Viernes de citas: El amante de la China del norte de Marguerite Duras

Para su descanso del viernes, una mirada al fascinante mundo del amor, el dolor y la resurrección en Marguerite Duras, que ustedes lo disfruten

El amante de la China del norte, Marguerite Duras. Ed. Tusquets


Y luego este sufrimiento abandona el cuerpo, abandona la cabeza abandona imperceptiblemente toda la superficie del cuerpo y se pierde en una felicidad del todo desconocida de amar sin saber.


La madre salió del despacho de la directora. Había vuelto a atravesar el patio. La niña la había visto. La había mirado, no había ido hacia ella, avergonzada de su madre, había vuelto a subir al dormitorio, se había escondido y había llorado por esa madre impresentable de la que se avergonzaba. Su amor.


El chino ha ido a sentarse a una mesa. Sin duda para estar solo. Está solo en la ciudad, en la vida también. Con, en el corazón, el amor de esa niña que se irá, alejará para siempre de él, de su cuerpo… Un duelo terrible habita al chino. Y la niña blanca lo sabe..Ella le mira y, por primera vez, descubre que la soledad siempre estuvo allí, entre ella y él, que ella, esa soledad china, ella la conservaba, era como su país alrededor de él. A.l igual que ella era el lugar de sus cuerpos, de su amor…La niña ya presentía que esa historia era tal vez la de un amor.


Van a separarse. Ella recuerda que difícil, cruel, era hablar. Las palabras eran incontables tan fuerte era el deseo. No habían vuelto a mirarse. Habían evitado  manos, miradas. Había sido él quien había impuesto aquel silencio. Ella dijo que aquel silencio suyo, sólo suyo, las palabras eludidas bajo aquel silencio, incluso su puntuación, su distracción, aquel juego también, lo infantil de aquel juego y de sus llantos, todo aquello había podido ya señalar que se trataba de un amor.


Para ella, la niña, esta cita “de reencuentro”, en su lugar de la ciudad, había quedado siempre como el del inicio de su historia, aquél por el cual se había convertido en los amantes de los libros que había escrito. Ella creía, sabía que era allí, en esa escena interior, a partir de una especie de conocimiento que habían tenido de su deseo, una vez eliminado todo razonamiento, cuando ya no se prohibieran nada, cuando se convirtieron en amantes.


Si miran sin quererlo, entonces bajan los ojos. Luego quedan  así viéndose con los ojos cerrados, sin moverse y sin verse como si se mirarán todavía.