Sábado de Citas: Jefe de estación Fallmerayer de Joseph Roth

Este sábado de citas, ofrecemos líneas selectas de una de las novelas más entrañables de Joseph Roth, Jefe de estación Fallmerayer, que las disfruten

El singular destino del jefe de estación austríaco Adam Fallmerayer merece sin duda alguna ser registrado por escrito y conservado en la memoria. Perdió de un modo asombroso su vida, que, dicho sea de paso, jamás habría sido brillante, y tal vez tampoco de una felicidad duradera… Hasta donde los hombres pueden llegar a saber unos de otros, habría sido imposible augurar a Fallmerayer un hado extraordinario. Aun así, le alcanzó, le agarró, y él mismo pareció entregarse a éste con cierto placer.

Tuvo dos hijas, gemelas. Había esperado tener un hijo. Es lógico, de acuerdo con su carácter, que quisiera tener un hijo y que considerara la llegada simultánea de dos niñas como una desagradable sorpresa, cuando no una maldad divina. Pero como tenía la vida asegurada desde el punto de vista material y derecho a una pensión, se acostumbró, cuando apenas habían transcurrido tres meses desde aquel nacimiento, a la generosidad de la naturaleza, y empezó a querer a sus hijas.

Los semblantes de los pasajeros en las amplias ventanillas se desvanecían en una papilla de color blanco grisáceo. El jefe de estación Fallmerayer jamás había podido ver el rostro de un pasajero de viaje hacia el sur. Y el sur era para el jefe de estación algo más que simplemente una indicación geográfica. El sur era el mar, un mar hecho de sol, libertad y dicha… Y, sobre todo, la gente rica era la que traía el sur al sur. Un empleado de los ferrocarriles del sur vivía permanentemente en el norte.

Tuvo la sensación de que debía hacer algo, como los demás, y al mismo tiempo miedo de que le impidieran echar una mano porque él mismo podía ser el culpable de la desgracia. A algunos de entre los ferroviarios que le reconocieron y que en las prisas de las labores de rescate le saludaron de manera fugaz, Fallmerayer trató de decirles algo con una voz ronca, algo que lo mismo podría haber sido una orden que una petición de disculpa. Pero nadie le oyó. Nunca hasta entonces se había sentido tan superfluo.

La extranjera yacía bajo la manta del jefe de estación con sus grandes ojos oscuros y el rostro blanco, fuerte, amplio como un paisaje extraño y dulce, sobre la almohada. Hablaba el alemán duro y extraño de una rusa, con una voz profunda, extraña. De su garganta salía todo el esplendor de lo amplio y desconocido… De modo que se marchó, y en todas las habitaciones, y en especial en la cama de Fallmerayer, dejó el aroma imborrable del cuero de Rusia y de un perfume indescriptible.

Anja Walewska, rezaba la firma. Hacía tiempo que había sentido deseos de conocer el nombre de pila de la extranjera, aunque no se había atrevido a preguntar, como si el nombre de pila fuera uno de sus ocultos encantos corporales. Ahora que lo conocía, durante un rato le pareció que le había regalado un dulce secreto.

Cada uno al mismo tiempo era un padre desconsolado, un hijo desconsolado. Tan sólo a Fallmerayer le parecía que la guerra le había liberado de una situación sin esperanza…

-Sí – dijo él-. Lo he aprendido. Lo he aprendido en el campo de batalla.

Y en ruso añadió:

-Por usted, para usted. Para poder hablar con usted alguna vez he aprendido el ruso.

Ella le aseguró que lo hablaba de manera admirable, como si él hubiera dicho aquella frase de difícil contenido sólo para demostrar sus capacidades lingüísticas. De aquel modo transformó la confesión que acababa de hacerle en un ejercicio de estilo carente de importancia. Pero precisamente aquella respuesta por parte de ella le demostró que le había entendido bien.

