El libro nuestro de cada martes: El Evangelio de Lucas Gavilán De Vicente Leñero

Tendría entonces unos doce años, me preparaba para mi primera comunión en la pequeña parroquia de San Francisco de Sales en la Colonia Periodista de la Ciudad de México; yo creo, ahora que lo pienso, que todo este asunto de los libros, de la crítica, de las tensiones sociales, el asunto de la justicia, eso que llamamos ahora con cierta ligereza, “la izquierda”, me vino de aquellos días. Ahora que lo pienso fue así.

Mirando en la televisión, en compañía de mi hijo, las representaciones del Via Crucis, en medio mundo, me vinieron a la memoria varias imágenes que pensé tenía olvidadas; uno nunca sabe cuáles son los resortes que van a detonar nuestros recuerdos, pero así, pasa como de la nada. Se trata de mi catequista de aquella época, para situarnos, estamos hablando de 1982, más o menos. No puedo recordar su nombre, lo he intentado devanándome los sesos, pero nomás no puedo, porque éste sería un momento magnífico para agradecerle. Se trataba de una chica que tendría en aquel momento unos veinte años, no creo que más; bonita, castaña o rubia, sin maquillaje, dulce y firme, cumplía la misión que los padres de los barrios del Periodista, la Herradura o Lomas de Sotelo, le confiaban: dar los primeros rudimentos de la religión católica a sus retoños, sin más complicaciones y que, en un año, pudieran estar listos para celebrar la primera comunión, lisa y llanamente; un poco de Biblia, las oraciones fundamentales, el sentido y significado de los sacramentos, lo que se esperaría pues, de un niño promedio de barrio pequeño burgués. En realidad, ella cumplía misiones de contrainteligencia. Ahora lo sé e insisto, se lo agradezco.

Y es que resulta que aquella muchacha, que me parecía tan bonita, venía los jueves a la iglesia que tenía un jardín pequeño pero hermoso, a educar en la fe a una pequeña pandilla de niños de mi edad – éramos los rezagados, los mayores – mientras que se formaban corrillos con niños más pequeños en otras zonas de aquel edén que lindaba apenas unos metros del congestionado periférico. Desde luego que cumplía su misión y lo hacía con cariño y cuidado, pero en ocasiones, no pocas, de su morral de mezclilla – estos detalles tal vez sean invención de mi memoria – sacaba algún libro que no figuraba en la lista de los catequistas más ortodoxos. Nos nutríamos de las versiones simplificadas y sintetizadas del Ripalda, pero ella traía algo más en las alforjas.

Una vez extrajo del saco de las maravillas un libro de gran formato, lucía hermoso, grande y se apreciaba que no era barato; estaba en inglés y eso me desanimó un poco, se llamaba “Life goes to war”, Life va a la guerra, tradujo, nos explicó que Life era una revista americana conocida por la calidad de sus fotógrafos, nos mostró páginas dedicadas a Vietnam, a Corea, a los campos de exterminio, nos dijo de lo que éramos capaces los seres humanos cuando nos veíamos sometidos por la ambición, la avaricia y la soberbia; nos dijo que éramos niños de un país privilegiado que tenía paz, pero que esa paz era ficticia porque aunque no lo supiéramos, en nuestro país de aquellos días, de la presidencia imperial, también había perseguidos y gente temerosa. Creo, que entonces comenzó a desvanecerse mi infancia.

Nos daban unos boletitos, como entonces se acostumbraba, alentándonos a guardarlos para que, al final del año, poco antes de la comunión, lo usaremos como dinero para cambiar por comida en la kermesse que se celebraba cerca de la fecha de la ceremonia. Yo los guardaba sí, pero no iba al catecismo con tanto gusto por eso, sino porque esperaba conocer más del mundo que ella nos revelaba. Otro día nos leyó unos versos de Ernesto Cardenal, uno o dos, no recuerdo, entre ellos el que me quedó grabado para siempre fue la Oración por Marilyn Monroe, nos dijo que la compasión por el dolor ajeno pasa por la comprensión y el compromiso, no por el llanto ni por andar de rezanderos.

Cumplió su misión de contrainteligencia el día que, casi al terminar el curso llevó consigo el Evangelio de Lucas Gavilán de Vicente Leñero. Aquello no sólo mató la inocencia que le restaba a mis oídos, significó el estallido de la literatura como artilugio para descifrar y componer la realidad; aquel Cristo suficiente y asesinado en los barrios terribles de la Ciudad que yo imaginaba impoluta, divina y serena como un jardín gigantesco, me enseñó que la paz imaginaria no es tranquilidad sino sólo apariencia; me enseñó que había que tener cuidado con la religión porque debía ser compromiso y no componenda.

El tiempo ha pasado, si ella lee estas líneas, que el diario sea mi botella al mar. Le debo mucho y se lo agradezco; en tanto, pienso en esas coincidencias que nos forman, en eso que no podemos controlar pero que se cuela por entre las fisuras del control paternal para formar esta experiencia que llamamos vida; pienso al fin, que no todo se ha ido al carajo, que hay cosas que se pueden rescatar pero que pasan por nuestra capacidad de intentar nuevas lecturas del mundo; aquella niña, aquella adolescente lo demostró hace ya casi cuarenta años.

César Benedicto Callejas

Escritor. Investigador SNI.

@cesarbc70