El poder sin gloria y la fuerza sin honor

Durante casi un siglo México fue la esperanza de muchos perseguidos en el mundo, hace unos días dejamos de serlo, perdimos la legitimidad para hablar de los que persiguen a nuestros migrantes, porque hemos incurrido en las mismas y peores prácticas. Expulsamos de nuestro territorio, por la fuerza, a quienes no tenían a dónde ir, que no se aprovechaban de la noche y la clandestinidad para pedir compasión y solidaridad. Nos fingimos superiores y fuertes, usamos los argumentos de quienes nos agredieron usando tan solo palabras menos acres y hemos exhibido nuestro miedo y nuestro racismo. En estas jornadas perdimos así, la gloria y la honra de la historia apostando por el poder y la fuerza.

Hablo en plural aunque se pueda identificar a quienes han tomado las decisiones erróneas, porque este estigma caerá sobre nuestra generación si no reaccionamos para corregir nuestro racismo y nuestro miedo, si no abrimos las puertas y encontramos soluciones humanitarias, responsables y solidarias.

En Chiapas, las escuelas cerraron porque una horda de criminales se acercaba a la frontera, el Secretario de Estado de los Estados Unidos se encontraba en la ciudad de México, los miles de centroamericanos que habían avisado que cruzarían la frontera, algunos con la intención de solicitar asilos, visados o cualquier forma jurídica posible para quedarse en nuestro país y otros con la intención manifiesta de continuar hacia el país del norte, lograron traspasar las fronteras. Nuestro gobierno los expulsó con fuerzas policíacas y los devolvió a Guatemala, la fuerza se ejerció sin honra, como el poder se ejerció sin gloria.

Cuando los republicanos españoles llegaron no fueron pocas las voces que los llamaron rojos y refugachos, dijeron de ellos que nos robarían los empleos y que nos atraerían la furia de los países del Eje; pero ni Cárdenas ni Ávila Camacho tuvieron miedo. A los chilenos y a los argentinos los llamaron agitadores comunistas y terroristas, pero ni Echeverría ni López Portillo se asustaron ante las presiones norteamericanas; cuando las revoluciones, contrarrevoluciones y guerras civiles asolaron Centroamérica y los nicaragüenses, salvadoreños, hondureños y guatemaltecos se volcaron sobre nuestras fronteras, los llamaron guerrilleros y de nuevo existieron quienes decían que venían a robar y a despojarnos de nuestros precarios empleos, pero De la Madrid respondió con la Comisión de Ayuda a los Refugiados, fundada por López Portillo y con el Grupo Contadora, convocada por él mismo, aunque eso le atrajera la malquerencia de los norteamericanos y, disculpará el amable lector, pero ni nuestra curva demográfica se alteró ni fuimos víctimas de nuestros asilados. Al contrario, páginas de gloria, de honra y humanidad se escribieron entonces. Usted podrá decir lo que guste sobre esos gobernantes pero al menos, en este tema, supieron estar a la altura.

¿Por qué ahora hemos dando rienda suelta a nuestros demonios de racismo, xenofobia y miedo?; ¿por qué no hemos hecho frente a la situación como una auténtica nación soberana?; ¿por qué no instalaron campamentos para acoger a los centroamericanos, alimentarlos, prestarles asistencia médica, revisar su situación, acoger a quienes eso querían y era posible y acompañar a los que querían andar hasta la frontera norte si ese era su deseo, acompañándolos como era nuestro deber desde que permitimos que esta tierra nuestra se volviera un infierno para los migrantes?, si para todo esto contábamos con la ayuda de las Naciones Unidas. ¿Acaso porque quienes tenían que tomar las decisiones tuvieron miedo de que los vecinos se arrepintieran de un tratado comercial o en realidad sellaran sus fronteras con armas y ejércitos?

Si es claro, con qué cara vamos a decir que separan a las familias de nuestros migrantes, cómo vamos a quejarnos que los agreden y los discriminan, como vamos a quedarnos en paz frente a una crisis humanitaria a la que hemos respondido con la fuerza y sin proponer nada. No comprendo además el desaliño de las formas, hacer todo esto cuando Mr. Pompeo estaba en México y hemos dado así la patética imagen de que esperábamos alcanzar su aprobación y asentimiento.

Si estamos operando igual que los supremacistas histéricos del norte, guardamos un poco más las formas pero hemos alcanzado los mismos fines, hemos hecho el trabajo sucio disfrazándolo de protección y respeto al orden jurídico. Han sido jornadas de tristeza y de vergüenza. Y aquí estamos, esperando que la crónica pueda seguir escribiéndose, que entre la razón en quienes deberán decidir, que apuesten por la humanidad, el honor y la gloria; por la gratitud y el diálogo, que escuchen a quienes creemos todavía que esta es una tierra generosa y rica que puede ser abrigo para quienes sufren porque nosotros también sufrimos y estamos de pie haciendo frente al dolor de nuestra propia violencia.

Ya no hay quien pueda decir que en México no hay racismo, que somos el país hermano, que queremos recuperar el liderazgo de la América de lengua española. Pueden estar tranquilos quienes pensaron haber resuelto la crisis por un momento pasando sobre nuestra ética y nuestras tradiciones diplomáticas, después de todo, solo hay que aguantar unas semanas porque el dolor, el miedo y la vergüenza seguirán ahí, esperando su turno para darnos a conocer lo más oprobioso de nuestro propio rostro.