80 aniversario de la Capilla Alfonsina. Palabras de César Benedicto Callejas en la ceremonia conmemorativa

Gracias a la generosidad del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Dr. Javier Garciadiego, director de la Capilla Alfonsina, la ceremonia fue de una entrañable belleza, a nuestros amigos y lectores que no pudieron asistir o deseen conservarlas, mis palabras en esa ocasión

El taller literario de la Capilla Alfonsina Crónica de un espacio entrañable

En el año 1987 la Colonia Condesa de la Ciudad de México aún estaba superando sus heridas del terremoto que dos años antes había causado estragos y que a la postre, iba a modificar su identidad para siempre; yo había comenzado mis estudios de preparatoria en la Universidad La Salle, a unos pasos de la Capilla Alfonsina; en aquellos días iban a reunirse una serie de hechos y circunstancias que terminarían, ahora lo sé, por formar mi identidad. Para aquella época ya era yo un lector casi enfermizo; los días de -Verne y Salgari habían terminado y su sitio lo ocupaban Jaime Sabines, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Federico García Lorca que paliaban y alentaban mis pasiones de aquellos días; con ellos el otro Olimpo, el de la narrativa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Debo reconocer que los prejuicios ideológicos que entonces exhibía como méritos ganados en la construcción de mi personalidad, me habían hecho privarme de la Capote y de Faulkner.

Había entonces, cuando murió Jorge Luis Borges, en 1986, una explosión de su literatura a la que yo me sumé con pasión, sus páginas me llenaban las horas, sus libros engordaban mi famélica estantería; con las páginas transcurridas caí en cuenta de un nombre que aparecía, no con frecuencia aunque sí con toda admiración; Borges, que reservaba sus elogios para Beowulf, para Shelley y para Shakespeare, se refería a Alfonso Reyes ponderándolo mejor que a Ortega y Gasset, lamentaba que no le hubieran dado el Nobel porque eso habría honrado al premio; ¿quién era aquel hombre? Cuando leí:

El vago azar o las precisas leyes,

Que rigen este sueño, el universo,

Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.

Supo bien aquel arte que ninguno

Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países

Y estar íntegramente en cada uno.

Supe que era preciso leer a Reyes. En los años aquellos se volvió para mí una especie de íntimo santo y seña, establecí una relación con el autor, con el personaje, de la que no es momento de hablar ahora. Cuando conocí a Alicia Reyes mi vocación de escritor aún era temerosa, y mi pasión reyesiana apenas comenzaba; por pura aventura escolar fue entonces que por primera vez vi mi nombre revolotear impreso circulando más allá de mi voluntad, la primera vez que vi a un desconocido leyendo una página de mi pluma – aunque no le dije nada – y supe que tenía que ser escritor, que no importaba lo que tuviera que hacer pero tendría que escribir y publicar. Entonces aparecieron los anuncios azules sobre fondo blanco, indicaban la ubicación de la Capilla Alfonsina y para mí, que me había fugado de una clase aburridísima, no podía significar otra cosa que una revelación.

Alfonso Reyes solía identificar a la Capilla cono un barco en el que el mezzanine, donde está su escritorio, era el puente, ahí mismo está la cama en la que en la madrigada del 27 de diciembre de 1959 don Alfonso partiría para siempre; el buque se había quedado sin capitán pero no sin tripulación. El diario de don Alfonso se prolongaría todavía unos días escrito por su hijo, doña Manuela todavía daría muestras de su inefable lealtad terminando las ediciones pendientes, dando cuerpo a los inéditos y procurando la integridad del acervo; pero la Capilla seguía siendo la residencia familiar y la conservación se tormaba complicada, más aún cuando la obra de don Alfonso de por sí inmensa daba muestras de no agotarse y la creación de los nuevos estudios de la obra de Reyes y la presencia de sus autores se tornaba cada día más demandante; en 1965 fallece doña Manuela y Alfonso hijo continúa sus gestiones hasta que Luis Echeverría, mediante decreto del 13 de junio de 1972, transfirió al patrimonio nacional la Capilla con el archivo de don Alfonso, sus efectos personales y sus colecciones de libros y arte; Alicia Reyes asumió desde ese momento la dirección del nuevo Centro de Estudios Literarios; desde el primer instante se asumió que la formación de nuevos escritores sería una de las misiones que la Capilla debía cumplir.

La idea de comenzar un taller literario en la Capilla pudo tener su origen. En el auge que los talleres tenían entonces, desde el punto de vista de Alfonso Reyes, la función del aprendizaje como escritor partía del propio ejercicio de la escritura pero también del encuentro con la comunidad de los escritores.

