De cómo el Partenón perdió sus esculturas

El siglo XVIII el de las luces, comenzaba a apagar sus bujías, nuevas maneras de pensar se enseñoreaban por el mundo y donde Francia había querido instalar a Europa como corazón del mundo por la razón, la ciencia y el arte, Inglaterra propuso el tiempo de los nuevos imperios a través de la conquista de los mercados y la explotación colonial; en ese empeño nació una especie peculiar, el coleccionista con ínfulas intelectuales pero motivaciones económicas, hay una mutación interesante entre Vivant Denon -el ojo de Napoleón – y Thomas Bruce – Séptimo Conde de Elgin -. Ambos tomaron como piezas de caza lo mejor de las culturas que sus amos conquistaron; Denon acompañó a los ejércitos imperiales como un soldado armado de plumas y papel, sus presas iban directo a embellecer París y a enriquecer el Louvre; Elgin tomó cuanto pudo para engrosar su fortuna y sólo una operación comercial permitió que las esculturas del Partenón fueran a parar al Museo Británico, algo que su gobierno no planeó y que careció de interés para el peculiar diplomático hasta que los reveses económicos se conjugaron con la oportunidad.

Thomas Bruce tenía treinta y tes años cuando el rey Jorge III lo nombró embajador ante el Imperio Otomano; Byron tenía entonces once años y Grecia llevaba cuatrocientos años bajo el dominio de la Sublime Puerta. Elgin, aunque gozaba de validos ante del rey de Inglaterra, con dificultad diríamos que también disfrutaba de la confianza del monarca y aunque el imperio Otomano era una fuerza política considerable, los británicos tenían puestos sus ojos en el incómodo Bonaparte por lo que la embajada en Estambul no formaba parte de la agenda principal del Rey Jorge; así, quien presentó sus respetos ante Selim III que gobernaba el Islam desde Irak hasta el norte de África, desde el sur del Danubio hasta el archipiélago griego y la Anatolia entera, distaba mucho de hombres como Cottington, Crowe, Parish o Johnston; pero era hábil y logró hacerse con la gratitud o que otros habían labrado en favor de Inglaterra.

Napoleón había invadido Egipto un año antes, venciendo a los mamelucos – vasallos del Sultán – en la batalla de las Pirámides, aquella en la que acuñó la célebre frase “desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan” y aunque venció no fueron los oficios del embajador los que lo retuvieron largo tiempo en las riberas del Nilo, sino el poder de Nelson; en cambio Elgin cosechaba los éxitos de su compatriota en la Sublime Puerta; querido y mimado por la familia del Sultán, lo veían como el representante de un gobierno para el que había buenas razones de guardar gratitud.

