Domingo de citas: Crímenes ejemplares de Max Aub

De última hora… en Cisterna de Sol, esta pequeña colección de joyas de Max Aub para descansar sonriendo.

 

Entro en aquel preciso momento. Había esperado la ocasión desde hacía un mes. Ya la tenía acorralada, ya estaba vencida, dispuesta a entregarse. Me besó y aquel sombrío imbécil, con su cara de idiota, su sonrisa de pan dulce, su facultad de meter la pata cada  día, entró en la recámara, preguntando con su voz se falsete, creyendo hacer gracia:

        • ¿No hay nadie en la casa?

Para matarlo. el primer impulso es siempre el bueno.

 

¡Cómo iba a permitir que se acostara con una mujer a la que le habían trasplantado el corazón de María!

 

Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.

 

No vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad; vencer los impulsos. En la supuesta dignidad de castrarse han muerto muchos de los mejores.

 

Esta fe de erratas tan atea…

 

No se culpe a nadie de mi muerte. Me suicido porque de no hacerlo, seguramente, con el tiempo, te olvidaría. Y no quiero.

 

Mató a su madre para poder escribir una novela. No doy detalles: léanla.

 

Yo no tengo voluntad. Ninguna. Me dejo influir por lo primero que veo. A mí me convencen en seguida. Basta que lo haga otro. El mató a su mujer, yo a la mía. La culpa es del periódico que lo contó con tantos detalles.

 

Le olía el aliento. Ella misma dijo que no tenía remedio.

 

Estaba leyéndole el segundo acto. La escena entre Emilia y Fernando es la mejor: de eso no puede caber ninguna duda, todos los que conocen mi drama están de acuerdo. ¡Aquel imbécil se moría de sueño! No podía con su alma. A pierna suelta, se le iba la morra al pecho como un badajo. En seguida volvía a levantar los ojos haciendo como que seguía la intriga con gran interés, para volver a trasponerse, camino de quedar como un tronco. Para ayudarle le descabecé de un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes. De pronto me salió de adentro esa fuerza desconocida. Me asombró.

 

 

Me quemó duro con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuvo – yo, tampoco – intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella a mano.

 

Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el trollo. ¿Qué me empujó a apuntar aquel hombre rechonchito y ridículo con sombrero tirolés, con pluma y todo?

 

Me suicido por ver la cara que pondrá Lupe, su mamá y el lechero.

 

Le pedí el Excelsior y me trajo El Popular. Le pedí Delicados y me trajo Chesterfield. Le pedí cerveza clara y me la trajo negra. La sangre y la cerveza revueltas, por el suelo, no son buena combinación.

 

La única duda que tuve fue a quién me cargaba: si al linotipista o al director. Escogí al segundo, por más sonado. Lo que va de una jota a un joto.

 

Me debía dinero. Prometió pagármelo hace dos meses, la semana pasada, ayer. De eso dependía que llevara a Irene a Acapulco, sólo ahí podía acostarme con ella. Se lo había prestado para dos días, sólo para dos días…