Domingo de citas: El peatón de París, de Paul Fargue

Demos un paseo por Paris de la mano de Paul Fargue, uno de sus grandes cronistas en este Domingo de Citas en Cisterna de Sol:

La inspiración, es el reino escaso del pensamiento, acaso sea como un día grande de mercado en la comarca. Estalla el regocijo en algún lugar de la materia gris: las necesidades se ponen en movimiento como la carretilla del hortelano; se oye el galope de las pesadas carnes de las ideas; los arqueros y los húsares de la imaginación cargan contra el papel impoluto. Y he aquí que ese mismo papel se cubrirá como por mágica operación, como si, a ciertas horas oyésemos en la región que se extiende de una a otra el crepitar de una metralleta de escribir. La inspiración en el arte me parece el paroxismo de la facilidad.

El escritor solo me estimula en tanto en cuanto me desvela un principio físico, en tanto en cuanto me da a entender que podría trabajar con sus propias manos, ser pintor, escultor, artesano, cuando me muestra el sentimiento de lo “concreto individual”. Sino imprime a su obra el carácter de un objeto insólito, me interesa solo marginalmente.

Una muestra de dignidad nos la proporciona las amantes burguesas con quienes se citan industriales o representantes del centro parisiense; en la Chapelle o más abajo, entorno a las estaciones du Nord y de l’ Est, en restaurantes de sibaritas, en brasseries discretas y amplias donde el amor inspira a partes iguales a Bourguet, a Steinlen y a Kurt Weill. Queridas adornadas con llamativos anillos y collares de perlas, enlutadas si su amigo ha perdido a un abuelo, y cuyos robusto senos evocan toda una serie de meditaciones dedicadas a la maternidad ficticia. Amantes serias…

Entonces es la Chapelle realmente ese país de las lúgubres y cautivadoras  maravillas; el paraíso de los marginados, de las chiquillas vagabundas y de los fortachones a los que no se les cae el honor de la boca ni la lealtad de los puños; el Edén sombrío, diurno y nostálgico que los soldados celebran de noche en los dormitorios colectivos para vencer el hastío solitario.

Ninguna necesidad hay  de escribir para llevar poesía en los bolsillos. Para empezar tenemos los que escriben, y constituyen una academia errante. Y luego  están los que conocen los secretos del maridaje – fuente de felicidad – de la sensibilidad y el barrio. Por ello atribuyo el noble título de poeta a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos, horticultores,  floristas y cerrajeros de la Rue Château – Landon o de la Rue d’ Aubervilliers, del Quai de la Loire, de la Rue du Terrage y de la rue des Vinaigriers. Es verlos con su sonrisa, corriendo por la acera cincelada de fatigas, preguntando por sus hijas, viendo a sus hijos soldados, y sentir el regocijo en las tuercas más recónditas  de mi viejo y cándido corazón.

Léon Daudet no se equivoca cuando escribe que Montmartre es un París dentro de París del que Clemenceau fuera alcalde. Un día caminaba yo por la Rue Lamarck, desde donde se divisa todo el puzzle de la capital, con un amigo del Tigre que había guerreado en la Comuna, cuando nos abordó un gran personaje de la República que se encontraba en Montmartre en viaje oficial.

          • ¿Viaje oficial? Preguntó el amigo de Clemenceau – ¿Viene usted a inaugurar una estatua, a crear una logia o a condecorar a un pintor fallecido?
          • Nada de eso, he venido a ocuparme de un trámite con un indígena que no se desplaza. Montmartre tiene zonas comunes con el Olimpo, y aquí he entablado mis más hermosas amistades: Zola, Donnay, Caius, Picasso, Utrillo, Max Jacob y hasta Vaillant…

Cafés de mala muerte, cafés para hombres de los bajos fondos, cafés para hombres sin sexo, para damas solitarias, cafés de chapistas, cafés decorados a la muniquesa, esclavos del cemento armado, de la agencia Havas; los “Noyau”, los “pierrot”, los cafés con nombres ingleses, los bistros de la rue Lépic, los barrecillos de la Place Clichy, dan cobijo a los mejores clientes del mundo. Porque el mejor cliente de café del mundo sigue siendo el francés, que va al café por ir al café, para organizar competiciones de bebidas, o para entonar con sus camaradas himnos patrióticos.

Daragnès, uno de los príncipes de esta nueva vía (se refiere a la ampliación de la rue Junot), percibe claramente que la etapa de las braseros montmartresas ha concluido, que otra guerra ha pasado por allí; la del cemento, el jazz, el altavoz, y cada vez que va a buscar su dosis de vitaminas al café se traslada a la otra orilla de París, a la eterna orilla izquierda, al Lipp o al Deux Magots…