Desde cien años antes, viajeros, aventureros, intelectuales, diplomáticos y militares habían sentido la llamada romántica sobre la belleza clásica y habían llevado a diversos países de Europa las presas de un largo expolio sin control ninguno; así que Elgin se dedicó – con un séquito de artistas con magníficas credenciales – a recorrer Grecia para constituir una formidable colección particular; su itinerario comenzó en donde suponía debía estar Troya, aunque el emplazamiento supuesto por Elgin, distaba mucho del lugar que unas décadas después descubriría Schliemann; ahí, como hipotética prueba, el embajador encontró dos relieves en mármol que antes un francés, Choiseul Gouffier no había logrado adquirir, lo que resultó suficiente para que el pueblo los obsequiara al inglés. Entusiasmado por la facilidad de su éxito extendió una fina red de adulación y sobornos hasta que obtuvo un firman del Sultán – una especie de decreto imperial inapelable – con la finalidad de que se le permitiera el ingreso a la Acrópolis de Atenas y a otros monumentos; hoy, ese decreto está perdido aunque sabemos que fue ignorado, en el más olímpico de los sentidos, pues la ciudad se preparaba para un nuevo asedio francés que nunca tuvo lugar; parece que Elgin estuvo a punto de rendirse pero que la ambición de su mujer y de sus suegros – curioso aliciente que hizo de Maximiliano emperador de México – lo llevaron a insistir ante la corte de Estambul para obtener, mediante las artes que la experiencia ya había consagrado, un nuevo firman que le permitiera ya no hacer moldes de las esculturas sino llevarlas fuera del Imperio. En realidad el ansiado decreto nunca llegó, pero una nueva andanada de regalos y sobornos le permitieron hacer pasar como un firman del Sultán lo que en era una simple carta de recomendación firmada por un alto funcionario del imperio pero no por el soberano; el documento había sido otorgado por Maimmakam Seyid Abdullah Pasha, ministro del Gran Visir; el firman era un documento en el que se combinaban elementos jurídicos, políticos y religiosos, en ese sentido debía comenzar por las invocaciones necesarias a Dios y estar sellado y firmado por el Sultán en persona; todos esos elementos faltan en el documento con el que Elgin legitimó su robo; aunque el texto original se ha perdido, la traducción al inglés que el diplomático ofreció al Parlamento como prueba de la legalidad de su colección es bien conocida. La carta dirigida al Cadí de Atenas lo introduce como representante de Inglaterra ante la Sublime Puerta y lo muestra como un amigo muy conocido en las cortes europeas que desea ampliar su conocimiento sobre las antigüedades griegas y en particular sobre las obras de arte que subsistían en Atenas; que se hacía acompañar de ocho artistas ingleses para copiar todo cuanto quisieran en la Acrópolis, incluso realizar excavaciones en busca de piezas olvidadas, contemplarlas, medirlas, copiarlas y estudiarlas a voluntad, todo ello como una deferencia a su persona y como un deber de hospitalidad con su aliado británico, en cambio, ni una sola palabra de la que pudiera inferirse que las piezas pudieran ser desmontadas y menos aún que se aceptara llevarlas fuera del territorio griego u otomano; es más, la carta está redactada a modo de una amable petición – cuidado que el Sultán no necesitaba, pero del que un ministro no podía prescindir – . Elgin como buen corsario, basado en su dudoso documento, ablandó voluntades y aún se valió de la intimidación presionando al nuevo Disdar – Guardián de la Acrópolis – cuyo viejo padre había muerto poco antes, para llevarse cuanto pudo de las esculturas que adornaban el Partenón. El expolio de la Acrópolis tomó tres años y hubiera sido peor todavía si no se hubiera firmado la paz con los franceses y el Conde no hubiera sido retirado de la embajada.

Cuatrocientos ciudadanos griegos tuvieron que  trabajar en el despojo, desmontar las piezas, embalarlas y llevarlas hasta el puerto para su embarque; abandonaban Grecia – tal vez para siempre – las esculturas del frontón oriental, el antepecho del sagrado templo de Atenea Niké, una de las Cariátides del Erecteion, casi la totalidad de las Panateneas y quince metopas. Doscientas cajas realizaron el camino de Eneas y recalaron unas semanas en Roma, cuando trataron de hacer el camino del imperio desde la capital hasta Londres tuvieron que hacerlo sin su amo que, hecho prisionero en Francia durante dos años, enfrentó cargos de espionaje; los agentes del emperador no podían perdonarle habérseles adelantado en el secuestro de las piezas y aunque trataron de incautarlas aquello hubiera sido imposible porque estaban sumergidas en el Mediterráneo cerca de la isla de Khytira, lugar de culto de Afrodita, la isla que es mecida por las olas y que mana leche y miel, la misma que el barroco imaginó como sede de todos los placeres ilícitos y a la que Watteau dedicó una de sus mejores obras; Afrodita y sus ninfas que proveían de placeres a quienes habitaban la isla trataron de hacer lo que los mortales no pudieron, aunque sólo lo lograron por un tiempo, pues las ciento noventa y seis cajas que un naufragio había enviado al fondo del mar fueron encontradas cuando Elgin fue puesto en libertad en 1807. A partir de ese momento las piezas fueron llegando a Londres donde el antiguo diplomático acondicionó un museo privado; cuando estuvieron todas reunidas, hacia 1812, Elgin las trasladó a su solar familiar en Escocia, donde languidecieron durante algunos años; contra lo que el corsario pensaba, las esculturas no fueron recibidas en la Gran Bretaña como una posesión ansiada y valiosa, como la que los franceses prodigaban a las grandes adquisiciones de Napoléon, por el contrario, se vio asediado por quienes señalaban la ilegalidad del despojo y quienes se negaban a reconocer su calidad y autenticidad, argumentado, con crasa ignorancia, que no eran griegas ni obras de Fidias, sino romanas de la época de Adriano.