“Me marcharé ahora”, pensó él. De inmediato se levantó. Y sin esperar una invitación, sabiendo sin duda que ella interpretaría correctamente su descortesía, dijo:

-Volveré pronto.

Ella no contestó. Él le besó la mano y se marchó.

Caminaron a lo largo de la avenida. A pesar de la húmeda oscuridad, los troncos finos, esporádicos, brillaban plateados, como iluminados por una luz en su interior. Y como aquel brillo plateado de los árboles más delicados del mundo despertara la ternura en el corazón de Fallmerayer, su brazo estrechó con más fuerza los hombros de la mujer, sintiendo a través de la tela áspera y empapada del abrigo la dócil complacencia del cuerpo. Por un momento le pareció que la mujer se inclinaba sobre él, sí, que se estrechaba contra él, y, sin embargo, un instante después volvía a haber bastante distancia entre sus cuerpos. Su mano abandonó los hombros de ella, subió palpando sus húmedos cabellos, le acarició la oreja húmeda, rozó su rostro húmedo. y al instante siguiente ambos se quedaron parados a la vez, se volvieron el uno hacia el otro, se abrazaron, el abrigo se escurrió de los hombros de ella y cayó sordo y pesado sobre la tierra. Y así, en mitad de la lluvia y de la noche, pusieron el rostro  del uno contra el rostro del otro, la boca contra la boca, y se besaron largamente. 

Para él, el conde Walewski hacía tiempo que estaba muerto, había caído en el frente o había sido asesinado por soldados comunistas amotinados. La guerra tenía que durar eternamente. El servicio que Fallmerayer prestaba aquel lugar, en aquel puesto, debía ser eterno… Nunca más paz en la Tierra.

Tampoco se preocupaban por el futuro. Cuando iban a una sala de juego, era porque desbordaban de alegría. Podían permitirse perder dinero, y de hecho lo perdían, como para darle la razón al dicho según el cual quien tiene suerte en el amor pierde en el juego. Ambos se sentían afortunados perdiendo. Como si aún necesitaran de la superstición para estar seguros de su amor. Pero como todas las personas felices tenían tendencias a poner a prueba su felicidad para, una vez demostrada, acrecentarla en la medida de lo posible.

Algo más sobre la novela:

http://www.acantilado.es/catalogo/jefe-de-estacion-fallmerayer/

 

Sábado de citas: Las benévolas de Jonathan Littell

Para disfrutar del fin de semana, Cisterna de Sol ofrece su fraseario de uno de los libros más complejos e interesantes sobre el Holocausto en los últimos tiempos, «Las benévolas» de Jonathan Littell.

Disfrute de estas pequeñas joyas literarias.

“Más valdría que no hubiera nada. Como hay más dolor que placer en la tierra, cualquier satisfacción no es sino transitoria, y crea nuevos deseos y nuevas desesperaciones, y la agonía del animal devorado es mayor que el placer del que lo devora…”

“De la misma forma que, según Marx, el obrero está alienado en lo referido al producto de su trabajo, en el genocidio o en la guerra total en su forma moderna, el ejecutante está alienado respecto del producto de su acción…”

“Soy culpable y vosotros no, estupendo. Pero, pese a todo, deberíais ser capaces de deciros que lo que yo hice vosotros lo habríais hecho también. A lo mejor con menos celo, aunque quizá también con menos desesperación, pero, en cualquier caso, de una forma o de otra… Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a mataros a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otros, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro”.

“Él no podía sino transmitirnos una frase del Führer, que había oído de los mismísimos labios de éste: los jefes le deben a Alemania el sacrificio de sus dudas…”

“Alemania, por lo menos, no liquidaba a sus verdugos; antes bien, los cuidaba, a diferencia de Stalin con esa manía suya de las puertas; pero eso también estaba dentro de la lógica de las cosas. Ni para nosotros ni para los rusos contaba en absoluto el hombre; la Nación y el Estado lo eran todo y, en ese sentido, nuestras dos imágenes eran un reflejo mutuo. También los judíos tenían ese fuerte sentimiento de comunidad, de Volk: lloraban a sus muertos, los enterraban si podían y rezaban el kaddish; pero mientras quedaba uno vivo, Israel vivía. Seguramente por eso eran nuestros enemigos por excelencia, se nos parecían demasiado”.

