El libro nuestro de cada martes: Caballos desbocados de Yukio Mishima

Los vientos de la lectura me traen a islas que hace mucho no recorría, asignatura pendiente, terminar la tetralogía «El mar de la fertilidad» de Yukio Mishima. Una tarea interesante, sin duda, un reto gozoso para entrar en una mente atormentada pero brillante en extremo.

Caballos desbocados es la segunda entrega de dicha tetralogía, todo un legado literario y las claves para descifrar el pensamiento de este hombre transido de contradicciones y tensiones, pero talentoso, comprometido y brillante.

Este libro, precedido por «Nieve de primavera» y al que suceden «El templo del alba» y «La corrupción de un ángel»; constituye un manifiesto en su lucha por el mantenimiento de la tradición frente a la invasión occidental; una muestra de los valores profundos de cada hombre con vistas al cambio, la adaptación y aún la sobrevivencia. Cada frase está pesada, calculada y medida para causar el efecto correcto, un texto trabajado y cuidado para convertirlo en una obra de arte, casi plástica en su encuentro con el lector.

No sólo nos enfrenta al momento histórico, la década de la Segunda Guerra Mundial, en Japón, sino al dilema cotidiano de cada ser humano; optar entre la identidad y la oportunidad, entre el ser y el tener, entre el trascender y el sobrevivir.

Hay que armarse de valor para enfrentar un libro así, porque desgarra y concede y en todo caso, hay que abrirse al goce de una de las literaturas más hermosas que puedan imaginarse.

Algo más sobre el libro:

https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=2656781&id_col=100500&id_subcol=100501

Para adentrarnos más en la personalidad de Yukio Mishima, esta entrevista en lengua inglesa:

Domingo de citas: El peatón de París, de Paul Fargue

Demos un paseo por Paris de la mano de Paul Fargue, uno de sus grandes cronistas en este Domingo de Citas en Cisterna de Sol:

La inspiración, es el reino escaso del pensamiento, acaso sea como un día grande de mercado en la comarca. Estalla el regocijo en algún lugar de la materia gris: las necesidades se ponen en movimiento como la carretilla del hortelano; se oye el galope de las pesadas carnes de las ideas; los arqueros y los húsares de la imaginación cargan contra el papel impoluto. Y he aquí que ese mismo papel se cubrirá como por mágica operación, como si, a ciertas horas oyésemos en la región que se extiende de una a otra el crepitar de una metralleta de escribir. La inspiración en el arte me parece el paroxismo de la facilidad.

El escritor solo me estimula en tanto en cuanto me desvela un principio físico, en tanto en cuanto me da a entender que podría trabajar con sus propias manos, ser pintor, escultor, artesano, cuando me muestra el sentimiento de lo “concreto individual”. Sino imprime a su obra el carácter de un objeto insólito, me interesa solo marginalmente.

Una muestra de dignidad nos la proporciona las amantes burguesas con quienes se citan industriales o representantes del centro parisiense; en la Chapelle o más abajo, entorno a las estaciones du Nord y de l’ Est, en restaurantes de sibaritas, en brasseries discretas y amplias donde el amor inspira a partes iguales a Bourguet, a Steinlen y a Kurt Weill. Queridas adornadas con llamativos anillos y collares de perlas, enlutadas si su amigo ha perdido a un abuelo, y cuyos robusto senos evocan toda una serie de meditaciones dedicadas a la maternidad ficticia. Amantes serias…

Entonces es la Chapelle realmente ese país de las lúgubres y cautivadoras  maravillas; el paraíso de los marginados, de las chiquillas vagabundas y de los fortachones a los que no se les cae el honor de la boca ni la lealtad de los puños; el Edén sombrío, diurno y nostálgico que los soldados celebran de noche en los dormitorios colectivos para vencer el hastío solitario.

Ninguna necesidad hay  de escribir para llevar poesía en los bolsillos. Para empezar tenemos los que escriben, y constituyen una academia errante. Y luego  están los que conocen los secretos del maridaje – fuente de felicidad – de la sensibilidad y el barrio. Por ello atribuyo el noble título de poeta a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos, horticultores,  floristas y cerrajeros de la Rue Château – Landon o de la Rue d’ Aubervilliers, del Quai de la Loire, de la Rue du Terrage y de la rue des Vinaigriers. Es verlos con su sonrisa, corriendo por la acera cincelada de fatigas, preguntando por sus hijas, viendo a sus hijos soldados, y sentir el regocijo en las tuercas más recónditas  de mi viejo y cándido corazón.

