La voz de papel: «Bella del Señor», de Albert Cohen

Disfrute usted de la lectura que compartimos: las primeras líneas de «Bella del Señor», de Albert Cohen, una saga de amor y un retrato de la condición humana en situaciones límite.

Que ustedes lo disfruten:

El libro nuestro de cada martes: «Bella del Señor», de Albert Cohen

Siempre que me preguntan por los libros que más me han gustado, irremediablemente pienso en una respuesta incorrecta, que me hayan gustado muchísimos, pero sin duda el libro más importante de mi vida es «Bella del Señor», de Albert Cohen. Imaginemos la suma de una época: los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la contienda; una aproximación al mundo judío y a su contacto con un planeta en transformación; sumemos una historia de amor profunda y dolorosa todo ello con personajes que retratan lo más íntimo de la condición humana. Una especie de Proust, algo que no dista tanto de Balzac o de Zola pero que, al mismo tiempo es también un tanto de Cervantes y de Goethe. Una obra única que nos aproxima a las profundidades del ser humano.

Parte de una serie que en su conjunto, revela un enorme mosaico al que bien podríamos llamar «La condición humana»; la saga está integrada por: «Solal», «Comeclavos», Los esforzados» y «Bella del Señor».

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En 2012, Glenio Bonder ofreció la versión cinematográfica de la novela con Natalia Vodianova como Arianne y Jonathan Rhys Meyers como Solal; aunque los resultados no son tan deseables como hubiéramos querido, un enorme acierto es lograr la imagen que muy probablemente Cohen imaginó para sus personajes.

Para más información sobre la película: http://www.imdb.com/title/tt0810772/

Los cortos, o como decimos ahora, el tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=oMJZDaLMtZA

Los diez que han dejado marcas en mi vida

Hace unos días, mi amiga Belinda López Aguirre, me hizo favor de enviarme una de esas encuestas que nos llegan de cuando en cuando; me pide, y se lo agradezco, que diga diez libros que hayan marcado mi vida. Con su grato humor me pide que solo sean diez. No había respondido porque en apariencia la pregunta es inocente, pero en realidad no lo es; si acaso me  hubiera invitado a decir los diez libros que más me han gustado, la prevención de solo mencionar diez tendría sentido (son muchísimos los han ejercido algún tipo de fascinación sobre mí) así, por ejemplo, diría que El buen soldado Schveijk de Jaroslav Haszek, me ha infatuado por décadas, pero no podría afirmar que ha marcado mi vida de alguna forma.

Pocos  libros me han subyugado de tal manera como El hombre de los hongos de Sergio Galindo, subyugado en serio, por su belleza casi dolorosa, pero tampoco pienso en el como un hito en mi vida. No hay ingratitud con ellos, son libros que me acompañan en la memoria y en el corazón pero, para ser sinceros, pensar en las marcas que los libros han dejado en la vida, es reflexionar tanto de la manera que nos vemos a nosotros mismos como de dibujar la imagen ideal que nos hemos construido de nuestro propio rostro e identidad. Hablar de ellos es decir a todos la manera en que aspiramos a que nos vean y asumir el riesgo que implica la distancia que media entre lo que somos y lo que los demás observan cuando nos miran. Se trata pues de una cuestión que no puede tomarse a la ligera. Tanto monta, como preguntar que mujeres me han gustado en la vida, lo que equivale a preguntar cuál es el tipo de mujer que me gusta y preguntar cuáles fueron los amores que me construyeron mi vida.

Por eso no he podido responder tan pronto como quisiera y he preferido ampliar la respuesta sobre un asunto que no me ha dejado ni a sol ni a sombra en los últimos días. Lo hago ahora, un tanto obligado porque me lo han preguntado.

