Peñalta en el Museo de Geología.

Cada semana se sienta uno frente al teclado, o a la libreta, como es mi caso, y se atreve con las palabras; siempre se comienza por preguntarse por qué escribir, qué me hace pensar que habrá alguien, sobre todo alguien a quien no conozco, que pueda estar interesado en lo que pienso y en lo que pueda decir; habrá muchos con otras ideas, algunos mejores informados; tal vez por eso no opino sobre el aeropuerto, por ejemplo, porque lo único que sé de ellos es que son lugares fascinantes donde se ven lágrimas más sinceras que en los funerales y besos más francos que en algunas bodas; y vuelvo a la respuesta que me ronda siempre que me enfrento a este deber moral con mi vocación y con la gratitud que debo a este espacio que me acoge generosamente; escribo porque observo y porque me han dado la oportunidad, escribo porque leo el mundo como lo hacemos todos y me he hecho al oficio de describirlo; lo hago en fin, porque siempre hay alguien dispuesto a leerme cerrando así el ciclo de una plática eterna entre quien se atreve a decir y quien está dispuesto a leer.

Este vapuleado presente, en México y el mundo, no quiere darnos tregua, si no es ahora el debate sobre el Tratado de Libre Comercio, lo serán las declaraciones de Trump o el horror al que nos enfrentamos con el multifeminicida que ha sido atrapado y que exhibe el pozo hondo de deshumanización que nos ha correspondido habitar. Pero las treguas existen cuando uno mismo se las provee y las construye, cuando nos detenemos a leer las páginas de un libro nuevo que nos ha salido al paso, cuando observamos a nuestro alrededor la vida de la ciudad. Hoy, me detengo, pongo freno a esta carrera desenfrenada y doy cuenta de una manifestación de arte que es digna de ver.

El Museo de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México ofrece al público una exposición de arte singular; a la vista está una primera peculiaridad, qué hace una exposición de arte en un museo de ciencia; porqué un artista plástico estaría convocado a este espacio público consagrado a la conservación y la divulgación científica; porque su autor es un hombre asimismo peculiar; Peñalta observa su alrededor y descubre ahí la belleza, pero no es un solo un observador, manipula la naturaleza y propone sobre ella una lectura, en la exposición “El alma de las rocas”, dibuja, trama, pule y convierte la acre superficie de una roca en un rostro, en una mirada. Eso es precisamente la cultura, cuando tornamos sobre la naturaleza y le imprimimos sentido, voz, carácter. La exposición estará abierta al público hasta el 17 de noviembre. No debe dejarla pasar.

Me he detenido en el camino del presente para hablar de esta muestra de arte porque creo que en estos días estamos siempre cerca de cometer errores que luego nos costará trabajo reparar, muchos de ellos nacen de nuestra prisa por lanzarnos sobre las cosas y los hechos como si de ello dependiera la marcha del universo, hemos perdido una capacidad que antaño nos caracterizaba, la de moderar nuestro pensamiento, de madurarlo y opinar con fundamento y contundencia, porque las notas de la prensa duraban varios días y el simple hecho de que lo que ocurría hoy se vería en los periódicos al día siguiente, nos daba un margen de reflexión; hoy todo urge y todo debe ser instantáneo, lo que antes era estrategia hoy es un intercambio indiscriminado de golpes; recuperar la prudencia y la serenidad nos permitiría ver las cosas con mayor perspectiva, dejaríamos de convertir en nota, “trending topic”, como se les llama, acontecimientos que lucen impactantes, causan olas enormes y luego pasan al bote de la basura sin pena ni gloria. Por eso he querido detenerme y hablar de Peñalta.

Los lienzos sobre los que este artista plástico trabaja tienen solera y tradición, le han tomado a la Tierra millones de años en proveerlos; siempre han estado ahí, desde antes de que los primeros humanos pisaran esta tierra y resulta, que bien visto, podrían pasar otros millones de años si el artista no fijara en ellos la mirada y descubriera el rostro del anciano, la belleza de la mujer o la sonrisa del niño; al artista le ha tomado un momento identificar su lienzo y horas de arduo trabajo hacerlo hablar, obligarlo a decir lo que su creatividad le ha dictado; al final ha completado un diálogo suspendido durante miles de años; es la lección que quiero tomar.

Me parece que corremos un riesgo enorme, el de no dejar madurar las circunstancias de manera en que tengamos la prudencia y la inteligencia para procesar el día a día que se ofrece complicado y no me refiero sólo a nuestra realidad política inmediata, tanto ella como la circunstancia mundial deben apreciarse como parte de un fenómeno histórico que hemos ido labrando desde hace al menos treinta años, cada actor con sus razones e intereses, cada uno con sus formas y sus herramientas, pero todos dentro de una lógica histórica que nos comprende como ciudadanos y como personas.

Aplaudo la existencia de artistas como Peñalta, celebro su arte y quisiera que aprendiéramos de su obra la paciencia para encontrar el lienzo que la historia de nuestro planeta a puesto a su disposición; su prudencia e inteligencia para hacer con una piedra una obra de arte y no un arma para lanzársela a otro.