De entre todos los jóvenes y autores noveles que se le aproximaban, Reyes tenía su selección peculiar y buscaba para ellos la publicación aquellos trabajos que le parecían listos para darse a la estampa; así, por ejemplo, Reyes apoyó a la Revista Mexicana de Literatura, aquella de Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes; esta mística de la amistad permeaba el quehacer de Reyes y era su forma de relacionarse con las generaciones distintas de la suya; Huberto Batis no olvida la primera vez que don Alfonso le recibió en la Capilla, le pagó la tarifa del taxi y después de un diálogo jesuítico le puso en contacto con Antonio Alatorre; a la muerte de Reyes, la continuación de su diario muestra como esa conjura de buenas voluntades siguió operando; Francisco Monterde se hizo cargo de las pruebas de A campo traviesa, Emmanuel Carballo de los artículos de y sobre Reyes en México en la Cultura, también de la formación de la Historia documental de mis libros para el tomo XVIII de las obras completas; así, aquellos discípulos, jóvenes seguidores de Reyes, formaron una pequeña legión, pero no una escuela, no un cenáculo.

En vida de Alfonso Reyes la Capilla fue su hogar y su centro de operaciones, de ahí irradiaba su organización informal de ayudas literarias, ahí se alimentaban, a veces no sólo metafóricamente, los talentos que don Alfonso había decidido acoger; en el largo interregno que inició con su muerte y terminó con la fundación del Centro de Estudios Literarios, los esfuerzos se iban en conservación de la casa como en la revisión de ediciones pendientes y en la preparación para la divulgación de los inéditos que todavía iban apareciendo y la edición de ese monumento al que llamamos Obras Completas y como el propio don Alfonso no había dejado ningún modelo didáctico o algún grupo que practicara algo parecido, las redes de los reyesianos fueron moviéndose de la mejor manera en que podían para lograr el efecto que el ausente hubiera deseado; un nuevo modelo aparecía mientras tanto en el horizonte, para el momento en que se funda el Centro, el movimiento de los talleres literarios conocía un auge importante.

En 1951, Juan José Arreola reunió en la casa ubicada en la Calle del Río de la Plata, número 8, el que sería el primer taller literario en México; su receta, como lo recuerda Teresa Jiménez en su reseña sobre los talleres literarios en México, sigue siendo vigente, se requerían:

Una persona capaz de dirigir el taller y un grupo de jóvenes que sean capaces de modestia, humildad y que no tengan mala fe en contra de los demás; que examinen los textos con honradez y que estén dispuestos a exponerse a la crítica… pero esto no siempre se encuentra.

Al taller de Arreola se acercaron José Agustín, Jorge Arturo Ojeda y René Avilés Fabila, entre otros; su progenie fue generosa y fijó el canon de trabajo de los nuevos talleres que habrían de sucederle, otra de las características impuestas por el modelo de Arreola respondía a dar salida a los trabajos destacados que se producían en el taller, en mayo de 1964, publicó por primera vez la revista “Mester”, a la que Huberto Batis añadiría el mote de “de Arreolería”.

Así cuando se establece la Capilla como Centro de Estudios Literarios bajo la dirección de Alicia Reyes, el movimiento de los talleres literarios está en auge; en 1967, Julieta Campos, Juan Bañuelos y Salvador Elizondo organizaron los talleres literarios de la UNAM; en 1974, San Luis Potosí dispuso, con el patrocinio del INBA, del primer taller fuera de la Ciudad de México. En 1978 el Primer Encuentro Nacional de Talleres Literarios de la Casa del Lago, dio cuenta de la existencia de más o menos doscientos talleres literarios de todo tipo diseminados por todo el país. En su nueva etapa, la Capilla debía contar con su propio taller literario.

