Para arrancar el fin de semana, las perlas de esta joya post caribeña y universal, un reclamo a nuestra atención. Que ustedes las disfruten, de Cubantropía de Iván de la Nuez, Ed. Periférica

Enemigo. Para eso, nada mejor que reforzar la conexión entre Identidad Nacional y Antimperialismo. O resucitar, en el mundo postsoviético, el halo primigenio de una revolución que alguna vez había sido joven, original y también -no sobra recordarlo a las almas coloniales- occidental.

¿Cuál fue el argumento para justificar la persistencia del mismo régimen, en compañía de China, Corea del Norte o Vietnam? Precisamente, esa historia excepcional con indicios suficientes demostrar que para el país nunca había sido un satélite más de la galaxia soviética.

;Algo qué hacer entre las líneas duras que se levantaban, irreconciliables, a cada lado de la corriente del Golfo? A través de todos sus ensayos, ése es el territorio que escudriña este libro. Esa zona que no encontraremos en los anales de las Grandes Causas, sino en los ámbitos casi domésticos de las pequeñas consecuencias. Esas escalas en las que la cultura cumple modestamente su cometido y pone a los poderes oficiales -en cual- quiera de sus esquinas- bajo sospecha.

Pese a todo, la entrada en escena de la generación del babyboom desatado por esa propia Revolución fue inevitable. «Los hijos de la Utopía», como les llamó Osvaldo Sánchez, los únicos que sólo habían conocido, en exclusiva, la experiencia socialista. Ellos no serían, como predijo Alejo Carpentier de su generación en los años 30, «los clásicos de un mundo nuevo», pero sí fueron la máxima demostración del envejecimiento del modelo cubano.

Tal vez fuera demasiado pronto para abandonar el socialismo, pero demasiado tarde para regresar a la Revolución.

Pero yo sigo pensando el ensayo en su aserción teatral, como una aproximación previa e imperfecta a una realidad que no está constituida del todo. (No es todavía la función real.)

Todo eso se puso en juego en aquel arte que se cruzó con el desplome del comunismo en Europa del Este y del Sandinismo en Centroamérica, con el apogeo de la Nueva Derecha en Estados Unidos y el envejecimiento de la Nueva Izquierda en Cuba.

La nueva burocracia de la perestroika -que había heredado este tour de la antigua burocracia estalinista, no sabía qué hacer con aquella delegación, armada y acompañada por nuestra burocracia tropical. Había llegado para ellos el momento de girar hacia Occidente – aunque de allí veníamos precisamente nosotros!, y aquél avión cargado de cubanos era una nave fantasma procedente de un mundo cuyo tiempo ya empezaba a conjugarse en alguna forma del pretérito.

Esta nueva forma de surveillance ha sido Thiel, un artista que sufrió la represión de la antigua RDA, pero que no ha perdido el olfato (en este caso el ojo) para detectar las más sutiles represiones del capitalismo, y que suele responderme airado cuando lo clasifico como un poscomunista.

Para cualquier hijo de la Guerra Fría, avanzar por Berlín significa cumplir una revancha. Por que, al final, un sujeto nacido en (y para) el comunismo es comparable a un Trabant. Obligado a practicar el tuning y avituallarse con piezas occidentales -dólares y euros en el paquete- con talde alargar su travesía en el capitalismo. Para este sujeto del poscomunismo, Berlín es la metáfora del futuro que una vez fue prometido. Un futuro fugaz, hay que reconocerlo, con el éxtasis adicional sólo alcanzan las ciudades en transición.

Y es que, como dice un personaje delirante de Paul Auster, «una vez que pruebas el sabor del futuro, ya no hay forma de volver atrás».i

El Muro ha caído hacia los dos lados. Y la democracia que hoy habitamos -esta democracia liberal y menguante- será quizá una condición necesaria, pero no suficiente, para ese futuro que las ingenierías sociológicas -Francis Fukuyama y su fin de la historia, sin ir más lejos- previeron como una panoplia cercana al mundo feliz de Aldous Huxley.

A ambos lados, se ha percibido de manera muy diferente lo que significa una utopía: para muchos de esos intelectuales -John Reed, Jean – Paul Sartre, Noam Chomsky-, el comunismo fue durante gran parte de su vida el paraíso buscado. Para mucha gente del Este, en cambio, ha sido el paraíso perdido. Para unos era un sueño, para
otros, una pesadilla. Para los occidentales, su fantasía se situaba como una alternativa al individualismo; para los que vivían bajo los estados comunistas, el problema era, precisamente, la asfixia de la individualidad.

Su idea de que el capitalismo somete por adicción, como el narcotráfico contemporáneo, dado que su estrategia no radica en «encontrar productores y duplicar sus fuerzas, sino en descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias»; o por su crítica a los que invocan a la revolución siempre que esto no les lleve a romper del todo con sus intelectuales patrones.

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