El maquillaje del Ángel.

Hace unos días reflexionaba en mi columna de Excelsior, (https://m.excelsior.com.mx/opinion/cesar-benedicto-callejas/la-salud-del-lenguaje/1329867) sobre la violencia en el lenguaje y como su ejercicio enrarece el ambiente y lo hace propicio para la violencia material, apenas unas horas después una manifestación en contra de la violencia feminicida terminó en varios episodios con golpes a periodistas, pintas en el Ángel y vandalización de algunas instalaciones públicas y mobiliario urbano. Días después seguía comentándose una antinomia falaz y barata: nos se puede reclamar el cese de la violencia siendo agresivo; no se puede permitir que se dañe la propiedad pública y menos la histórica para obtener seguridad y justicia; y quienes se sostienen en esta falacia lo dicen convencidos y descansan en la seguridad de quien cree estar en posesión de una verdad absoluta; su falsa seguridad se basa, también, en una ponderación mal formulada.

El punto no está en si podemos tolerar la violencia en las manifestaciones, si las mujeres que se manifestaron tienen razón, el punto está en que hay una crisis de violencia feminicida en el país y no tenemos esperanzas ni manera de poner fin al asunto; el punto esta en que la dignidad del Ángel de la Independencia no vale la dignidad de una sola de las cientos de mujeres violentadas hasta la muerte y humilladas más allá de ella; el `punto no está en el monto de los daños a una parada del metrobus, sino en que ni se repara el daño a las víctimas, ni se encuentra a los culpables, ni se juzgan los asuntos con perspectiva de género y el enorme esfuerzo que hacen las autoridades para satisfacer este tema no está resultando suficiente y está lejos, muy lejos, de dejar satisfecha a una sociedad que entre el miedo y la indignación reacciona de la manera en que hemos visto.

Tardarán unas semanas en reparar la estación del transporte público y en restaurar el Ángel, pero ni toda una vida sirve para restaurar la dignidad herida, los cuerpos sometidos y la tortura en la memora de las sobrevivientes y de las familias de las que no pudieron volver a casa. Y nos dirán que no está bien que se agredan periodistas, pero claro que las mujeres que ahí estaban recelan de los medios en los que no encuentran el eco de reporteros especializados que bien deberían imprimir perspectiva de género a las notas; oigo también a quien dice que son feminazis criminales que quieren exterminar a los hombres y someternos; pobrecitos de nosotros desamparados y pequeños hombres parapetados en la paz de códigos y reglamentos; no existe algo parecido, no hay ni conspiración de género que quiera acabar con la humanidad ni matonas a sueldo paratapetadas en las esquinas; lo que hay es una sociedad que está hasta los límites de los ataques contra las mujeres, que ya no puede con la desigualdad y que ya no tiene tolerancia a la forma en que estos crímenes son manejados.

No hay criminalidad en la protesta, ese no es un mal por sí mismo sino la manifestación sintomática de la desigualdad, lo urgente es poner remedio inmediato a las causas que lo generan; pero sobre todo, entendámoslo de una vez, no es una guerra civil entre hombres y mujeres, es la liberación final de las mujeres por siglos de sometimiento y exclusión y que en este momento enfrenta no sólo retos en lo jurídico y lo político sino en lo material, en lo cotidiano en lo más elemental como el respeto y la sobrevivencia, eso como sociedad debería avergonzarnos porque son temas que debimos haber solucionado hace muchos años.

Claro que queremos que el Ángel luzca limpio y bonito, como para ir de boda diría Serrat, pero quisiera mucho más que todas las mujeres pudieran lucir como se les dé la gana sin temor a ser acosadas por ello; por supuesto que me gustaría que las calles turísticas de la Ciudad de México se vieran impolutas como de postal del National Geographic, pero más me gustaría que eso no fuera la fachada ficticia y ridícula de calles en otras zonas de la urbe donde ser mujer es ser una presa a la que se le da caza con una grúa o con taxi; por supuesto que no me gustaría ver a las mujeres de mi ciudad todas ellas iguales, lindas, monas y fieles a los estereotipos, claro que no, porque desde que somos ciudad se han ganado el derecho a disentir, a ser como les venga en gana nos guste o no y en ese derecho arrebatado pueden disentir aunque a las buenas conciencias no les parezca femenino; no quiero una tradición si ello implica que no podamos acercarnos en la igualdad, la justicia y la equidad.

Me dice el vecino de mesa, alarmado sobre la manera agresiva de las manifestaciones, que esto es una problema cultural y educativo y estoy de acuerdo con él, en eso sí que concordamos, pero resulta que no tenemos tiempo para esperar, que tenemos que construir esa cultura de género y puede que nos tome décadas; pero al mismo tiempo que eso sucede, lo que queremos disfrutar ya de una sociedad en la que estos crímenes sean castigados, que el género no sea una razón para ser violentado y en la que la sociedad encuentra la paz en la justicia y, perdón, aunque los monumentos no se vean bonitos.