Para disfrutar de su fin de semana, una selección de los mejores instantes de un libro entrañable, que ustedes lo disfruten:

De regreso de ese viaje al pasado, recordé que todos llevamos con nosotros una calle, el recuerdo de una calle, en ella se cifra el misterio de nuestra memoria y la luz del porvenir.

Al final Kraus nos había explicado el sueño que nos agitaba y que no recordábamos. Se había portado como Daniel y no como los Sabios de Babilonia. En medicina y en literatura, revelar una verdad es un arte.

Salí a caminar por la mañana. Pasear, buscar caminos, menos una huida y más una búsqueda. Fulminado por el rayo de la enfermedad, me convencí de que había tirado por la ventana de mi vida mis sueños de escritor. Todas las vidas tienen ventanas por las cuales alguna vez se lanzan los sueños al vacío.

En esa casa no crecían los limoneros, como en el poema de Machado, crecíamos nosotros y nuestros sueños.

Pasaron los años, nos recompusimos, o como dicen otros, mejoramos un poco y entonces perdimos la fineza del embuste, de la falacia filosófica. Las mentiras increíbles se parecen a la realidad, pueden ser verdad y eso es imperdonable para un mentiroso.

Unos días antes de esa noche final, tendido en la cama de muerte, Balzac le ordenó a su hermana: «Traigan a Bianchon, él puede curarme». El doctor Horace Bianchon nunca llegó; no encontró la salida de ninguna de las veintinueve novelas balzacianas en las que apareció como una marca de agua. Por esa estricta razón, Horace Bianchon no pudo salvarle la vida a Balzac, su creador. No era la primera vez que el poder fabulador del Emperador de la Novela confundía la realidad y la ficción; en París se había hecho famosa su
fórmula a favor de la fábula, cuando se hablaba de la vida francesa y la conversación se atoraba en vueltas contradictorias, Balzac decía: «Volvamos a la realidad, hablemos de Eugénie Grandet». Un día todos desearemos que venga a curarnos Bianchon.

Te lo aseguro, me dijo, el refrán es falso: lo que no mata, fortalece; lo que no te mata espera siempre una segunda oportunidad.

Una de las peores compañías del dolor es la noción del sacrificio, la idea estúpida, religiosa, de que el dolor se vuelve necesario para ver la luz curativa. Contra esta idea crece la certeza de que todos nos hemos sacrificado algún día, el que lo niegue, miente. Hasta el más egoísta conoce la ofrenda de una renuncia.

Una noche dentro de la noche. Le prometí a un amigo que le robaría esta línea: aquí está, entonces, la línea robada. Le pertenece al escritor Eliseo Alberto, Lichi, que a su vez la tomó prestada de Virgilio Piñeira. Así es la literatura, un raro sistema de préstamos y devoluciones.

Cuando la primera expedición llegó a la península y tocó tierra firme, los indígenas respondían a la primera pregunta española así: «tectetán, tectetán», los indios querían decir «no entiendo». Los españoles, soberbios y más bien cortos de entendederas, interpretaron el nombre y le llamaron «Yucatán». En nuestro origen siempre hay un malentendido.

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