Léon Daudet no se equivoca cuando escribe que Montmartre es un París dentro de París del que Clemenceau fuera alcalde. Un día caminaba yo por la Rue Lamarck, desde donde se divisa todo el puzzle de la capital, con un amigo del Tigre que había guerreado en la Comuna, cuando nos abordó un gran personaje de la República que se encontraba en Montmartre en viaje oficial.

          • ¿Viaje oficial? Preguntó el amigo de Clemenceau – ¿Viene usted a inaugurar una estatua, a crear una logia o a condecorar a un pintor fallecido?
          • Nada de eso, he venido a ocuparme de un trámite con un indígena que no se desplaza. Montmartre tiene zonas comunes con el Olimpo, y aquí he entablado mis más hermosas amistades: Zola, Donnay, Caius, Picasso, Utrillo, Max Jacob y hasta Vaillant…

Cafés de mala muerte, cafés para hombres de los bajos fondos, cafés para hombres sin sexo, para damas solitarias, cafés de chapistas, cafés decorados a la muniquesa, esclavos del cemento armado, de la agencia Havas; los “Noyau”, los “pierrot”, los cafés con nombres ingleses, los bistros de la rue Lépic, los barrecillos de la Place Clichy, dan cobijo a los mejores clientes del mundo. Porque el mejor cliente de café del mundo sigue siendo el francés, que va al café por ir al café, para organizar competiciones de bebidas, o para entonar con sus camaradas himnos patrióticos.

Daragnès, uno de los príncipes de esta nueva vía (se refiere a la ampliación de la rue Junot), percibe claramente que la etapa de las braseros montmartresas ha concluido, que otra guerra ha pasado por allí; la del cemento, el jazz, el altavoz, y cada vez que va a buscar su dosis de vitaminas al café se traslada a la otra orilla de París, a la eterna orilla izquierda, al Lipp o al Deux Magots…

Poco a poco la gran sala se llenó de gigolós con un libro en el bolsillo que huían de la escuela secundaria, de periodistas sin periódico y de esos niños de papá necesitados, que esperan que las coyunturas les caigan del cielo parisino bien asaditas a la misma boca. Se pedían los primeros cócteles. Tenía la sensación de encontrarme a la buena ventura en la sala de espera de algún profesor, o en una estación cosmopolita en la que cada uno aguardaba un tren maravilloso con destino  a la fortuna. Impresión reforzada por la llegada del Paris-Midi sobre el que la gente se avalanzaba como si de un comunicado oficial se tratase. Y a todo esto, de mi  provincia, ni rastro. Había  no pocas mujeres, cosidas a las  mesas como si fueran adornos, y todas soñaban, a buen seguro  con la película que las rescataría de la mediocridad; pero ninguna lucía la enseña de provincias, ninguna había acudido a una cita…

Según me alejaba por fin de la avenida la vi repentinamente, aquella tarde de otoño, como una inmensa playa formada por la confluencia de todos los cafés donde los parisinos van a tomar baños de frescor y de luna después de cenar…

De ese paisaje (sobre el cual han crecido como por capricho los monumentos más importantes, como la Torre Eiffel; los más sospechosos como la Cámara; los más gloriosos como el Institute de  France) es la parte central, la más conocida y transitada y sin duda son los quais de Conti y Malaquais los que se llevan la palma ex-aquo. He preguntado a mendigos, a indigentes de la mejor calaña por qué preferían aquellos los quais antes que los demás, sobre todo para dormir en sus riberas, impregnadas de sus olores a paja, absenta y zapato que dulcemente transporta el Sena: “Porque”, no me contestaron, “nos sentimos más a gusto, casi como en casa. Además los sueños son más distinguidos.

Por las mañanas los ancianos barbudos y acartonados, mezcla de genialidad y temor, grandes paseantes colmados y pensativos, que se adivinan maliciosos o instruidos, con aspecto de acarrear fardos de nostalgia y al mismo tiempo de atesorar secretos venerables, mercaderes caídos de algún museo holandés se dirigen hacia la sinagoga sin ver nada más, como patrones, mientras el proletariado judío de la Rue de Rosiers los observa con envidia y estupor, pues son sabios y ricos. 

