El libro nuestro de cada martes: Farabeuf, de Salvador Elizondo

La vida de lector es una especie de existencia alterna sobre nuestro cotidiano común, es una tierra de aventuras y retos no exenta de riesgos; un camino donde solemos volver sobre nuestros pasos, en la que visitamos mundos de los que no se puede volver indemne.

Me enfrento a un libro que ha estado aguardándome por varios años, está emparentado con otro, con Rayuela de Cortázar, por una de las fotografías más perturbadoras que he visto; pero es también un libro icónico de su época, una leyenda; con tales antecedentes no hay lectura inocente sino ruta por emprender. Llegado el momento, tomo el volumen que editó el Colegio Nacional con motivo del Cincuenta aniversario de Farabeuf y encuentro mucho más de lo que se me había prometido.

Este genero de libro objeto, de novela difícil y terrible si se le quiere leer como un texto común y corriente pero que adquiere otra dimensión si se le toma como lo que es en realidad, un monumento a la palabra, un texto construido a partir de instantes y de recuerdos, entonces estamos en presencia del nexo entre la fotografía y la literatura, entre el cine y las letras – mucho más allá de los textos adaptados – casi de la pintura y la escritura.

Enfrentarse a Farabeuf es un deber cultural para el mexicano y para el hispano hablante, un texto visionario en su tiempo y a la fecha, una obra maestra.

Algo más sobre Farabeuf:

Farabeuf visto por Salvador Elizondo

Salvador Elizondo lee un fragmento de Farabeuf