MNEMÓSINE DEL MANZANARES. LAS MUSAS DEL CASTELLANO

La poesía es una de las funciones propias del idioma. Alfonso Reyes la compara con la lucha entre Jacob y el ángel. Al igual que en la mítica batalla, el hombre se enfrenta a la entidad divina, se aproxima y retrocede, a veces parece vencer, otras el espíritu impone su primado sobre la carne. El poeta, avanzado en un grado sobre la realidad, a fuerza del impulso lírico, debe luchar a fin de ponerle linderos, de encaminarlo para hacerlo inteligible – en el verso – a la asamblea de los que hablan su lengua.

Jacob vence al ángel, triunfa en su intento. Sin embargo, eso no es todo, porque quien vence así no puede seguir siendo el mismo. Después de la batalla, dijo el ángel a Jacob, ¿Cuál es tu nombre?, y él respondió, Jacob. Entonces, el ángel replicó: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. Al cambiar su nombre, Jacob ha trocado también el principio que ordena su naturaleza. También Jorge Luis Borges, en su segunda aproximación al Golem, nos recuerda que si como dice el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en la palabra rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo.

La palabra, es un compendio del ser de las cosas, la más íntima manifestación del ser en el mundo. La poesía, lucha mítica dentro del idioma, es el afianzarse de la voz sobre el etéreo mundo de la idea y la pura abstracción del espíritu. Si en las manifestaciones de la narrativa podemos acercarnos a la historia del ser de nuestra lengua, manifiesto en la acción, a través de la poesía nos aproximamos al ser de la lengua en diálogo consigo misma, a ese diálogo interior que nos remite a los orígenes.

El castellano es fruto de un diálogo sumamente complejo, que dura más de mil años, que ha cruzado dos océanos, el más trascendente mar de la historia occidental; sus voces vienen, por lo menos, de cuatro continentes. La progenie de la Mnemósine del Manzanares es pues, muy rica. Vox populi, nuestras musas son diez – excedemos ya con una a las clásicas -, son en realidad una extensa familia, hijas de las memorias que como hispanoparlantes hemos heredado.

Nuestras antiguas musas de la España prerromana, corresponden a las vetustas tribus que habitaron las montañas y valles que hallaron en su Hesperia los romanos, podemos conocerlas por sus epónimos, Vasconia, Asturies, Carpetana, Vaccea, Tarraconensis y Bética; de ellas nos queda el resabio de lo muy español, digamos, la fiesta brava, su degustar la sangre – que entre otras cosas, casa bien con sus parientas nativas de nuestra América -, nos dejaron voces sabrosas, crujientes y ásperas: ardilla, bruja, urraca, garrapata, sabandija o gazapo. Pero de ellas no persisten hasta hoy monumentos, sino leyendas, especialmente de heroísmo y arrojo, tan preciadas para nuestros pueblos.

Numancia, tan repetida en nuestras letras, viene a ser su suma, hace decir Cervantes a España, en su Cerco de Numancia:

Estos tan mucho temidos romanos

que buscan de vencer cien mil caminos,

rehuyendo venir más a las manos

con los pocos valientes numantinos,

¡oh, si saliesen sus intentos vanos

y fuesen sus quimeras desatinos,

que esta pequeña tierra de Numancia

sacase de su pérdida ganancia!

De aquella primera generación de nuestras musas europeas, debemos mencionar a la Grecia y a la Roma paganas. De aquí que en legítimo derecho el castellano sea hija de las nueve musas clásicas, y desde luego, de Mnemósine, su madre.