Poco a poco la gran sala se llenó de gigolós con un libro en el bolsillo que huían de la escuela secundaria, de periodistas sin periódico y de esos niños de papá necesitados, que esperan que las coyunturas les caigan del cielo parisino bien asaditas a la misma boca. Se pedían los primeros cócteles. Tenía la sensación de encontrarme a la buena ventura en la sala de espera de algún profesor, o en una estación cosmopolita en la que cada uno aguardaba un tren maravilloso con destino  a la fortuna. Impresión reforzada por la llegada del Paris-Midi sobre el que la gente se avalanzaba como si de un comunicado oficial se tratase. Y a todo esto, de mi  provincia, ni rastro. Había  no pocas mujeres, cosidas a las  mesas como si fueran adornos, y todas soñaban, a buen seguro  con la película que las rescataría de la mediocridad; pero ninguna lucía la enseña de provincias, ninguna había acudido a una cita…

Según me alejaba por fin de la avenida la vi repentinamente, aquella tarde de otoño, como una inmensa playa formada por la confluencia de todos los cafés donde los parisinos van a tomar baños de frescor y de luna después de cenar…

De ese paisaje (sobre el cual han crecido como por capricho los monumentos más importantes, como la Torre Eiffel; los más sospechosos como la Cámara; los más gloriosos como el Institute de  France) es la parte central, la más conocida y transitada y sin duda son los quais de Conti y Malaquais los que se llevan la palma ex-aquo. He preguntado a mendigos, a indigentes de la mejor calaña por qué preferían aquellos los quais antes que los demás, sobre todo para dormir en sus riberas, impregnadas de sus olores a paja, absenta y zapato que dulcemente transporta el Sena: “Porque”, no me contestaron, “nos sentimos más a gusto, casi como en casa. Además los sueños son más distinguidos.

Por las mañanas los ancianos barbudos y acartonados, mezcla de genialidad y temor, grandes paseantes colmados y pensativos, que se adivinan maliciosos o instruidos, con aspecto de acarrear fardos de nostalgia y al mismo tiempo de atesorar secretos venerables, mercaderes caídos de algún museo holandés se dirigen hacia la sinagoga sin ver nada más, como patrones, mientras el proletariado judío de la Rue de Rosiers los observa con envidia y estupor, pues son sabios y ricos. 

La place Saint-Germaine-des-Prés, ausente en las peroratas dirigidas a yugoslavos y escoceses del altavoz del autocar “París la nuit”, es, sin embargo, uno de los rincones de la capital donde más “a la última” se siente uno, más cercano a la verdadera actualidad, a los hombres que conocen la entretela del país, del mundo y del arte. Y esto es así incluso los domingos, merced al quiosco de prensa de la esquina de la plaza con el bulevar, una casa muy bien surtida de rotativos de todas las tendencias.

Porque la Plaza vive, respira, palpita y duerme a través de la virtud de tres cafés célebres ya como instituciones del estado: el Deux Magôts, el Café de Flore y la Brasserie Lipp, cada uno de sus propios funcionarios, sus jefes de departamento y sus chupatintas, que pueden perfectamente ser novelistas traducidos a veintiséis lenguas, pintores sin taller, críticos sin columna, o ministros sin cartera…

Desde que dejara de preguntar al patrón por su socio, el café de Deux Magôts, “de deux mégots”, para los iniciados es un establecimiento asaz pretencioso y solemne donde cada consumidor representa un literato para el vecino, donde unas casi ricas y casi bellas acuden para bostezar e insinuarse a los últimos surrealistas, cuyo nombre salva océanos a pesar de no trascender del bulevar…

Refiriéndose al famoso Chat noir de la Rue Victor-Massé: “ese gato, que supo conciliar la leyenda dorada y la cava; ese gato socialista y napoléonico, místico y salaz, macabro y proclive a la romanza, fue un gato muy parisino y casi nacional. Expresó a su manera el amable desorden de nuestros intelectos. Nos regaló veladas verdaderamente divertidas. 

El parisino no es una criatura misteriosa. No es ni borgia, ni lord inglés, ni boyardo, ni yanqui, ni mandarín, ni oficial retirado, ni clerisonte. El parisino es un señor que va al Maxim’s, sabe decir dos o tres trilladas a su estanquera y muestra por lo general mucha amabilidad por las mujeres. Ama los libros, gusta de la pintura, conoce los restaurantes dignos de ese nombre, no contrae demasiadas deudas – sino ninguna – y lega a sus hijos líos de faldas sin resolver.

El parisino era un hombre al que le daba gusto encontrarse, lo sabía todo, le sonreía, aún presa del cansancio, aún cuando tu presencia lo fastidiara, y siempre  exclamaba: ¡Cuanto me alegro de verlo! Al cabo de media hora se alegraba de veras…

Ciertos hombres encierran tesoros de gracia, inteligencia, de amabilidad, todo ello aderezado con deliciosas insidias y un toque de malicia; tesoros de paciencia y de astucia, mezcla de cortesía y argucia que los convierten en elementos imprescindibles no sólo de los salones de París, sino de ciertas librerías, de ciertas galerías de arte y de la mayoría de los ensayos generales.

En una eventual guerra los aviones enemigos recibirían el ataque del murmullo de la historia, elegancia y amor que París desprende, y que una presencia providencial, una suerte de encanto irresistible les obligaría a dar marcha atrás para dejar intacta sobre el relieve del mundo, una planta de goces y placeres que mucho tardaría en echar raíces.