Lo primero que me pregunto es qué se necesita para afirmar que un libro nos ha marcado la vida; segundo, cómo apreciamos aquellas marcas en el transcurso de nuestra vida, y por último,cómo discriminamos solo diez de ellos. Comienzo respondiendo la ultima por ser la más sencilla: esforzándome en encontrarlos porque para ser francos, con la edad, las heridas más leves desaparecen y las cicatrices más superficiales se borran dejando lugare solo a los golpes que van labrando nuestro rostro.

Por lo que hace a las otras; diré que un libro marca nuestra vida cuando provoca en el lector un cambio en su forma de ve el mundo, de comprenderlo y apropiarlo, esto es, cambios en su manera de  estar en la realidad; conforme el tiempo pasa, nuestra manera de apreciar esos cambios también es variable; por una parte, aspectos que nos parecieron que revolucionaban nuestra existencia, en realidad eran parte de nuestro crecimiento o respondían a circunstancias peculiares de nuestro tiempo y nuestro entorno, son pocos los que, andando la existencia se quedan como signosdenuestraidentidad,resumendenuestrosvaloresycódigosdenuestraconducta.NuncafuíelmismodespuésdeleerBella del Señor de Albert Cohen, ni he vuelto a ver a mis semejantes igual después de leer En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Tampoco me preguntaron cuáles eran los diez mejores libros que he leído, la prevención de ser solo diez también habría sido pertinente; sin embargo, salta a la vista que las tres listas probables no estarían compuestas por los mismos libros; ni los favoritos son los mejores, ni los mas influyentes son los preferidos; no me atrevería a volver a leerA sangre fría de  Truman Capote que,  aun siendo de  lo mejor  que  he leído,  no puedo  decir que  fuera enteramente placentero o  hubiera marcado  mi vida.

Así pues llega el momento de desnudar la memoria, que como dice Angelina Muñiz Huberman, es la primera muestra de amor,mientras que la segunda y definitiva es entregarla:

1.- Bella del Señor, de Albert Cohen. Un encuentro desgarrador  con mi visión de la belleza, con la experiencia del encuentro y el contraste  que  representa  el encuentro  con  el otro; particularmente, en el sentido de cuánto vale para la existencia la plenitud del amor y la vivencia de la belleza.

2.- En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Dediqué un año a la lectura de la colosal novela. Después de ella supe que no podría representarme el mundo sino mediante palabras; comprendí, o he tratado de comprender la belleza y la miseria de la desnudez humana frente al mundo, a la sociedad y la cultura.

3.- Rayuela, de Julio Cortázar. El primer gran libro de mi vida; no solo porque  Oliveira me  contagiara el hábito de fumar  o  porque pensara que la maga era la mujer ideal, todo eso pasó como pasan las fiebre sde la primera juventud; sino porque me enseño que la literatura es juego,  el gran juego de la existencia y el poder  más absoluto sobre la realidad.

4.- La leyenda del Santo Bebedor”, de Joseph Roth. Símbolo de la persistencia frente a la desgracia; nuevo mundo frente a la cualidad de la expresión y puerta de entrada al mundo fascinante de culturas que antes no había conocido

5.- Resurrección, de León Tolstoi. Por el asombro frente al dilema ético, por la llamada al fracaso de lo heroico que, sin embargo, permanece como una demanda de la moralidad frente a la existencia, y

6.- Haré trampa, porque lo que más me ha marcado en la vida no ha sido un libro sino un autor: Alfonso Reyes.

Lo siento, he leído por placer, las marcas más fuertes en la vida me las han hecho las situaciones y las personas; pero esas marcas me han resultado más profundas y hasta más deliciosas sólo por haberlas sazonado con letras.

Bitácora de una Década

Para todos nuestros amigos un obsequio con motivo del día de Sant Jordi.

