Del Paso, memoria que denuncia

En la semana hizo mucho frío como aviso de un invierno que se anuncia riguroso; el tictac del reloj de nuestro tiempo político y social se aceleró de nuevo, hay debate y no siempre de la mejor manera, el compás de la espera y de la expectativa hicieron resonar en nuestros oídos una palabra que no resulta agradable para nadie, salvo para quienes parecen promoverla: “polarización”. En ese ambiente fue que recibimos la noticia, casi en tiempo real, de que Fernando del Paso había muerto.

En la literatura nacional hay frases que no se olvidan, párrafos que no me atrevería a llamar memorables, que es apreciarlos en poco, sino fundacionales; por ejemplo, el arranque de la novela monumental “Noticias del Imperio”. La leí en 1994 y todavía, de pronto, me viene a la memoria la voz enloquecida de la Emperatriz Carlota, recitando sus títulos reales e imaginarios, ese larguísimo, enorme párrafo, donde da cuenta del mundo y de la historia que la llevó a terminar sus días bebiendo agua en las fuentes de Roma. Aquel libro, alegato por la República y sus virtudes, es también un memorial de sus avatares y penas, es una de las piedras sobre las que hemos construido la memoria de nuestra identidad; hay mucho de Juárez y la restauración en la manera en que nos asumimos dentro de la vida política y de cómo nos presentamos frente al mundo. Del Paso había atinado a denunciar las tentaciones de ese pequeño vicio, que no siempre es venal, al que llamamos “malinchismo”, nuestra frívola pasión por los oropeles y también, esa constante histórica que defiende la raíz, nuestra vocación por la libertad, nuestra capacidad de sufrimiento y también de rebeldía.

Del Paso aparecía con un doble rostro, sus grandes novelas “José Trigo”, “Palinuro de México” y “Noticias del Imperio”, no son fáciles ni ligeras, son auténticas batallas entre el escritor y la palabra y también entre el lector y el libro. Pero había también el otro Del Paso, el de los colores en la vestimenta, el de las bromas certeras y simpáticas, el de los libros de cocina y el omnipresente escritor que pasaba haciendo la cultura y recordándonos quiénes somos y cuál es nuestra vocación.

“José Trigo” es un libro que debe intentar leerse, su prosa dura de pelar esconde una reflexión sobre las condiciones que eran urgentes en 1950 y que lo siguen siendo para nuestra vergüenza; los campamentos de los ferrocarrileros son la metáfora de una sociedad que no alcanza a desarrollarse que tiene huecos y cuentas pendientes y cómo no, si en medio del debate sobre el nuevo aeropuerto, si queríamos uno de primer mundo o nos apañamos la realidad con lo que tenemos, los habitantes de la Ciudad de México estábamos batallando para llevar agua en baldes a nuestras casas. En eso me pone a pensar siempre Del Paso, en la revisión de nuestras prioridades, en el esfuerzo constante por mantener la identidad y elegir el destino que me parece, pasa por lograr una mayor igualdad en un marco de legalidad y de justicia y esa, creo, es la única raíz verdadera de la paz.

Del Paso hacía literatura de verdad, quiero decir, auténticamente literaria, de palabras y no de efectos visuales para competir con la televisión o el cine; cervantista hasta el último momento, comenzó su discurso de recepción del premio Cervantes con la descripción del día en que le fue anunciada la distinción, “la del alba sería…” inicia, como en el Quijote y esos guiños de palabras que denunciaban una cultura enorme, eran su forma de cercanía; aquel discurso no fue bien recibido, denunciaba la situación de violencia, deterioro y violación a los derechos humanos que padecemos en México; los puristas pusieron el grito en el cielo alegando que debía restringirse al punto literario pues por eso lo habían premiado, que no era el lugar ni el momento; pero, es que ¿cuándo es entonces el lugar y el momento?, en ese discurso, también, hizo profesión de su pasión por la lengua española, nuestra conexión con un mundo más grande, más allá de nuestros horizontes, una ruta, un universo, nunca una frontera.

Cuando se presentó “José Trigo”, en 1962, Carlos Fuentes ofreció “La muerte de Artemio Cruz” y un año después José Emilio Pacheco su primer poemario “Los elementos de la noche” y su primer libro de cuentos “El viento distante”. Todos ellos se han marchado y no es que vivamos en una suerte de orfandad cultural respecto de esa generación que termina de retirarse, pero me temo que no sé si hemos aprendido a debatir con su estatura, con las razones y con el peso del conocimiento y la sensibilidad o vamos a tratarnos a cacerolazos y memes; si no hemos aprendido de esas novelas y esos libros que nuestra necesidad pasa por reconstruir nuestro tejido social desde abajo, desde muy abajo, para aspirar a tener más en mejores condiciones para todos.

Adiós y gracias, Fernando del Paso. Yo me quedo con esta cita de “Palinuro”, “un día la besé en francés. Ella se limitó a bostezar en sueco. Yo la odié un poco en inglés y le hice un ademán obsceno en italiano. Ella fue al baño y dio un portazo en ruso. Cuando salió, yo le guiñé un ojo en chino y ella me sacó la lengua en sánscrito. Acabamos haciendo el amor en esperanto…”, así quisiera que nos apoderáramos del mundo, desde nuestra mexicanidad, pacífica pero no conservadora, serena pero no pasiva, culta pero no excluyente, como las letras de Fernando del Paso.

César Benedicto Callejas.

Escritor. Investigador SNI

@cesarbc70