La place Saint-Germaine-des-Prés, ausente en las peroratas dirigidas a yugoslavos y escoceses del altavoz del autocar “París la nuit”, es, sin embargo, uno de los rincones de la capital donde más “a la última” se siente uno, más cercano a la verdadera actualidad, a los hombres que conocen la entretela del país, del mundo y del arte. Y esto es así incluso los domingos, merced al quiosco de prensa de la esquina de la plaza con el bulevar, una casa muy bien surtida de rotativos de todas las tendencias.

Porque la Plaza vive, respira, palpita y duerme a través de la virtud de tres cafés célebres ya como instituciones del estado: el Deux Magôts, el Café de Flore y la Brasserie Lipp, cada uno de sus propios funcionarios, sus jefes de departamento y sus chupatintas, que pueden perfectamente ser novelistas traducidos a veintiséis lenguas, pintores sin taller, críticos sin columna, o ministros sin cartera…

Desde que dejara de preguntar al patrón por su socio, el café de Deux Magôts, “de deux mégots”, para los iniciados es un establecimiento asaz pretencioso y solemne donde cada consumidor representa un literato para el vecino, donde unas casi ricas y casi bellas acuden para bostezar e insinuarse a los últimos surrealistas, cuyo nombre salva océanos a pesar de no trascender del bulevar…

Refiriéndose al famoso Chat noir de la Rue Victor-Massé: “ese gato, que supo conciliar la leyenda dorada y la cava; ese gato socialista y napoléonico, místico y salaz, macabro y proclive a la romanza, fue un gato muy parisino y casi nacional. Expresó a su manera el amable desorden de nuestros intelectos. Nos regaló veladas verdaderamente divertidas. 

El parisino no es una criatura misteriosa. No es ni borgia, ni lord inglés, ni boyardo, ni yanqui, ni mandarín, ni oficial retirado, ni clerisonte. El parisino es un señor que va al Maxim’s, sabe decir dos o tres trilladas a su estanquera y muestra por lo general mucha amabilidad por las mujeres. Ama los libros, gusta de la pintura, conoce los restaurantes dignos de ese nombre, no contrae demasiadas deudas – sino ninguna – y lega a sus hijos líos de faldas sin resolver.

El parisino era un hombre al que le daba gusto encontrarse, lo sabía todo, le sonreía, aún presa del cansancio, aún cuando tu presencia lo fastidiara, y siempre  exclamaba: ¡Cuanto me alegro de verlo! Al cabo de media hora se alegraba de veras…

Ciertos hombres encierran tesoros de gracia, inteligencia, de amabilidad, todo ello aderezado con deliciosas insidias y un toque de malicia; tesoros de paciencia y de astucia, mezcla de cortesía y argucia que los convierten en elementos imprescindibles no sólo de los salones de París, sino de ciertas librerías, de ciertas galerías de arte y de la mayoría de los ensayos generales.

En una eventual guerra los aviones enemigos recibirían el ataque del murmullo de la historia, elegancia y amor que París desprende, y que una presencia providencial, una suerte de encanto irresistible les obligaría a dar marcha atrás para dejar intacta sobre el relieve del mundo, una planta de goces y placeres que mucho tardaría en echar raíces.

76,000 veces Gracias!!!

Una vez más, para ofrecer a nuestros amigos y lectores la palabra luminosa de la ofrenda: GRACIAS, una imagen original para libre uso.

Hemos rebasado las 76,000 visitas, todas ellas oportunidades de diálogo, encuentro y amistad en torno a los libros, la lectura y el placer de la cultura.

76,000 veces gracias

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El libro nuestro de cada martes: El adversario de Emmanuel Carrère

Este es un libro dramático por su profundidad; una extraña modificación al antiguo género del non-fiction. La historia de un hombre que se ha inventado una vida que se salda con sangre y muerte. Un crimen, de esos que uno mira en la superficie de las notas rojas; pero que en el fondo es un retrato de la condición humana y un viaje a nuestros infiernos interiores.

No solo renueva el género, más bien, reinventa la relación entre el autor y el lector; más allá de la colaboración se ubica en el ámbito de la conquista, del escritor como fuerza de ocupación y cómo potencia reveladora.