Cuando era niño, hacia los ocho años, leí el diario de Anne Frank, ese libro marcó mi vida para siempre. Una de sus consecuencias inmediatas fue mi obsesión por llevar un diario que, con pausas y tropezones, he cultivado desde aquellos años. Además de plasmar lo sucedido, en el diario registro mis lecturas. Al cambiar el siglo recuperé los registros de mis lecturas entre 2000 y 2009, hice así una radiografía de mi yo lector. Mucho me dirá a mi sobre lo que soy y lo que pienso, pero lejos de exhibir un esfuerzo lector, porque no lo hubo sino que fue puro placer desinteresado, puede sí convertirse en una guía de lectura para quien – como todos – necesita que los propios libros le vayan guiando por alguno de los miles y millones de caminos posibles.

Noto ahora mismo que aquella fue la década de un lector afincado en su vicio y su goce, del descubrimiento de los autores que rondaré el resto de mi vida: Proust, Balzac, Kadaré, Muñoz Molina, Nothomb, Kawabata, Murakami, Capote, Bulgakov, Pérez Reverte, Naipaul; de distintos orígenes, cataduras y fortunas, pero todos ya, parte de mi afición irredenta por descubrir y repensar sus palabras.

Descargue libremente el documento y disfrútelo: decada

Feliz día de Sant Jordi.

Cisterna de Sol en el Péndulo

Hace unos días mi editor me avisó que mi nuevo libro ya estaba en las librerías El Péndulo, poco después me había recorrido las tres sucursales que frecuento y en todas encontré ese volumen escrito con ilusión y oficio. Verlo en el lugar donde estuvieron antes los libros que hoy pueblan mi biblioteca, mis recuerdos y mis deseos, ha sido una de las experiencias más dulces de mi vida.

Pienso ahora que algunos sitios se vuelven cifra de nuestros deseos y de nuestra imaginación; espacios dotados de recuerdos, de símbolos y de aspiraciones a las que nunca renunciamos; remansos para la fatiga, campos para la alegría y sitios como extensiones de un hogar que sale de casa para abrazar el mundo; lugares cerca o lejos, disímbolos  y variados, no pierden su dimensión mítica aunque los visitemos de manera cotidiana.

Algunos son restaurantes, otros simples avenidas, museos o cantinas. Uno de los míos, de los más queridos son tres de las Librerías El Péndulo, de la Ciudad de México, particularmente los de Condesa, Perisur y Polanco.

En 1993, el periódico Reforma, en su página cultural, anunciaba la apertura de un lugar cuyo concepto era enteramente novedoso: una Cafebrería. Es cierto que no era la primera librería acompañada de un café en la ciudad; pero en todo caso, en ninguna existía la compenetración de ambos espacios como la presentaba el Péndulo. Las estanterías luminosas, el aroma del café por todas partes, y como entonces todavía era lícito fumar en los restaurantes, para un lector voraz de veintidós años, el atractivo era inmediato. Hoy tengo cuarenta y tres y vuelvo a sus mismos espacios con la ilusión sostenida durante veintiún años. Veámoslo así, cuando conocí el Péndulo, justo el día que lo abrieron y acudí con José Serur a mirar la mesa de novedades con el mismo asombro que cada semana o cada diez días me provoca la combinación de títulos, la pluralidad de autores y la riqueza de las ediciones. Hoy como hace tantos años, ir a esas librerías es parte de mi ritual de vida cotidiana, de mi momento ya de soledad como de socialización.

El Péndulo, en mi vida, ha significado muchas cosas. Lugar de reencuentros memorables, punto de asociación de afectos muy profundos pero, sobre todo, el aliciente lector y bibliófilo que no tienen las bibliotecas ni la Universidad, aquellas son bastiones de aprendizaje, depósitos inmensos de conocimiento donde la disciplina, el análisis y el rigor son fundamentales; pero la librería es el espacio del juego, de las medias voces y las risas apagadas, lugares fugaces que cambian de rostro cada semana para exhibir sonrisas y lágrimas inéditas, sitios de velocidad inusitada donde desfilan los ríos de palabras vertidos por escritores de todas partes del mundo y es ahí, en ese espacio, donde he descubierto a los autores más importantes de mi vida.

