Palabras sin filo

 

En esta época que nos ha tocado vivir hemos aprendido, con más intensidad que en generaciones pasadas a convivir con el miedo; aquella sensación ocasional que nos prevenía de los peligros se ha vuelto una forma permanente de afrontar la realidad; tememos un atentado, una variación económica, un berrinche del vecino del norte, incluso que algo mal dicho, alguna actitud antes inocua, despierte la ira de este semidiós descontento y voluble que llamamos las redes sociales. En estos casos me acuerdo de una vieja frase de Benjamín Franklin que decía que alguien que apuesta su libertad a cambio de su seguridad hace un mal negocio porque termina perdiendo ambas.

Alarma, sobre todo, el miedo que hemos aprendido a tener a las palabras. Hace unos días don Arturo Pérez-Reverte publicó un par de tweets donde ironizaba respecto de la sobrepoblación de novelas en torno al tema del Holocausto, se dolía de que no podía escribir nada nuevo porque todos los nombres de novela relacionados con Auschwitz (el músico, el actor, el sastre, la actriz, todos de Auschwitz, Mautthausen y Treblinka) estaban ocupados. De ningún modo hacía escarnio de las víctimas, ni siquiera se refería al hecho histórico que, cualquiera que haya leído algo suyo, sabe que ha denunciado, acusado y rememorado con inteligencia y energía; pero sí señalaba con ironía de un cierto abuso que puede poner en peligro la calidad del diálogo comercializando lo que no debería ser una moda; el Museo del Holocausto y una bandada de anónimos dieron cuenta de su twitter acusándolo y atacándolo por lo dicho y todo se zanjó con una nota del Museo y la respuesta del escritor. El hecho está así, estamos construyendo un lenguaje destinado a ser superficial, inocuo, en el que ya nada se pueda señalar y a fuerza de hacerlo leve y ligero lo vamos vaciando de contenidos para decir sin decir porque tenemos miedo de consecuencias que no tendríamos porqué asumir y de respuestas desproporcionadas. Esto me asusta desde luego.

Durante la época del Holocausto los nazis inventaron un lenguaje eufemístico para que todas sus barbaridades parecieran socialmente aceptables; los campos de exterminio se llamaron “Campos de trabajo”, al genocidio se le denominó “Solución final” al asesinato “Trato especial” y a la desaparición “Paradero desconocido”, incluso, exterminar el nombre de los internos y cambiarlo por el número que constaba el tatuaje, es el más diabólico de los eufemismos. Por eso tratar de quitarle el filo a las palabras es tan peligroso, dejan de ser herramientas de mano para convertirse en bombas cuyo mecanismo de detonación es muy difícil de determinar.

Algunos asuntos como el lenguaje incluyente, del que tanto se ha dicho, resulta por ejemplo un tema de economía lingüística y se reduce a una ironía en la que están envueltos los idiomas. No se puede forzar a una población a establecer modificaciones a un lenguaje, éste evoluciona solo, por sí mismo, cambia y se modifica a un paso lento aún contra los hablantes que no gustan de sus modificaciones; por ejemplo, utilizar el verbo “ocupar” como sinónimo de “necesitar” es una incorrección que está de moda en nuestros días, posiblemente derivado de un uso regional que se ha extendido, el hecho es que si ese error se generaliza, en unos años se considerará un uso apropiado y la Academia de la Lengua lo dará por bueno incluyéndolo en el diccionario, por eso mismo la Academia no puede “prohibir”, primero porque no tiene mecanismos coercitivos – lo cual sería ridículo – y segundo porque no es su tarea, la Academia no guía el cambio de la lengua, lo estudia y lo registra. Existen sí, algunas leyes que desprendemos de la observación; no son normas que se haya inventado alguien sino mecanismos que se observan y son inherentes a los idiomas, por ejemplo el de economía, los hablantes tienden a utilizar la menor cantidad de palabras para comunicarse, por eso señores, incluye “señoras y señores”, niños incluye “niñas y niños” y si en nuestra lengua corresponda al masculino es un accidente del que no podemos tener mayor pista, en otros idiomas hay términos neutros – como en el alemán – o incluso idiomas como el quechua, el farsi, el tagalo y el turco son idiomas sin géneros y nada me indica que en los países donde se hablan esos idiomas desde tiempos inmemoriales las relaciones entre los sexos hayan sido más igualitarias. El hecho está en que podemos usar lenguaje inclusivo, podemos usar la arroba como letra sin género, todo eso pasará en la medida que las leyes idiomáticas hagan su tarea silenciosa, pero lo que hay que hacer, eso sí ya y sin falta, es establecer relaciones igualitarias llamando a las cosas por su nombre.

Si pudiéramos ir despejando nuestros miedos, comenzando por las palabras, podríamos volver al equilibrio que radica en las actitudes y en las conductas, en nuestra capacidad de diálogo para aceptar a los demás con sus defectos y sus virtudes, con sus ideas que no nos gustan pero que pueden enriquecernos, con su presencia en el mundo que podemos no entender pero que sin duda hacen más deliciosa la vida; en fin, que dejemos de temer por la forma en que decimos, con humor o sin él, pero que no perdamos nunca de vista que lo que no podemos hacer es usar palabras lindas para sostener sistemas de explotación patriarcal, exclusión racial, étnica o económica; que lo que no podemos hacer es envolver nuestro odio, nuestro veneno en lindas envolturas ni dejar de decir lo que pensamos porque viene empacado en palabras que tienen filos, aromas y texturas que no a todos nos agradan.