Se trata de un libro al que uno debe acercarse con valor y sobre todo con sinceridad.

Algo más sobre el libro:

https://www.anagrama-ed.es/libro/compactos/el-adversario/9788433977151/CM_613

Además, el trailer de la versión cinematográfica de 2012

Domingo de citas: El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vázquez

Para exorcizar los demonios de la violencia, respirar un poco con más calma y pasar un domingo de grata compañía, en Domingo de Citas, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vázquez:

Los primeros hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el Valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar a los sementales de una hacienda ganadera.

El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá, entre casas viejas con tejas de barro cocido y placas de mármol que reseñan para nadie momentos históricos, y a eso de la una llegó a los billares de la calle 14, dispuesto a jugar un par de chicos con los clientes habituales. No parecía nervioso ni perturbado cuando empezó a jugar: usó el mismo taco y la misma mesa de siempre, la que había más cerca de la pared del fondo, debajo del televisor encendido pero mudo. Completó tres chicos, aunque no recuerdo cuántos ganó y cuántos perdió, porque esa tarde no jugué con él, sino en la mesa de al lado.

Allí, de pie sobre una tarima de madera, frente a filas y filas de muchachitos imberbes y desorientados y niñas impresionables de ojos constantemente abiertos, recibí mis primeras lecciones sobre la naturaleza del poder… La vida, en esas épocas que ahora me parecen pertenecer a otro, estaba llena de posibilidades. También las posibilidades, constaté después, pertenecían a otro; se fueron extinguiendo imperceptiblemente, como la marea que se retira, hasta dejarme con lo que ahora soy.

Me refiero a los errores de verdad. Yammara, eso es una vaina que usted no conoce todavía. Y mejor. Aproveche, Yammara, aproveche mientras pueda: uno es feliz hasta que la caga de cierta forma, luego no hay manera de recuperar lo que uno era antes.

Y cuando empezó a sonar el Nocturno, cuando una voz que no supe identificar – un barítono que rozaba el melodrama – leyó ese primer verso que todo colombiano ha dicho en voz alta alguna vez, me di cuenta que Ricardo Laverde estaba llorando. Una noche toda llena de perfumes, decía el barítono sobre un fondo de piano, y a pocos pasos de mí Ricardo Laverde, que no estaba oyendo los versos que oía yo, se pasaba el dorso de la mano por los ojos, luego la manga entera. De murmullos y de musica de alas.  Los hombros de Ricardo Laverde comenzaron a sacudirse; bajó la cabeza, juntó las manos como quien reza. Y tu sombra, fina y lánguida, decía Silva en la voz del barítono melodramático. Y mi sombra, por los rayos de la luna proyectada. Yo no sabía si mirar o no a Laverde, si dejarlo solo con su pena o ir a preguntarle qué le ocurría.

Me alegré de que hubiera muerto: le deseé como contraprestación por mi propio dolor, una muerte dolorosa. Entre las neblinas de mi conciencia entrecortada respondí con monosílabos a las preguntas de mis padres. ¿Lo conociste en los billares? Sí. ¿Nunca supiste qué hacía, si estaba metido en cosas raras? No. ¿Por qué lo mataron? No sé. ¿Por qué lo mataron, Antonio? No sé, no sé. Antonio, ¿por qué lo mataron? No sé, no sé, no sé. La pregunta se repetía con insistencia y mi respuesta siempre era la misma, y pronto fue evidente que la pregunta no necesitaba respuesta: era más bien un lamento.

No volví a la calle 14, ya no digamos a los billares (dejé de jugar del todo: mantenerme de pie durante demasiado tiempo empeoraba el dolor de pierna hasta hacerlo insoportable). Así perdí una parte de la ciudad; o, por mejor decirlo, una parte de mi ciudad me fue robada. Imaginé una ciudad en que las calles, las aceras, se van cerrando poco a poco para nosotros, como las habitaciones de la casa en el cuento de Cortázar, hasta acabar por expulsarnos. “Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a vivir sin pensar”, dice el hermano en el cuento aquel después de que la presencia misteriosa se ha tomado otra parte de la casa. Y añade: “Se puede vivir sin pensar”. Es cierto: se puede. Después que la calle 14 me fuera robada – y después de largas terapias, soportar mareos y estómagos destrozados por la medicación – comencé a aborrecer la ciudad, a tenerle miedo, a sentirme amenazado por ella. El mundo me pareció un lugar cerrado, o mi vida una vida emparedada; el médico me hablaba de mi miedo de salir a la calle, me arrojaba la palabra agorafobia como si fuera un objeto delicado que no hay que dejar caer, y para mí era difícil explicarle que justo lo contrario, una claustrofobia violenta, era lo que me atormentaba.

