl Kadaré, “El cortejo nupcial helado en la nieve”, un canto por la tolerancia, la vida y la lealtad.

  • Doctora Shkreli… responda si cuando vio a aquellos heridos que llegaban uno tras otro al hospital, bañados en sangre pensó de verdad que eran suicidas, accidentados o víctimas de agresiones a causa de celos y demás, o si por el contrario, conocía perfectamente la verdad y con plena conciencia estuvo asistiendo de manera ilegal, repito, de manera ilegal, ya que la lista con sus nombres desapareció de una institución sanitaria estatal, a los enemigos de Yugoslavia. 
  • Antes de responderle, voy a hacerle yo una pregunta a mi vez… está usted hablando aquí ante cientos de personas de infinidad de heridos y de muertos, de ríos de sangre y ráfagas de metralleta, pero, ¿no cree usted que con sus palabras se está haciendo eco de la propaganda antiyugoslava? En las informaciones oficiales se ha afirmado que únicamente murieron nueve personas y resultaron heridas algunas decenas más. Sin embargo, según sus propias palabras, sólo en nuestro hospital, que no es más que uno entre las decenas de hospitales de la región, han sido atendidos tal cantidad de manifestantes…

“La epopeya de las nupcias imposibles, se dijo, mientras intentaba imaginar el pecho desgarrado de Sphend Brezftoht. Si es que aún permanecía con vida, ahora estaría delirando y en ese delirio tal vez se viera a sí mismo en su boda imposible con Mladenka. Todo estaba irremisiblemente arruinado.”

  • Hermanos, no  gastéis  bromas  conmigo — dijo  mirándoles  a  los ojos —. Más valdría que me matáseis.

En ese momento, el patrón les trajo la nueva botella de sliva. Jovic alzó la cabeza hacia él.

  • Boze, díselo, por Dios. ¿Se van o no se van a reabrir las benditas fichas? Éste no se lo cree.
  • ¿Las fichas? — se sorprendió el otro —. Este asunto está resuelto.

La oleada de gozo, junto a los ardores del aguardiente, lo recorrió de pies a cabeza. De modo que no había la menor duda, el milagro se había producido.

“Ella se disponía a seguirle hasta el dormitorio, pero algo la obligó a detenerse. Acababa de acordarse del decreto emitido hacía tres días que prohibía mantener las puertas cerradas con llave durante la noche.”