No tengo idea de cuántos de los libros de mi biblioteca habitaron el Péndulo primero, estoy seguro que entre los locales de Perisur y Polanco, están la mayoría de ellos; libreros fantásticos, dotados de una cultura espectacular han circulado por sus espacios recomendando y enseñando, sin costo ni comisión para el lector; alguno de ellos me inició en Kadaré, en Albert Cohen y con ello modificó mi manera de ver el mundo. Algunos de mis tesoros, como el libro de los laberintos de Santarcángeli, fueron adquiridos ahí; otros entrañables como los volúmenes de la busca del tiempo perdido también fueron comprados ahí, con las economías del lector joven que elegía por el precio y suspiraba por los libros que todavía no podía comprar.

El Péndulo es un hito en la historia de las librerías de la Ciudad de México, no es la más grande ni la más poderosa, no es la más antigua ni la más comercial, pero tiene el encanto de la librería cosmopolita y participa del encanto de las librerías de París y de la potencia de las librerías de Nueva York. Aun así, mantiene el gusto de la sala de casa, del club de amigos y del espacio para perderse persiguiendo títulos a veces por años anhelados. Superó pronto y bien la librería que vende al volumen piezas de baratillo, aquella en que primero preguntan la editorial y luego el autor y jamás el asunto del libro.

Con los años, la librería evolucionó para convertirse en casa de cantautores importantes, espacio educativo, pero hay algo que no ha cambiado, algo que me emociona igual que cuando era un niño: la aventura ingente de encontrar autores nuevos, voces nuevas seleccionadas con el cariño de quienes ven en los libros no sólo un buen producto que vender, sino un espacio común de diálogo para todos los lectores.

Iniciando el viaje

Una de las cosas más difíciles de saber es cuándo comienza un viaje. Empezamos a viajar desde el momento en que nos imaginamos en un destino, cerca o lejos; desde el instante en que nos concebimos caminando por otras calles, nos sabemos capaces de escuchar otro idioma y otro acento de nuestra propia lengua; entonces, al renovar nuestra primera capacidad de asombro, hemos abierto una página nueva de nuestra bitácora de viajes.

Atreverse a viajar es una de las experiencias más enriquecedoras a las que puede enfrentarse un ser humano. Viajar amplía nuestra cultura, nos hace más humanos al confrontarnos con gente distinta; nos permite ser nosotros mismos en lugares donde nadie nos conoce y en donde no generamos ninguna expectativa. Viajar es un buen sinónimo de crecimiento y uno mejor de libertad.

El hábito de viajar se adquiere y se educa con el tiempo. Nunca es tarde para comenzar y la lectura es un magnífico método para iniciar el camino. De hecho, todos tenemos relación con historias de viajes. Nuestra propia forma de entender el mundo, a nuestras familias y a nosotros mismos está relacionada con viajes: a los mexicanos nos enseñan cómo nació la patria cuando los antiguos mexicas echaron a andar desde el mítico Aztlan hasta la Gran Tenochtitlan, muchas de nuestras familias vinieron de otros países o de lejanas provincias. Viajar, moverse, eso es una señal de estar vivo.
Desde luego hay viajes para todas las necesidades y para todos los presupuestos; se puede pensar en lujos y en viajes fantásticos con la asesoría de buenas agencias de viajeros, se puede subir a un avión y llegar al destino con el presupuesto medido y dispuesto a asumir la aventura, se puede subir al auto y seguir la carretera hasta donde se termine la cinta de asfalto; o se puede revivir el viaje de otro desde la butaca de la casa, leyendo un buen libro de viajes.


Con cierta cantidad, nada despreciable, puede hospedarse en el Hotel Crillon de París y pensar en Cocó Chanel, o bien, con algo menos, mucho menos, puede rentarse un auto y seguir la ruta de los Paradores en España; se puede ir “puebleando” en carretera mientras se espera a llegar a una playa en México, todo se puede, todo es cuestión de actitud y de deseo.


