Visión de Anáhuac, palabras de César Benedicto Callejas en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional

Si no tuvo oportunidad de acompañarnos, aquí, las palabras que pronuncié ayer en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional de Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes

PROLOGO DE JAVIER GARCIADIEGO A LA VISIÓN DE ANÁHUAC DE ALFONSO REYES

César Benedicto Callejas

Capilla Alfonsina

Enero 29, 2020

Es ya una grata costumbre que siempre que me invitan a la Capilla, tenga mucho que agradecer. El día de hoy, desde luego, a la generosidad de la Secretaría de Cultura, del Colegio Nacional y del Instituto Nacional de Bellas Artes y en particular, a don Javier Garcíadiego a quien desde luego debo mucho de cuanto se sobre Reyes.

Durante décadas, muchos años, acaso desde el centenario del natalicio de Reyes, en el ya lejano 1989, los alfonsistas discurrimos como una especie de secta solitaria, un grupo reducido y al parecer condenado a rendir culto a un autor mencionado por todos, conocido por muchos, pero leído por muy pocos, da cuenta de ello que junto a las monumentales obras completas, el ejercicio editorial de las obras de don Alfonso no parecían elevarse y en realidad se trataba de trabajos casi siempre académicos y de circulación muy reducida. El hecho estaba ahí, con los años, esos Alfonsistas recondujeron sus trabajos hacia un contacto con los lectores, una especie de revitalización de la obra de don Alfonso fue gestándose y hoy nos encontramos en lo que bien podríamos llamar un renacimiento de la obra de Alfonso Reyes.

Este capítulo tiene, como es natural muchos protagonistas, en varios rincones del mundo; me limitaré sólo a hacer referencia a los trabajos minuciosos de Alberto Enríquez Perea; a los de museografía y difusión de Héctor Perea y a los de la revalorización del canon Alfonsino de don Adolfo Castañón; en Monterrey la labor de diálogo y apertura de Minerva Margarita Villarreal, de querida memoria y al selecto y bien hecho trabajo editorial de Celso José Garza, Antonio Ramos Revillas y José Javier Villarreal, en la creación de las ediciones individuales y de sus trabajos críticos y, en España, la labor que realizó Pablo Raphael, curiosamente también en torno a la Visión de Anáhuac, desde el instituto de Cultura México – España. Son muchos los que todavía habría que mencionar, como la Cátedra Alfonso Reyes de Monterrey la propia en Cuernavaca, incluso quienes hemos novelado en torno a la vida y la obra de nuestro autor.

Sin embargo, sería inapropiado y poco justo dejar de mencionar que uno de los epicentros de este renacimiento se sitúa en la Capilla Alfonsina con la llegada de Garciadiego como su Director; después de las décadas de labor ingente y generosa de nuestra querida Alicia Reyes, de llorada y dulce memoria, la Capilla encontró un director que ha tenido el ingenio y la paciencia de insuflarle vida y actividad. Hoy una buena muestra es la serie de actividades Alfonsinas que aquí se realizan, el diálogo abierto entre la exposición en el Museo Nacional de Antropología, la edición de la Visión de Anáhuac prologada por don Javier y esta presentación. De eso, de este renacer es justo de lo que estamos hablando hoy.

Presenta Garcíadiego un texto al que llama, acaso por su tendencia guardar mesura y eludir los protagonismos: “Prologo” y me parece que ese el único punto en que algo falla, no se trata de un prólogo. Veamos, el diccionario de la Academia propone cuatro acepciones para la palabra prólogo; descartemos la cuarta por obviedad, “discurso que en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático…”, tampoco la segunda nos conviene: “aquello que sirve como de exordio o principio para ejecutar una cosa…”; pero la primera “texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura…” o la tercera: “primera parte de una obra, en la que se refieren hechos anteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas con su tema central”, tampoco satisfacen, porque si bien es cierto que el texto de Garcíadiego sirve al de Reyes e introduce en su lectura, en realidad es algo más que esa introducción y también algo más que la referencia a los hechos anteriores relacionados con su tema central. Vale más, me parece, en este caso ofrecer al público lector, la Visión de Anáhuac con un estudio preliminar de don Javier.

Sin duda contaminado por la afición reyesiana de saltar entre géneros, a no atenerse a la comunidad expresiva de ninguno y encontrar en todos las herramientas necesarias para mejor decir lo que se piensa, don Javier discurre entre el trabajo de divulgación y el documento académico, sin duda un afortunado acierto es acumular las citas a pie de página al final del estudio, de modo que encontramos un auténtico arsenal documental informativo que no estorba en la lectura de aquel otro documento, el de divulgación. Esta es la puerta por la que debe entrar el lector de la Visión de Anáhuac, tanto el avezado como el novato, por el de la invitación curiosa, amable. Garciadiego sabe cómo atraer, poniendo pequeños cebos para el cazador de novedades, de peculiaridades y también de hechos contundentes.

