Un 1o de diciembre

El fin de semana transcurrió sin sobresaltos. A despecho de los agoreros la transmisión del poder se hizo en calma y podemos decir después de tres alternancias en este siglo, que es un tema que hemos logrado superar. Pero las formas se transformaron de manera profunda. Los tiempos políticos caminan bajo nuevos símbolos y eso no es cosa menor. Las tesis del miedo y el fatalismo se desvanecen para dejar el nerviosismo en quienes como en todo cambio han perdido o se ven en el trance de que su mundo se transforme. Sin embargo, ya se ve, la realidad cambia con, sin o pese a cada uno de nosotros.

A uno puede no gustarle lo que sucedió el día primero de diciembre, está en su derecho; pero lo que no puede dejar de hacer es entender que los signos del cambio estuvieron a la vista y que han despertado movimientos dentro de la sociedad que será muy difícil frenar y de cuya evolución depende gran parte de nuestra idea de Nación para los próximos años y con ella, nuestro concepto de progreso. El primero de ellos fue no sé si una devolución o un inauguración, me refiero al interés colectivo en la política; si algo hirió a los partidos tradicionales en las últimas elecciones fue el hartazgo, el hastío, la práctica de quitar el sonido a la televisión o apagar la radio cuando los políticos de siempre salían con sus sobados discursos aprendidos por todos de memoria desde hace más de dos décadas; algo en el ambiente hizo que mucha, muchísima gente estuviera pendiente de la transmisión del poder ejecutivo, los conductores pendientes de la radio, en los centros comerciales mirando las pantallas de los teléfonos, un discurso de más de una hora que tuvo a mucha más gente de lo habitual, pendiente de las palabras del Presidente. En su discurso, en al menos una ocasión el nuevo Mandatario se refirió a “nuestro movimiento”, esto implica un cambio, una suerte de militancia que es ya histórica pero que se presenta como una opción permanente, más que un partido se trata de una postura política, de una idea de actividad política que requiere tanto de la administración y el poder públicos como de la tarea de los ciudadanos y no me refiero a éstos últimos en abstracto, sino a las bases que siguen a disposición y trabajando con el proyecto, los que organizaron y ejecutaron las consultas, los que festejaron en el Zócalo, los que se han considerado partícipes del poder y con ello también sus factores ejecutivos. Esto, sin duda, hace sentido con el discurso económico.

El Presidente fue claro en ubicar bien a su enemigo – nótese que hizo distinción entre enemigo y adversario – y lo ubicó tanto en un nivel ideológico como político, pero sin nombre ni apellido para situarlo en una visión histórica más allá de las coyunturas político electorales. Si los adversarios son los políticos de su tiempo, su enemigo es el proyecto neoliberal. Se refirió con firmeza a la gestión de Antonio Ortiz Mena y el desarrollo estabilizador; esto implica no diré que una vuelta al pasado, eso además de absurdo en términos conceptuales, resulta imposible en términos materiales, pero lo que alcanzo a percibir es una economía basada en el consumo interno, en la gestión nacional y en el sentido de la autosuficiencia. Insisto, puede no gustarnos, pero el hecho está ahí, es lo que tenemos y ese es el proyecto en el que estamos adentrándonos; creo que vale la pena hacer algunos apuntes en ese sentido. El discurso económico no figuró de manera aislada, como exposición técnica, sino íntimamente relacionada con el proyecto histórico; la retórica y el fondo me recuerdan al discurso del General Cárdenas, por ejemplo, pero conjuntamente con “me canso ganso”, también es cierto que hace mucho, muchísimo, que no escuchábamos un discurso con un contenido ideológico tan contundente y con expresiones históricas graves y asertivas del repertorio histórico del liberalismo juarista y de la revolución maderista y cardenista. La política, con ese discurso, volvió a la oratoria para el ciudadano y no para la casta política. Pero las palabras, como en los mejores días del priísmo revolucionario – de nuevo volver a Cárdenas – estuvieron acompañadas de hechos simbólicos.

Ayer Los Pinos abrieron sus puertas al público, esto de abrir la residencia del poder a los ojos asombrados del hombre de a pie no es nunca un acto inocente; si bien es verdad que Los Pinos no fueron la residencia particular de nadie, su exhibición enfocada como el lujo y la magnificencia significa la muerte plena del proyecto antiguo, ayer ese estilo se volvió cosa de museo; hoy, la realidad bajo la investidura que se arroga el nuevo gobierno es la de la

ceremonia tradicional del bastón de mando, la de la verbena, la del primer vuelo comercial del Presidente – con rumbo a Veracruz -. Estos hechos son en realidad símbolos que nos dicen que el nuevo gobierno, que se asume como nuevo régimen, que ha logrado incrustar en el imaginario colectivo la noción de una transformación histórica aún antes de haber comenzado hablará no sólo en el discurso sino en el símbolo y que su proyecto económico y nacional pasa por cuestionar si las últimas décadas de persecución de un gigantesco progreso de riqueza, una suerte de igualamiento con los vecinos del norte, no ha sido un enorme error y que en realidad se trata de volver a lo básico, a la redistribución del ingreso, a la mirada a Latinoamérica, a la destrucción de la pobreza antes de la concentración de la riqueza. Y ese reconocimiento es el que en muchos sectores duele e incomoda.

Abrimos el tiempo de este gobierno, tiempo de ciudadanos también, porque a diferencia de las otras épocas de nacionalismo económico, de desarrollismo interior, hoy la sociedad es más fuerte, más organizada, ahí estarán las oposiciones y no en los partidos que siguen doliéndose de la caída; el punto está en la inteligencia, la prudencia y la calidad del diálogo que alcancemos a colocar como ciudadanos.