Yo comencé mi vida de viajero como mucha gente lo hace, leyendo. Ser lector es también ser un viajero. Natalie de Saint-Phalle, publicó un magnífico volumen sobre hoteles literarios, entre ellos el Hôtel des Arts, de Paris, donde murió en el exilio Oscar Wilde y donde solía hospedarse Jorge Luis Borges; para muchos que nunca pudimos hospedarnos en el Hotel Regis de la Ciudad de México, nos queda todavía y para siempre, el “Mexico City Blues” de Kerouac.

Uno de mis personajes favoritos es “Comeclavos”, el personaje principal de la novela homónima de Albert Cohen; lo quiero por su visión del mundo en el viaje que realizó desde su isla natal, Cefalonia, en el archipiélago griego hasta Ginebra, donde su primo trabajaba como Subsecretario de la Liga de las Naciones. Cosa de atreverse, puede soñarse en el Parc Anglais de esa ciudad viendo mujeres guapísimas o extraños diplomáticos con turbias intenciones.

Y es que viajar significa entender mucho del sentido de la vida, significa darse placeres íntimos, personalísimos. Alguna vez, guiado por el cuento «El otro», de Jorge Luis Borges, localicé la banca frente al lago de Ginebra, donde suceden los hechos de la narración y experimenté la rara sensación de ser parte de algo que ya ha pasado. Hay que viajar. Es preciso viajar. A unos pasos de casa, a otro continente y aún dentro de nuestra habitación favorita. La próxima vez que se encuentre en la Ciudad de México, vaya a una librería, no se compre una guía de viaje, (aunque hay que reconocer que si las hay buenas esas son las Guías Peugeot que editan El País y Aguilar), adquiera “México viejo” de don Luis González Obregón y armado de paciencia y unos pocos pesos, adéntrese en el Centro Histórico, visite el “Hospicio de Locas”, manicomio colonial de mujeres en el edificio que se encuentra justo enfrente del Teatro de la Ciudad, dé un paseo por el Palacio de Iturbide y visite el templo de la Profesa; siga los pasos del viejo don Luis y reviva el tiempo en que México era la Ciudad de los Palacios.

Piense sobre todo, que puede repetir esta experiencia en otras ciudades, si logra conseguir las “Escenas Matritenses” de Mesonero Romanos, cuando visite Madrid y si sigue las indicaciones del cronista, todavía podrá encontrar en la Plaza Mayor, cerca del Arco de Cuchilleros un pequeño negocio con el letrero que dice “Sombreros para hombre de paja”.

Porque bien visto, si se hace a la idea de que es posible cenar en la Casa Robles de Sevilla, como lo hacen los personajes de Pérez Reverte en “La Piel del Tambor”, o en el Café Gijón de Madrid ya estará disfrutando su excelente fabada y, como le pasa al mismo Pérez Reverte, en “Patente de Corso”, ya estará reviviendo el gozo de la conversación con Alfonso, el cerillero, que guardaba la puerta del café, vendiendo lotería y tabacos y cuya bendita memoria honran escritores y gente común cada día en el lugar que ahora ocupa una máquina expendedora de tabacos.

La lista sería interminable, se me queda mucho en el tintero; de adolescente, cuando una vida clasemediera urbana me negaba los dudosos privilegios de la aventura, me imaginé en los cafetines de la Colonia Roma de los años cincuenta siendo un personaje de “Las Batallas en el Desierto” de José Emilio Pacheco, libro delicioso como pocos; en cierto modo lo fui, visité ciudades a las que nunca he ido, como el Dublín de “Dublineses” de Joyce, aún de ciudades que no existen y que no existirán jamás, como Macondo de “Cien años de Soledad” del gigantesco García Márquez, lugar donde por cierto, no estaría mal que me enterraran llegada mi hora.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

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El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

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Letras en el mar.

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En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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