La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos.

El arte por la libertad. El concierto por Mandela

En el Centenario del Natalicio de Mandela, esta recordación de su enorme figura

Cisterna de sol

El 18 de julio de 1988, Nelson Mandela cumplía setenta años, la ocasión era más que propicia, perfecta, para una campaña mundial que pusiera la imagen del hombre que entonces había transcurrido veinticinco años en prisión sin rendirse y dirigiendo el movimiento sudafricano más influyente y que llevaba la vanguardia en la lucha contra el apartheid en todos los frentes; el CNA había recurrido al sabotaje como principal arma; en su alegato de defensa Mandela había fijado, harían entonces más de dos décadas, la postura del Congreso frente a la violencia:

Hay cuatro formas de violencia posible. Hay sabotaje, hay guerrilla, hay terrorismo, y hay revolución. Decidimos adoptar el primer método antes de tomar cualquier otra decisión.

A la luz de nuestro compromiso político de fondo, la elección era lógica. Sabotaje no implica la pérdida de vidas y ofrece la mejor esperanza para las futuras relaciones raciales. La amargura se…

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El libro nuestro de cada martes: El paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa

Tenía mucho que no leía a Mario Vargas Llosa, ya se sabe, cosa de personalidad, no es un hombre cuyas posturas políticas me agraden y en general no me causa mayor simpatía, pero que es un enorme narrador y que sus libros, leídos siempre y desde hace mucho han sido para mí fuente de solaz y también de conocimiento.

Me enfrenté a El paraíso en la otra esquina con la certeza de su origen, pero me he encontrado, como siempre que lee uno a Vargas Llosa, con más de lo que esperaba, el entramado de las biografías supera con mucho las expectativas de los lectores más exigentes; la historia de la Francia revolucionaria, del primer Perú independiente, como de Gaugin y Flora Tristan van llenando páginas y páginas que se deslizan como el viento de una playa. No esperaba menos y recibí mucho más.

Al leer a Vargas Llosa me ocurren dos cosas, la primera es la distancia entre el escritor y su obra, el autor puede no parecernos el tipo de persona con la que nos tomaríamos un trago, o no gustarnos sus posiciones pero aún así disfrutar y reconocer la mejor literatura; la otra es la manera en que la realidad se vuelve material literario, como puede ser moldeada, adaptada y recreada bajo la pluma del maestro para convertirse en ficción más allá del mundo pálido de los hechos.

Vuelvo a Tahití, a Gaugin, que esta vez, me ha gustado más que la dulce Francia.

Algo más sobre el libro:

http://www.letraslibres.com/mexico/libros/el-paraiso-en-la-otra-esquina-mario-vargas-llosa

Una entrevista a Vargas Llosa sobre el tema

Sábado de Citas: Jefe de estación Fallmerayer de Joseph Roth

Este sábado de citas, ofrecemos líneas selectas de una de las novelas más entrañables de Joseph Roth, Jefe de estación Fallmerayer, que las disfruten

El singular destino del jefe de estación austríaco Adam Fallmerayer merece sin duda alguna ser registrado por escrito y conservado en la memoria. Perdió de un modo asombroso su vida, que, dicho sea de paso, jamás habría sido brillante, y tal vez tampoco de una felicidad duradera… Hasta donde los hombres pueden llegar a saber unos de otros, habría sido imposible augurar a Fallmerayer un hado extraordinario. Aun así, le alcanzó, le agarró, y él mismo pareció entregarse a éste con cierto placer.

Tuvo dos hijas, gemelas. Había esperado tener un hijo. Es lógico, de acuerdo con su carácter, que quisiera tener un hijo y que considerara la llegada simultánea de dos niñas como una desagradable sorpresa, cuando no una maldad divina. Pero como tenía la vida asegurada desde el punto de vista material y derecho a una pensión, se acostumbró, cuando apenas habían transcurrido tres meses desde aquel nacimiento, a la generosidad de la naturaleza, y empezó a querer a sus hijas.

