Las citas de los viernes: Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega, editorial Jus

Uno de los descubrimientos del año, las letras de Marxitania Ortega, que sin duda en años próximos dará todavía más que decir. Este libro de esperanza y desencuentro, de amor y de desamor, de glorias y remordimientos, nos traen de vuelta el sentimiento latinoamericano que somos tan propensos a extraviar. Aquí algunos de sus mejores momentos:

Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega, Editorial Jus


Aún era temprano para regresar a Tolbiac, caminó por las calles más turísticas del barrio latino buscando un bar para matar el tiempo. Encontró un lugar de ambiente alegre. Una banda de jóvenes tocaba covers de rock clásico. Entró decidido. “Menos mal que no es jazz”, pensó Antonio mientras se sentaba cerca de la barra. Había hecho grandes esfuerzos por entender el jazz, incluso se obligó a comprar y a escuchar atentamente a los grandes, sobre todo Charlie Parker, instigado más por El perseguidor, de Cortázar que por curiosidad propia, pero las notas se le escamaban al entendimiento. Podía entender y hasta disfrutar a melodía de “Summertime”, pero en cuanto empezaban las improvisaciones que parecían gustarle a todo el mundo, Antonio comenzaba a sufrir. El jazz era para él ininteligible, un precipicio de notas que no tenían sentido, como los recuerdos que quedan al día siguiente de una borrachera. La verdad es que Cortázar tampoco era su escritor favorito. A él le gustaba el realismo, la literatura sin juegos, la prosa bien escrita de Ernest Hemingway y en cuanto a la música, lo suyo era la canción la música cantada, hablada, la que se entiende: José Alfredo Jiménez, Julio Jaramillo, la chanson française, Piaf, Aznavour.


Un sueño en blanco y negro que recordaba como si lo hubiese soñado anoche. Cesare Pavese caminaba hacia ella, despacio, vestido de gris. Cuando estuvo cerca le susurró al oído: “la ciudad más hermosa del mundo mide un milímetro por un milímetro y está en tu cabeza”. Luego, le daba la espalda y recorría la misma calle por la que había venido hasta que se hacía chiquito en el horizonte. Sara sabía que había ido a matarse. Al despertar se sintió iluminada, el sueño había sido tan vívido que creyó que el fantasma del escritor había venido a consolarla y a evitar que se frustrara en una espera de casi diez años.


Cuando estuvo otra vez en el RER respiró aliviada. Se bajó en Saint-Michel. Pensó que conseguir habitación no sería fácil y que debería invertir en vivienda cien euros más de su ya de por sí insuficiente beca, aunque se restringiera en el resto de sus gastos. Caminó por el Quai Blanqui y cruzó el Pont Neuf hacia la Île de la Cité. Pensó en Michèle/Juliette Binoche y en su parche en el ojo y en la decadencia y en la desesperación. Vibró un poco para sacudirse la posibilidad de que cualquier pizca de fracaso se adhiriera a su piel y se dirigió a Notre Dame. Estaba llena de turistas. Le disgustó ser una más entre la masa de gente de todo el mundo que tomaba fotos de los pórticos y de los retablos, ella que conocía de memoria cada uno de los arquitectos que habían trabajado en las remodelaciones del proyecto.original, desde el lejanísimo año de 1160. Había pasado tardes enteras en


Un sueño en blanco y negro que recordaba como si lo hubiese soñado anoche. Cesare Pavese caminaba hacia ella, despacio, vestido de gris. Cuando estuvo cerca le susurró al oído: “la ciudad más hermosa del mundo mide un milímetro por un milímetro y está en tu cabeza”. Luego, le daba la espalda y recorría la misma calle por la que había venido hasta que se hacía chiquito en el horizonte. Sara sabía que había ido a matarse. Al despertar se sintió iluminada, el sueño había sido tan vívido que creyó que el fantasma del escritor había venido a consolarla y a evitar que se frustrara en una espera de casi diez años.


