Si no ha visto la película “La vida ante sí” que protagoniza Sophia Loren por Netflix, no lo dude, la diva esta enorme, fantástica y la historia es inolvidable; para su descanso de fin de semana, los momentos estelares del libro que le dio origen, uno de los más hermosos que he leído, una caricia dulce amarga al corazón. Que ustedes lo disfruten.

La vida ante sí, de Émile Ajar. Plataforma editorial


Lo primero que puedo decirles es que vivíamos en un sexto sin ascensor y que para la señora Rosa, con los kilos que llevaba encima y sólo dos piernas, aquello era toda una fuente de vida cotidiana, con todas las penas y sinsabores. AsíÍ nos lo recordaba ella cuando no se quejaba de otra cosa, porque, además, era judía. Tampoco tenía buena salud, y otra cosa que puedo decirles es que era una mujer que merecía un ascensor.


La primera vez que vi a la señora Rosa tendría yo tres años. Antes de esa edad no se tiene memoria y se vive en la ignorancia. Yo dejé de ignorar a la edad de tres o cuatro años y a veces lo echo de menos.


Más adelante hablaré de la señora Lola, que, desde luego, era una persona distinta de las demás, porque también las hay. Por eso la quería yo.


Eso de los niños es muy contagioso. Donde.hay uno en seguida vienen más. 


Banania, que siempre se reía porque había nacido de buen humor.


Son historias de chiquillos que no habían podido abortarse a tiempo y que no eran necesarios.


La señora Rosa ponía como un trapo a Banania, pero él se quedaba tan fresco porque no tenia más que tres años y una sonrisa.


Aquel perro fue una verdadera desgracia para mí. Me puse a quererlo a más no poder. Y los demás también menos Banania, al que tenía sin cuidado pues siempre estaba contento sin más ni más. Nunca he visto un negro contento.con motivo.


No sé lo que hubiera hecho sin él, era verdaderamente urgente y puede que hubiera acabado en chirona, Cuando lo sacaba a la calle me sentía alguien, pues yo era todo lo que él tenía en el mundo. Tanto lo quería que lo di. Tenía unos nueve años y a esa edad ya se piensa, salvo quizá cuando uno es feliz.


En casa de la señora Rosa no había seguridad, todos vivíamos pendientes de un hilo, con la vieja enferma, sin dinero y con la amenaza de la Asistencia Pública. No era vida para un perro.


La señora Rosa me miraba sin contestar y yo estaba muy triste, Nunca me gustó hacer sufrir a la gente porque soy un filósofo. Detrás del doctor Katz, encima de una chimenea, había un barco de vela y, como me sentía muy desgraciado y quería irme lejos, muy lejos de allí y lejos de mí, subí a bordo, me puse a hacerlo volar y crucé océanos con mano firme. Creo que fue entonces, a bordo del velero del doctor Katz, la primera vez que me fui lejos. En realidad, no puedo decir que antes de aquello yo fuera un niño. Y aun ahora, cuando quiero, puedo embarcarme en el velero del doctor Katz y marcharme solo muy lejos, Nunca se lo he dicho a nadie y siempre hago como que sigo aquí.


El señor Hamil parecía muy triste. Era por sus ojos, los ojos es siempre donde la gente más triste está.


El negro del que les hablo, el señor N’Da Amédée, en realidad era analfabeto porque se había hecho alguien demasiado pronto y no había tenido tiempo de ir a la escuela.


El otro guardaespaldas todavía tenía la cara intacta, pero era una lástima. A mí no me gusta la gente que tiene una cara que siempre está cambiando, como si se le escurriera por todas partes, y que no tiene la misma expresión dos veces seguidas. A éstos se les llama hipócritas. Desde luego, sus motivos tendría, pero ¿quién no los tiene?


Me pareció que le pesaba haberme acusado por nada. Pero hay que comprenderla. La vida era lo único que le quedaba. La gente quiere la vida más que a nada y es hasta gracioso cuando piensa uno en todas las cosas bonitas que hay en el mundo.


Me gustaba sentarme en la sala de espera a esperar, y cuando se abría la puerta del despacho y salía el doctor Katz, todo de blanco y me acariciaba el pelo, yo me sentía mejor. La medicina sirve para eso.


No tengo ni idea de lo que podía soñar la señora Rosa, en general. No veo de qué sirve soñar para atrás, y, a su edad, ya no podía soñar para delante.


Yo me cago en la heroína. Los chavales que se inyectan se convierten en adictos a la felicidad y eso no perdona, ya que a la felicidad se la conoce por sus estados de carencia. Para inyectarse hace falta tener ganas de ser feliz y esto sólo puede ocurrírsele a un gilipollas como una casa. 


Y es que a mí la felicidad no me tira. Yo sigo prefiriendo la vida. La felicidad es una inmundicia y una mamarrachada habría que darle un buen escarmiento.


No seré yo quien se arriesgue a entrar en la felicidad antes de haberlo intentado todo para salirme de ella.


Dice el señor Hamil que la humanidad no es más que una coma en el gran libro de la vida y si un viejo dice semejante estupidez no sé qué podría yo añadir. La humanidad no es una coma, porque cuando la señora Rosa me mira con sus ojos de judía no es una coma, sino todo el gran libro de la vida entero, Y yo no tengo ningunas ganas de verlo.


Cuando se es un crío, para ser alguien hay que ser muchos.


Pero no es que me guste matar, sino todo lo contrario. No, lo que a mí me gustaría es ser un tío como Victor Hugo. Dice el señor Hamil que con las palabras se puede hacer cualquier cosa, sin tener que matar a nadie.


Tengo un amigo, el Claudo, que haciendo el idiota así fue a parar debajo de las ruedas y tuvo derecho a tres meses de cuidados en el hospital, mientras que, estando en casa, si hubiera

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