Cualquiera sabe que hubo un día en que todos los caminos llevaban a Roma, de ese momento data nuestro remoto ingreso a occidente, el cimiento – y la simiente – occidentales fueron sembradas en España, y conjuntamente con nuestra lengua madre, el latín vulgar, adoptamos otra forma de entender las relaciones políticas y sociales, el Imperio, que rehecho en la España dorada nos será traído a América. El Imperium constituyó un elemento fundamental de nuestra cultura, en Roma, como hoy entre nosotros, significó un cierto poder mágico, devenido no de los dioses del Foro, sino de los tutelares, de los antepasados divinizados. Importaba la facultad, primero del monarca, luego del pueblo y el senado – Senatus Populus Que Romanus, las siglas SPQR de los manípulos – y por último del César, de guiar los destinos de Roma en su acción civilizadora sobre el mundo bárbaro, el mundo de aquellos cuyo lenguaje no puede ser entendido. España, cuando fue ya la España discernible, se arrogó el imperium evangelizador.

Grecia. Es ya proverbial el triunfo de la cultura griega sobre el vencedor romano. Cuando los romanos conquistaron la futura tierra de emperadores, santos y juristas, eran ya romanos helenizados que habían trocado sus dioses primitivos por los del Olimpo, de Ares a Marte, de Afrodita a Venus y de Poseidón a Neptuno, hay un largo viaje en la transformación del modo de mirar y entender el Cosmos. Esa nueva comprensión es la que daría sustrato a lo que hoy conocemos como castellano.

Al igual que nosotros, hispanoparlantes, nuestros antepasados romanos supieron el valor de su idioma, y de su poesía, dice Propercio en su poema a Cintia:

No me admirarás entonces como a humilde poeta,

No podrán callar ante nuestro sepulcro:

Del fuego nuestro magno poeta, yaces.

Guárdate de, con tu orgullo, condenar nuestros cantos:

el amor que tarda crece con gran usura.

Nativas de esta América nuestra, pertenecen a esa primera generación nuestras musas prehispánicas, acaso las más tercas en su supervivencia, son las que nos llegan más mediatizadas y transformadas por el diálogo con su familia política; de ellas heredamos el gusto por los colores y las texturas, la osadía de combinar rosas y azules en un desconcierto armonizado, nos heredaron palabras complicadamente musicales: nene, tlapalería, chile, chocolate, nagual y papalote; de ellas nuestra afición por la justicia sangrante y dolorosa -compás de la vindicta pública – de ellas, en fin, la raíz picante que hace de nuestra comida un dulce martirio enchilado.

A veces, volteamos el rostro para mirar esas musas morenas, con ánimo de anticuario o de franciscano evangelista; es más fácil hallarlas tierra adentro de nosotros mismos, nos han dejado mucho de lo que hoy es nuestro modo de ver el mundo, esa cierta melancolía que a veces parece no querer terminar, si en el siglo XV, el rey poeta decía:

Yo Netzahualcóyotl lo  pregunto:

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

aunque sea de oro se rompe,

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

 

Los otomíes de hoy siguen cantando, con su voz dulce que casi logramos apagar:

 

El río pasa, pasa:

El viento pasa, pasa:

     nunca cesa.

La vida pasa:

     nunca regresa.

Algunos de nuestros abuelos, hijos de una nueva generación de musas en España, cruzaron el mar Mediterráneo por Gibraltar y se adentraron en las tierras de la ya caída Roma, hicieron la guerra a los confundidos reinos cristianos, sentaron sus reales en Granada y Córdoba, dieron luz y color a las tierras de Al Andaluz y empujaron el nacimiento de nuestra lengua. Los moros, los musulmanes, fijaron en España uno de los primeros reinos de tolerancia de los que se tenga memoria, sus musas tienen nombres dulcísimos y musicales, ellas se nombran ya en el romance viejo; Aixa, Fátima y Marién.

Después de cruzar el Mediterráneo, de sur a norte, y para aposentarse en la Europa Española, los musulmanes consumaron un violento matrimonio para luego dar a luz una progenie fabulosa. De nuevo consistencia y atinada coincidencia, pues al final del mundo árabe en España, apenas unos días después, la recién nacida España, cruzará el océano, esta vez de oriente a occidente para que en iguales circunstancias se consumara una nueva unión, también dadora de progenies inimaginables, nuestra Hispanoamérica.