 “La guerra acababa por parecer limpia y pura, algo de lo que muchos estaban ya intentando escapar refugiándose en las certidumbres elementales de la guerra y del frente.”

“¿El propio campo, con toda aquella organización rígida, aquella violencia absurda, aquella jerarquía meticulosa, no sería acaso sino una metáfora, una reductio ad absurdum de la vida cotidiana?”

 “Aún creemos en las ideas, aún creemos en los conceptos, aún creemos que las palabras se refieren a ideas, pero no es forzosamente cierto, quizá no hay ideas en realidad, quizá en realidad no hay más que palabras, y el peso propio de las palabras…”

“Y quizá era así como habíamos dejado que nos arrastrara una palabra y su condición de inevitable. ¿No hubo, pues, en nosotros idea alguna, lógica alguna, coherencia alguna? ¿No hubo, pues, sino palabras en aquella lengua nuestra tan peculiar, sólo esa palabra, Endlösung (solución final), y su catarata de hermosura? Pues, en verdad, ¿cómo resistirse a la seducción de esa palabra? Hubiera sido tan inconcebible como resistirse a la palabra obedecer, a la palabra servir, a la palabra ley. Y ésa era quizá, en el fondo, la razón de ser de nuestras Sprachregelungen, bastante transparentes, por cierto, desde el punto de vista del camuflaje (Tarnjargon), pero útiles para mantener a quienes usaban esas palabras y esas expresiones – Sonderbehandlung (tratamiento especial), abtransportiert (trasladado más allá), entsprechend behandelt (con el trato adecuado), Wohnsitzverlegung (cambio de domicilio), o Executivmassnahmen (medidas ejecutivas)- entre las aceradas púas de su abstracción”.

“La hierba crece muy espesa encima de las tumbas de los vencidos y nadie le pide cuentas al vencedor”

“Por eso es por lo que me permito que me parezca un tanto indecente, pese al inmenso respeto que me inspira cuanto hizo como ministro, ese arrepentimiento tan públicamente proclamado después de la guerra, un arrepentimiento que le salvó el pellejo, desde luego, siendo así que no se merecía seguir vivo ni más ni menos que otros, que Sauckel, por ejemplo, o que Jodl, un arrepentimiento que le impuso luego la obligación, para mantener esa postura, de contorsionarse de forma cada vez más barroca, cuando habría sido tan sencillo, sobre todo después de haber purgado la pena, decir: Sí, lo sabía. ¿Y qué?”

“No hay, pues, nada más lógico que llegar a decirse: bueno, pues si así son las cosas, si es justo sacrificar lo mejor de la Nación, enviar a la muerte a los hombres más patriotas, a los más inteligentes, a los más abnegados, a los más leales a nuestra raza, y todo eso en nombre de la salvación de la Nación – y si no sirve para nada y si le escupen a ese sacrificio -, en tal caso, ¿qué derecho a la vida van a conservar los perores elementos, los criminales, los locos, los débiles, los asociales, los judíos, por no hablar de nuestros enemigos externos?”

Algo más sobre el libro:

http://www.letraslibres.com/mexico/libros/las-benevolas-jonathan-littell

En España, una versión teatral:

https://www.elcultural.com/videos/video/1384/ESCENARIOS/Un-nazi-sin-remordimientos-toma-el-escenario

 

Sábado de citas: El cortejo nupcial helado en la nieve de Ismaíl Kadaré

Este sábado de citas… que salió en domingo, ofrece un pequeño fraseado de una de las obras más profundas de Ismaíl Kadaré, «El cortejo nupcial helado en la nieve», un canto por la tolerancia, la vida y la lealtad.