El taller de Alicia Reyes fue, durante décadas, una institución; sin embargo, éste no fue el primero de los talleres creados para la Capilla. Entre 1973 y 1974 se fueron organizando una serie de talleres literarios que el INBA estableció para el recién Creado Centro de Estudios; se trataba de talleres restringidos a los que se ingresaba por concurso y que disponía de una beca anual para los beneficiarios; el ejercicio, según parece se llevó a cabo por dos ocasiones; Marco Antonio Campos, recuerda que la creación de los talleres se debe a Óscar Oliva, entonces director de Literatura en Bellas Artes; al frente del taller de poseía estaba Hernán Lavín Cerda, del de ensayo Jaime Labastida y del de narrativa, Tito Monterroso; aquellos talleres hicieron generación pese a su brevedad. Campos recuerda entre sus compañeros talleristas a Guillermo Samperio, Bernardo Ruiz y Luis Chumacero. Aquel primer diseño era más bien un programa para atletas de alto rendimiento, sus coordinadores eran escritores de renombre y los participantes atravesaron por un riguroso proceso de selección; Juan Villoro fue también alumno de aquellos legendarios talleres y en varias ocasiones se ha referido a las enseñanzas de Monterroso; de aquellos talleres hay que recordar también la presencia de Carlos Chimal. Monterroso tuvo que dejar el taller en manos de Miguel Donoso Pareja que luego tuvo que partir para San Luis Potosí para abrir el primer taller literario en el interior de la República; así, hacia 1975, inicia la era del taller literario de Alicia Reyes.

Alicia, la Dra. Reyes o Tikis, de acuerdo con lo que autorizara la cercanía del afecto, pensó su taller como una extensión de la actividad difusora de la Capilla del mismo modo en que don Alfonso se había dado al patronazgo de San Pascual Bailón, los participantes del taller recibían esta peculiar forma de formación literaria con los ejemplos y lecturas de la obra de Alfonso Reyes, de este modo se lograban tanto el efecto didáctico como la difusión de la obra de don Alfonso; de aquellos primeros participantes, por ejemplo Héctor Perea destacaría como conocedor y divulgador de la obra, demostró su adhesión a la imagen de Reyes y su conocimiento del hombre y la obra con la magnífica museografía que ahora caracteriza a la Capilla y Pura López Colomé con una obra literaria de largo aliento.

Pero para acercarnos al final hay que regresar a los anuncios azules; los recuerdo con claridad, tenían el mismo tono con que están pintados los pasamanos tubulares de la Capilla, daban la indicación para llegar al inmueble, aquellos letreros sobrevivieron al terremoto de 1985 y con el tiempo fueron retirados; los había observado varias veces, sabía ya que la Capilla era la casa de Alfonso Reyes, había comenzado a leer su obra, pero no sabía más que eso, hoy, a poco más de treinta años de distancia, lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; sólo puedo conjeturar que no pudo ser el martes, porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller.

En aquellos días los estudiantes de la preparatoria de la Universidad La Salle podíamos salir con entera libertad de la escuela; administrando mis asistencias podía invertir mi tiempo entre las clases que menos me interesaban, los paseos a la biblioteca, las lecturas de café y, luego, las visitas a la Capilla Alfonsina; fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla; aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que para mi conciencia y para mis sentidos, representó aquella visita, la sensación de paz, de agrado, de pertenencia que experimenté; era como si la vida hubiera reservado para mi un espacio de maravilla; aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente y otras más la saludé con un tímido “buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego; no fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo, y puedo recordar con precisión el libro porque luego anoté en mi ejemplar de Queremos tanto a Glenda, una frase que decía “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes”. Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico, a esa edad me causó angustia que me preguntara que hacía por ahí y al no tener una respuesta válida me pidieran que no incordiara sin causa; pero la pregunta nunca llegó; lo que hizo fue preguntarme si había leído a Alfonso Reyes, como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuanto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey; ahora, al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico en la obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas de uno de los lugares que resultarían más importantes en mi vida. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía, me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida.

Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear, dulce y comprensiva, atenta y solidaria pero implacable en sus juicios literarios, seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado; su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes; obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida, conocí en el ejercicio del taller a Pável Granados y a Alejandro Malo.

Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes, los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.

Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno.

Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical, pero aún así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma,. Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente entre muchos otros.

De nuevo, un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente, tenía algo para mí; en efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo; a Emmanuel lo había visto alguna vez en al Capilla, pero para mi era una leyenda; las indicaciones de Alicia eran precisas, llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes; al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida y que terminó con una cena en la cocina, la revisión de mis poemas que le llevaba – lleva lo mejor que tengas me había ordenado Alicia – y la selección de dos; se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpara, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó como firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”; escribió en la tarjeta mi me la entregó; decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la llevara con los dos poemas que había elegido. De nuevo repetí el ritual, sólo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en unomásuno; me dio cita para la semana siguiente; Batis me recibió puntual y me preguntó poro Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos hiciéramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaban hacerse fotografías con los nuevos escritores y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. De eso se trataba en realidad el taller de Alicia Reyes en su deslumbrante reino de la Capilla Alfonsina.