Cuando estuvo otra vez en el RER respiró aliviada. Se bajó en Saint-Michel. Pensó que conseguir habitación no sería fácil y que debería invertir en vivienda cien euros más de su ya de por sí insuficiente beca, aunque se restringiera en el resto de sus gastos. Caminó por el Quai Blanqui y cruzó el Pont Neuf hacia la Île de la Cité. Pensó en Michèle/Juliette Binoche y en su parche en el ojo y en la decadencia y en la desesperación. Vibró un poco para sacudirse la posibilidad de que cualquier pizca de fracaso se adhiriera a su piel y se dirigió a Notre Dame. Estaba llena de turistas. Le disgustó ser una más entre la masa de gente de todo el mundo que tomaba fotos de los pórticos y de los retablos, ella que conocía de memoria cada uno de los arquitectos que habían trabajado en las remodelaciones del proyecto.original, desde el lejanísimo año de 1160. Había pasado tardes enteras en


El metro francés es viejo y lento. Los trenes cumplen con puntualidad su itinerario pero los trayectos son infinitos para el hombre que huye. Antonio recordó con angustioso detalle cuando fue a recoger a Lorena al penal femenil de Acapulco. Quería sorprenderla llevándole a sus hijas, pero las niñas no quisieron ir. La madre de Lorena, que nunca entendió bien las razones de la lucha de su hija y no sabía si en verdad era víctima de una injusticia, como decían sus compañeros, o si realmente merecía la cárcel, se había hecho cargo de sus nietas y había sembrado en ellas sus dudas. Las niñas anudaron el corazón para no extrañar a su madre durante el tiempo que estuvo presa y les iba a costar mucho trabajo desatarlo.


“Un compañero preso, el más joven, casi un niño”, pensaba Antonio antes de que pudiera ver frente a él la cara hinchada de su amante. Cuando pudo verla, lloró. No era la primera vez que golpeaba a una mujer ni la primera que, en cada golpe, salían amalgamados un odio profundo y una satisfacción que después, cuando pasaba la furia, le parecía abominable.


En los jardines de Luxemburgo, sintió nostalgia de su soledad habanera, de cuando buscaba parques y rincones solitarios para reproducir, durante horas, en un cuaderno de papel revolución con un lápiz duro del no. 2, las texturas de los inmensos árboles tropicales y los volúmenes de las estatuas de los próceres de la Revolución. Aunque su lugar favorito, en realidad, era el panteón Colón; ahí se refugiaba entre las lápidas de la presencia humana, hasta que ya entrada la tarde, las sombras le empezaban a dar miedo. Luego revisaba sus trazos y cada una de las tareas que le habían dejado en la Escuela Elemental de Artes Plásticas. Lo más importante, había dicho el maestro, era soltar la mano.


Le bastaban unos minutos de atenta observación y una breve charla para encasillar a su interlocutor en alguno de los parámetros de luchador social que había construido durante los últimos años, Révolutionnaire, escribió un día con su pluma fuente en la primera hoja de una libreta de dibujo, y luego la fue llenando con diferentes versiones de una tabla que cada vez adquiría mayor complejidad. Así, Beatrice conservaba cierta tranquilidad sobre los fondos que arriesgaba con ellos, deduciendo a través de sus esquemas el futuro comportamiento de los guerrilleros, revolucionarios, militantes o jóvenes idealistas latinoamericanos que llegaban a ella. No es que pensara que sus modelos y sistematizaciones estaban libres de prejuicios y fantasías, pero así era su mente, tendía a la esquematización.


El mesero llegó atento y dispuesto a tomar la orden. Antonio pidió la clásica sopa de cebolla, un terrine de ternera y una copa de Bordeux. Brindó consigo mismo a la memoria del poeta y mientras comía la sopa humeante y batallaba con la cuchara para tomar la porción adecuada de queso gruyere gratinado, sintió lástima por los poetas alcohólicos que mueren en la miseria, y por los revolucionarios alcohólicos que quieren morir y no pueden.


Por un momento Antonio deseó que sus hijas pudieran disfrutar una de las más poderosas fantasías creadas por el perverso matrimonio del cristianismo y el capitalismo. A pesar de que Sara y Gabriela no eran las únicas en su entorno que no recibían regalos en Navidad, en parte porque la pobreza de algunos miembros de su familia impedían tales lujos, sí eran quizás las únicas que sabían que la existencia de Santa Claus, los Reyes Magos y demás seres regaladores, eran una invención beneficiosa sólo para los dueños del capitalismo. Antonio tampoco creyó nunca en semejantes artificios. Ni él ni ningún niño que él conociera. De no ser por los comerciales radiofónicos que ponían algún villancico con mensajes grabados de cantantes famosos y por las vacaciones escolares, la población rural mexicana no hubiera tenido conocimiento de las fantasías navideñas. Ni la nieve, ni los arbolitos, ni los muñecos de plástico, ni los regalos, ni el pavo, ni siquiera del pollo. Era una fiesta religiosa, la abuela de Antonio iba a la iglesia y eso era todo. Eso y