Debo reconocer, sin duda, mi coincidencia con el autor del llamado prólogo, en el hecho de que la Visión de Anáhuac es un libro de profundo sentido vivencial para Alfonso Reyes, es una vuelta a las imprentas después de años torturados de ausencia, es también el canto del exiliado en su encuentro con el país que no existe ya más que en su memoria y al que ya no podrá más volver, al menos no en la forma en que lo ha recordado, como decía Françoise Sagan, “la admiración es amor congelado”, en esa admiración congela Reyes el amor por una tierra que cambia mientras el se busca la vida en el Madrid donde no le quedan más que tres armas: la palabra, la pluma y sus amistades.

Paso a paso, tal vez sin proponérselo, don Javier va escribiendo una pequeña novela cuyo protagonista es el libro, lo narra desde su génesis hasta el día de hoy, su batallar para ver la luz, la forma en que fue madurando dentro del gusto y la difusión y el estallido de su carácter como símbolo cultural de nuestra cultura, lo señala con acierto el autor del estudio preliminar: el Huapango de Moncayo, el mural de la escalinata de Palacio Nacional y la Visión de Anáhuac. Pero es precisamente esta superposición de dos modelos de discurrir, la erudita y la vivencial, la que dan carácter al trabajo de Garcíadiego, revela muchos puntos en los que discurren los debates sobre la Visión de Anáhuac, como el origen del celebérrimo epígrafe: Viajero has llegado a la región mas transparente del aire (como dicen mis hijos, si no lo digo, reviento) o su inclusión como título de la novela de Carlos Fuentes; pero sobre todo, revela la forma en que el texto fue modificado en su lectura y presencia a través del diálogo con la comunidad intelectual, los editores y los lectores; debo agradecer cumplidamente haber incluido en su texto la nota sobre la presencia de la frase en la película de Arau, Calzonzin Inspector, sobre los Supermachos de Rius y que me permití referir en un artículo sobre la Visión que generosamente publicó la Universidad Autónoma de Nuevo León: muchas gracias.

Pero además, es afortunado don Javier, su texto consta en una edición pequeña, bien armada, editada con encanto, algo que me hizo recordar uno de los aforismos de Gracián: “pretendo formar con un libro enano un varón gigante”. Me parece, que este renacimiento de la lectura Alfonsina sólo puede andar por ese camino, libros accesibles y bonitos, que inviten a la lectura y, hay que decirlo, al descubrimiento de Alfonso Reyes.

Apuntaré, por otra parte, una coincidencia más, como percibe don Javier, Reyes va mucho más allá de los juegos de las coincidencias curiosas y se empeña en demostrar la existencia de un alma común en el lejano pasado de México y el alma nutricia española, pero que no puede confundirse con ninguna y que existe con carácter propio y como respuesta a un particular sentido histórico; de ahí que el final de la Visión pueda ser considerado como la credencial de identidad de las letras alfonsinas y también una de las miradas más profundas del sentido de lo mexicano, más lejana de Vasconcelos y más cercana a Octavio Paz y a Carlos Fuentes, es decir, más distante de su generación y más próxima a la de sus discípulos. Termina Reyes la Visión de Anáhuac diciendo:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.

Celebro el carácter contemporáneo del estudio de Garciadiego, me llama la atención su encadenamiento con la reciente novela de Enrique Serna, “El vendedor de Silencio”, sobre la relación entre Alfonso Reyes y Carlos Denegri; en tal sentido da una mirada sobre la presencia de Reyes en la vida cultural contemporánea. Y a todo esto, me queda claro, hace evidente la atemporalidad de la Visión; porque en el fondo, sobre lo que disertan tanto Reyes como Garciadiego, es sobre la identidad nacional, sobre los asideros de la realidad sobre la que podamos fincar un rostro en un mundo cada vez más complejo

Garciadiego, insisto, no prologa, emprende una reelectura de Reyes podría en un intento por redimensionar su expresión y sus motivos para abrir nuevos diálogos transgeneracionales. Por ejemplo si donde la lectura y la interpretación de la Visión de Anáhuac explora el punto historiográfico, el manejo de las fuentes o la construcción de la narrativa complementa con una exploración vivencias no sólo como discurso poético del imperio azteca minutos antes de su extinción, sino como la mirada de un exiliado en la dulce y cruel tarea de recuperar lo más preciado del mundo que ha tenido que abandonar y de que no sabe si algún día podrá volver a habitar; si pudiéramos dedicarnos a compartir el goce de un elenco tan profundo de sensaciones, sentimientos e ideas podríamos vislumbrar muchos de los elementos que poblarán sus páginas hasta el final de sus días.

Sin duda, uno de los libros más celebrados de Alfonso Reyes es Visión de Anáhuac; una búsqueda simple de los registros de ISBN arrojan tan sólo en lengua española, más de veinte ediciones en los últimos diez años, ello también descontando los formatos sonoros y digitales; desde luego, se trata de un libro vigente, con vida propia más allá de las obras completas y que se presenta como uno de los pilares sobre los que habitualmente se construyen las antologías reyesianas. Sin embargo, los análisis más comunes que sobre él se escriben separan al lector cotidiano del académico y versan, en especial sobre aspectos geográficos e historiográficos que se encuentran como apostillas a un texto que, de origen, constituye una ensoñación de exiliado referente al paraíso perdido. Romper estas inercias es el reto que asumió don Javier en su texto y no dudo en afirmar que lo logró con gran fortuna.

Muchas gracias.