El libro nuestro de cada martes: Nuestra Señora de las flores de Jean Genet

Jean Genet es un niño de ciudad, un niño grande al que las impurezas le parecen pequeñas máculas derivadas de la travesura. A Genet lo arrestan por primera vez a los diez años, después, en el París triste y deprimido de la ocupación, Jean se hace hombre sin dejar de ser lo que siempre fue, un niño de ciudad jugando las reglas más hondas de lo urbano, para 1947, después de más de diez procesos por robo, intento de homicidio y prostitución homosexual, a Jean lo condenan a cadena perpetua. En la cárcel, Genet perfecciona su conocimiento de las reglas de la ciudad, ¿acaso puede haber mejor compendio de la vida urbana que una prisión?

La ciudad es una gran prisión, magnánima, maravillosa y la cárcel es el mejor compendio de la ciudad; ahí el hacinamiento llega a su máxima expresión, el dolor y la soledad se subliman, ahí perseveran sólo los más fuertes, los más dotados y los que poseen el mejor ingenio para el fin fundamental de todo individuo, sobrevivir. En prisión Genet escribe y publica, dice de la ciudad lo que todos sabemos pero pocos queremos decir y aún menos quieren leer. Sucede lo increíble, la gente lee y aprecia su literatura, al grado que un grupo de intelectuales liderado por Sarte, recurre al presidente para lograr el indulto ya en libertad, muchos años después, el niño de la ciudad se ha vuelto un viejo de ciudad, ha aprendido el sutil arte de jugar con las reglas para seguir siendo libre, el mundo de las letras reconoce la calidad de su literatura, pero sobre todo su infinita capacidad de adaptación y se le concede el Grand Prix National des Lettres, tan sólo tres años antes de su muerte.

Sería injusto decir que Genet conoció la literatura en prisión; Genet retrata desde siempre lo que ve y lo que siente, se enamora, corre, sufre y se abandona en el gran marco del Paris oscuro, del oculto bajo los oropeles de la moda y de las expectativas de las oleadas cada vez mayores de turistas. Si hay un autor parisino ese es Genet, aunque sea el lado cruel y negro de Proust, aunque sus personajes paseen por calles distintas de los de Victor Hugo o de Pennac.

En medio de la prostitución que es su modo de vida, su oficio, Genet conoce el amor, conoce la solidaridad de quienes le quieren y le infringen dolor no por maldad sino porque esas son las reglas de su mundo y su ciudad. En Nuestra Señora de las Flores, Genet retrata ese universo e interpreta las reglas de una estética donde la sordidez produce la luz y donde la brutalidad precede a lo sublime; un espacio donde la paz nada tiene que ver con la gloria y apenas quiere ser un asomo de serenidad. Dice Genet:

Mis épocas de dicha nunca fueron de una felicidad luminosa, ni mi paz fue jamás lo que los literatos y teólogos llaman “paz celestial”; está bien, porque sentiría un horror inmenso al sentirme designado por Dios con la punta del dedo, distinguido por él; sé muy bien que si estuviera enfermo y me salvara un milagro, no sobreviviría. El milagro es inmundo; la paz que iba yo a buscar en las letrinas, la que voy a buscar en su recuerdo, es una paz suave, tranquilizadora.

Nadie, ni antes ni después de Genet, penetra así en la belleza de los monstruoso, de lo dolorido, buscando una paz que la ciudad niega a los que viven en su marginalidad, los que generan sus propias normas y se apegan a ellas con honor y con fidelidad absoluta. Me atrevo a decir una palabra de esa dimensión, “nadie”, porque ninguno como él supo disponer en la literatura su propia biografía. Siempre se escribe sobre uno mismo, el espíritu de la letra sale de la vida, pero no siempre se tiene el oficio para deslindar el mundo de lo íntimo del mundo de lo que debe ser leído.

Porque Nuestra Señora de las Flores es una novela, eso no puede perderse de vista, no quiso su autor hacer una biografía, pero para decir, para hablar del mundo urbano que lo hizo y casi pudo destruirlo, Genet no puede sino partir de su propia experiencia.