Los semblantes de los pasajeros en las amplias ventanillas se desvanecían en una papilla de color blanco grisáceo. El jefe de estación Fallmerayer jamás había podido ver el rostro de un pasajero de viaje hacia el sur. Y el sur era para el jefe de estación algo más que simplemente una indicación geográfica. El sur era el mar, un mar hecho de sol, libertad y dicha… Y, sobre todo, la gente rica era la que traía el sur al sur. Un empleado de los ferrocarriles del sur vivía permanentemente en el norte.

Tuvo la sensación de que debía hacer algo, como los demás, y al mismo tiempo miedo de que le impidieran echar una mano porque él mismo podía ser el culpable de la desgracia. A algunos de entre los ferroviarios que le reconocieron y que en las prisas de las labores de rescate le saludaron de manera fugaz, Fallmerayer trató de decirles algo con una voz ronca, algo que lo mismo podría haber sido una orden que una petición de disculpa. Pero nadie le oyó. Nunca hasta entonces se había sentido tan superfluo.

La extranjera yacía bajo la manta del jefe de estación con sus grandes ojos oscuros y el rostro blanco, fuerte, amplio como un paisaje extraño y dulce, sobre la almohada. Hablaba el alemán duro y extraño de una rusa, con una voz profunda, extraña. De su garganta salía todo el esplendor de lo amplio y desconocido… De modo que se marchó, y en todas las habitaciones, y en especial en la cama de Fallmerayer, dejó el aroma imborrable del cuero de Rusia y de un perfume indescriptible.

Anja Walewska, rezaba la firma. Hacía tiempo que había sentido deseos de conocer el nombre de pila de la extranjera, aunque no se había atrevido a preguntar, como si el nombre de pila fuera uno de sus ocultos encantos corporales. Ahora que lo conocía, durante un rato le pareció que le había regalado un dulce secreto.

Cada uno al mismo tiempo era un padre desconsolado, un hijo desconsolado. Tan sólo a Fallmerayer le parecía que la guerra le había liberado de una situación sin esperanza…

-Sí – dijo él-. Lo he aprendido. Lo he aprendido en el campo de batalla.

Y en ruso añadió:

-Por usted, para usted. Para poder hablar con usted alguna vez he aprendido el ruso.

Ella le aseguró que lo hablaba de manera admirable, como si él hubiera dicho aquella frase de difícil contenido sólo para demostrar sus capacidades lingüísticas. De aquel modo transformó la confesión que acababa de hacerle en un ejercicio de estilo carente de importancia. Pero precisamente aquella respuesta por parte de ella le demostró que le había entendido bien.

“Me marcharé ahora”, pensó él. De inmediato se levantó. Y sin esperar una invitación, sabiendo sin duda que ella interpretaría correctamente su descortesía, dijo:

-Volveré pronto.

Ella no contestó. Él le besó la mano y se marchó.

Caminaron a lo largo de la avenida. A pesar de la húmeda oscuridad, los troncos finos, esporádicos, brillaban plateados, como iluminados por una luz en su interior. Y como aquel brillo plateado de los árboles más delicados del mundo despertara la ternura en el corazón de Fallmerayer, su brazo estrechó con más fuerza los hombros de la mujer, sintiendo a través de la tela áspera y empapada del abrigo la dócil complacencia del cuerpo. Por un momento le pareció que la mujer se inclinaba sobre él, sí, que se estrechaba contra él, y, sin embargo, un instante después volvía a haber bastante distancia entre sus cuerpos. Su mano abandonó los hombros de ella, subió palpando sus húmedos cabellos, le acarició la oreja húmeda, rozó su rostro húmedo. y al instante siguiente ambos se quedaron parados a la vez, se volvieron el uno hacia el otro, se abrazaron, el abrigo se escurrió de los hombros de ella y cayó sordo y pesado sobre la tierra. Y así, en mitad de la lluvia y de la noche, pusieron el rostro  del uno contra el rostro del otro, la boca contra la boca, y se besaron largamente. 