-Vete a casa, una niña como tú no debe andar viendo estas cosas Sara se indignó. Una niña mexicana como ella no debía ver a los viejos gordos aprovecharse de la pobreza, la ignorancia y la maldad de las madres de las niñas cubanas. įPor qué les daba pena la mirada de Sara y no les causaba ningún pudor besar a las jineteritas? ¿Qué ven los hombres en las mujeres que saben putas, ¿tienen cara de putas?, ¿cuerpo de putas?, ¿o sólo es la disposición de putas? Sara se indignó pero se salió de la alberca para irse. Fuera de la piscina miró el reflejo de su cuerpo en las puertas de cristal del hotel. Su cuerpo flaco, sin chichis, desculado, nada tenía que ver con las adolescentes cubanas, exuberantes.


-Además -decía tratando de convencer a Emilio- es diciembre. Los jardines estarán helados y grises. No habrá mucho que ver. Sara se sorprendió en Versailles. La belleza del lugar prevalecía en el invierno. Por única vez una idea reveladora apareció en su mente y sus firmes convicciones republicanas sucumbieron ante la belleza del Château. Hay que creerse divinidad para hacer algo de tal belleza. Las danzas de Lully ambientaban eficazmente los salones del palacio y Sara lloró en una ventana. “De tanto representar a Dioses he terminado creyendo que soy uno” recordó que dijo Farinelli, el castrato, en esa película de principios de los noventa. Los hombres, ante la repetición de los días, ante la vileza de la vida cotidiana, necesitan postular un principio poderoso que sea capaz de crear obras cuya magnificencia y belleza evoquen constantemente lo divino. De eso se tratan las monarquias,


Siempre quisiste vivir en París. Yo también. Ahora los dos vivimos aquí. Es pintoresco, dices. Y romántico. Vivimos en un ático, como Hemingway, te digo. Hemingway vivió en un ático? En un lugar miserable, te cuento. Como éste, respondes. Te miro con reproche. Este lugar es pequeño, pero no miserable. Tú también conoces la miseria, ésa, la que sólo se da en el tercer mundo, la miseria tropical.


Caminamos por París. Tu mano que sostengo es áspera y fuerte, es la mano de una enfermera que se va a la guerrilla. Me dices que mis manos son suaves, que parecen las manos de un intelectual. Te cuento que mi abuela me decía de niño que mis manos eran de alguien que se dedica a pensar. En la práctica, querida Mado, la palabra se empuña al mismo tiempo que el fusil, por eso ahora sólo quiero silencio. Calla. Callemos todos. Que callen todos los que caminan en París, como nosotros. Que no regañen las madres a los niños, que no griten, que nadie grite. Callemos. Para ver el futuro, Mado, o el pasado, o ambos.


Me cuentas la historia de los amantes que caminan hacia nosotros en el puente. Ella es una mujer negra, tiene una bella cabeza de micrófono. Él es francés, de Strasbourg, adivinas. Él la ama. Mira cómo le toma fotos. Seguramente son las mejores fotos que le tomarán en la vida, dices. Ella cruza un poco las piernas, levanta el mentón. Él dispara varias veces el obturador. Me cuentas entonces tu teoría de que la belleza del fotografiado sólo depende del amor del fotógrafo. Los fotogénicos son en realidad personas simpáticas que suelen agradar a los fotógrafos. Lamento no tener cámara , no puedo tomarte ni una foto. Me preocupo por la memoria. ¿Cómo te recordaré?


En la tortura, hablen, suéltenlo todo. Esa es la política de algunas organizaciones. Los etarras dicen eso, porque saben que la mayoría va a hablar. Nosotros, tercermundistas al fın, programamos mártires. No hablen, no delaten, no suelten, mueran. Mártires imposibles porque la mayoría habla, delata suelta. Y entre más pasan los días y las horas más amplio se y hace el espacio entre los minutos y los segundos y más duran los golpes y el tiempo de tortura y sólo puedes pedirle a tu cuerpo que aguante un poco más, sólo un poco más.


“No quiero una medalla, quiero que me devuelva a mi hijo.” Dicen que fue lo que dijo. El gobernador se comprometió ante el auditorio lleno de maestros. “Si tu hijo es inocente, saldrá libre”, dijo públicamente. “Si no es inocente, que se vaya del país, porque si lo agarran otra vez, lo matan”, le dijo a mi madre al oído. Mi madre me dio la vida dos veces.