  • Doctora Shkreli… responda si cuando vio a aquellos heridos que llegaban uno tras otro al hospital, bañados en sangre pensó de verdad que eran suicidas, accidentados o víctimas de agresiones a causa de celos y demás, o si por el contrario, conocía perfectamente la verdad y con plena conciencia estuvo asistiendo de manera ilegal, repito, de manera ilegal, ya que la lista con sus nombres desapareció de una institución sanitaria estatal, a los enemigos de Yugoslavia. 
  • Antes de responderle, voy a hacerle yo una pregunta a mi vez… está usted hablando aquí ante cientos de personas de infinidad de heridos y de muertos, de ríos de sangre y ráfagas de metralleta, pero, ¿no cree usted que con sus palabras se está haciendo eco de la propaganda antiyugoslava? En las informaciones oficiales se ha afirmado que únicamente murieron nueve personas y resultaron heridas algunas decenas más. Sin embargo, según sus propias palabras, sólo en nuestro hospital, que no es más que uno entre las decenas de hospitales de la región, han sido atendidos tal cantidad de manifestantes…

“La epopeya de las nupcias imposibles, se dijo, mientras intentaba imaginar el pecho desgarrado de Sphend Brezftoht. Si es que aún permanecía con vida, ahora estaría delirando y en ese delirio tal vez se viera a sí mismo en su boda imposible con Mladenka. Todo estaba irremisiblemente arruinado.”

  • Hermanos, no  gastéis  bromas  conmigo — dijo  mirándoles  a  los ojos —. Más valdría que me matáseis.

En ese momento, el patrón les trajo la nueva botella de sliva. Jovic alzó la cabeza hacia él.

  • Boze, díselo, por Dios. ¿Se van o no se van a reabrir las benditas fichas? Éste no se lo cree.
  • ¿Las fichas? — se sorprendió el otro —. Este asunto está resuelto.

La oleada de gozo, junto a los ardores del aguardiente, lo recorrió de pies a cabeza. De modo que no había la menor duda, el milagro se había producido.

“Ella se disponía a seguirle hasta el dormitorio, pero algo la obligó a detenerse. Acababa de acordarse del decreto emitido hacía tres días que prohibía mantener las puertas cerradas con llave durante la noche.”

Sábado de citas: Desayuno en Tiffany’s de Truman Capote

Este sábado, para descansar y pasar un rato de solaz y reflexión, un pequeño fraseado de uno de los libros favoritos de Cisterna de Sol, Desayuno en Tiffany’s, de uno de los más grandes autores de la lengua inglesa contemporánea, Truman Capote.

Disfrute de su prosa nítida, clara, ingeniosa y dulce.Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_1Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_2Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_3Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_4Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_5Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_6Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_7Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_8Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_9Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_10Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_11Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_12

Y una de las escenas más entrañables del cine… Audrey Hepburn cantando «Moon River».

Sábado de Citas: La mejor oferta de Giuseppe Tornatore

Giuseppe Tornatore dirigió una de las películas más hermosas que haya visto, «La mejor oferta», un filme sobre arte, falsificación, amor y desengaño. Una auténtica obra de arte. Publicó también un cuaderno con la historia original de la película, en Sábado de Citas, los apuntes sobre esta pequeña joya de arte:

Aquí el trailer de la película:

Sábado de citas: Los caprichos de la suerte de Pío Baroja

Nueva sección en Cisterna de Sol. Sábado de citas, la colección de lo más relevante del libro en turno, de libros admirados y de frases que bien vale la pena recordar.

Arrancamos con un libro fantástico, una narración magnífica, la obra póstuma de Pío Baroja, Los caprichos de la suerte, el último de sus inéditos. Una magnífica edición de Espasa.

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