De nuestras musas arábigas heredamos, paradoja histórica, a nuestros antepasados griegos que habíamos perdido, ellos pusieron en lenguas, entonces legibles, a Aristóteles y a Platón; de ellas heredamos el café y el ajedrez, dos elementos ahora entendidos en occidente, ellas nos obsequiaron con la nota particularísima de nuestra lengua castellana, lo que da dulzura a nuestro común patrimonio, los deliciosos arabismos, y aprendimos pues el tierno goce de palabras como albaricoque, alcábala, ojalá, Guadalajara, Guadalupe, alcohol y almohada. De ahí el muecín y el almojarife, de ahí la soñada Granada, que se abre roja con el verso de Federico García Lorca.

La presencia árabe en España es, indudablemente presencia de alto contenido poético, prueba de ello es su importancia dentro del romance, algunos profundamente enraizados en su origen islámico:

 

¡Abenámar, Abenámar

moro de la morería,

el día que tu naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida:

no debe decir mentira.

 

El pueblo judío engarzó algunas de las más hermosas joyas de nuestra cultura y es parte de los movimientos que comenzaron a dar forma reconocible a nuestro idioma, así, el primer poema escrito en una lengua  a la que bien podemos llamar castellano, lo escribió el poeta judío sefaradí, don Shem Tov de Carrión.

Queda el agua olorosa, rosada, que más vale.

Este pequeño y sutil poema, en nuestra lengua y que data de alrededor de 1350, es ahora de autor conocido, no como las jarchas, tonadillas anónimas, auténticas voces populares sino obra de mano y talento poéticos, del autor judío que usa el castellano como herramienta literaria. Nuestra herencia judía consta en ideas filosóficas tan hondas como la cosmogonía, o la idea del tiempo lineal, es decir, como la historia que un día comenzó con la creación y algún día terminará – fin de los tiempos – por oposición a la idea del tiempo como una repetición infinita de los ciclos, vengan a cuento los cinco soles aztecas. Pero es todavía más clara en el folclor popular, en los consejos de las abuelas y en los “dichos” del pueblo, tan profunda que se quedó a vivir en la música vernácula. Existe una romanza sefaradí que dice igual que un son huasteco, la una se le podía oír en España hasta el siglo XV, en Grecia antes de las atrocidades nazis y se le puede oír hoy en un barrio jerosolimitano, la otra se le puede escuchar en los estados de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz y Tamaulipas.

A la una yo nací,

a las dos me engrandecí

-en México se dice crecí-

a las tres tomí amante,

-acá decimos me enamoré-

-se diga, me casé-

alma, vida y corazón.

Aunque no se conozcan y aparentemente no tengan razones para conocerse, hay hermanos que cantan y sienten el mismo son, cruzando un mar y un océano, a miles de kilómetros de distancia, pertenecen a dos Estados distintos, tienen historias irreconocibles en la superficie, rezan a Dios de dos maneras diversas.

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero

que muero porque no muero.

La generalidad de nuestra herencia se contiene, mucho, en las frases que anteceden y en su autora. Por una parte, la más patente de las musas que legítimamente nos pertenece es la de la España Católica, nuestra madre conflictiva, la que nos da la mayoría de los códigos de lectura de la identidad y también aquella de la que es necesario liberarse constantemente, ya como arrebato de joven virilidad, ya como prueba de mayoría de edad, o sencillamente, por liberación del tedio. Me ha gustado entender la historia de la hispanidad como una larga conquista del diálogo y la tolerancia, con sus altas y bajas – y a veces con sus rupturas inverosímiles – como una vocación al magisterio y a la universalidad.

Nuestra herencia cristiana no es, fundamentalmente, la de un cristianismo sin adjetivos; no es  el cristianismo acremente crítico del nórdico protestante, no es el de la límpida y diáfana ortodoxia romana, nuestra herencia no dice ama y haz lo que quieras como San Agustín, sino muero porque no muero como Santa Teresa de Ávila. El nuestro, es un catolicismo que dice:

No me mueve mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de adorarte.

