Las citas de los viernes: La campana de cristal de Silvya Plath

Este viernes, para meditar un poco y soportar el frío, las palabras póstumas de una poetiza que abrió su corazón para liberar lo que muchas mujeres no pudieron decir… que ustedes lo disfruten

La campana de cristal de Silvya Plath


Sus compañeras de colegio estaban tan pendientes de la moda que todas tenían fundas para sus bolsos del mismo material que sus vestidos, de manera que al cambiarse de ropa tenían siempre un bolso que hacía juego. Los detalles de este tipo me impresionaban mucho. Sugerían toda una vida de maravillosa y elaborada decadencia que me atraía como un imán.


Estaba tan oscuro en el bar que me resultaba casi imposible distinguir otra cosa que no fuera a Doreen. Con su pelo blanco y su vestido blanco, era tan blanca que parecía de plata. Creo que hasta reflejaba los tubos de neón que había sobre la barra, y yo sentí que me fundía en las sombras como el negativo de una persona a quien nunca en mi vida hubiese visto.


El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio.


Abrí la puerta y parpadeé ante el brillante pasillo. Tuve la impresión de que no era de noche ni era de día, sino una especie de fantástico tercer período que se hubiera deslizado de improviso entre los dos y que no terminaría nunca.


Sonaba verdadero y lo reconocí, tal como se reconoce a una persona extraña que ha pasado años merodeando por nuestra casa, y de pronto entra en ella y se presenta diciendo ser nuestro propio padre y es exactamente igual que uno, de modo que nos convencemos de que es nuestro padre y de que la persona a la que toda la vida hemos considerado nuestro padre es un impostor.


Su madre decía: «Lo que un hombre quiere es una compañera y lo que una mujer desea es seguridad infinita», y «El hombre es una flecha lanzada hacia el futuro, y la mujer es el lugar donde ésta es lanzada».


Esto significaba que no podría obtener un buen empleo al graduarme. Mi madre no dejaba de decirme que nadie quería a una simple licenciada en Lengua Inglesa. Pero una licenciada en Inglés que supiera taquigrafía era algo distinto. Todo el mundo la quería. Era muy solicitada por los jóvenes que hacen carrera y transcribía una emocionante carta tras otra.


Me sentí como un caballo de carreras en un mundo sin pistas o como un campeón universitario de fútbol, súbitamente enfrentado con Wall Street y un traje de ejecutivo, sus días de gloria reducidos a una pequeña copa de oro sobre la repisa de su chimenea, con una fecha grabada en ella como la fecha de una lápida.


Finalmente decidí que si era tan dificil encontrar un hombre viril, inteligente y que todavía fuera puro tras veintiún años, yo podia olvidar lo de conservarme pura y casarme con alguien que tampoco lo fuera Entonces, cuando él empezara hacerme la vida imposible, yo también podría hacérsela a él.


Un pequeño punto en mi cuerpo volaba hacia él. Sentía mis pulmones llenarse con el paisaje que afluía hacia ellos. -Aire, montañas, gente, árboles-, «Esto es ser feliz», pensé.


Empecé a comprender por qué los aborrecedores de mujeres podían burlarse de tal manera de ellas. Los aborrecedores de mujeres eran como dioses: invulnerables y colmados de poder. Descendían y luego desaparecían. Nunca se podía atrapar uno. 


Elaine estaba sentada en la galería con un viejo camisón amarillo de su madre, esperando que algo sucediera. Era una sofocante mañana de julio y gotas de sudor se arrastraban por su espalda, una por una, como lentos insectos.


La habitación azuleó hasta resultar visible y me pregunté qué se había hecho de la noche. Mi madre se convirtió de un tronco brumoso en una mujer de mediana edad que dormía profundamente, la boca ligeramente abierta y un ronquido deslizándose por su garganta. El ruido cochinil me irritaba y durante un rato creí que la única manera de acallarlo sería coger la columna de piel y tendón de donde salía y retorcerla hasta reducirla al silencio.


Una vez, en una calurosa noche de verano, había pasado una hora besando a un estudiante de derecho de Yale, peludo como un mono, porque sentía lástima por él. Era tan feo… Cuando terminé, dijo: «Te tengo calada, nena. Serás una mojigata a los cuarenta.»


Pero cuando llegó el momento de hacerlo, la piel de mi muñeca parecía tan blanca e indefensa que no pude. Era como si lo que yo quería matar no estuviera en esa piel ni en el ligero pulso azul que saltaba bajo mi pulgar, sino en alguna parte, más profunda, más secreta y mucho más dificil de alcanzar.


Las gaviotas, en la punta del brazo de arena, maullaban como gatos. Luego alzaron el vuelo, una por una, con sus chaquetas color ceniza, formando un círculo sobre mi cabeza y gritando.


Lo que odio es la idea de estar a merced de un hombre -le había yo dicho a la doctora Nolan-. Un hombre no tiene una sola preocupación en el mundo, mientras yo tengo un bebé pendiendo sobre mi cabeza, como un gran garrote para mantenerme en la línea recta.