Las citas de los viernes: El Pentateuco de Isaac de Ángel Wagenstein

Para disfrutar del viernes las perlas del océano que es este libro de memorias de un mundo perdido, un canto de humor y esperanza, una visión de la resistencia humana y también de su locura y estupidez.

El pentateuco de Isaac. Angel Wagenstein. Editorial Asteroide.


El cliente quedó muy contento al verse en el espejo, pero dijo: «Lo único que no entiendo es por qué necesitaste todo un mes para hacer un uniforme normal y corriente, si vuestro Dios judío hizo el mundo en tan sólo seis días». A lo cual le contestó mi padre: «Pues, mire usted, señor oficial, la chapuza le salió y sin embargo, ifíjese en este precioso que uniforme!». Si he de darte mi opinión, no creo que esto fuera verdad.


¿Cuáles son los nuestros?-dijo pensativo Samuel-. ¿Y cuáles son los otros? Al final da igual quién triunfe, porque la victoria será como una manta corta: si decides abrigarte los pies, queda al descubierto el pecho. Cuanto más dure la guerra, más corta se hará la manta y la victoria no llegará a calentar a nadie.


Seguro que conoces la anécdota de cómo Aarón, de puro distraído, entró a la sinagoga sin su kipá. El rabino le regañó y exigió que abandonara enseguida la casa de Dios. Porque entrar en la sinagoga con la cabeza descubierta es como acostarte con la mujer de tu mejor amigo, adujo. iUn gran pecado! «iAnda ya, rabí! iEso también lo he hecho y anda que no hay diferencia!». Lo mismo, más o menos, se puede decir sobre la diferencia entre Viena y Truskavez.


En el pecho llevaba la estrella de David, con la que se designaba a los rabinos militares y ésta se consideraba un gran privilegio en el ejército. Todavía no sabíamos que un día el mismo privilegio lo tendríamos casi todos los judíos de Europa, pero esto vendría más tarde, en el luminoso porvenir, como suelen llamarlo los escritores.


¿Es entonces Jehová -santificado sea su nombre por los siglos de los siglos, amén- un viejo chocho al que le complace que la gente muera en su nombre? No sé, hermanos, no sé daros la respuesta. En todo caso, creo que si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales.


-Bist du aber süß! iQuiero a los judíos y algún día haré algo grande por ellos! Resultó un hombre de palabra y cumplió su promesa. Años más tarde me lo volví a encontrar en el campo de concentración de Flossenbürg en el Alto Palatinado, donde alcanzó el rango de sturmführer.


Contaban que un gran estratega del Estado Mayor de Berlín, al analizar las causas de la catastrófica pérdida militar, las formuló apartándose ligeramente del esquema: dijo que la culpa la tenían los judíos y los ciclistas. En la sala reinó un silencio pensativo. De repente, una voz tímida preguntó: «¿Por qué también los ciclistas, mi general?».


-Justo antes de que amanezca, querido hermano,la noche es más cerrada. Cuando la estupidez de los censores llega a tales extremos, por el pánico y el miedo, son capaces de tachar hasta el canto de los ruiseñores. O sea, se aproxima el final. ¿Lo has entendido ahora?


No sé por qué la gente se avergüenza de mostrar ante los demás su atracción por otro ser humano, la atracción natural más tierna y más potente. Se muestran orgullosos o indiferentes y no se les ocurre-sobre todo, si son jóvenes- que Dios ha medido escrupulosamente cada uno de los granos de arena en el reloj de nuestras vidas y que cada segundo de amor desaprovechado se hunde irremisiblemente en la nada. ¡Acaso no se dan cuenta ellos, los jóvenes, de que en la voz del corazón se esconde la gran fuerza de la humanidad, todo el sentido sublime de la existencia, todas las pirámides, los Homeros y Shakespeares, las Novenas Sinfonías y Rapsodias en Azul, toda la belleza de los versos dedicados a las Sulamit y las Julietas, a las Nefertitis, Mona Lisas y Madonnas!


No creas que te expongo mis opiniones de entonces: yo era bastante ignorante para saber todo aquello, pero el tiempo suele sobreponer sus capas transparentes una encima de la otra, y los acontecimientos se acercan o alejan como si uno los mirara por uno u otro de los extremos de un catalejo. Sobre lo que a uno no le quedaba muy claro en el pasado se sedimentan las ideas de ahora o, si quieres, los engaños actuales.


En él cabían el Teatro Nacionai de Moscú y el Bolshoi, con Galina Ulánova, cuyas colas para conseguir entradas se extendían a lo largo de varias manzanas; allí estaban el museo del Hermitage, las novelas de Shólojov, los ajedrecistas invictos; Papanin, que llegó al Polo Norte, Chkalov, que cruzó en avión el océano, Eisenstein, que inauguró una nueva época en el cine; la URSS era el país en que más se leía… Es cierto que algunas de estas cosas se podían conseguir con amenazas y violencia, no lo niego. Sin embargo, para lo más relevante, para lo trascendental, se precisa libertad de espíritu, ya que ningún esclavo es capaz de alcanzar cima alguna.


Este pálido profesor de oftalmología resultó ser un anticomunista honesto y noble, aunque tenía una veta apenas perceptible de antisemitismo polaco que era como el sabor ligeramente amargo de un buen vino añejo.


La gasolina, mezclada con lubricantes usados, hacía su trabajo. Las columnas de humo llegaban a los mundos del más allá para comunicar a sus habitantes hasta qué grado de evolución había llegado aquel anfibio que un día llegó arrastrándose a una cueva y salió de allí andando sobre dos pies para pintar el retrato de Mona Lisa y componer la Novena Sinfonía. Unas excavadoras empujaban los restos mortales hasta los hoyos enormes y la tierra arenosa absorbía con discreción y para siempre destinos, risas, ambiciones, el lumbago, «te amo», «qué nota te pusieron en geografía», «qué dice la tante Lisa en su carta…». iAdiós, hermanos, descansad en paz!


El rabí Bendavid y yo nos abrazamos y lloramos. Éramos dos sombras que alguna vez fueron personas. De nuestros esqueletos colgaban los harapos que alguna vez fueron ropa. Detrás de la cerca un soldadito americano vomitaba: en su tierra de Oklahoma no había visto montones de cadáveres humanos a medio quemar, humeantes todavía. Quizá en aquel mismo instante en Treblinka, Auschwitz o Majdanek vomitaban soldaditos soviéticos que se habían creído las palabras de Maxim Gorki: «iCuánto orgullo encierra esta palabra, el “hombre”!».


Abro los ojos, en la mesilla de noche están intactos los tres frascos de Dormidon. Perdóname, Stefan Zweig, viejo astuto, que les enseñabas a los demás cómo vivir, imientras tú mismo te escapaste! Si la vida nos ha sido dada, la hemos de vivir, no faltaría más.