Para él, el conde Walewski hacía tiempo que estaba muerto, había caído en el frente o había sido asesinado por soldados comunistas amotinados. La guerra tenía que durar eternamente. El servicio que Fallmerayer prestaba aquel lugar, en aquel puesto, debía ser eterno… Nunca más paz en la Tierra.

Tampoco se preocupaban por el futuro. Cuando iban a una sala de juego, era porque desbordaban de alegría. Podían permitirse perder dinero, y de hecho lo perdían, como para darle la razón al dicho según el cual quien tiene suerte en el amor pierde en el juego. Ambos se sentían afortunados perdiendo. Como si aún necesitaran de la superstición para estar seguros de su amor. Pero como todas las personas felices tenían tendencias a poner a prueba su felicidad para, una vez demostrada, acrecentarla en la medida de lo posible.

Algo más sobre la novela:

http://www.acantilado.es/catalogo/jefe-de-estacion-fallmerayer/

 

El libro nuestro de cada martes: La contadora de películas de Hernán Rivera Letelier

Tengo una debilidad congénita por el cine, tal vez más que eso, tengo una necesidad muy profunda, heredada desde la más lejana de las generaciones humanas, de que me cuenten historias; mi madre me las contaba cuando iba a dormir, mi padre cuando salíamos a caminar en las mañanas por las calles de la Ciudad de México; luego mis novelistas y, con especial cuidado, mis cineastas. Las historias me han hecho vivir más que mi vida, me han permitido ir más allá de mis sueños, ser muchos y ser más yo mismo. Tal vez por eso la lectura de La contadora de películas me impresionó tanto.

Rivera Letelier atina en el tono y en el personaje, por que la trama constituye una joya, una pequeña obra maestra. Imaginad el talento de la niña que contaba las películas que veía a quienes no podían pagar el billete de entrada al cine de tal manera que, al cabo, la gente prefería las historias que las películas. Sin querer pontificar sobre las distancias entre el cine y la literatura, lo cierto es que las historias se hacen de palabras, se conciben como palabras y luego se reinterpretan como imágenes; pero añadid, en cambio, la dulzura de escuchar la historia bien contada, la proximidad entre el contador y el escucha, en el rito antiquísimo de escuchar la narración; así nacieron las obras primigenias de la literatura universal.

Cuando era niño no existía, al menos no institucionalmente, el oficio de contar cuentos, los juglares dormían el sueño de los justos; ahora, las buenas librerías para niños, los espectáculos culturales ofrecen el servicio de cuentacuentos para niños que necesitan retacarse las orejas de buenos cuentos; en mi infancia las madres y las abuelas cumplían ese cometido hasta que los libros las desplazaban de las cabeceras de los niños; a mi me pasó hace poco, mi oficio de juglar doméstico se extinguió y cedí mi puesto, humilde pero necesario, a su Alteza el libro de cabecera. Un trance difícil, pero también inevitable y precioso.

La contadora de libros es una novela que nos acerca tanto a la historia de iberoamérica, algo muy similar sucedió en todos los países de habla española, como a los cimientos de la cultura de lo escrito y lo narrado, un libro inolvidable por lo dulce y lo profundo, un libro al que no se puede renunciar.

Algo más sobre la novela:

https://www.megustaleer.mx/libros/la-contadora-de-pelculas/MES-063778

Algo más sobre su adaptación teatral:

Sábado de citas: Las benévolas de Jonathan Littell

Para disfrutar del fin de semana, Cisterna de Sol ofrece su fraseario de uno de los libros más complejos e interesantes sobre el Holocausto en los últimos tiempos, «Las benévolas» de Jonathan Littell.

Disfrute de estas pequeñas joyas literarias.

“Más valdría que no hubiera nada. Como hay más dolor que placer en la tierra, cualquier satisfacción no es sino transitoria, y crea nuevos deseos y nuevas desesperaciones, y la agonía del animal devorado es mayor que el placer del que lo devora…”

“De la misma forma que, según Marx, el obrero está alienado en lo referido al producto de su trabajo, en el genocidio o en la guerra total en su forma moderna, el ejecutante está alienado respecto del producto de su acción…”

“Soy culpable y vosotros no, estupendo. Pero, pese a todo, deberíais ser capaces de deciros que lo que yo hice vosotros lo habríais hecho también. A lo mejor con menos celo, aunque quizá también con menos desesperación, pero, en cualquier caso, de una forma o de otra… Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a mataros a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otros, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro”.

