Un espejo que no nos gusta.

Vamos quitándonos de politiquerías, dejemos de lado un momento las coyunturas y las cosas que parecen urgentes; concentrémonos, por unos minutos en observar algo que nos está sucediendo y que merece nuestra atención más allá de la noticia cotidiana. Hablemos de esto que nos está sucediendo a todos los niveles sociales y que nos importa; por primera vez, en décadas, estamos debatiendo – dentro y fuera del Estado – sobre nosotros mismos.

En los últimos meses a nuestra sociedad, a nuestras sociedades, le ocurren cosas que llaman la atención sobre nuestra identidad, como si hubieran hecho faltas algunas sacudidas para que nos detuviéramos a pensar quiénes somos en realidad, qué ha cambiado desde los monumentales estudios sobre nosotros mismos que escribieron Paz, Ramos, Vasconcelos y Reyes, entre otros y hace tantos años; nos volvemos sobre nuestros pasos y nos contrastamos, no siempre de la mejor manera y no siempre con los mejores argumentos para darnos cuenta que este país, nuestro país, se transformó frente a nuestros ojos que se habían conformado con proyectos y posturas que considerábamos verdades discutidas.

Me saltan a la vista, sobre todo, para abrir la plática, dos elementos fundamentales; la aparición de Yalitza Aparicio en la escena mundial para mostrarle al mundo cómo somos los mexicanos, aún los que se resisten a identificarse con una mexicanidad que nos hemos acostumbrado a relegar, a guardar y a no exhibir. Así, como ella, somos también los mexicanos, igual que los descendientes de quienes trajo el viento de la guerra en Europa en la primera mitad del siglo pasado, igual que los que han llegado de muchas geografías, igual que quienes se identifican como sucesores del pasado criollo. Los mexicanos somos morenos, blancos, negros y amarillos, venimos en distintos tamaños, nos presentamos con varios idiomas y nos comunicamos entre nosotros en español y lo cantamos en ritmos venidos de muchas latitudes. Los mexicanos no somos un tipo en particular ni existe algo así como el “mexicano biológico”, ser mexicano significa, aceptarnos en nuestra pluralidad y en el reconocimiento de que tenemos muchas cuentas que saldar entre clases, etnias y culturas. Las descalificaciones que esta actriz ha soportado, siempre con una sonrisa y declarando que espera que los mexicanos estemos felices con su premio, nos exhibe en nuestros racismos y colonialismos.

El otro elemento es la brutalidad y la barbarie con que nuestra sociedad se ha volcado contra las mujeres como elementos disruptivos. Ellas se están quejando y están proponiendo distintas formas de hacer las cosas y muchos no están dispuestos a aceptarlo. Si el diálogo sobre nuestra identidad es importante, éste es tal vez el más urgente. No se trata de crímenes de raíz económica, no están relacionados con robos o secuestros; son manifestaciones del odio, la frustración y el ejercicio del poder de hombres que se niegan a renunciar a sus privilegios patriarcales y que matan mujeres por la sencilla razón de que pueden hacerlo; la sociedad reacciona, se organiza, las mujeres toman la batuta y no somos pocos los hombres que ofrecemos el hombro solidario. Pero en realidad, lo que una vez más queda a la vista es que no podemos ni soñar siquiera con futuros económicos prometedores, con el sueño eterno de llamarnos “potencia” si no pasamos antes por la convicción de que lo que nos falta es reconocer el régimen de igualdad de derechos, oportunidades y dignidad para todos. Eso es lo que nos está doliendo, eso es lo que nos está dividiendo, que nos asusta dejar siglos de una sociedad de castas que en las últimas décadas se han vuelto más infranqueables; techos y paredes de cristal que no se rompen y que no caerán si no hacemos nuestra esa convicción. Ninguna mujer tiene porque salir aterrada a la calle, ninguna mujer tiene porque armarse con gas pimienta hecho en casa, ninguna mujer tiene porque saberse vulnerable, estos presupuestos elementales solo pueden cumplirse cuando estemos conscientes de verdad que hay grupos vulnerables y que en conjunto hemos fabricado su vulnerabilidad. Si no nos abrimos a la igualdad, la hacemos nuestra y volvemos a raíces profundas de nuestra convivencia nacional, entonces, la violencia no se detendrá con ningún programa de gobierno porque la traemos dentro de nosotros mismos, de nuestra consciencia y de la manera en que hemos aprendido a ejercerla tan sólo porque podemos.

Los ciudadanos debemos cambiar un aspecto fundamental de nuestro comportamiento político; dejar de ser receptores y críticos de las acciones de gobierno para tomarlas como parte del diálogo. No se hace cuántos años un presidente no lanzaba, personalmente, una estrategia nacional de lectura; lo importante es tomarla como una invitación al diálogo, abrirnos a la lectura y a la cultura nacional, a rescatarnos, a nosotros mismos y por nosotros mismos, en la construcción de una cultura de igualdad de género, de clases, de mexicanidad abierta a todos los horizontes y de valentía en el empeño de cambiar todo aquello que nos ha impedido crecer y mirarnos al espejo tal y como en realidad somos.