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

Y esto es ya poesía novohispana, del mejor Guevara, porque en conjunción con las musas judías, árabes y mesoamericanas, nuestro catolicismo protesta y llora porque es pasional y sensual, maternal y amatorio. Aquí se aparece la Virgen Morena – sublime milagro, si se cree, o magnífico sincretismo – pero que por su símbolo excede al pensamiento racional y discursivo. América y España son tierra propiedad de las vírgenes madres que llorosas y serenas velan el sueño de sus pequeños hijos, al tiempo que son la tierra donde se adora al Dios niño, porque nosotros somos también el pueblo que le vela su sueño a Dios, que lo arrulla para que no llore – y en verdad que tiene razones para llorar – y lo vestimos, porque en su majestad, en tierras de San Pascual Bailón, el Niño Dios ha nacido, como todos los infantes, desnudito y con hambre.

Señora Santa Ana,

¿Porqué llora el niño?

Por una manzana

que se le ha perdido.

Tal vez la imagen más prístina de nuestro cristianismo, inconforme y ortodoxo, honesto e hipócrita, caritativo y torturado, místico y sensual, no sea la de Fray Luis de Guevara, ni la de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Avila, sino el de nuestra musa novohispana, Sor Juana Inés de la Cruz.

Detente, sombra de mi bien esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Entre la quema de judas, el traidor deicida, el secarle las lágrimas a la virgen y arrullar al recién nacido niño Dios, se mueve la dialéctica que tortura nuestra a veces fementida hispanidad, de un lado la intolerancia, el dolor y el ostracismo, del otro el diálogo, la dulzura, la sensualidad y la universalidad. Aquí está nuestro diálogo íntimo, entre Torquemada y Quiroga, entre Vitoria y Sepúlveda, entre Santiago Matamoros y la Guadalupana. Pero basta, una última musa nos llama con la macumba y el tambor.

Cachimba, guarapo, conga y samba suenan al ritmo sabroso de nuestra América, igual que la música que acaricia la piel y luego, en un frenético contrapunto se transforma en un canto de sensualidad y erotismo, porque esas voces – nuestras – sus ritmos y esas armonías también, como el castellano, cruzaron el océano, pero no en la lengua de conquistadores sino de otros conquistados, voces sin imperio de los negros cautivos del África, que llegaron sin las cadenas de sus portadores vendidos como esclavos.

A nuestra musa africana le atribuimos prendas dulces e inequívocas, cualquiera sabe del africano – y de sus nietos el antillano y el costeño – lo magnífico que es su ritmo y su cualidad para la danza, cualquiera gustoso, admira la perfección de sus cuerpos. A ellos corresponden la fuerza, la sexualidad y sus potencias, la fertilidad, la docilidad, pero también la brutal capacidad de vengarse, y me parece son ellos el dulce pariente de la familia, del cual poco se habla, pero del que se admira el corazón y el gusto hasta en la manera como se ata el cordón de los zapatos.

El castellano fue, desde su contacto con estos pueblos, sensible a su ritmo y su cadencia, prueba de ello son estas coplas a ritmo africano, del siglo XVIII:

Al cuchumbé

de las doncellas,

ellas conmigo

y yo con ellas.

Por aquí paso la muerte

con su aguja y su dedal

preguntando ‘e casa en casa:

¿hay trapos que remendar?

Esta, es una somera imagen de la genealogía de las musas que nos dicen cómo hablar, y en ello nos explican la forma en que vemos el mundo. Conforme a su naturaleza siguen recreándose y recordándose inacabablemente, a lo largo de los siglos han estado en diálogo con familias con las cuales comparten algunos parientes, con las inglesas, las italianas, las francesas, y las más cercanas, las portuguesas. La poesía, retrato fiel de la conciencia, da cuenta de ello y lo manifiesta en su enriquecimiento.

Cuando se piensa en el pasado, en un ejercicio más profundo que la mera historiografía, se hace un recuento de los símbolos y las imágenes que hacen legible la realidad, ése es el fenómeno por el cual el hecho puede hacerse mensaje. De ahí que la verdadera carta de pertenencia no sea la nacionalidad, y menos la ciudadanía, sino la lengua y la cultura, como diría Renan, las glorias y los remordimientos compartidos.

Así se organiza la mesa de todos, el mito y el subconsciente colectivo, y volviendo a Reyes, evidencia que la única forma de ser universal es ser un auténtico hombre de la aldea.

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