“Él no podía sino transmitirnos una frase del Führer, que había oído de los mismísimos labios de éste: los jefes le deben a Alemania el sacrificio de sus dudas…”

“Alemania, por lo menos, no liquidaba a sus verdugos; antes bien, los cuidaba, a diferencia de Stalin con esa manía suya de las puertas; pero eso también estaba dentro de la lógica de las cosas. Ni para nosotros ni para los rusos contaba en absoluto el hombre; la Nación y el Estado lo eran todo y, en ese sentido, nuestras dos imágenes eran un reflejo mutuo. También los judíos tenían ese fuerte sentimiento de comunidad, de Volk: lloraban a sus muertos, los enterraban si podían y rezaban el kaddish; pero mientras quedaba uno vivo, Israel vivía. Seguramente por eso eran nuestros enemigos por excelencia, se nos parecían demasiado”.

 “La guerra acababa por parecer limpia y pura, algo de lo que muchos estaban ya intentando escapar refugiándose en las certidumbres elementales de la guerra y del frente.”

“¿El propio campo, con toda aquella organización rígida, aquella violencia absurda, aquella jerarquía meticulosa, no sería acaso sino una metáfora, una reductio ad absurdum de la vida cotidiana?”

 “Aún creemos en las ideas, aún creemos en los conceptos, aún creemos que las palabras se refieren a ideas, pero no es forzosamente cierto, quizá no hay ideas en realidad, quizá en realidad no hay más que palabras, y el peso propio de las palabras…”

“Y quizá era así como habíamos dejado que nos arrastrara una palabra y su condición de inevitable. ¿No hubo, pues, en nosotros idea alguna, lógica alguna, coherencia alguna? ¿No hubo, pues, sino palabras en aquella lengua nuestra tan peculiar, sólo esa palabra, Endlösung (solución final), y su catarata de hermosura? Pues, en verdad, ¿cómo resistirse a la seducción de esa palabra? Hubiera sido tan inconcebible como resistirse a la palabra obedecer, a la palabra servir, a la palabra ley. Y ésa era quizá, en el fondo, la razón de ser de nuestras Sprachregelungen, bastante transparentes, por cierto, desde el punto de vista del camuflaje (Tarnjargon), pero útiles para mantener a quienes usaban esas palabras y esas expresiones – Sonderbehandlung (tratamiento especial), abtransportiert (trasladado más allá), entsprechend behandelt (con el trato adecuado), Wohnsitzverlegung (cambio de domicilio), o Executivmassnahmen (medidas ejecutivas)- entre las aceradas púas de su abstracción”.

“La hierba crece muy espesa encima de las tumbas de los vencidos y nadie le pide cuentas al vencedor”

“Por eso es por lo que me permito que me parezca un tanto indecente, pese al inmenso respeto que me inspira cuanto hizo como ministro, ese arrepentimiento tan públicamente proclamado después de la guerra, un arrepentimiento que le salvó el pellejo, desde luego, siendo así que no se merecía seguir vivo ni más ni menos que otros, que Sauckel, por ejemplo, o que Jodl, un arrepentimiento que le impuso luego la obligación, para mantener esa postura, de contorsionarse de forma cada vez más barroca, cuando habría sido tan sencillo, sobre todo después de haber purgado la pena, decir: Sí, lo sabía. ¿Y qué?”

“No hay, pues, nada más lógico que llegar a decirse: bueno, pues si así son las cosas, si es justo sacrificar lo mejor de la Nación, enviar a la muerte a los hombres más patriotas, a los más inteligentes, a los más abnegados, a los más leales a nuestra raza, y todo eso en nombre de la salvación de la Nación – y si no sirve para nada y si le escupen a ese sacrificio -, en tal caso, ¿qué derecho a la vida van a conservar los perores elementos, los criminales, los locos, los débiles, los asociales, los judíos, por no hablar de nuestros enemigos externos?”

Algo más sobre el libro:

http://www.letraslibres.com/mexico/libros/las-benevolas-jonathan-littell

En España, una versión teatral:

https://www.elcultural.com/videos/video/1384/ESCENARIOS/Un-nazi-sin-remordimientos-toma-el-escenario

 

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